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El Tuxtla de ayer, primera parte.



Este artículo periodístico está dirigido a las nuevas generaciones de tuxtlecos para comentarles brevemente cómo se vivía en el Tuxtla de hace poco más de medio siglo, cuando el autor de estas líneas estudiaba el primer año de la escuela secundaria en el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas.

Aunque parezca una incongruencia en el año de 1949 la energía eléctrica para el uso público en la capital del estado, no tenía la fuerza capaz para hacer funcionar un ventilador y mucho menos aparatos más sofisticados como los refrigeradores y los fonógrafos. Un señor de apellido Utrilla, con una modesta planta de gasolina generadora de electricidad dotaba a los 23 mil pobladores, de luz, si así se le puede llamar a la que irradiaban los focos de las casas, apenas suficiente para no tropezar con los muebles y comparable a la de una vela. Por ese entonces don Vicente Rubiera, importante empresario tuxtleco, con planta de energía eléctrica propia tenía una fábrica de hielo en la Segunda Calle Oriente entre las avenidas Primera y Segunda Sur, muy cerca de la Avenida Central; las familias de buenos recursos ahí mandaban a comprar medio bloc de hielo para el uso diario y con él mantenían frescos ciertos alimentos, sentando en el bloc los recipientes que los contenían. Para no sufrir los habitantes de tan singular población el arduo calor de las noches “conejas”, las camas tenían un bastidor de madera parado en cuatro patas, sobre el bastidor una red de mecate y encima de ésta se colocaba una colchoneta y arriba un petate a manera de evitar el calentamiento por la acción directa del cuerpo. Si alguien deseaba contar con buena luz por las noches, digamos para estudiar un libro, debía encender una lámpara de capuchón y recipiente para la gasolina, inyectándole aire a través de un émbolo para facilitar la combustión. Los peluqueros y las encargadas de salones de belleza regalaban a sus clientes más asiduos abanicos de cartón, generalmente con la fotografía impresa de María Félix, de Pedro Armendáriz o de otros actores de cine, para refrescarse la cara en los veranos más calurosos.

Las puertas de las casas permanecían abiertas todos los días a partir de las siete de la mañana y sólo las cerraban para ir a dormir. Algunas familias, para evitar penetraran los perros callejeros, en la entrada principal de la casa instalaban una puerta de cuatro hojas, dejando abiertas las dos de arriba, en donde se asomaban las vendedoras ambulantes para preguntar con una vernácula tonada: “-¿ Va asté a querer quesillo fresco? ¿Va asté a comprar pan?”. El mercado entero pasaba por la puerta de las casas de las familias y de tal manera cuando se acercaba la hora de la comida los niños pedían un “mi” quinto o un “mi” diez para comprar guaya o para el “puxinú”, otros para las obleas y algunos más para su “caballito” y el turulete.

Muy pocas familias gozaban de instalaciones sanitarias como las de hoy, en sus domicilios particulares. Cuentan que una señora estaba sentada una tarde en un poltrona colocada en la banqueta de su casa y al ver pasar a una vecina le dijo: \\"Comadrita, venga usted a tomar el café, acá podemos platicar sabroso\\" La interpelada contestó con cara de aflicción “tengo un mi apuro”, tocándose con la mano el vientre y a continuación cerró el puño y lo movió hacia abajo, lo que en el lenguaje mímico de los chiapanecos quiere decir “tengo necesidad de desalojar la tripa”. La señora de la poltrona dijo: “-En mi patio tengo donde, no vaya usted hasta su casa”. La amiga entonces movió la cabeza negativamente y con firmeza señaló tocándose nuevamente el vientre: “-Como va usted a creer, esto es para mi cochi”. Entenderá el lector, al conocer la anécdota, que en las casas de aquellos tiempos en los patios se instalaba un primitivo cobertizo, dentro de él y encima de una zanja, se ponía un cajón con un orificio de treinta centímetros de diámetro; ese era el excusado.

Tuxtla tenía del Parque Central hacia el extremo poniente 15 cuadras terminándose por ese lado en la penitenciaria y el hotel Bonampak, por el lado oriente otras 15 cuadras, o sea, dos más después de donde está actualmente la gasolinera Gamboa. A lo ancho la mancha urbana llegaba hasta la Novena Avenida Sur hacia ese punto cardinal y en el otro costado hasta la Tercera Avenida Norte, al tener en este lado una barrera natural: el río Sabinal. Era sitio favorito de los estudiantes, de los burócratas y de los viajeros o representantes de laboratorios farmacéuticos, el de las llamadas refresqueras, ubicadas enfrente del parque “Rodulfo Figueroa” a un costado de la catedral de San Marcos, en donde despachaban piña picada con agua endulzada, bolas de tamarindo “revolcadas” en azúcar disueltas en agua, los refrescos de leche denominados pomposamente de crema, el popular y espumoso tascalate y la típica limonada, con hielo raspado. Por las noches los únicos sitios públicos para ir a cenar, eran el restorán de don Enrique Marroquín (El Marrito), del cual dio amplia cuenta don Rubén López Cárcamo dos números atrás, de esta misma revista; el “Café París” de Aquiles Cruz ubicado en la parte alta del hotel San Carlos y las polleras de la iglesia de Guadalupe. La “ciudad” era francamente pueblerina pero al mismo tiempo deliciosamente acogedora y muy segura y como no contaba con mayores diversiones en días ordinarios, la gente se iba a refugiar al cine Alameda, de don Federico Serrano Castro, pues como tenía instalada una planta propia de luz, los siete días de la semana exhibía lo mejor de las producciones cinematográficas mexicanas y de los Estados Unidos. En tales circunstancias el citado cine era un importante centro social de los tuxtlecos de diversos niveles y en los intermedios de asiento a asiento las gentes se dirigían saludos y sonrisas, mientras las parejas con hijos e hijas “en edad de merecer” vigilaban el buen comportamiento de sus pollos y pollitas, sentados de preferencia en las primeras filas del lunetario.

