portal de la palabra virtual
portal de la palabra virtual
portal de la palabra virtual portal de la palabra virtualno descansarán nuestros versos portal de la palabra virtualbajo la inerte sábana del olvido portal de la palabra virtualanaMía

El sexenio del General, Parte II

Cuando fui director general de la revista “Calpan Hoy” editada en Tuxtla Gutiérrez, hasta donde me fue posible le dediqué algunas páginas a los serranistas más connotados, a los principales y más leales amigos de Julio Serrano Castro, pero no únicamente por haber unido su destino político al de mi padre, sino por sus valores intrínsecos. De esa manera mencioné a don Carlos Castañón Gamboa, modelo de lealtad en la amistad al grado de preferir por circunstancia políticas perder su empleo antes de voltearle la espalda a su amigo de infancia y de toda la vida; a don Mario Culebro Solís, el más joven de los presidentes municipales que ha tenido Tuxtla quien de su peculio emprendía obras públicas para compensar el pobre presupuesto de la ciudad; y desde luego, a don Mauro Calderón, paradigma de honradez, como lo prueba el hecho de que no aceptase una diputación local alegando que él –aunque quería entrañablemente a Chiapas- había nacido en Juchitán, Oaxaca, y no estaba dispuesto a pasar por encima de la Constitución del estado en donde se exigía para ser diputado contar con la ciudadanía de Chiapas, por nacimiento. Cuando alguien le dijo: “Maestro Mauro, pero nadie se acuerda que usted nació en otra entidad”, contestó: -“Pero yo sí, y no voy a hacer lo contrario de lo que a diario le pregono a mis alumnos, al pedirles que en todos los actos de su vida se comporten con honestidad y sean veraces”. Esos eran los hombres, que de haber llegado mi padre a la gubernatura iban a colaborar con él, además de otros de altos y reconocidos valores que omito mencionar para no hacer de estas memorias una enciclopedia sobre el Serranismo en Chiapas.

En teoría, los precandidatos iban a recorrer el estado en sendas campañas y en un día previamente fijado reunirían a su gente en la calle principal de cada ciudad o poblado, en donde representantes del Partido Revolucionario Institucional harían un recuento, para saber de entre los cuatro contendientes quién de ellos tenía más partidarios, y ese sería nombrado candidato oficialmente. El método empleado provocó el ir y venir de los aspirantes acompañados de sus gentes en un sabroso jolgorio que puso a todo Chiapas en estado de fiesta permanente. “Adonde va a ser la bulla hoy compadre”, y para allá se iba la gente a disfrutar de los interminables bailongos y de las tamaladas gratuitas, de las “cochiteadas” con espumosas cervezas, a veces en los parques públicos y en ocasiones en las casas particulares. Mis guapas primas hermanas, Magdalena, Julia y María de Lourdes Serrano Figueroa, participaban en las animadas caravanas en automóviles descapotables a veces y en ocasiones en camiones de redilas, acompañadas de sus no menos guapas amigas, vestidas todas de chiapanecas, para animar los mítines en Tuxtla Gutiérrez. En Yajalón, las lindas hermanas Mahr Kánter, no obstante su reciente luto por haber perdido a su padre, Enrique Mahr Cristielb, acompañaban a don Julio apoyándolo decididamente y obteniendo para él más adeptos, dada la natural simpatía de ellas. Creo que en Ocosingo se suscitó un penoso incidente, pues cuando el piloto de mi padre, su sobrino Enrique Cano, le hizo notar que el cielo se empezaba a nublar y que debían volar antes de que las condiciones atmosféricas les impidieran la salida, ya en la pista del aeropuerto se le acercó a mi padre un señor, diciéndole: -“Señor licenciado, me llamo Gerardo Parada, soy el presidente del comité municipal del general Francisco J. Grajales en esta ciudad, pero como le escuché a usted sus discursos y la convicción con la que defiende sus postulados, en este preciso instante abrazo su causa y me convierto al serranismo”. Mi padre le dio la bienvenida y le agradeció se sumara a la lucha por él encabezada. Como el capitán aviador Enrique Cano insistiera en apurar la salida pues empezaba a lloviznar, mi papá se subió al aeroplano acompañado de otras personas para dirigirse a otro punto del recorrido electoral. Dicen los que ahí estaban, que el declarado nuevo serranista se acomidió a quitarle las cuñas a las ruedas del avión, pero como la hélice central estaba girando, al echarse para atrás no calculó correctamente su salida y las aspas le arrancaron de cuajo la cabeza, alcanzando el cuerpo a dar unos dos pasos y luego cayó al suelo. Un hijo del infortunado, salió corriendo a recoger la cabeza; el chamaco tendría unos trece años y todos lo vieron regresar con la cabeza hacia el cuerpo del padre, hablándole: -“Papacito, ¿qué te sucedió?”. El piloto alcanzó a comprender la dimensión de la tragedia cuando vio a los de abajo haciendo señas, con el canto de sus manos sobre sus propios cuellos, para que comprendiese que la hélice le había cercenado la cabeza a alguien. –“Tío Julio, creo sucedió algo terrible, vamos a bajar del avión”, le dijo Quico a mi padre, quien ordenó permanecieran todos en Ocosingo para asistir al velorio y posteriormente al sepelio de quien había sido su correligionario por escasos minutos. En la casa del señor decapitado por el avión, se empezó a repartir trago, como suele acontecer en tales casos en los pueblos chicos de Chiapas. Ya entonadas por el licor algunas personas atribuyeron la tragedia a “un castigo de Dios por el cambio de chaqueta” y aunque ciertos partidarios de don Julio Serrano Castro le aconsejaron abandonar el lugar ante la posibilidad de algún molesto incidente, él creyó de su deber acompañar a la viuda y a los hijos de tan desafortunado hombre, y así lo hizo, coadyuvando además a los gastos del sepelio.

Para no dejar al lector con un mal sabor de boca, paso a referir otras cuestiones, como el discurso pronunciado por mi padre desde el balcón del Hotel Jardín de Tuxtla, en momentos de clara inclinación gubernamental a favor de don Panchito, de donde ya deducirá el lector el alcance y contenido de las exaltadas frases, cargadas de señalamientos en contra de los que trastocaban los valores democráticos. En una ocasión, el pueblo amenazó con tomar la Casa de Gobierno y sacar de ahí al general César Lara, gobernador de la entidad, pero mi padre se opuso a ello y llamó a todos a la cordura, pues sabía que la violencia sólo acaba por desquiciar a las masas y lejos de resolver los problemas, exacerba las pasiones. Pero también se dieron momentos amables y la gente aprovechaba el enfrentamiento electoral en un ambiente de feria, de camaradería, de oportunos y humorísticos chascarrillos, en donde todos se divertían. En las pachangas proselitistas empezó a cobrar fama don Alberto Redondo, apodado “El Pie Frío” por sus amigos, como buen bailador y “no dejaba títere con cabeza”. Los gastos de campaña eran cuantiosos y para afrontarlos mi padre debió solicitar préstamos por uno y otro lado. Antes del plebiscito mi padre se enfrentó a una situación harto desventajosa, al igual que Gil Salgado Palacios y Bernardo Palomeque, pues el gobernador César Lara abiertamente apoyó la candidatura del general Francisco J. Grajales, con recursos gubernamentales y cesando del trabajo a los servidores públicos que no se manifestaran a favor de don Pancho, lo que debió ser seguramente por consigna, toda vez que un grupo de generales del Ejército Mexicano encabezados por don Joaquín Amaro, entrevistó al presidente Miguel Alemán para pedirle que el general Grajales fuese el gobernador. A don Carlos Castañón Gamboa, lo cesó el general César Lara de sus funciones como Director de Educación Física en el Estado, debiéndose ir en busca de mejores horizontes a la ciudad de Tapachula con su esposa y sus hijos, en donde abrió un negocio para poder subsistir. Debo hacer un paréntesis para consignar que siendo el licenciado Miguel Alemán Valdés el primer presidente civil después de una larga cadena de generales, con interrupciones como en el caso del triunvirato de la época del caudillismo: Emilio Portes Gil, Pascual Ortíz Rubio y Abelardo L. Rodríguez, no le podía negar al grupo de generales el favor solicitado, máxime que iban respaldados por don Joaquín Amaro, revolucionario de enorme prestigio al que los historiadores llaman el forjador del nuevo Instituto Armado Mexicano, por lo que aquí me permito resaltar que don Francisco J. Grajales no era ningún improvisado e independientemente de su sólida formación militar tenía como antecedente de mucho peso haber sido director general del Heroico Colegio Militar. Desde tiempos inmemoriales uno de los principios básicos de los procesos electorales ha sido el de la equidad, o sea, que los contendientes deben competir en situación de igualdad, con las mismas ventajas para unos y para otros, en circunstancias similares; pero en la especie se rompió dicho equilibrio y lógicamente los tres precandidatos que no contaban con el apoyo oficial, debían remar contra la corriente.

Algunos chiapanecos que habían militado en un principio en el serranismo, en el gilismo y en el palomequismo, al ver como se dice vulgarmente “de que lado mastica la iguana”, se cambiaron de bando para engrosar las filas del general Grajales. Ello provocó algunos rompimientos familiares, pues como era de suponerse, hasta entre hermanos ocupaban posiciones partidistas contrarias, pero como ese es uno de los riesgos de la democracia el asunto se tornó de cierta manera lógico, sin que ello implicase el que se dejasen de enconar las rivalidades entre parientes y entre vecinos, otrora inseparables en la consanguinidad o en la amistad, viéndose después con recelo. Sin pretender causarle desdoro a don Francisco J. Grajales, quien a la postre realizó una importante obra cultural acuerpado por un nutrido grupo de intelectuales que integraron la generación del Ateneo, me atrevo a afirmar que no supo el general Joaquín Amaro lo que le arrebató a Chiapas impidiendo que don Julio y hombres generosos, cultos y de valiosas prendas personales llegasen a gobernar esa bucólica provincia. Inclusive, siempre me dio la impresión de que el licenciado Miguel Alemán Valdés vivió con la mortificación de no haber sabido manejar la petición del general Joaquín Amaro, optando sin cortapisas por sacrificar al amigo; pues imperó la figura de la veleidosa diosa, llamada Política, generalmente esculpida de acciones manchadas por la insensatez y hasta de peores flaquezas. Ya adulto en diversas ocasiones le sugerí a mi padre que el comportamiento del presidente Alemán no había sido el correcto, pero mi progenitor salía siempre en defensa de su amigo, quien inclusive con posterioridad al fallido experimento democrático lo llamó para hacerlo su colaborador en una importante posición dentro de su Gabinete, pero mi padre no aceptó.

