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"EL REFUGIO" Editorial Dunken (27-12-2005)

Miriam y Susana bajaron atropelladamente aquella mañana, agitadas por la emoción. Su padre había decidido cederles el sótano para que lo trasformaran en atelier, estudio y mil cosas más.
Veían en aquel cúmulo de cajas, papeles, trastos viejos un soñado espacio propio, donde realizar peñas culturales y recibir a sus amigos. Ese fue el comienzo de interminables acarreos escaleras arriba, así había sido el trato, sesión del bien con auto gestión.
Despojado el inmenso salón de todo resto, de restos posibles, oían retumbar sus voces, lo que las hacía imaginar tertulias musicales, recitando poemas, o compartiendo la charla substanciosa con algún narrador invitado.
El piso lucía su costra opaca, manchado de vidas pasadas, aceites, kerosenes y óxidos varios.
Las paredes tenían cicatrices de humedad y el deslucido revoque amenazaba con caer apenas acariciaran su corteza.
Las cañerías que cruzaban el techo, por suerte conservaban su buena estructura y estaban secas, casi un milagro
Dos ventanas separadas por una columna.que daban al gran patio, hacían de ventilación y fuente de luz cenital.
El bajo escalera del sótano era un lugar perfecto para guardar las sillas o utilerías, requisadas a la casa y que servirían para ampliar las comodidades llegado el caso y la antigua Siam vendría de perlas para no andar merodeando por la cocina en busca de algo fresco.
Fueron días de intenso trabajo, donde el aroma a pintura fue substituyendo poco a poco el pegajoso olor a encierro.
Era evidente que sus limitaciones eran varias, no al revoque, si a la brocha encalada que cubría paredes y ladrillos carcomidos, si a los cables aéreos que dibujaban caprichosas formas, para no derruir aún más los muros inestables.


Terminado el maquillaje mural, pintaron el piso de marrón obscuro, e hicieron lo propio con la escalera, con lo que sepultaron el universo de manchas que tanto las preocupaba.
Veladores y lámparas de todo tipo ambientaban “El Refugio”.
Allí fueron entonces sus tableros y máquinas de soñar, sillones, alfombras, carpetas, la máquina Singer, el Winco, discos, un teléfono candelabro de bronce, una antigua alacena, un grabador Geloso y la radio Capilla que las hacía estremecer con los Cuentos de la Vieja Abadía, o emocionar con las trasmisiones de teatro de Radio Porteña, mientras se hamacaban en la Tonet de la abuela o hacían planos, planes, oleos, o tipeaban en la Underwood, historias, poemas, cartas … El único objeto que no les permitieron trasladar, fue el piano, ni pensar en bajar aquel Steinway vertical, por aquellas escaleras, además ya formaba parte de la decoración de la sala principal de la casa.
Hermosos sueños compartidos que duraron hasta que la vida las fue alejando de aquella casa, no de sus recuerdos e ilusiones juveniles.
No fueron pocas las siestas en las que su madre acarició el lugar, las pinturas, o puso a Sinatra en el viejo tocadiscos, mientras se recostaba en el sillón rodeada de aquellos objetos que ella personalmente acomodaba y plumereaba, como una manera de retener afectos o lágrimas, fuera de la vista de su esposo, a quien no engañaba cuando regresaba a la superficie con los ojos enrojecidos, según ella, por el sahumerio que le producía alergia, sahumerio que seguía reponiendo religiosamente para alimentar el espíritu de “El Refugio”.
……………………………………………………………………………………………………
Un inconfundible aroma envolvió a Miriam al abrir la puerta y cada escalón detuvo su corazón, le faltaba el aliento para trasponer la última puerta, prendió la luz, girando la llave mariposa y el inmenso espacio vacío la abofeteó, algunas láminas colgaban amarrillas de los muros, bebió con la vista todo aquello, buscando imágenes queridas. De pronto unos ágiles y juveniles pasos bajando la escalera, la volvieron a la realidad.
- ¡Guau! ¡Vieja que cueva para hacer música! –
Lentamente subieron abrazados, en silencio y mientras ordenaba que sacaran el cartel de VENTA de la propiedad, le entregó las llaves a su hijo. Acababa de comprender que esa casa necesitaba otra ronda de sueños.-



Marta B. Carrillo

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Publicado el: 21-01-2006
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"EL REFUGIO" Editorial Dunken (27-12-2005)