El único medio de transporte público era un camión de regular tamaño propiedad de don Romeo Corzo bautizado por sus usuarios como el “diecero”, en razón al costo del pasaje, diez centavos. Con motivo de la inflación años después pasó a ser el “veintero”. Los taxistas se contaban con los dedos de una mano y como la demanda local era muy escasa, solían prestar servicio para ir a San Cristóbal, Coita, Cintalapa, Arriaga y en algunas ocasiones a la ciudad de México.

El aeropuerto de Tuxtla, llamado Pablo Sidár en honor al piloto de ese nombre, tenía una singular característica: una campanada era avión a la vista, dos campanadas significaba avión en la pista y tres campanadas para anunciar que el aparato se había detenido en la plataforma. Estaba ubicado enfrente de la Quinta Mechita (por donde están actualmente las aulas de la UNICACH) de don Vicente Liévano y su esposa doña Mercedes Lara, papás de Ricardo y Lupita Liévano, cuatro tuxtlecos a los cuales traté muy de cerca y ya desaparecidos desde hace tantos años, como para decir: quedamos muy pocos en vida para recordarlos en muerte. La pista del aeropuerto corría de poniente a oriente paralela a la carretera Tuxtla-Chiapa de Corzo en lo que ahora son terrenos de la colonia Bienestar Social. La empresa Mexicana de Aviación enviaba un vuelo diario de un bimotor Douglas DC-3 para 21 pasajeros de la ciudad de México a Tapachula pasando por la capital chiapaneca. Duraba cinco horas el vuelo de punta a punta con escalas en Oaxaca e Ixtepec. El vuelo regresaba el mismo día tocando los puntos geográficos ya señalados y fue célebremente trágico cuando a causa de la niebla chocó contra el Popocatépetl, muriendo todos los pasajeros, entre ellos la actriz Blanca Estela Pavón y el conocido político Gabriel Ramos Millán, de quien se decía era “el apóstol del maíz”.

El parque “Rodulfo Figueroa” ubicado en lo que muchos llaman Parque Central contaba con una pérgola o arco con escaleras para atravesar de un lado a otro, sin ir en realidad a ningún lado, y de ahí el sobre nombre impuesto por el ingenio popular: “El puentón sin río”. En sobre relieve se podían ver todos los accidentes geográficos de Chiapas en un mapa de unos cien metros cuadrados y a las orillas del mismo a los adolescentes escudriñándolo para descubrir ríos, poblaciones, volcanes y las ciudades de más importancia. En ese preciso lugar me topé un día con los integrantes de “La pandilla negra”, grupo de supuestos malosos en el cual se agrupaban, entre otros, Roger Grajales (actual encargado de Coplade), Adelfo Cal y Mayor (q.e.p.d.), Mario Ramos Grajales y el fortachón del “equipo” Jorge Grajales. Al pasar junto a ellos acompañado de mi prima hermana Guadalupe Serrano, con el encargo de su papá de llevarla al cine, escuché una sonora trompetilla y algunas cuchufletas alusivas a mi condición de ex habitante de la ciudad de México. “-Mira prima –le dije a Lupita-, si no respondo a la burla van a decir que soy de Zacatecas o de perdida de San Juan de Dios”. Dejé a mi citada familiar en el cine y regresé a donde ya me esperaban de brazos cruzados los cuatro camorristas. –“¿Se puede saber para quién fue la trompetilla?”-, pregunté. Dio un paso al frente Jorge Grajales e inflando el pecho me reviró: -“Para el primero que tenga ganas de partírsela conmigo”. En principio el agarrón fue muy parejo pero en un golpe de suerte mi puño derecho toco el mentón de Jorge y éste rodó al suelo. –“Ahora te toca conmigo”- señaló el mayor de ellos, Adelfo Cal y Mayor, al tiempo de arremangarse la camisa. Este tuxtleco era mayor que yo unos tres años y de antemano sentí la desventaja, pues de los 15 a los 18 la diferencia es mucha. Me disponía a entregar la zalea cuando de repente oí una voz: -“¡Un momento!, Julio ya peleó, ahora el que quiera conmigo, pues ya sabe”. Era el enamorado de mi prima Lupita, Antonio Melgar Aranda, quien siete lustros después representaría a Chiapas en el Senado de la República. Me permití comentar la anécdota por una curiosa circunstancia: todos los señalados llegaron con posterioridad al incidente a ser mis amigos y algunos hasta mis compañeros de estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México. (Continuará en el próximo número de esta publicación).


M A R I A N A (nieta del autor)

¿Sabes, niña hermosa? / Te quiero decir una cosa / Besando tu tersa frente: / Soñé tus limpios ojos / Y tu boca roja de grana, / Tu pelo dorado de diosa, / Y escrito en el cielo tu nombre: / Mi linda y dulce Mariana.





Julio Serrano Castillejos

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Publicado el: 31-01-2013
Última modificación: 00-00-0000


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