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La democracia marcha hacia adelante y luego para atrás


En el capítulo anterior de mis memorias hice sabe cómo llegó a la gubernatura de Chiapas el licenciado Roberto Albores Guillén en calidad de “interino del substituto del interino”. Allá por los primeros días del mes de enero de 1988 estando a la cabeza de la administración pública chiapaneca el citado comiteco, supe que Juan Carlos Cal y Mayor Franco, joven abogado de talento e inquietudes socio políticas de gran valía y además hombre de peso específico en el Partido Acción Nacional, me había propuesto ante las autoridades para ocupar un cargo en alguno de los nuevos organismos electorales, de Chiapas; organismos que empezaron a surgir como hongos en toda la República mexicana, ante el repudio que los partidos políticos de oposición y una corriente mayoritaria de ciudadanos mexicanos demostraba contra la deleznable costumbre de poner la organización de las elecciones de funcionarios públicos y la calificación e los mismas, en manos de los gobiernos, por ese entonces manejados tanto en lo federal como en lo local por el Partido Revolucionario Institucional, instituto político que ante esa facilidad se servía con la cuchara grande a través de sus militantes ubicados en los más altos puestos gubernamentales.

La indeseable -por las mayorías- e irregular situación de hacer del los procesos electorales un galimatías en donde los gobiernos eran juez y parte estaba generando una crisis política, advertida no solo por los inconformes sino así mismo por los beneficiarios de la situación. Inclusive, el llamado partido oficial (PRI) había sufrido una fuerte escisión encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo a los que se sumaron Heberto Castillo, Ifigenia Martínez y Gilberto Rincón Gallardo iniciadores, todos ellos, del Partido de la Revolución Democrática, que aglutinó a las dispersas fuerzas de la izquierda mexicana a partir del cinco de mayo de 1989.

Al PRI le aconteció lo mismo que a esos jefes de familia dados a manejar a la esposa y a sus menores hijos con mano de hierro, pero conforme la señora de la casa va tomando conciencia de su estado de postración moral y económica y de la necesidad de sacudirse el yugo del esposo y ya con los hijos crecidos y el apoyo de estos, se solivianta y hace valer sus derechos, por lo cual el marido otrora mandón y arbitrario dobla la cerviz y acepta un nuevo régimen de mando dentro del hogar y comparte el poder y el dinero con su mujer y sus vástagos.

Así se va gestando en México una corriente a favor de una reforma democrática que tiene por principales actores al partido oficial situado ideológicamente en el centro (PRI) y a los dos principales de la oposición, Partido Acción Nacional (PAN) calificado históricamente como de derecha y el Partido de la Revolución Democrática, de izquierda.

Anteriormente a mi inclusión como funcionario del Comité Directivo estatal del PRI en Chiapas, escribí en mi columna política de La Voz del Sureste, diario dirigido en ese entonces por Roberto Coello Trejo, diversos cuestionamientos respecto a la forma como dicho organismo político se manejaba para ganarse adeptos, repartiendo despensas entre las clases necesitadas y llevando a sus mítines a acarreados bajo el señuelo de la torta y el refresco, por considerar esos métodos una afrenta a la democracia y un abuso de lesa humanidad en contra de hombres y mujeres que por cualquier dádiva echaban vivas a diestra y siniestra sin siquiera saber a quién estaban “apoyando”.

Fui funcionario del citado comité estatal del PRI la primera vez por invitación de su presidente Luis Raquel Cal y Mayor Gutiérrez y continué cuando lo sucedió Enoch Cancino Casahonda. Mis cuestionamientos ya no los hacía públicos por aquello de que “no se vale mamar y dar de topes”, pero un buen día ya bajo las órdenes de un tercer presidente, originario de la costa de Chiapas y que no era Josean, recibí la encomienda de recabar los resultados de las elecciones federales para presidente de México y candidatos a integrar el Congreso de la Unión, por lo que hace al distrito federal de Ocosingo, Chiapas.

Por vía telefónica me empiezan a llegar datos de muy difícil credibilidad pues de todas las casillas electorales me reportaban lo que en el argot político y en la jerga de los jugadores de dominó se llama “zapato”, o sea, que el PRI estaba obteniendo en todas y cada una de las casillas el 100% de la votación a su favor.

