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El Tuxtla de ayer, segunda parte.




Nota del autor Julio Serrano Castillejos: Estas líneas se publicaron en la revista Tuchtlán editada por Gloria Pinto, distinguida dama tuxtleca.



La capital de Chiapas no contaba con grandes atractivos, inclusive por su misma incomunicación ni siquiera podía ser considerada –como ahora- punto de partida para ir a otros lugares de la entidad. La televisión comercial, se inició en la ciudad de México con el informe del presidente Miguel Alemán Valdés de septiembre de 1950 y tardó quince largos años para llegar a Tuxtla, aunque de manera incipiente. El gobernador Francisco J. Grajales (1948-52) tuvo la idea de mandar a construir una carretera hacia el Sumidero, prestándose ello a críticas (“el camino sin pueblo” le llamaba la gente) por la circunstancia de que pasaba a un lado de su rancho; pero a decir verdad, don Pancho dotó a los tuxtlecos de su primer atractivo turístico de importancia.

La de Tuxtla, era una sociedad deliciosamente ingenua, pues para pasar el tiempo de la manera mejor posible sus gentes integraban grupos, no con las formalidades de los llamados clubes de servicio, sino de manera improvisada para chismear sabrosamente, para organizar botaneadas con copa, bailongos, posadas en el mes de diciembre, sentadas de Niño Dios en febrero y toda suerte de saraos. Tenían fama los denominados “Hígados”, los “Cotorrones”, las “Tispas”, el “Club 12”, las “Esmeraldas”, el “Club Jade” y el “Club Capri”. Pero no crea el lector, se trataba en el caso específico de asociaciones con su acta constitutiva protocolizada ante notario público y con un domicilio social, patrimonio propio y los demás requisitos de ley. La sencillez misma de la vida cotidiana de la ciudad hacia olvidar todas esas formalidades, iniciadas por estos rumbos cuando abrieron sus puertas los Rotarios y los Leones.

El azar fue determinante en el desarrollo de Tuxtla, pues recuerdo que antes de llegar a su fin la primera mitad del siglo XX causó gran alboroto en todo Chiapas la noticia de un premio mayor de la Lotería Nacional, caído en San Cristóbal las Casas y a favor de don Hernán Pedrero, poseedor de la serie completa y por ende nuevo dueño de diez millones de pesos, pero de ¡aquellos pesos!, cuando era posible adquirir un lujoso automóvil con veinticinco mil del águila. Cuentan que el nuevo millonario le obsequió (o le dio prestado posiblemente) un millón de relucientes pesos a su hermano, don Moctezuma Pedrero, y de ahí surgió la primera zona residencial de la capital chiapaneca, conocida hasta hoy con el nombre de su fundador, además del ingenio de Pujiltic, el ron Bonampak, y la propiedad de don Chuma en la zona urbana por él iniciada. Deseo apoyar el aserto inicial de este párrafo en cuanto a la suerte como factor determinante para el desarrollo urbanístico de Tuxtla, en el hecho consistente en la edificación de varias casas en la Colonia “Moctezuma”, construidas por un ingeniero de apellido Esperón, medio hermano de Manuel Esperón autor de “Amorcito Corazón” de “Ay Jalisco no te rajes” y otras famosas canciones. En la misma zona vimos levantar por un numeroso grupo de albañiles el primer hotel moderno de Tuxtla, el Bonampak, con una modalidad desconocida para los chiapanecos, derivada de la ubicación de búngalos rodeados de jardines, pero además una alberca olímpica con vestidores, chapoteadero, bar, comedor, salón para fiestas, dos mesas de boliche, salón de billar, zona para la administración y oficinas, frontón y cancha de tenis. En pocas palabras, se iniciaba el despegue de una pequeña ciudad en plena era alemanista, cuando los mexicanos iniciábamos un sexenio por aquel entonces prometedor.

Los dos palacios centrales, la catedral de San Marcos, el salón “Mayab”, la tienda de doña María Aramoni con nombre madrileño (La Gran Vía), los billares, el cine Alameda, la biblioteca del Estado, el hotel Jardín, el Hotel San Carlos y la casa Farrera, constituían la gran manzana de los tuxtlecos, con sus accesorios, como El Correito o quiosco para la venta de periódicos y revistas, el Ateneo y sus infaltables loquitos, como les llamaba el pueblo, a personajes populares como la Melcochera, el ingeniero Zanate y la Rita.

Contribuía al aspecto pueblerino la ubicación de una terminal de camiones Tuxtla-Chiapa de Corzo enfrente de la catedral. Bueno, en ese renglón no se ha modernizado mayor cosa la capital chiapaneca, pues a dos cuadras del parque central están los autobuses de la empresa Cristóbal Colón y en la Primera Avenida Sur, muy cerca de la plaza principal, está otra terminal camionera. Junto a la citada terminal de la iglesia dedicada a San Marcos, santo patrono del pueblo, (en los días del Tuxtla de ayer) unas mujeres originarias de Juchitán, vendían deliciosas garnachas y pollo frito con papas y jitomate, de chuparse los dedos, en sencillas mesas de madera de pino y sillas de tijera del mismo material. Para darse luz por las noches encendían unos quemadores de petróleo. La gente de Tuxtla les llamaba “las polleras” y por ello en el menú del restorán las Pichanchas aparece listado el ahora ya tradicional “pollo de pollerra”.