Me induce a pensar que el licenciado Miguel Alemán Valdés tuvo siempre en su conciencia la carga moral de no haber apuntalado al amigo, que en el caso lo era mi padre, pues en una ocasión en que fui a buscarlo a su domicilio particular de las calles de Fundición de la ciudad de México, para solicitar su ayuda en la organización de un ciclo de conferencias a celebrarse en la facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México, no quiso hablar conmigo y siempre mandó a entrevistarme a un auxiliar de él, de nombre Celso Vázquez, quien de manera caballerosa me ponía mil pretextos para cerrarme los cauces que me pudiesen acercar al señalado personaje. Dichos incidentes iniciaron en mí temprana edad la mala opinión que de siempre he tenido de los principales actores de la política a la mexicana, dados a manejarse con hipocresía para no afrontar la verdad que nos orilla a comportarnos dignamente. Inclusive, el mencionado auxiliar del licenciado Alemán, construyó toda una teoría para convencerme de lo imposible de mi petición pues “siendo su jefe un ex presidente de la República no debía ni podía participar en actos universitarios, así fuesen de carácter cultural, para evitar la maledicencia de sus enemigos”. El argumento caía por tierra, dado que en muchas ocasiones compareció don Miguel ante entidades educativas para recibir distinciones muy señaladas, y por si alguien duda de la veracidad de mis palabras, ahí están las fotografías en los periódicos guardados en la hemerotecas, en donde se le puede ver de toga y birrete, muchas de las veces acompañado del licenciado Juan González Alpuche.

Como mi padre me enseñó a no alimentar rencores, las veces que estuve cerca de don Miguel Alemán Valdés fui prudentemente amable sin incurrir en cortesanías. La misma conducta he observado a través de mi vida respecto a otras personas de las que no tengo muy buena opinión. No es el caso respecto a don Francisco J. Grajales, pues desde niño advertí que su lucha para llegar al gobierno de Chiapas no tenía como fuerza generadora animadversión alguna en contra de mi padre, lo que vino a demostrar en sus cuatro años de gobierno al no hostilizar a ningún partidario del serranismo y ni siquiera al actor principal. No todo en la política está infestado y por esa razón nunca he dramatizado mi contraposición a los que se dicen “servidores públicos” y sin embargo buscan colocarse en el poder para servirse de los demás, medrando con los intereses del pueblo y valiéndose de todas las argucias imaginables para no abandonar sus posiciones de privilegio.


Con esa grandeza de espíritu que siempre caracterizó a mi padre, cuando supo que me iba con mi familia a vivir a Tuxtla Gutiérrez en el año de 1976 para desempeñar el cargo de Representante del Capital en la Junta Regional Número 20 de la Federal de Conciliación y Arbitraje, me dijo: -“Seguramente algún día te encontrarás al general Francisco J. Grajales, por lo que te recomiendo lo trates con comedimiento y cortesía”. La oportunidad se presentó en el velorio de la tía Luchi Zepeda, casada con don Carlos Rabasa. Ahí me senté junto al general, me identifiqué y después de saludarlo cordialmente nos pusimos a charlar como si fuésemos dos viejos amigos. Don Panchito ya empezaba a sufrir de la visión pero su lucidez estaba intacta, no obstante lo avanzado de su edad.

Otras circunstancias me han unido en la amistad con el hijo del citado ex gobernador chiapaneco, el ingeniero conocido familiarmente en el medio tuxtleco como Manolo Grajales. Inclusive, ambos fuimos operados del corazón sin cirugía, bajo el método denominado de cateterismo y angioplastía, por lo que en un tiempo nos reuníamos a desayunar para intercambiar experiencias y darnos consejos mutuamente. Además, somos vecinos y constantemente nos encontramos en las oficinas principales de una institución bancaria, lo que ha venido a consolidar nuestra amistad.
No obstante la marginación sufrida por Chiapas en todos los órdenes, ha sido siempre una provincia sumamente politizada.

Quienes han participado en política, y en gran medida también los que somos sus familiares, no podemos ir por el mundo alimentando fobias y dejando enemigos por doquier, pues además de que ello enferma el espíritu no acarrea ningún buen resultado. Los enemigos de un momento determinado con el paso del tiempo pueden trocarse en coadyuvantes de nuestras más caras aspiraciones. Pero no se piense que estoy predicando el “buenismo”, que a decir de mi filósofo de cabecera, José Ingenieros, es la moral de los pequeños virtuosos. Más bien estoy en contra de las excesivas animadversiones en contra de personas, que al igual que nosotros, fueron marionetas de las circunstancias de su tiempo. Por ello nunca tuve empacho en visitar y en ser visitado por Oliverio Ramos, recalcitrante partidario del ingeniero Gil Salgado Palacios, quien fuese en la lucha democrática que vengo relatando en esta parte de mis memorias, uno de los más importantes opositores de las aspiraciones políticas que en Chiapas tuvo mi padre. Con Oliverio discutí en diversas ocasiones los pormenores de aquella lucha electoral, pero sin comprometer ni un ápice el afecto que ambos nos teníamos. Inclusive, cuando un infarto cerró sus ojos para siempre corrí a la funeraria “Calas” a ofrecerles a su esposa y a sus hijos mi modesto apoyo. Pero volvamos hacia atrás en el tiempo para retomar el cauce de los sucesos motivo de las presentes líneas.

Mi padre regresó a la ciudad de México en un claro y necesario abandono de una lucha política planteada por las circunstancias como inútil. A los pocos días de su arribo al Distrito Federal empezó a sentir molestias abdominales y creyó en un principio eran por una simple indisposición estomacal. Ya en manos de los médicos se descubrió que tenía supurada la apéndice y en estado de emergencia con una peritonitis ya declarada, fue intervenido quirúrgicamente. Todavía en su lecho de enfermo en el mes de septiembre de 1948, con posterioridad a los días en que no le permitían los facultativos esfuerzos físicos, le dedicó al pueblo de su querida provincia el siguiente manifiesto:

PUEBLO CHIAPANECO

Concluida mi participación en la pasada lucha pre-electoral para la renovación del Poder Ejecutivo del Estado y parte del Legislativo, cumplo con un deber de gratitud al dirigirme a las masas ciudadanas que me honraron con su apoyo decidido y leal, al considerar que mi modesta personalidad satisfacía sus anhelos de progreso y engrandecimiento de nuestro Estado y de la gran familia chiapaneca. Fue intención deliberada dejar transcurrir el mayor tiempo posible dentro del propio proceso electoral para dirigirme a mis conciudadanos, con el propósito de que las pasiones –que siempre se agitan en toda campaña política- se serenaran y el presente documento sea juzgado por mis propios amigos y aún por quienes contendieron en otros grupos, en su verdadero valor.

Acepté mi postulación al Gobierno del Estado, primero, porque tuve pruebas evidentes de que auténticas masas ciudadanas anhelaban nuestra participación en la política, deseosas de que Chiapas salga del marasmo en que se encuentra hundido; de que las nobles y generosas instituciones conquistadas por la Revolución lleguen a ser realidades vivientes para el pueblo chiapaneco; de que el progreso abra sus amplios horizontes en un Estado tan potencialmente rico como el nuestro, y, ante todo, para que cese ya la Era ignominiosa del nepotismo, del enriquecimiento ilícito de un puñado de malos ciudadanos que en unión de sus parientes y favoritos están esquilmando al pueblo chiapaneco; y, segundo, porque estimo que es deber ineludible de los ciudadanos limpios y probos aceptar las graves responsabilidades de la función política, como único medio de purificar el ambiente de la administración pública en nuestra entidad federativa.

Durante mi gira política, confirmé el anhelo de las mayorías ciudadanas de ser regidas por hombres capaces –por su preparación cultural y técnica y por su reconocida moral pública y privada- de comprender que gobernar a un pueblo es servirlo, y no lucrar con sus miserias; que presidir los destinos del Estado significa consagrase al trabajo que crea riqueza en beneficio del pueblo; por hombres capaces de comprender que administrar una entidad requiere despertar la confianza en todos los sectores para que cada uno de ellos cumpla la función que le está asignada en la convivencia social; por hombres capaces de comprender que gobernar es consagrar los dineros del pueblo al servicio del propio pueblo; en síntesis por hombres capaces de comprender que Chiapas necesita, que Chiapas exige pureza y honradez en sus gobernantes, porque sólo gobernándolo con pureza y honradez podrá surgir con plenitud a la comunidad de los pueblos civilizados.

Quizá porque el pueblo de Chiapas sabe que he sido y soy un ciudadano honesto, que no me he enriquecido en los altos puestos públicos que me ha tocado el honor de ocupar y que después de desempeñarlos por muchos años, soy un hombre pobre; tuvo fe en mí y me siguió anhelante durante todo mi recorrido por Chiapas, dispensándome recepciones inolvidables como las de Arriaga, Tuxtla Gutiérrez, Pueblo Nuevo, Huixtla, Tapachula, Tonalá, Suchiapa, Chiapa de Corzo, San Cristóbal las Casas, Amatenango del Valle, Comitán, Pichucalco, Ocosingo, Salto de Agua y otros muchos lugares, en los que todo un pueblo volcó su entusiasmo y su fe en los destinos de Chiapas. Lo confieso sin jactancia, mi honradez, mi probidad, son virtudes bien sencillas y modestas, pero el pueblo las comparaba con la conducta de los funcionarios de Chiapas y en contraste con ella, las veía refulgir como grandes virtudes; y ese contraste, lo llevaba al delirio en su deseo de que hombres honrados lo gobiernen. Confieso también, que siempre he sido leal a mis sentimientos revolucionarios y que mi vida la he consagrado a la defensa de los intereses de las grandes colectividades. Mi pueblo, sin duda, me siguió, porque también tiene fe en mis profundas convicciones sociales.

Me cabe la satisfacción plena de que al participar en las elecciones internas del domingo 9 de mayo último, lo hice con el ánimo exclusivo de servir al pueblo chiapaneco, sin más garantía de triunfo que el apoyo de las mayorías ciudadanas y el respeto que las autoridades del Estado deben a la soberanía del pueblo, para dejar a éste en la libertad de expresar su voluntad electoral.
Siento la satisfacción del deber cumplido.