Miriam y Susana bajaron atropelladamente aquella mañana, agitadas por la emoción. Su padre había decidido cederles el sótano para que lo trasformaran en atelier, estudio y mil cosas más.
Veían en aquel cúmulo de cajas, papeles, trastos viejos un soñado espacio propio, donde realizar peñas culturales y recibir a sus amigos. Ese fue el comienzo de interminables acarreos escaleras arriba, así había sido el trato, sesión del bien con auto gestión.
Despojado el inmenso salón de todo resto, de restos posibles, oían retumbar sus voces, lo que las hacía imaginar tertulias musicales, recitando poemas, o compartiendo la charla substanciosa con algún narrador invitado.
El piso lucía su costra opaca, manchado de vidas pasadas, aceites, kerosenes y óxidos varios.
Las paredes tenían cicatrices de humedad y el deslucido revoque amenazaba con caer apenas acariciaran su corteza.
Las cañerías que cruzaban el techo, por suerte conservaban su buena estructura y estaban secas, casi un milagro
Dos ventanas separadas por una columna.que daban al gran patio, hacían de ventilación y fuente de luz cenital.
El bajo escalera del sótano era un lugar perfecto para guardar las sillas o utilerías, requisadas a la casa y que servirían para ampliar las comodidades llegado el caso y la antigua Siam vendría de perlas para no andar merodeando por la cocina en busca de algo fresco.
Fueron días de intenso trabajo, donde el aroma a pintura fue substituyendo poco a poco el pegajoso olor a encierro.
Era evidente que sus limitaciones eran varias, no al revoque, si a la brocha encalada que cubría paredes y ladrillos carcomidos, si a los cables aéreos que dibujaban caprichosas formas, para no derruir aún más los muros inestables.


Terminado el maquillaje mural, pintaron el piso de marrón obscuro, e hicieron lo propio con la escalera, con lo que sepultaron el universo de manchas que tanto las preocupaba.
Veladores y lámparas de todo tipo ambientaban “El Refugio”.
Allí fueron entonces sus tableros y máquinas de soñar, sillones, alfombras, carpetas, la máquina Singer, el Winco, discos, un teléfono candelabro de bronce, una antigua alacena, un grabador Geloso y la radio Capilla que las hacía estremecer con los Cuentos de la Vieja Abadía, o emocionar con las trasmisiones de teatro de Radio Porteña, mientras se hamacaban en la Tonet de la abuela o hacían planos, planes, oleos, o tipeaban en la Underwood, historias, poemas, cartas … El único objeto que no les permitieron trasladar, fue el piano, ni pensar en bajar aquel Steinway vertical, por aquellas escaleras, además ya formaba parte de la decoración de la sala principal de la casa.
Hermosos sueños compartidos que duraron hasta que la vida las fue alejando de aquella casa, no de sus recuerdos e ilusiones juveniles.
No fueron pocas las siestas en las que su madre acarició el lugar, las pinturas, o puso a Sinatra en el viejo tocadiscos, mientras se recostaba en el sillón rodeada de aquellos objetos que ella personalmente acomodaba y plumereaba, como una manera de retener afectos o lágrimas, fuera de la vista de su esposo, a quien no engañaba cuando regresaba a la superficie con los ojos enrojecidos, según ella, por el sahumerio que le producía alergia, sahumerio que seguía reponiendo religiosamente para alimentar el espíritu de “El Refugio”.
……………………………………………………………………………………………………
Un inconfundible aroma envolvió a Miriam al abrir la puerta y cada escalón detuvo su corazón, le faltaba el aliento para trasponer la última puerta, prendió la luz, girando la llave mariposa y el inmenso espacio vacío la abofeteó, algunas láminas colgaban amarrillas de los muros, bebió con la vista todo aquello, buscando imágenes queridas. De pronto unos ágiles y juveniles pasos bajando la escalera, la volvieron a la realidad.
- ¡Guau! ¡Vieja que cueva para hacer música! –
Lentamente subieron abrazados, en silencio y mientras ordenaba que sacaran el cartel de VENTA de la propiedad, le entregó las llaves a su hijo. Acababa de comprender que esa casa necesitaba otra ronda de sueños.-



Marta B. Carrillo

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Publicado el: 21-01-2006
Última modificación: 00-00-0000


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