Me voy con esos datos al despacho del presidente del CDE del PRI se los enseño y le digo: -“No es posible que en Ocosingo no estén votando por los candidatos de la oposición ni ellos mismos ni sus amigos ni sus familiares” y le propongo, antes de remitir esa información al Comité Ejecutivo Nacional del PRI, agregarle algunos pocos votos a favor de los candidatos de los otros partidos a manera de darle visos de plausibilidad a nuestro informe. Entonces el presidente me responde: -“Julio, ¿me puedes decir a favor de quién estás”? –y yo le digo- “a favor de la democracia y de la verdad” y entonces el funcionario priista me invita a presentar mi renuncia, lo cual fue cumplido por mi parte de inmediato.

El anterior detalle me obliga volver a las páginas periodísticas de la fuente política y a recrudecer por varios años mis observaciones tendentes a exhibir a cielo abierto la ausencia de espíritu democrático de diversos jerarcas del PRI y ya olvidado por mi parte de la propuesta de Juan Carlos Cal y Mayor a mi favor para ingresar en cualquiera de los nuevos órganos electorales de Chiapas, me llama por teléfono a mi domicilio la licenciada Arely Madrid Tovilla, Secretaria General de Gobierno del régimen presidido por Roberto Albores Guillén para solicitar mi comparecencia a su despacho oficial y tratarme ahí un asunto de “imposible trámite telefónico”.

Estábamos en los primeros meses del año 1998 y ya en la oficina de Arely Madrid Tovilla me hace saber ella que hay una propuesta para que se integre, el autor de esta parrafada, a uno de los dos órganos electorales de Chiapas y me solicita le haga llegar mi currículum vitae. Como pasaran los días y nada sucedía pensé había caído en el olvido la moción del joven Juan Carlos Cal y Mayor Franco.

Todos los días por la mañana me iba a caminar al parque de mi colonia El Retiro con mi esposa, Isabel Castañón Morell, y en el mes de mayo de 1998 empiezo a notar como en las caminatas matutinas me fatigaba con demasiada facilidad. A un paso regularmente acelerado la falta de aire en mis pulmones era ostensible y entonces mi señora me propone solicitar al servicio médico de Petróleos Mexicanos un pase en calidad de derechohabiente, para ser enviado con un especialista. El encargado del trámite era el doctor Nicolás Herrera, como coordinador médico de la paraestatal en Tuxtla Gutiérrez y me expide un documento para visitar al cardiólogo, subrogado de Pemex, Martínez Gamboa.

El médico Martínez Gamboa me realiza una prueba de esfuerzo y al final de la misma me dice: -“licenciado, si yo fuera usted me voy mañana mismo a consulta médica de tercer nivel a la ciudad de México”. Después supe que él vislumbraba un taponamiento de arterias coronarias, de mi corazón. Ya enterado de esto el coordinador médico de PEMEX de la manera más ilógica y absurda me sale con un infantil pretexto consistente en asegurar que será él quien decídala fecha de mi salida para asistir a medicina de tercer nivel, mas no así el médico subrogado. Ese mal galeno, especialista en ginecología, quería imponer a costa de mi bienestar físico la idea de que era él, y no otro, el que tomaba las determinaciones médicas importantes y empieza a hacer tortuguismo para remitir mi caso a los especialistas de la empresa, ubicados en la ciudad de México.

Chabe –mi cónyuge-, preocupada por la demora del coordinador médico le pide a su íntima amiga Guadalupe (Lupitina) García Yáñez el teléfono de su hermano Iram, del cual nos colgamos como lapas aferradas a su víctima pues era asesor del Gerente Médico de Pemex y gracias a él su jefe dio la orden de mi envío, a medicina del tercer nivel.

Pero vea el lector cómo una gestión amistosa, del todo legal y necesaria emprendida por mi esposa, el coordinador de los servicios médicos de Tuxtla la desvirtúa al llamarle por vía telefónica al Jefe de Cardiología de dicha institución del Hospital de las calles de Picacho, del Distrito Federal, para hacerle sentir que nuestro propósito era el de viajar a costas de dicha institución pretextando una enfermedad inexistente, con el resultado lógico de ser recibidos con malas caras por parte de un doctor Camacho y lo que es peor, me mal atiende y me hace un electrocardiograma con prisas y de mala manera para decidir que no tengo nada, aunque para cubrir el expediente y posiblemente “para desenmascarar al impostor” ordena se me haga un gamagrama cardiaco.

A los dos días me despierta a las dos de la mañana un fuerte malestar del pecho. Voy de nuevo con el jefe de cardiología de Pemex, me realiza un segundo electrocardiograma y determina por segunda ocasión que no tengo nada, reiterándonos a mí y a mi esposa la necesidad de practicarme un gama grama cardiaco.