En efecto, durante la campaña consagré mis energías a estudiar e investigar los graves problemas que aquejan a nuestra patria chica. Recorrí Chiapas y mi preocupación constante, más que la propia actividad política, fue la de establecer conexiones con todos los sectores vivos del Estado, sin distinción de grupos ni categorías, para adentrarme en los verdaderos anhelos del pueblo y sentir sus palpitaciones, a fin de poder servirlo mejor, si con su voto me ungía Primer Magistrado de Chiapas. Aparte del contacto directo que tomé con todos los pueblos, ejidos, rancherías y centros de trabajo que visitamos, establecí el precedente de las conferencias de Mesa Redonda en las campañas electorales locales, y los frutos recogidos en las siete que efectuamos en Arraiga, Tuxtla Gutiérrez, Tapachula, San Cristóbal las Casas, Comitán, Pichucalco y Salto de Agua, rendirán beneficios directos a nuestro Estado, ya que todos los sectores que concurrieron a las mismas, tuvieron, por primera vez en nuestra historia, oportunidad de analizar y estudiar los hondos problemas que aquejan a la colectividad chiapaneca y de expresar su auténtico sentir dentro del más absoluto respeto a la libertad de pensamiento. El esfuerzo de las citadas conferencias significa una franca cooperación al engrandecimiento de Chiapas, aun cuando no hayamos obtenido el triunfo* anhelado, puesto que en las mismas fueron analizados, aparte de los problemas de cada región, los siguientes estatales: comunicaciones y transportes, ganadero,, agrícola, demológico, comercial y bancario, educativo, fiscal, obrero, editoriales, indígena, industrial, forestal, ejidal, irrigación y captación de aguas , y aprovechamiento y conservación de recursos naturales.
Nunca lancé injurias en contra de mis oponentes, ni aun ataques justificados, y a pesar de que fui víctima de constantes calumnias y de una sistemática campaña de diatribas, siempre conservé la serenidad del hombre de bien y jamás denosté a precandidato alguno. Frente al vendaval de injurias que recibía, prediqué la concordia entre la familia chiapaneca y reiteré que la democracia sólo cumple su función, cuando en las luchas electorales en vez de dividir y romper la unidad entre los componentes de un pueblo que ansiosamente busca su redención, fortalece los lazos de la solidaridad social, y cuando en lugar de hundir a la masa ciudadana en un abismo de rencores y odios estériles y negativos, la eleva a un plano de concordia, en el que el trabajo y las energías humanas captadas con fines de superación social, se convierten en un himno creador del bienestar del hombre. Y estos conceptos los reafirmo hoy, con el mismo entusiasmo de ayer, porque la derrota no me amarga, ni es capaz de esterilizar mis convicciones revolucionarias y democráticas, sino todo lo contrario, me afirma en ellas y me da fuerza para continuar en la lucha por el engrandecimiento de nuestra patria.
Mi lealtad fue puesta íntegramente al servicio del pueblo. No trafiqué –jamás lo he hecho- con los sagrados intereses del pueblo chiapaneco, ni traicioné la confianza que pusieron en mí todos los ciudadanos -hombres y mujeres- que siguieron mi causa.

• No fue derrotado por el pueblo sino por las circunstancias.

Toda mi capacidad de trabajo, mi energía, mi entusiasmo sin límite de fatiga, los aporte en cooperación sincera, al trabajo y a los desvelos de miles y miles de ciudadanos, que denodadamente lucharon por el triunfo de nuestra causa, que, sin pretensiones, podemos afirmar orgullosamente era la causa del pueblo chiapaneco. Ni una penosa alteración de mi salud, que en los momentos en que se decidía el destino de nuestro Estado, me obligó a someterme a una operación quirúrgica de emergencia que me retuvo enfermo durante cuarenta y cinco días, me impidió cumplir con máxima lealtad los deberes que me impuse al aceptar mi postulación. Desde mi lecho de enfermo, me negué a entrar en componendas que habrían manchado mi modesta trayectoria democrática y revolucionaria, y me apresté a defender, como lo hice hasta lo último, los intereses que el pueblo confió a mis manos. No importa que la victoria nos haya sido adversa, ya que ningún hombre está obligado a triunfar, por cuanto que la decisión electoral no está en sus manos; pero a lo que sí está obligado es a defender con sinceridad y honradez la causa que representa, y a no tomar determinaciones políticas a espaldas de sus partidarios, para las que no ha sido expresamente autorizado por éstos; y a este respecto, también siento la satisfacción del deber cumplido.
Mucho se ha especulado acerca de las bondades democráticas de quienes están prestos a uncirse al carro de los vencedores reconociendo el triunfo de éstos y su derrota propia –cualquiera que sea su origen-, para convertirse luego en sus más activos y denodados propagandistas y usufructuar una situación política, a la que no sólo no contribuyeron, sino combatieron por considerarla perjudicial a los intereses del pueblo; y mucho se censura a quienes adoptan una actitud contraria a ésta y no se convierten en los apologistas de su oponente triunfante. Creo que se ha invertido la tabla moral de los valores políticos. Yo considero que lo difícil, lo áspero, lo escabroso en el medio que vivimos, después de una derrota política, es permanecer leal a sus ideales; lo honrado, lo leal, es no usufructuar posiciones políticas traficando con la miseria, el dolor y las penalidades de sus correligionarios; es no acomodarse dentro del grupo triunfante para utilizar a sus propios partidarios como simples escaños para satisfacer ambiciones políticas. Lo fácil es el oportunismo, la transacción de intereses ajenos, la entrega de una esperanza que no debe uno usufructuar, sino devolver al pueblo, para que éste con la intuición suprema que siempre lo conduce hacia el progreso, resuelva su destino, por mano propia, y no por conducto de quienes, primero reciben de él su confianza, para después traficar con ella y escalar puestos que no les corresponden. Fiel a mis convicciones políticas, no transé el caso de Chiapas; no extendí reconocimientos para los que no estaban autorizados por mis conciudadanos; no me até a ningún carro de la victoria, ni me convertí en apologista de mi oponente triunfante.**

* Es una forma elegante de hacer notar que el triunfo electoral no estaba tampoco en manos del pueblo, pues como lo saben los observadores, un grupo de generales le sugirió al presidente Miguel Alemán Valdés el nombre del ganador.
**Al Lic. Julio Serrano Castro se le ofreció una Subsecretaría en el gobierno alemanista, pero de haberla aceptado, quedaba tácitamente obligado a convertirse en apologista de su oponente triunfante. Inclusive, en varias ocasiones lo escuché decir: - “De haber aceptado mi reingreso al gabinete del presidente Alemán, el pueblo de Chiapas tenía el derecho de verme como un arribista que aprovechó la ocasión para satisfacer ambiciones políticas personales”.



Consecuentemente con mi pensamiento y mi moral política, no vengo a envenenar al pueblo, ni a crearle odios y rencores negativos, ni a fomentar divisiones estériles que impidan su marcha con paso firme por la senda del progreso. Vengo solamente, con mi corazón, con una inmensa gratitud que nace de lo más hondo de mi espíritu, a expresarle mi reconocimiento imperecedero por la confianza que me dispensó, por el honor que me hizo al convertirme en abanderado de sus más caros ideales; vengo así mismo a cumplir con otro deber político, a devolver al pueblo la esperanza, la confianza que depositó en mí, para que, con la intuición de que hablaba antes, sean mis propios correligionarios, con su alta calidad ciudadana, y no yo, quienes decidan el destino histórico, en lo que a ellos atañere, de nuestra patria chica. Yo, a mi vez, sólo me siento autorizado para prometer a mis compañeros de lucha y al pueblo de Chiapas, servirlos en la medida de mi modesta capacidad y de su voluntad soberana.

En cuanto a las experiencias recogidas en la pasada lucha electoral, por dolorosas que ellas sean, como auténticos demócratas no debemos desfallecer, ni perder la fe en los destinos históricos de nuestro pueblo; ni siquiera debemos afirmar que sea la Revolución misma la responsable de las graves fallas que aún registra todo proceso electoral, ya que la Revolución no recibió como herencia del pasado una organización democrática que en sus manos haya declinado, sino al contrario, destruyó un régimen dictatorial, que negaba al pueblo todos sus derechos y libertades; y la democracia, por cuya senda marcha ahora México, no podrá ser jamás el producto superado de una entelequia; la democracia es un sistema político y social que crea el pueblo mismo; y si el pueblo se retrajera del fenómeno político por las diferencias y errores que aun registran las luchas electorales, desando condenar al pueblo, con ello, la negación a las libertades políticas contribuiría eficazmente con su abstinencia a la negación absoluta de la democracia. El camino de la superación política, no es el del abstencionismo, sino el de una participación cada vez más viva y vigorosa en la función política; y cualesquiera que sean las fallas del régimen democrático y los errores en que incurren las autoridades que intervienen en el proceso electoral, el pueblo debe reafirmar su fe en la democracia.

Debemos condenar, en defensa de la democracia misma, al abstencionismo político, y vigorizar la participación del pueblo en las luchas cívicas, porque sólo el ejercicio constante de sus derechos ciudadanos hará posible el respeto a éstos y la superación de la democracia, en beneficio del pueblo mismo.

¡Chiapanecos! Con mi fe puesta en los destinos de Chiapas, me reitero como un leal y devoto servidor del pueblo.
México, D. F., a primero de septiembre de 1948.
Lic. Julio Serrano Castro.

El manifiesto arriba transcrito me lo proporcionó mi tío, el ingeniero Gustavo Serrano Martínez Baca, en Tuxtla Gutiérrez, unos dos o tres años antes de su fallecimiento, pidiéndome lo guardase celosamente para darlo a la publicidad algún día, pues a su juicio “puede ser calificado como una lección de ética política en donde se conservan vigentes principios útiles hasta el día de hoy”.

El libro que me obsequió el MVZ Rafael Aguilar Mota el día 21 de septiembre de 1988 en donde don Gerbasio Grajales Gómez recordó el fallido experimento democrático del año de 1948 en el estado de Chiapas, y en consecuencia, la frustración de todo un pueblo que creyó en los principios de la democracia, pero que se supo burlado por las circunstancias, me obligó a traer a estas memorias cuestiones del pasado, que no han perdido actualidad, pues no obstante los avances dentro de los procesos electorales, nos falta mucho para obtener los niveles apetecidos por la ciudadanía.

Estaba leyendo las ocurrencias de don Gerba –como le decían sus más cercanos amigos-, cuando escuché sonar el timbre del teléfono. –“Es Gustavo Vila Serrano, que te habla desde Tapachula”, me dijo mi esposa.
Al tomar la bocina le expresé a mi familiar, avecindado desde hacía muchos años en la Perla del Soconusco, en donde abrió su despacho como notario público, mi satisfacción por tener el gusto de su llamada. –“No me agradezcas, te llamé para darte una muy mala noticia, debes ser muy fuerte para soportarla”, me expresó con voz cortada por una inocultable emoción. Yo sabía que mi padre se había alojado en su casa, en donde Gustavo y su esposa Margarita Larráinzar lo habían llenado de atenciones. –“¿Se trata de mi papá?” Pregunté con la leve esperanza de que fuese para otro asunto la llamada. –“Sí –dijo Gustavo con la voz notoriamente quebrada- se trata de tío Julio. Lo interrogué, a manera de darme valor, con voz firme y con una frase para mi lapidaria, pero indispensable para mi conciencia: -“¿Murió mi papá? Al oír un breve sí, le pregunte: -“¿A qué hora?”. Gustavo Vila fue lacónico: -“Hace media hora”.