Cuando don Romeo Corzo Grajales construyó un edificio de cuatro pisos en la esquina de la Avenida Central y la Calle Central, aparece nuevamente el ingenio popular y a la edificación se le conoce como la “porta viandas” y al anuncio del General Popo –colocado en la azotea por una empresa llantera-, como al “hombrón con luz”, pues por las noches se le veía iluminado con tubos de gas neón.

Mientras los “Hígados” y los “Cotorrones” constituían grupos exclusivamente para hombres en donde los chascarrillos y la botaneada con cerveza estaban en el orden del día, las Tispas (Trabajadoras Incansables Sindicalizadas Para Atrapar Solteros) organizaban bailes con las mejores marimbas de la localidad, escindiéndose posteriormente un grupo de las hermanas menores para formar a las “Esmeraldas”. El “Club 12” fue también de mucha tradición y competía con los otros dos grupos de damas tuxtlecas para organizar posadas, y para ello, a lo largo de todo el año se recolectaba dinero en las famosas tertulias o tardeadas dominicales. Si en una fiesta decembrina se le veía a una pareja bailar acarameladamente, no faltaba el bromista que les dijera: “-Sepárense un poco, esto es posada y no tentulia”, modificando deliberadamente la palabra “tertulia” con pícara intención.

La educación tenía en la capital nada más tres niveles: primaria, secundaria o normal y como tercer nivel la preparatoria. Secundaria y preparatoria integraban el bachillerato. El Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas, a diferencia de la actualidad, no contaba con licenciaturas pues era escuela secundaria con preparatoria. En donde está actualmente el Centro Cultural “Jaime Sabines” estaba instalada la Escuela Prevocacional en el denominado “llanito”, a donde en el tepetate jugábamos fútbol y béisbol, el primero a veces con pelota inflable de hule y el segundo con una bola de esponja, ligeramente dura. Existían tres escuelas con mucha tradición: La Tipo “Camilo Pintado, de la que fuera reina mi señora madre, Betty Castillejos Madriaga, en los años veintes; la “Fray Matías de Córdoba”, dirigida por doña Anita Martínez de Gutiérrez, y la ilustrísima escuela primaria “Belisario Domínguez”.

El periodismo, como el sitio mismo donde se desarrollaba era más modesto que la ropa de un cartero tlaxcalteca. Los órganos de información eran de dos hojas tamaño tradicional con anuncios en el cincuenta por ciento de la portada. Se hacía en plancha caliente, propia del siglo XIX y de las primeras dos décadas del XX. Sus oficiantes no tenían cultura periodística ni de ninguna otra índole. La mayoría de los autores de notas, de columnas y de gacetillas no aprobarían hoy el más sencillo de los exámenes para ingresar a prestar sus servicios en un periódico tuxtleco. Uno que otro periodista de los de hace medio siglo a tanto bregar entre el olor de la tinta y el metálico ruido de los linotipos, destacó localmente. Naturalmente, por aquellos días proliferaban las columnas de chismes y los periódicos carecían de artículos de fondo, pues el gobierno en turno cubría la “información” con sus boletines, notoriamente oficialistas.

Los más destacados profesores llegaban a pie a los centros educativos a impartir sus cátedras y uno que otro en bicicleta, colocándose para ello una liga en la parte baja del pantalón del lado derecho, para evitar manchar la prenda con la grasa empolvada de la cadena, o en otros casos, para no sufrir la molesta mordedura de los engranes en la tela de la pierna. No obstante la improvisación de la mayoría de los mentores, los hubo de calidad extraordinaria, como el maestro Mauro Calderón, el profesor Alberto Chanona, doña Eloisa Marín, don Oscar Castillejos, Chemita de la Cruz, Fernando Castañón Gamboa, Eduardo J. Albores, Carlos Castañón, Alvaro Raquél Mendoza, Mario Araujo y muchos más.

Los muchachos de 18 a 20 años de edad eran los encargados –por una especie de código costumbrista- de llevar a los adolescentes del pueblo con las cariñosas. Un día caminábamos Jorge Salinas Gamboa y yo en la banqueta del Parque Central, cuando desde una banca nos llamaron El “Gordo” Robles, Luis Natarén, Vidal Vázquez y Jorge Cuessy. Nos preguntaron si ya conocíamos mujer, y ante nuestra negativa, ahí mismo hicieron la colecta y nos condujeron allá por la iglesia de Guadalupe, en plena feria de la venerada Virgen, para iniciarnos en la vida pecaminosa. Pasados unos meses en la ciudad de México le comentó el incidente –como suceso gracioso- Jorge Cuessy a mi abuela materna, doña María Madariaga Palacios; ella se lo pasó al costó a mis padres y yo fui a aparar como interno a una escuela de la capital de la República, a mi corta edad de catorce años.

Cuando se corrió la Primera Carrera Panamericana en 1950 días antes de su etapa final sufrí un accidente y me luxé el brazo derecho. Viajé de Tuxtla a la ciudad de México con los hermanos Octavio y Rogelio Anza, tripulantes del carro Chiapas marcado con el número 34, un Lincoln que los condujo hasta la meta final, y en tal razón debían ir a recibir su diploma de manos del presidente Miguel Alemán. Yo tenía casi 14 años y en el trayecto me cuidaron los dos referidos competidores y el profesor Jorge Mandujano, cuyo nombre sirvió para denominar hace un par de años a un torneo de tenis, y recordar así a tan ilustre mentor.

Mi arribo como alumno interno del Colegio Franco Español de la mayor urbe mexicana podría ser motivo de otros comentarios, si el director de la presente publicación me permite el uso del espacio periodístico.


Julio Serrano Castillejos

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Publicado el: 31-01-2013
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