He aquí porque creo en Dios y en su divina providencia y protección. El gamagrama cardiaco es un estudio de imagen en el que previamente se inyecta una substancia radioactiva por vía intravenosa y a través de un sistema especial de detección el médico ve a que tejido llega sangre y a cual no, para determinar cual de esos tejidos motivo del estudio está muerto y así saber en que zona de las arterias del corazón hay problemas graves. Previamente me hicieron comer dos emparedados de huevo cargados de mayonesa y tomar dos licuados de leche con chocolate. El estudio es muchas de las veces de consecuencias funestas para el enfermo y sólo lo realizan si cerca de él está presente un familiar cercano para iniciar, de darse un triste desenlace, trámites para el velatorio y el posterior entierro o cremación. A Chabe le pidieron no separarse de la antesala y en ella se quedó con mi hija Ana Olivia.

Cuando el encargado de hacer la prueba me pasa a la sala de medicina nuclear me acuesta en una camilla conectada a un aparato de lo más sofisticado y empiezan a pasar los minutos y nada sucedía. Hablaba con sus auxiliares en un cuchicheo que nunca entendí y pasados unos quince minutos de vueltas misteriosas, me pregunta si soy foráneo o si vivo en la ciudad de México, aduciendo que se les acabó el líquido de contraste y por tal motivo no podían realizar el estudio. –“Si usted es foráneo, lo citamos para dentro de tres días pero vi vive acá deberá venir en tres semanas”- indicó el hombre de la bata. Dios estaba conmigo o bien comisionó a mi ángel de la guarda como más adelante verá el lector.

Más frustrado que un centro delantero de la selección de futbol de México que no pudo hacerle ni un gol a los once matalotes de Martinica, voy a buscar a Chabe y a mi hija Ana Olivia y se sorprenden de ver qué rápido fue todo y les comento que deberemos volver en tres días. Me proponen ir a visitar a Médica Sur a mi cuñado Fernando Castañón Morell, quien a las once horas iba a ser intervenido de un problema del intestino grueso. Cuando llegamos a ese nosocomio a Fernando lo tienen en recuperación y en la antesala me acuesto en un sillón pues ya no aguanto las molestias, ignorando que estoy padeciendo un infarto al miocardio, en evolución.

Ya de salida nos vamos del sanatorio a comer a la casa de mi sobrina Adriana Leonardo Castañón y en lugar de sentarme a la mesa le pido una recámara y me acuesto para mitigar mi enorme malestar, mientras los demás toman sus alimentos.

Al día siguiente mi esposa Isabel habla con su hermano Oscar Castañón Morell y le comenta cómo he decidido que mis molestias están originadas por dengue. Oscar le pide me lleve con el cardiólogo particular de nombre Fernando Guadalajara Boo, quien hace quince días sacó de un cuadro similar al mío, a Caco Pariente Minero. Nuevamente me asiste mi ángel de la guarda previa petición divina, pues el citado galeno sólo tiene espacios para recibirme dentro de quince días, pero a la media hora de la petición de mi esposa a la recepcionista del médico, ésta le llama para decirle: -“Tienen ustedes surte, hace cinco minutos canceló un paciente su cita. El doctor Guadalajara los espera a las quince horas de hoy”.

Mi hija Ana Olivia nos lleva en su automóvil a Chabe y a mi a la zona de consultorios del hospital Ángeles, pero como no tiene cartón de acceso al estacionamiento nos deja en la puerta principal a unos 120 metros del edificio de consultorios. Casi no puedo caminar y una señora pasa junto a nosotros en su carro, se detiene y le dice a mi esposa: -“Veo al señor muy mal ¿quiere que los lleve”? Nos subimos al auto en donde van tres niños y así arribamos a la zona de ascensores, pero ya caminando nuevamente.

Cuando el doctor Guadalajara Boo nos recibe yo esperaba ser atenido de inmediato pero me empieza a interrogar a manera de formular mi historia clínica insistiendo en los antecedentes de enfermedades de mis padres y otros ascendientes. Ya empapado respecto a una larga serie de pormenores le pide a su enfermera me realice un electrocardiograma y cuando analiza la tira de papel, me pregunta. –“¿Cómo llegó usted acá?”. Ya enterado de mi caminata, posterior a la ayuda de la señora del carro y los tres niños, me indica: -“No lo voy a dejar caminar pues viene con un infarto de tres días de evolución”. Me sienta en una silla de ruedas y me manda a una serie de estudios internándome para ello en el hospital Ángeles. ( c o n t i n u a r á )


Julio Serrano Castillejos

Copyright © Todos los derechos reservados.

Publicado el: 26-03-2012
Última modificación: 26-03-2012


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