Don Julio Serrano Castro tenía 81 años cumplidos cinco meses y medio antes. Según los doctores sufrió un infarto del miocardio. El día 21 de septiembre de 1988 por la mañana desayunó con muy buen apetito y al medio día empezó a sentir lo que él pensó era una indigestión. Fue a verlo a la casa en donde estaba alojado, el doctor Eduardo Gutiérrez Farrera, hijo de una prima hermana de mi padre, quien aconsejó lo examinase un cardiólogo. Según me relató mi hermano Sergio, fueron al consultorio de un cardiólogo particular mi padre y él, y ahí le tomaron un electrocardiograma al enfermo, quien hacia 26 días había sufrido las consecuencias de un asalto en los terrenos de su finca productora de café, en compañía de mi hermano Sergio, con el consiguiente disgusto y desencanto al enterarse, por sus propias indagaciones, que un empleado de él, encargado de elaborar las planillas para pagar a los trabajadores de la finca, era el autor intelectual del asalto. Mi padre era un hombre de singular fortaleza física y moral, acostumbrado a arrostrar vicisitudes de dimensiones para otros inaceptables, y de tal manera, llevó el peso de la respectiva denuncia ante el agente del Ministerio Público y posteriormente las gestiones ante el Juez de la causa penal el licenciado Julio César Domínguez, pues gracias a su habilidad fue posible detener a tres de los cuatro autores materiales del ilícito y al ya referido autor intelectual. Ese disgusto, posiblemente afectó su corazón y determinó el accidente vaso bascular que obstruyó una de sus arterias coronarias.

Un periodista de Tuxtla de mala fama por cierto escribió en sus memorias, con una falta absoluta de rigor histórico, que el ex senador Julio Serrano Castro había muerto a manos de unos asaltantes en su finca de café al conducir la raya, pero lo cierto es que no sabemos si el asalto fue o no determinante en la presentación del infarto, pues entre uno y otro mediaron veintiséis días. Lo que nunca supo el periodista de marras al que sus amigos lo identificaron siempre por ser un gorrón profesional de las copas y de rimbombante segundo nombre Ruiseñor, es que mi padre desarmado como estaba dominó psicologicamente a los cuatro asaltantes y todavía se dio el lujo de indagar su paradero y ponerlos en manos de la justicia. La mala fe del informador fue evidente pues en su larga nota nunca habló de las muchas virtudes humas, políticas y sociales del extraordinario tribuno Julio Serrano Castro.

Cuando mi padre iba al panteón Francés de la Piedad a dejar flores a la tumba de mi abuelo, don Federico C. Serrano Figueroa, siempre decía: -“Cuando yo muera ¿quién se ocupará de traerle flores a mi papá?” Y a continuación agregaba: -“Si me entierran con mi padre, las flores que me traigan mis hijos también serán para él”. Era una forma velada de solicitar lo enterrásemos con el autor de sus días, en cuya tumba también estaban los restos de mi hermano Rafael y de mi tío José Segundo, hermano mayor de mi padre. Pero no era fácil trasladar los restos mortales de don Julio Serrano de Tapachula a la ciudad de México, pues el ciclón Gilberto había dejado incomunicado al estado de Chiapas por aire y por tierra.

Mi medio hermano Gabriel Serrano Espinosa, movido seguramente por su inexperiencia, dispuso desde la capital de la República alquilar un pequeño aeroplano y trasladar en una bolsa de plástico con cremallera el cuerpo, pero los hijos del primer matrimonio nos opusimos. Mi primo, el notario público Gustavo Vila Serrano, se indignó cuando supo lo que pretendía Gabriel. –“De ninguna manera se le va a trasladar a tío Julio como si fuese una pieza de caza -señaló Gustavo con una severidad digna de encomio-, se trata de uno de los políticos que más lustre le dieron a Chiapas, autor de la propuesta para la creación de la Medalla Belisario Domínguez, cuando era senador de la República, dando lustre a México y a nuestro estado con una larga carrera política y su acrisolada honestidad”. Mi hermana Elizabeth y yo, logramos que la noticia de la muerte de nuestro padre y las dificultades para conducir el cuerpo a la ciudad capital, llegasen a los oídos del general Absalón Castellanos Domínguez, pues conociendo su caballerosidad y su reconocimiento a la figura de nuestro padre, creímos prudente hacerle llegar la infausta noticia.

El gobernador de Chiapas, hombre de indudable bonhomía y conocedor de los antecedentes de mi padre como destacado militante del partido político de ambos y chiapaneco de brillante trayectoria en los medios de la administración pública, envió a mi domicilio a Fernando Balboa Junco, a la sazón encargado de coordinar las operaciones aéreas para transportar al Jefe del Ejecutivo estatal y a otros importantes funcionarios. Fernando me hizo saber que un avión Arabá, de fabricación israelí, “por órdenes del señor Gobernador estaría a la disposición de la familia para llevar el cadáver de don Julio a donde fuese necesario”. Se me dio cita en el aeropuerto a las seis y media de la mañana del día 22 de septiembre, en donde dos pilotos me esperaban con la aeronave ya en condiciones de vuelo. Llegamos a Tapachula y en la pista del aeropuerto nos esperaba mi hermano Sergio, con Gustavo Vila Serrano acompañado de su esposa Margarita, además de Santiago Serrano y su señora, Carmelita, con la carroza fúnebre a un lado y en ella el cuerpo de mi padre en un ataúd metálico. Se le veía a don Julio sereno, como si estuviese gozando de un placentero sueño pues en su cara no se dibujaba un solo rictus de muerte ni del dolor provocado por el infarto. Mi hermano Sergio Manuel, Santiago y Carmelita se subieron al avión y asistieron así al sepelio de mi padre, junto conmigo.

El vuelo fue muy lento pues el avión aunque polifacético, en razón de su diseño para el paracaidismo, para servir de hospital, para transportar un jeep y para otros menesteres, no tenía la velocidad crucero de las naves modernas. Arribamos a la capital del país como a las quince horas y ello impidió que el homenaje de cuerpo presente dispuesto por los senadores en funciones, para realizarse en sesión solemne, se llevara al cabo. En el aeropuerto de México me esperaba el encargado de la representación del Gobierno de Chiapas, para efectos del traslado del cadáver de mi padre, un norteño conocido como El Güero Garza, haciéndome saber que el aparato y sus pilotos estaban a mi disposición para mi regreso, cuando yo lo decidiera, según órdenes del señor gobernador, el general Absalón Castellanos Domínguez. Les agradecí la gentileza y manifesté mi deseo de ir personalmente a decírselo así al gobernador por sus atenciones, pero rechacé la gentil propuesta de detener el avión en la capital, pues yo debía quedarme ahí a gestionar importantes asuntos familiares para regresar a Tuxtla en el momento oportuno, en un avión de línea comercial. Mi hermano Gabriel dispuso llevar el cuerpo a la funeraria de las calles de Félix Cuevas. No me opuse pensando que ahí se le iba a velar, pero estando en ese lugar me enteré que se trataba de cambiarlo a un ataúd de mejor presencia, pues el comprado por Sergio en Tapachula le pareció inadecuado a Gabriel, dado a los fastos y oropeles que le inculcó su madre, la segunda esposa de mi progenitor quien en El Ecuador había tenido una vida francamente modesta y ya al lado del célebre político chiapaneco había dado una vuelta de campana su fortuna.

El cadáver de mi padre fue trasladado a su casa del pedregal de San Angel hasta las nueve de la noche, cinco horas después de su arribo a la funeraria de la Colonia del Valle, en donde permaneció inexplicablemente ese largo tiempo. Mi esposa no pudo acompañarme ni tampoco mis hijos Ana Olivia y Julio, pero en la capital conté con la presencia de mis hijas María Alejandra y María Isabel, la de mis hermanos de padre y madre Elizabeth, Ana María, Martha Eugenia, Sergio Manuel y Gabriela Olivia, además de otros familiares de mi especial afecto.

El día 23 de septiembre nos trasladamos con el cuerpo de mi papá al panteón Francés de la Avenida Cuauhtémoc. Ahí mi amigo Fedro Guillén Castañón, también mi pariente por afinidad, pronunció una sentida oración fúnebre. Al terminar sus emocionadas palabras preguntó: -“¿En dónde está Mechitas? Me quiero despedir de ella”. Mi media hermana María Mercedes respondió: -“Mi mamá no vino al entierro”.

Cuando llegamos a la casa del Pedregal a recoger el automóvil que ahí dejamos para ir en los camiones de la agencia funeraria acompañando a mi primo Pablo Sastré Serrano y a su esposa Carmelita, a mi prima Maluye de los mismos apellidos y a otros familiares y amigos, Sergio y yo encontramos a la viuda de mi padre -a la que siempre le dijimos Mechita- con una amiga, por cierto viuda del licenciado Agustín García López. Nos sugirió nos quedásemos a comer con ella, pues “tenía preparado un suculento puchero que seguramente nos iba a agradar”. El ambiente de la recién viuda y sus amigas era muy lejano al luto que estábamos viviendo los Serrano Castillejos y se hacía ostensible en el tono de voz de Mercedes francamente zalamero y como de fiesta.

Mechita, a la que llegué a querer bastante y ahora nos tratamos mutuamente con suma delicadeza, mandó a retirar del féretro de mi padre el crucifijo de la tapa del ataud y sugirió no se solicitaran los servicios religiosos de algún sacerdote. Supongo esa determinazción derivó de los principios socialistas y liberales de los que siempre hizo gala mi progenitor, aunque me consta que él nunca negó la existencia de Dios.

En el velorio de mi papá –en la ciudad de México- recibí una llamada telefónica de Chabe para decirme que en el radio y la televisión aparecía mi nombre como candidato a Síndico Municipal de la planilla encabezada por el doctor Enoch Cancino Casahonda. Permanecí en la capital lo indispensable para atender un asunto familiar, el relativo a la finca “Santa Lucía”, pues Mercedes nos dio cita en el despacho de un notario público, para “tirar la nueva escritura” con la participación de Gerardo Revuelta Uribe, quien había fungido en el papel de presta nombre de mi padre por lo que hacía a la finca cafetalera


Julio Serrano Castillejos

Copyright © Todos los derechos reservados.

Publicado el: 04-09-2006
Última modificación: 10-03-2014


editar deja comentario al poema ver mensajes ver comentarios al poema

regresar









portal de la palabra virtual














El sexenio del General, Parte II

Cuando fui director general de la revista “Calpan Hoy” editada en Tuxtla Gutiérrez, hasta donde me fue posible le dediqué algunas páginas a los serranistas más connotados, a los principales y más leales amigos de Julio Serrano Castro, pero no únicamente por haber unido su destino político al de mi padre, sino por sus valores intrínsecos. De esa manera mencioné a don Carlos Castañón Gamboa, modelo de lealtad en la amistad al grado de preferir por circunstancia políticas perder su empleo antes de voltearle la espalda a su amigo de infancia y de toda la vida; a don Mario Culebro Solís, el más joven de los presidentes municipales que ha tenido Tuxtla quien de su peculio emprendía obras públicas para compensar el pobre presupuesto de la ciudad; y desde luego, a don Mauro Calderón, paradigma de honradez, como lo prueba el hecho de que no aceptase una diputación local alegando que él –aunque quería entrañablemente a Chiapas- había nacido en Juchitán, Oaxaca, y no estaba dispuesto a pasar por encima de la Constitución del estado en donde se exigía para ser diputado contar con la ciudadanía de Chiapas, por nacimiento. Cuando alguien le dijo: “Maestro Mauro, pero nadie se acuerda que usted nació en otra entidad”, contestó: -“Pero yo sí, y no voy a hacer lo contrario de lo que a diario le pregono a mis alumnos, al pedirles que en todos los actos de su vida se comporten con honestidad y sean veraces”. Esos eran los hombres, que de haber llegado mi padre a la gubernatura iban a colaborar con él, además de otros de altos y reconocidos valores que omito mencionar para no hacer de estas memorias una enciclopedia sobre el Serranismo en Chiapas.

En teoría, los precandidatos iban a recorrer el estado en sendas campañas y en un día previamente fijado reunirían a su gente en la calle principal de cada ciudad o poblado, en donde representantes del Partido Revolucionario Institucional harían un recuento, para saber de entre los cuatro contendientes quién de ellos tenía más partidarios, y ese sería nombrado candidato oficialmente. El método empleado provocó el ir y venir de los aspirantes acompañados de sus gentes en un sabroso jolgorio que puso a todo Chiapas en estado de fiesta permanente. “Adonde va a ser la bulla hoy compadre”, y para allá se iba la gente a disfrutar de los interminables bailongos y de las tamaladas gratuitas, de las “cochiteadas” con espumosas cervezas, a veces en los parques públicos y en ocasiones en las casas particulares. Mis guapas primas hermanas, Magdalena, Julia y María de Lourdes Serrano Figueroa, participaban en las animadas caravanas en automóviles descapotables a veces y en ocasiones en camiones de redilas, acompañadas de sus no menos guapas amigas, vestidas todas de chiapanecas, para animar los mítines en Tuxtla Gutiérrez. En Yajalón, las lindas hermanas Mahr Kánter, no obstante su reciente luto por haber perdido a su padre, Enrique Mahr Cristielb, acompañaban a don Julio apoyándolo decididamente y obteniendo para él más adeptos, dada la natural simpatía de ellas. Creo que en Ocosingo se suscitó un penoso incidente, pues cuando el piloto de mi padre, su sobrino Enrique Cano, le hizo notar que el cielo se empezaba a nublar y que debían volar antes de que las condiciones atmosféricas les impidieran la salida, ya en la pista del aeropuerto se le acercó a mi padre un señor, diciéndole: -“Señor licenciado, me llamo Gerardo Parada, soy el presidente del comité municipal del general Francisco J. Grajales en esta ciudad, pero como le escuché a usted sus discursos y la convicción con la que defiende sus postulados, en este preciso instante abrazo su causa y me convierto al serranismo”. Mi padre le dio la bienvenida y le agradeció se sumara a la lucha por él encabezada. Como el capitán aviador Enrique Cano insistiera en apurar la salida pues empezaba a lloviznar, mi papá se subió al aeroplano acompañado de otras personas para dirigirse a otro punto del recorrido electoral. Dicen los que ahí estaban, que el declarado nuevo serranista se acomidió a quitarle las cuñas a las ruedas del avión, pero como la hélice central estaba girando, al echarse para atrás no calculó correctamente su salida y las aspas le arrancaron de cuajo la cabeza, alcanzando el cuerpo a dar unos dos pasos y luego cayó al suelo. Un hijo del infortunado, salió corriendo a recoger la cabeza; el chamaco tendría unos trece años y todos lo vieron regresar con la cabeza hacia el cuerpo del padre, hablándole: -“Papacito, ¿qué te sucedió?”. El piloto alcanzó a comprender la dimensión de la tragedia cuando vio a los de abajo haciendo señas, con el canto de sus manos sobre sus propios cuellos, para que comprendiese que la hélice le había cercenado la cabeza a alguien. –“Tío Julio, creo sucedió algo terrible, vamos a bajar del avión”, le dijo Quico a mi padre, quien ordenó permanecieran todos en Ocosingo para asistir al velorio y posteriormente al sepelio de quien había sido su correligionario por escasos minutos. En la casa del señor decapitado por el avión, se empezó a repartir trago, como suele acontecer en tales casos en los pueblos chicos de Chiapas. Ya entonadas por el licor algunas personas atribuyeron la tragedia a “un castigo de Dios por el cambio de chaqueta” y aunque ciertos partidarios de don Julio Serrano Castro le aconsejaron abandonar el lugar ante la posibilidad de algún molesto incidente, él creyó de su deber acompañar a la viuda y a los hijos de tan desafortunado hombre, y así lo hizo, coadyuvando además a los gastos del sepelio.

Para no dejar al lector con un mal sabor de boca, paso a referir otras cuestiones, como el discurso pronunciado por mi padre desde el balcón del Hotel Jardín de Tuxtla, en momentos de clara inclinación gubernamental a favor de don Panchito, de donde ya deducirá el lector el alcance y contenido de las exaltadas frases, cargadas de señalamientos en contra de los que trastocaban los valores democráticos. En una ocasión, el pueblo amenazó con tomar la Casa de Gobierno y sacar de ahí al general César Lara, gobernador de la entidad, pero mi padre se opuso a ello y llamó a todos a la cordura, pues sabía que la violencia sólo acaba por desquiciar a las masas y lejos de resolver los problemas, exacerba las pasiones. Pero también se dieron momentos amables y la gente aprovechaba el enfrentamiento electoral en un ambiente de feria, de camaradería, de oportunos y humorísticos chascarrillos, en donde todos se divertían. En las pachangas proselitistas empezó a cobrar fama don Alberto Redondo, apodado “El Pie Frío” por sus amigos, como buen bailador y “no dejaba títere con cabeza”. Los gastos de campaña eran cuantiosos y para afrontarlos mi padre debió solicitar préstamos por uno y otro lado. Antes del plebiscito mi padre se enfrentó a una situación harto desventajosa, al igual que Gil Salgado Palacios y Bernardo Palomeque, pues el gobernador César Lara abiertamente apoyó la candidatura del general Francisco J. Grajales, con recursos gubernamentales y cesando del trabajo a los servidores públicos que no se manifestaran a favor de don Pancho, lo que debió ser seguramente por consigna, toda vez que un grupo de generales del Ejército Mexicano encabezados por don Joaquín Amaro, entrevistó al presidente Miguel Alemán para pedirle que el general Grajales fuese el gobernador. A don Carlos Castañón Gamboa, lo cesó el general César Lara de sus funciones como Director de Educación Física en el Estado, debiéndose ir en busca de mejores horizontes a la ciudad de Tapachula con su esposa y sus hijos, en donde abrió un negocio para poder subsistir. Debo hacer un paréntesis para consignar que siendo el licenciado Miguel Alemán Valdés el primer presidente civil después de una larga cadena de generales, con interrupciones como en el caso del triunvirato de la época del caudillismo: Emilio Portes Gil, Pascual Ortíz Rubio y Abelardo L. Rodríguez, no le podía negar al grupo de generales el favor solicitado, máxime que iban respaldados por don Joaquín Amaro, revolucionario de enorme prestigio al que los historiadores llaman el forjador del nuevo Instituto Armado Mexicano, por lo que aquí me permito resaltar que don Francisco J. Grajales no era ningún improvisado e independientemente de su sólida formación militar tenía como antecedente de mucho peso haber sido director general del Heroico Colegio Militar. Desde tiempos inmemoriales uno de los principios básicos de los procesos electorales ha sido el de la equidad, o sea, que los contendientes deben competir en situación de igualdad, con las mismas ventajas para unos y para otros, en circunstancias similares; pero en la especie se rompió dicho equilibrio y lógicamente los tres precandidatos que no contaban con el apoyo oficial, debían remar contra la corriente.

Algunos chiapanecos que habían militado en un principio en el serranismo, en el gilismo y en el palomequismo, al ver como se dice vulgarmente “de que lado mastica la iguana”, se cambiaron de bando para engrosar las filas del general Grajales. Ello provocó algunos rompimientos familiares, pues como era de suponerse, hasta entre hermanos ocupaban posiciones partidistas contrarias, pero como ese es uno de los riesgos de la democracia el asunto se tornó de cierta manera lógico, sin que ello implicase el que se dejasen de enconar las rivalidades entre parientes y entre vecinos, otrora inseparables en la consanguinidad o en la amistad, viéndose después con recelo. Sin pretender causarle desdoro a don Francisco J. Grajales, quien a la postre realizó una importante obra cultural acuerpado por un nutrido grupo de intelectuales que integraron la generación del Ateneo, me atrevo a afirmar que no supo el general Joaquín Amaro lo que le arrebató a Chiapas impidiendo que don Julio y hombres generosos, cultos y de valiosas prendas personales llegasen a gobernar esa bucólica provincia. Inclusive, siempre me dio la impresión de que el licenciado Miguel Alemán Valdés vivió con la mortificación de no haber sabido manejar la petición del general Joaquín Amaro, optando sin cortapisas por sacrificar al amigo; pues imperó la figura de la veleidosa diosa, llamada Política, generalmente esculpida de acciones manchadas por la insensatez y hasta de peores flaquezas. Ya adulto en diversas ocasiones le sugerí a mi padre que el comportamiento del presidente Alemán no había sido el correcto, pero mi progenitor salía siempre en defensa de su amigo, quien inclusive con posterioridad al fallido experimento democrático lo llamó para hacerlo su colaborador en una importante posición dentro de su Gabinete, pero mi padre no aceptó.

Me induce a pensar que el licenciado Miguel Alemán Valdés tuvo siempre en su conciencia la carga moral de no haber apuntalado al amigo, que en el caso lo era mi padre, pues en una ocasión en que fui a buscarlo a su domicilio particular de las calles de Fundición de la ciudad de México, para solicitar su ayuda en la organización de un ciclo de conferencias a celebrarse en la facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México, no quiso hablar conmigo y siempre mandó a entrevistarme a un auxiliar de él, de nombre Celso Vázquez, quien de manera caballerosa me ponía mil pretextos para cerrarme los cauces que me pudiesen acercar al señalado personaje. Dichos incidentes iniciaron en mí temprana edad la mala opinión que de siempre he tenido de los principales actores de la política a la mexicana, dados a manejarse con hipocresía para no afrontar la verdad que nos orilla a comportarnos dignamente. Inclusive, el mencionado auxiliar del licenciado Alemán, construyó toda una teoría para convencerme de lo imposible de mi petición pues “siendo su jefe un ex presidente de la República no debía ni podía participar en actos universitarios, así fuesen de carácter cultural, para evitar la maledicencia de sus enemigos”. El argumento caía por tierra, dado que en muchas ocasiones compareció don Miguel ante entidades educativas para recibir distinciones muy señaladas, y por si alguien duda de la veracidad de mis palabras, ahí están las fotografías en los periódicos guardados en la hemerotecas, en donde se le puede ver de toga y birrete, muchas de las veces acompañado del licenciado Juan González Alpuche.

Como mi padre me enseñó a no alimentar rencores, las veces que estuve cerca de don Miguel Alemán Valdés fui prudentemente amable sin incurrir en cortesanías. La misma conducta he observado a través de mi vida respecto a otras personas de las que no tengo muy buena opinión. No es el caso respecto a don Francisco J. Grajales, pues desde niño advertí que su lucha para llegar al gobierno de Chiapas no tenía como fuerza generadora animadversión alguna en contra de mi padre, lo que vino a demostrar en sus cuatro años de gobierno al no hostilizar a ningún partidario del serranismo y ni siquiera al actor principal. No todo en la política está infestado y por esa razón nunca he dramatizado mi contraposición a los que se dicen “servidores públicos” y sin embargo buscan colocarse en el poder para servirse de los demás, medrando con los intereses del pueblo y valiéndose de todas las argucias imaginables para no abandonar sus posiciones de privilegio.


Con esa grandeza de espíritu que siempre caracterizó a mi padre, cuando supo que me iba con mi familia a vivir a Tuxtla Gutiérrez en el año de 1976 para desempeñar el cargo de Representante del Capital en la Junta Regional Número 20 de la Federal de Conciliación y Arbitraje, me dijo: -“Seguramente algún día te encontrarás al general Francisco J. Grajales, por lo que te recomiendo lo trates con comedimiento y cortesía”. La oportunidad se presentó en el velorio de la tía Luchi Zepeda, casada con don Carlos Rabasa. Ahí me senté junto al general, me identifiqué y después de saludarlo cordialmente nos pusimos a charlar como si fuésemos dos viejos amigos. Don Panchito ya empezaba a sufrir de la visión pero su lucidez estaba intacta, no obstante lo avanzado de su edad.

Otras circunstancias me han unido en la amistad con el hijo del citado ex gobernador chiapaneco, el ingeniero conocido familiarmente en el medio tuxtleco como Manolo Grajales. Inclusive, ambos fuimos operados del corazón sin cirugía, bajo el método denominado de cateterismo y angioplastía, por lo que en un tiempo nos reuníamos a desayunar para intercambiar experiencias y darnos consejos mutuamente. Además, somos vecinos y constantemente nos encontramos en las oficinas principales de una institución bancaria, lo que ha venido a consolidar nuestra amistad.
No obstante la marginación sufrida por Chiapas en todos los órdenes, ha sido siempre una provincia sumamente politizada.

Quienes han participado en política, y en gran medida también los que somos sus familiares, no podemos ir por el mundo alimentando fobias y dejando enemigos por doquier, pues además de que ello enferma el espíritu no acarrea ningún buen resultado. Los enemigos de un momento determinado con el paso del tiempo pueden trocarse en coadyuvantes de nuestras más caras aspiraciones. Pero no se piense que estoy predicando el “buenismo”, que a decir de mi filósofo de cabecera, José Ingenieros, es la moral de los pequeños virtuosos. Más bien estoy en contra de las excesivas animadversiones en contra de personas, que al igual que nosotros, fueron marionetas de las circunstancias de su tiempo. Por ello nunca tuve empacho en visitar y en ser visitado por Oliverio Ramos, recalcitrante partidario del ingeniero Gil Salgado Palacios, quien fuese en la lucha democrática que vengo relatando en esta parte de mis memorias, uno de los más importantes opositores de las aspiraciones políticas que en Chiapas tuvo mi padre. Con Oliverio discutí en diversas ocasiones los pormenores de aquella lucha electoral, pero sin comprometer ni un ápice el afecto que ambos nos teníamos. Inclusive, cuando un infarto cerró sus ojos para siempre corrí a la funeraria “Calas” a ofrecerles a su esposa y a sus hijos mi modesto apoyo. Pero volvamos hacia atrás en el tiempo para retomar el cauce de los sucesos motivo de las presentes líneas.

Mi padre regresó a la ciudad de México en un claro y necesario abandono de una lucha política planteada por las circunstancias como inútil. A los pocos días de su arribo al Distrito Federal empezó a sentir molestias abdominales y creyó en un principio eran por una simple indisposición estomacal. Ya en manos de los médicos se descubrió que tenía supurada la apéndice y en estado de emergencia con una peritonitis ya declarada, fue intervenido quirúrgicamente. Todavía en su lecho de enfermo en el mes de septiembre de 1948, con posterioridad a los días en que no le permitían los facultativos esfuerzos físicos, le dedicó al pueblo de su querida provincia el siguiente manifiesto:

PUEBLO CHIAPANECO

Concluida mi participación en la pasada lucha pre-electoral para la renovación del Poder Ejecutivo del Estado y parte del Legislativo, cumplo con un deber de gratitud al dirigirme a las masas ciudadanas que me honraron con su apoyo decidido y leal, al considerar que mi modesta personalidad satisfacía sus anhelos de progreso y engrandecimiento de nuestro Estado y de la gran familia chiapaneca. Fue intención deliberada dejar transcurrir el mayor tiempo posible dentro del propio proceso electoral para dirigirme a mis conciudadanos, con el propósito de que las pasiones –que siempre se agitan en toda campaña política- se serenaran y el presente documento sea juzgado por mis propios amigos y aún por quienes contendieron en otros grupos, en su verdadero valor.

Acepté mi postulación al Gobierno del Estado, primero, porque tuve pruebas evidentes de que auténticas masas ciudadanas anhelaban nuestra participación en la política, deseosas de que Chiapas salga del marasmo en que se encuentra hundido; de que las nobles y generosas instituciones conquistadas por la Revolución lleguen a ser realidades vivientes para el pueblo chiapaneco; de que el progreso abra sus amplios horizontes en un Estado tan potencialmente rico como el nuestro, y, ante todo, para que cese ya la Era ignominiosa del nepotismo, del enriquecimiento ilícito de un puñado de malos ciudadanos que en unión de sus parientes y favoritos están esquilmando al pueblo chiapaneco; y, segundo, porque estimo que es deber ineludible de los ciudadanos limpios y probos aceptar las graves responsabilidades de la función política, como único medio de purificar el ambiente de la administración pública en nuestra entidad federativa.

Durante mi gira política, confirmé el anhelo de las mayorías ciudadanas de ser regidas por hombres capaces –por su preparación cultural y técnica y por su reconocida moral pública y privada- de comprender que gobernar a un pueblo es servirlo, y no lucrar con sus miserias; que presidir los destinos del Estado significa consagrase al trabajo que crea riqueza en beneficio del pueblo; por hombres capaces de comprender que administrar una entidad requiere despertar la confianza en todos los sectores para que cada uno de ellos cumpla la función que le está asignada en la convivencia social; por hombres capaces de comprender que gobernar es consagrar los dineros del pueblo al servicio del propio pueblo; en síntesis por hombres capaces de comprender que Chiapas necesita, que Chiapas exige pureza y honradez en sus gobernantes, porque sólo gobernándolo con pureza y honradez podrá surgir con plenitud a la comunidad de los pueblos civilizados.

Quizá porque el pueblo de Chiapas sabe que he sido y soy un ciudadano honesto, que no me he enriquecido en los altos puestos públicos que me ha tocado el honor de ocupar y que después de desempeñarlos por muchos años, soy un hombre pobre; tuvo fe en mí y me siguió anhelante durante todo mi recorrido por Chiapas, dispensándome recepciones inolvidables como las de Arriaga, Tuxtla Gutiérrez, Pueblo Nuevo, Huixtla, Tapachula, Tonalá, Suchiapa, Chiapa de Corzo, San Cristóbal las Casas, Amatenango del Valle, Comitán, Pichucalco, Ocosingo, Salto de Agua y otros muchos lugares, en los que todo un pueblo volcó su entusiasmo y su fe en los destinos de Chiapas. Lo confieso sin jactancia, mi honradez, mi probidad, son virtudes bien sencillas y modestas, pero el pueblo las comparaba con la conducta de los funcionarios de Chiapas y en contraste con ella, las veía refulgir como grandes virtudes; y ese contraste, lo llevaba al delirio en su deseo de que hombres honrados lo gobiernen. Confieso también, que siempre he sido leal a mis sentimientos revolucionarios y que mi vida la he consagrado a la defensa de los intereses de las grandes colectividades. Mi pueblo, sin duda, me siguió, porque también tiene fe en mis profundas convicciones sociales.

Me cabe la satisfacción plena de que al participar en las elecciones internas del domingo 9 de mayo último, lo hice con el ánimo exclusivo de servir al pueblo chiapaneco, sin más garantía de triunfo que el apoyo de las mayorías ciudadanas y el respeto que las autoridades del Estado deben a la soberanía del pueblo, para dejar a éste en la libertad de expresar su voluntad electoral.
Siento la satisfacción del deber cumplido.

En efecto, durante la campaña consagré mis energías a estudiar e investigar los graves problemas que aquejan a nuestra patria chica. Recorrí Chiapas y mi preocupación constante, más que la propia actividad política, fue la de establecer conexiones con todos los sectores vivos del Estado, sin distinción de grupos ni categorías, para adentrarme en los verdaderos anhelos del pueblo y sentir sus palpitaciones, a fin de poder servirlo mejor, si con su voto me ungía Primer Magistrado de Chiapas. Aparte del contacto directo que tomé con todos los pueblos, ejidos, rancherías y centros de trabajo que visitamos, establecí el precedente de las conferencias de Mesa Redonda en las campañas electorales locales, y los frutos recogidos en las siete que efectuamos en Arraiga, Tuxtla Gutiérrez, Tapachula, San Cristóbal las Casas, Comitán, Pichucalco y Salto de Agua, rendirán beneficios directos a nuestro Estado, ya que todos los sectores que concurrieron a las mismas, tuvieron, por primera vez en nuestra historia, oportunidad de analizar y estudiar los hondos problemas que aquejan a la colectividad chiapaneca y de expresar su auténtico sentir dentro del más absoluto respeto a la libertad de pensamiento. El esfuerzo de las citadas conferencias significa una franca cooperación al engrandecimiento de Chiapas, aun cuando no hayamos obtenido el triunfo* anhelado, puesto que en las mismas fueron analizados, aparte de los problemas de cada región, los siguientes estatales: comunicaciones y transportes, ganadero,, agrícola, demológico, comercial y bancario, educativo, fiscal, obrero, editoriales, indígena, industrial, forestal, ejidal, irrigación y captación de aguas , y aprovechamiento y conservación de recursos naturales.
Nunca lancé injurias en contra de mis oponentes, ni aun ataques justificados, y a pesar de que fui víctima de constantes calumnias y de una sistemática campaña de diatribas, siempre conservé la serenidad del hombre de bien y jamás denosté a precandidato alguno. Frente al vendaval de injurias que recibía, prediqué la concordia entre la familia chiapaneca y reiteré que la democracia sólo cumple su función, cuando en las luchas electorales en vez de dividir y romper la unidad entre los componentes de un pueblo que ansiosamente busca su redención, fortalece los lazos de la solidaridad social, y cuando en lugar de hundir a la masa ciudadana en un abismo de rencores y odios estériles y negativos, la eleva a un plano de concordia, en el que el trabajo y las energías humanas captadas con fines de superación social, se convierten en un himno creador del bienestar del hombre. Y estos conceptos los reafirmo hoy, con el mismo entusiasmo de ayer, porque la derrota no me amarga, ni es capaz de esterilizar mis convicciones revolucionarias y democráticas, sino todo lo contrario, me afirma en ellas y me da fuerza para continuar en la lucha por el engrandecimiento de nuestra patria.
Mi lealtad fue puesta íntegramente al servicio del pueblo. No trafiqué –jamás lo he hecho- con los sagrados intereses del pueblo chiapaneco, ni traicioné la confianza que pusieron en mí todos los ciudadanos -hombres y mujeres- que siguieron mi causa.

• No fue derrotado por el pueblo sino por las circunstancias.

Toda mi capacidad de trabajo, mi energía, mi entusiasmo sin límite de fatiga, los aporte en cooperación sincera, al trabajo y a los desvelos de miles y miles de ciudadanos, que denodadamente lucharon por el triunfo de nuestra causa, que, sin pretensiones, podemos afirmar orgullosamente era la causa del pueblo chiapaneco. Ni una penosa alteración de mi salud, que en los momentos en que se decidía el destino de nuestro Estado, me obligó a someterme a una operación quirúrgica de emergencia que me retuvo enfermo durante cuarenta y cinco días, me impidió cumplir con máxima lealtad los deberes que me impuse al aceptar mi postulación. Desde mi lecho de enfermo, me negué a entrar en componendas que habrían manchado mi modesta trayectoria democrática y revolucionaria, y me apresté a defender, como lo hice hasta lo último, los intereses que el pueblo confió a mis manos. No importa que la victoria nos haya sido adversa, ya que ningún hombre está obligado a triunfar, por cuanto que la decisión electoral no está en sus manos; pero a lo que sí está obligado es a defender con sinceridad y honradez la causa que representa, y a no tomar determinaciones políticas a espaldas de sus partidarios, para las que no ha sido expresamente autorizado por éstos; y a este respecto, también siento la satisfacción del deber cumplido.
Mucho se ha especulado acerca de las bondades democráticas de quienes están prestos a uncirse al carro de los vencedores reconociendo el triunfo de éstos y su derrota propia –cualquiera que sea su origen-, para convertirse luego en sus más activos y denodados propagandistas y usufructuar una situación política, a la que no sólo no contribuyeron, sino combatieron por considerarla perjudicial a los intereses del pueblo; y mucho se censura a quienes adoptan una actitud contraria a ésta y no se convierten en los apologistas de su oponente triunfante. Creo que se ha invertido la tabla moral de los valores políticos. Yo considero que lo difícil, lo áspero, lo escabroso en el medio que vivimos, después de una derrota política, es permanecer leal a sus ideales; lo honrado, lo leal, es no usufructuar posiciones políticas traficando con la miseria, el dolor y las penalidades de sus correligionarios; es no acomodarse dentro del grupo triunfante para utilizar a sus propios partidarios como simples escaños para satisfacer ambiciones políticas. Lo fácil es el oportunismo, la transacción de intereses ajenos, la entrega de una esperanza que no debe uno usufructuar, sino devolver al pueblo, para que éste con la intuición suprema que siempre lo conduce hacia el progreso, resuelva su destino, por mano propia, y no por conducto de quienes, primero reciben de él su confianza, para después traficar con ella y escalar puestos que no les corresponden. Fiel a mis convicciones políticas, no transé el caso de Chiapas; no extendí reconocimientos para los que no estaban autorizados por mis conciudadanos; no me até a ningún carro de la victoria, ni me convertí en apologista de mi oponente triunfante.**

* Es una forma elegante de hacer notar que el triunfo electoral no estaba tampoco en manos del pueblo, pues como lo saben los observadores, un grupo de generales le sugirió al presidente Miguel Alemán Valdés el nombre del ganador.
**Al Lic. Julio Serrano Castro se le ofreció una Subsecretaría en el gobierno alemanista, pero de haberla aceptado, quedaba tácitamente obligado a convertirse en apologista de su oponente triunfante. Inclusive, en varias ocasiones lo escuché decir: - “De haber aceptado mi reingreso al gabinete del presidente Alemán, el pueblo de Chiapas tenía el derecho de verme como un arribista que aprovechó la ocasión para satisfacer ambiciones políticas personales”.



Consecuentemente con mi pensamiento y mi moral política, no vengo a envenenar al pueblo, ni a crearle odios y rencores negativos, ni a fomentar divisiones estériles que impidan su marcha con paso firme por la senda del progreso. Vengo solamente, con mi corazón, con una inmensa gratitud que nace de lo más hondo de mi espíritu, a expresarle mi reconocimiento imperecedero por la confianza que me dispensó, por el honor que me hizo al convertirme en abanderado de sus más caros ideales; vengo así mismo a cumplir con otro deber político, a devolver al pueblo la esperanza, la confianza que depositó en mí, para que, con la intuición de que hablaba antes, sean mis propios correligionarios, con su alta calidad ciudadana, y no yo, quienes decidan el destino histórico, en lo que a ellos atañere, de nuestra patria chica. Yo, a mi vez, sólo me siento autorizado para prometer a mis compañeros de lucha y al pueblo de Chiapas, servirlos en la medida de mi modesta capacidad y de su voluntad soberana.

En cuanto a las experiencias recogidas en la pasada lucha electoral, por dolorosas que ellas sean, como auténticos demócratas no debemos desfallecer, ni perder la fe en los destinos históricos de nuestro pueblo; ni siquiera debemos afirmar que sea la Revolución misma la responsable de las graves fallas que aún registra todo proceso electoral, ya que la Revolución no recibió como herencia del pasado una organización democrática que en sus manos haya declinado, sino al contrario, destruyó un régimen dictatorial, que negaba al pueblo todos sus derechos y libertades; y la democracia, por cuya senda marcha ahora México, no podrá ser jamás el producto superado de una entelequia; la democracia es un sistema político y social que crea el pueblo mismo; y si el pueblo se retrajera del fenómeno político por las diferencias y errores que aun registran las luchas electorales, desando condenar al pueblo, con ello, la negación a las libertades políticas contribuiría eficazmente con su abstinencia a la negación absoluta de la democracia. El camino de la superación política, no es el del abstencionismo, sino el de una participación cada vez más viva y vigorosa en la función política; y cualesquiera que sean las fallas del régimen democrático y los errores en que incurren las autoridades que intervienen en el proceso electoral, el pueblo debe reafirmar su fe en la democracia.

Debemos condenar, en defensa de la democracia misma, al abstencionismo político, y vigorizar la participación del pueblo en las luchas cívicas, porque sólo el ejercicio constante de sus derechos ciudadanos hará posible el respeto a éstos y la superación de la democracia, en beneficio del pueblo mismo.

¡Chiapanecos! Con mi fe puesta en los destinos de Chiapas, me reitero como un leal y devoto servidor del pueblo.
México, D. F., a primero de septiembre de 1948.
Lic. Julio Serrano Castro.

El manifiesto arriba transcrito me lo proporcionó mi tío, el ingeniero Gustavo Serrano Martínez Baca, en Tuxtla Gutiérrez, unos dos o tres años antes de su fallecimiento, pidiéndome lo guardase celosamente para darlo a la publicidad algún día, pues a su juicio “puede ser calificado como una lección de ética política en donde se conservan vigentes principios útiles hasta el día de hoy”.

El libro que me obsequió el MVZ Rafael Aguilar Mota el día 21 de septiembre de 1988 en donde don Gerbasio Grajales Gómez recordó el fallido experimento democrático del año de 1948 en el estado de Chiapas, y en consecuencia, la frustración de todo un pueblo que creyó en los principios de la democracia, pero que se supo burlado por las circunstancias, me obligó a traer a estas memorias cuestiones del pasado, que no han perdido actualidad, pues no obstante los avances dentro de los procesos electorales, nos falta mucho para obtener los niveles apetecidos por la ciudadanía.

Estaba leyendo las ocurrencias de don Gerba –como le decían sus más cercanos amigos-, cuando escuché sonar el timbre del teléfono. –“Es Gustavo Vila Serrano, que te habla desde Tapachula”, me dijo mi esposa.
Al tomar la bocina le expresé a mi familiar, avecindado desde hacía muchos años en la Perla del Soconusco, en donde abrió su despacho como notario público, mi satisfacción por tener el gusto de su llamada. –“No me agradezcas, te llamé para darte una muy mala noticia, debes ser muy fuerte para soportarla”, me expresó con voz cortada por una inocultable emoción. Yo sabía que mi padre se había alojado en su casa, en donde Gustavo y su esposa Margarita Larráinzar lo habían llenado de atenciones. –“¿Se trata de mi papá?” Pregunté con la leve esperanza de que fuese para otro asunto la llamada. –“Sí –dijo Gustavo con la voz notoriamente quebrada- se trata de tío Julio. Lo interrogué, a manera de darme valor, con voz firme y con una frase para mi lapidaria, pero indispensable para mi conciencia: -“¿Murió mi papá? Al oír un breve sí, le pregunte: -“¿A qué hora?”. Gustavo Vila fue lacónico: -“Hace media hora”.

Don Julio Serrano Castro tenía 81 años cumplidos cinco meses y medio antes. Según los doctores sufrió un infarto del miocardio. El día 21 de septiembre de 1988 por la mañana desayunó con muy buen apetito y al medio día empezó a sentir lo que él pensó era una indigestión. Fue a verlo a la casa en donde estaba alojado, el doctor Eduardo Gutiérrez Farrera, hijo de una prima hermana de mi padre, quien aconsejó lo examinase un cardiólogo. Según me relató mi hermano Sergio, fueron al consultorio de un cardiólogo particular mi padre y él, y ahí le tomaron un electrocardiograma al enfermo, quien hacia 26 días había sufrido las consecuencias de un asalto en los terrenos de su finca productora de café, en compañía de mi hermano Sergio, con el consiguiente disgusto y desencanto al enterarse, por sus propias indagaciones, que un empleado de él, encargado de elaborar las planillas para pagar a los trabajadores de la finca, era el autor intelectual del asalto. Mi padre era un hombre de singular fortaleza física y moral, acostumbrado a arrostrar vicisitudes de dimensiones para otros inaceptables, y de tal manera, llevó el peso de la respectiva denuncia ante el agente del Ministerio Público y posteriormente las gestiones ante el Juez de la causa penal el licenciado Julio César Domínguez, pues gracias a su habilidad fue posible detener a tres de los cuatro autores materiales del ilícito y al ya referido autor intelectual. Ese disgusto, posiblemente afectó su corazón y determinó el accidente vaso bascular que obstruyó una de sus arterias coronarias.

Un periodista de Tuxtla de mala fama por cierto escribió en sus memorias, con una falta absoluta de rigor histórico, que el ex senador Julio Serrano Castro había muerto a manos de unos asaltantes en su finca de café al conducir la raya, pero lo cierto es que no sabemos si el asalto fue o no determinante en la presentación del infarto, pues entre uno y otro mediaron veintiséis días. Lo que nunca supo el periodista de marras al que sus amigos lo identificaron siempre por ser un gorrón profesional de las copas y de rimbombante segundo nombre Ruiseñor, es que mi padre desarmado como estaba dominó psicologicamente a los cuatro asaltantes y todavía se dio el lujo de indagar su paradero y ponerlos en manos de la justicia. La mala fe del informador fue evidente pues en su larga nota nunca habló de las muchas virtudes humas, políticas y sociales del extraordinario tribuno Julio Serrano Castro.

Cuando mi padre iba al panteón Francés de la Piedad a dejar flores a la tumba de mi abuelo, don Federico C. Serrano Figueroa, siempre decía: -“Cuando yo muera ¿quién se ocupará de traerle flores a mi papá?” Y a continuación agregaba: -“Si me entierran con mi padre, las flores que me traigan mis hijos también serán para él”. Era una forma velada de solicitar lo enterrásemos con el autor de sus días, en cuya tumba también estaban los restos de mi hermano Rafael y de mi tío José Segundo, hermano mayor de mi padre. Pero no era fácil trasladar los restos mortales de don Julio Serrano de Tapachula a la ciudad de México, pues el ciclón Gilberto había dejado incomunicado al estado de Chiapas por aire y por tierra.

Mi medio hermano Gabriel Serrano Espinosa, movido seguramente por su inexperiencia, dispuso desde la capital de la República alquilar un pequeño aeroplano y trasladar en una bolsa de plástico con cremallera el cuerpo, pero los hijos del primer matrimonio nos opusimos. Mi primo, el notario público Gustavo Vila Serrano, se indignó cuando supo lo que pretendía Gabriel. –“De ninguna manera se le va a trasladar a tío Julio como si fuese una pieza de caza -señaló Gustavo con una severidad digna de encomio-, se trata de uno de los políticos que más lustre le dieron a Chiapas, autor de la propuesta para la creación de la Medalla Belisario Domínguez, cuando era senador de la República, dando lustre a México y a nuestro estado con una larga carrera política y su acrisolada honestidad”. Mi hermana Elizabeth y yo, logramos que la noticia de la muerte de nuestro padre y las dificultades para conducir el cuerpo a la ciudad capital, llegasen a los oídos del general Absalón Castellanos Domínguez, pues conociendo su caballerosidad y su reconocimiento a la figura de nuestro padre, creímos prudente hacerle llegar la infausta noticia.

El gobernador de Chiapas, hombre de indudable bonhomía y conocedor de los antecedentes de mi padre como destacado militante del partido político de ambos y chiapaneco de brillante trayectoria en los medios de la administración pública, envió a mi domicilio a Fernando Balboa Junco, a la sazón encargado de coordinar las operaciones aéreas para transportar al Jefe del Ejecutivo estatal y a otros importantes funcionarios. Fernando me hizo saber que un avión Arabá, de fabricación israelí, “por órdenes del señor Gobernador estaría a la disposición de la familia para llevar el cadáver de don Julio a donde fuese necesario”. Se me dio cita en el aeropuerto a las seis y media de la mañana del día 22 de septiembre, en donde dos pilotos me esperaban con la aeronave ya en condiciones de vuelo. Llegamos a Tapachula y en la pista del aeropuerto nos esperaba mi hermano Sergio, con Gustavo Vila Serrano acompañado de su esposa Margarita, además de Santiago Serrano y su señora, Carmelita, con la carroza fúnebre a un lado y en ella el cuerpo de mi padre en un ataúd metálico. Se le veía a don Julio sereno, como si estuviese gozando de un placentero sueño pues en su cara no se dibujaba un solo rictus de muerte ni del dolor provocado por el infarto. Mi hermano Sergio Manuel, Santiago y Carmelita se subieron al avión y asistieron así al sepelio de mi padre, junto conmigo.

El vuelo fue muy lento pues el avión aunque polifacético, en razón de su diseño para el paracaidismo, para servir de hospital, para transportar un jeep y para otros menesteres, no tenía la velocidad crucero de las naves modernas. Arribamos a la capital del país como a las quince horas y ello impidió que el homenaje de cuerpo presente dispuesto por los senadores en funciones, para realizarse en sesión solemne, se llevara al cabo. En el aeropuerto de México me esperaba el encargado de la representación del Gobierno de Chiapas, para efectos del traslado del cadáver de mi padre, un norteño conocido como El Güero Garza, haciéndome saber que el aparato y sus pilotos estaban a mi disposición para mi regreso, cuando yo lo decidiera, según órdenes del señor gobernador, el general Absalón Castellanos Domínguez. Les agradecí la gentileza y manifesté mi deseo de ir personalmente a decírselo así al gobernador por sus atenciones, pero rechacé la gentil propuesta de detener el avión en la capital, pues yo debía quedarme ahí a gestionar importantes asuntos familiares para regresar a Tuxtla en el momento oportuno, en un avión de línea comercial. Mi hermano Gabriel dispuso llevar el cuerpo a la funeraria de las calles de Félix Cuevas. No me opuse pensando que ahí se le iba a velar, pero estando en ese lugar me enteré que se trataba de cambiarlo a un ataúd de mejor presencia, pues el comprado por Sergio en Tapachula le pareció inadecuado a Gabriel, dado a los fastos y oropeles que le inculcó su madre, la segunda esposa de mi progenitor quien en El Ecuador había tenido una vida francamente modesta y ya al lado del célebre político chiapaneco había dado una vuelta de campana su fortuna.

El cadáver de mi padre fue trasladado a su casa del pedregal de San Angel hasta las nueve de la noche, cinco horas después de su arribo a la funeraria de la Colonia del Valle, en donde permaneció inexplicablemente ese largo tiempo. Mi esposa no pudo acompañarme ni tampoco mis hijos Ana Olivia y Julio, pero en la capital conté con la presencia de mis hijas María Alejandra y María Isabel, la de mis hermanos de padre y madre Elizabeth, Ana María, Martha Eugenia, Sergio Manuel y Gabriela Olivia, además de otros familiares de mi especial afecto.

El día 23 de septiembre nos trasladamos con el cuerpo de mi papá al panteón Francés de la Avenida Cuauhtémoc. Ahí mi amigo Fedro Guillén Castañón, también mi pariente por afinidad, pronunció una sentida oración fúnebre. Al terminar sus emocionadas palabras preguntó: -“¿En dónde está Mechitas? Me quiero despedir de ella”. Mi media hermana María Mercedes respondió: -“Mi mamá no vino al entierro”.

Cuando llegamos a la casa del Pedregal a recoger el automóvil que ahí dejamos para ir en los camiones de la agencia funeraria acompañando a mi primo Pablo Sastré Serrano y a su esposa Carmelita, a mi prima Maluye de los mismos apellidos y a otros familiares y amigos, Sergio y yo encontramos a la viuda de mi padre -a la que siempre le dijimos Mechita- con una amiga, por cierto viuda del licenciado Agustín García López. Nos sugirió nos quedásemos a comer con ella, pues “tenía preparado un suculento puchero que seguramente nos iba a agradar”. El ambiente de la recién viuda y sus amigas era muy lejano al luto que estábamos viviendo los Serrano Castillejos y se hacía ostensible en el tono de voz de Mercedes francamente zalamero y como de fiesta.

Mechita, a la que llegué a querer bastante y ahora nos tratamos mutuamente con suma delicadeza, mandó a retirar del féretro de mi padre el crucifijo de la tapa del ataud y sugirió no se solicitaran los servicios religiosos de algún sacerdote. Supongo esa determinazción derivó de los principios socialistas y liberales de los que siempre hizo gala mi progenitor, aunque me consta que él nunca negó la existencia de Dios.

En el velorio de mi papá –en la ciudad de México- recibí una llamada telefónica de Chabe para decirme que en el radio y la televisión aparecía mi nombre como candidato a Síndico Municipal de la planilla encabezada por el doctor Enoch Cancino Casahonda. Permanecí en la capital lo indispensable para atender un asunto familiar, el relativo a la finca “Santa Lucía”, pues Mercedes nos dio cita en el despacho de un notario público, para “tirar la nueva escritura” con la participación de Gerardo Revuelta Uribe, quien había fungido en el papel de presta nombre de mi padre por lo que hacía a la finca cafetalera


Julio Serrano Castillejos

Copyright © Todos los derechos reservados.

Publicado el: 04-09-2006
Última modificación: 10-03-2014


editar deja comentario al poema ver mensajes ver comentarios al poema

regresar





Copyright © 2005-2007 Poeta Virtual Inc. Todos los derechos reservados.
Copyright © 2005-2007 Virtual Poet Inc. Worldwide Copyrights.


           visitas únicas