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portal de la palabra virtual portal de la palabra virtualno descansarán nuestros versos portal de la palabra virtualbajo la inerte sábana del olvido portal de la palabra virtualanaMía

BELLA A LAS ONCE

No sé como se me ocurrió, pues era tan pequeña, pero fui sembrando en ese pedacito de terreno en el patio trasero de la casa unas plantitas para tener un pequeño jardín, mío nada más. Entre ellas sembré una que me gustó mucho aunque era muy sencilla que hasta parecía una planta silvestre y era tan fácil para darse (bella a las once se le llama); estas plantitas parecían rastreras, se extrendían por el suelo como tejiendo a su paso su camino; se convirtieron en mis favoritas, las cuidaba y regaba con cariño. Éste se había convertido en mi sitio preferido. Me habían ayudado a cercarlo protegiendo así las plantas de las aves domésticas, hasta una puerta le colocamos, rústica, pero completaba mi ilusión de entrar a mi propio sitio, a mi jardín especial.

Un día al acercarse el mediodía, un color precioso, un tono rosado encendido (fucsia) vestía el suelo como una alfombra caída del cielo. Los botones de esta plantita se habían abierto mostrando una belleza delicada que emocionaba mi alma de niña, cada florecita parecía una sonrisa de un ángel esparciéndose generosamente por el suelo (eso lo entendí un tiempo después).

Cuando se acercaba la media tarde se escondían, se cerraban entristecidas, fenecían como si fueran la tristeza abrazando el alma, como ojitos que se cerraban ante algo que lastimara.

Me entristecía no tenerlas en la tardecita cuando pasaba a mirarlas, parecía que dormían. Pero a la mañana siguiente se abrían nuevamente cerca del mediodía. Era un misterio para mí, pero ellas me cautivaban.

Una noche, con ese pensamiento en mi mente, me dormí y empecé a soñar. Llegué a un sitio cálido donde una señora me recibió con una bella sonrisa y ella respondía a esa inquietud. Pero desperté y no recordaba su explicación, lo que si recordaba era a la señora. ¿Cómo no hacerlo? Era alguien a quien yo quería mucho, Manuela, muy especial para mí, en mi sueño había llegado a su casa, tan cálida y llena del grato aroma del "pan de horno" que tanto me gustaba y ella siempre me obsequiaba con su amorosa sonrisa.
Ese domingo fue a visitarnos con su cariño para nosotros. Cuando compartía conmigo ese día, (cómo me gustaba cuando me alzaba o simplemente se sentaba a mi lado y me contaba alguna historia) la llevé a mi jardín, que ya ella conocía y le pregunté si sabía ¿Por qué se dormían esas flores a esa hora? ¿Por qué brotaban cerca del mediodía?.
Ella me oía con atención y sonreía, sus ojos se iluminaron.

Mi niña -respondió- Cada mañana bien temprano revolotean los ángeles, quienes han estado cuidando los sueños y oyendo nuestras peticiones y oraciones; tras haber esperado hasta que amaneciera para recoger esas del nuevo día, las del último momento, emprenden el viaje a ese sitio maravilloso a entregar todas las encomiendas al Padre y, precisamente a esa hora, ya cerca del mediodía, todos los ángeles ya han entregado todas las preocupaciones que en forma de peticiones elevamos al Creador, así como nuestras plegarias.

Ellos, los ángeles, lo hacen con alegría y muestran sus sonrisas de complacencia, en el momento, en la hora en que el Creador bendice a las almas, que desprendidas, les envían peticiones por otros o agradecimientos o acompañan sus peticiones con oraciones. En ese instante pronuncia el Padre el nombre de todas esas almas y le da un gusto enorme esas que bendicen en su nombre, las que aún en la adversidad confían en Él y todo se ilumina ante Sus Bendiciones.

Por eso a esa hora se abren generosas, tiernas y delicadas esas flores simples que no son más que las sonrisas de los ángeles complacidos al ver en acción el Amor Supremo y quedan reflejadas en la Tierra como sencillas flores, pero esplendorosas, hermosas, bellas a las once.

-¿Y por qué se adormecen luego? ¿Por qué es tan efímera, tan fugaz esa belleza? -Seguí preguntándole.

-Porque así de fugaz es a veces el sentimiento que desde el corazón se entrega, al dejarse salpicar por energías rastreras, por la envidia, la vanidad, el egoísmo, la traición y deja opacar el amor. La maldad es traicionera y empaña y adormece lo verdadero. Y el día es sabio, cuando se cierne la tristeza hacia la media tarde recuerda el cielo cuando el hombre dejó salpicar su corazón; recuerda que fue traicionado el Hijo del Padre y aún cuando su infinito amor entregara se permitió tanta humillación en ÉL, que todas las energías negativas se dieron banquete en el corazón del hombre frío y débil. Pero ¿sabes?, el misterio está en que el Padre siempre bendice, siempre oye, siempre espera, nos enseña que su amor es eterno aunque lo cubran a veces las nubes negras. Por eso se debe cuidar el jardín y apreciar el mensaje de las flores sencillas. No lo entiendes todavía pero algún día lo harás... -me dijo.

Cuidé mi jardín mientras allí viví, que fue poco tiempo; mis "bella a las once" me alegraban y, a veces, aun cuando dormían les hablaba, era el sitio donde dejaba mis sentimientos como si me oyeran. Jamás las olvidé, sin importar donde viviera, aunque no tuviera un espacio físico para tenerlas... Ahora nuevamente las he vuelto a conseguir, las tengo en mi jardín...





Jarelyss

Copyright © Todos los derechos reservados.

Publicado el: 06-04-2007
Última modificación: 06-04-2007


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BELLA A LAS ONCE

No sé como se me ocurrió, pues era tan pequeña, pero fui sembrando en ese pedacito de terreno en el patio trasero de la casa unas plantitas para tener un pequeño jardín, mío nada más. Entre ellas sembré una que me gustó mucho aunque era muy sencilla que hasta parecía una planta silvestre y era tan fácil para darse (bella a las once se le llama); estas plantitas parecían rastreras, se extrendían por el suelo como tejiendo a su paso su camino; se convirtieron en mis favoritas, las cuidaba y regaba con cariño. Éste se había convertido en mi sitio preferido. Me habían ayudado a cercarlo protegiendo así las plantas de las aves domésticas, hasta una puerta le colocamos, rústica, pero completaba mi ilusión de entrar a mi propio sitio, a mi jardín especial.

Un día al acercarse el mediodía, un color precioso, un tono rosado encendido (fucsia) vestía el suelo como una alfombra caída del cielo. Los botones de esta plantita se habían abierto mostrando una belleza delicada que emocionaba mi alma de niña, cada florecita parecía una sonrisa de un ángel esparciéndose generosamente por el suelo (eso lo entendí un tiempo después).

Cuando se acercaba la media tarde se escondían, se cerraban entristecidas, fenecían como si fueran la tristeza abrazando el alma, como ojitos que se cerraban ante algo que lastimara.

Me entristecía no tenerlas en la tardecita cuando pasaba a mirarlas, parecía que dormían. Pero a la mañana siguiente se abrían nuevamente cerca del mediodía. Era un misterio para mí, pero ellas me cautivaban.

Una noche, con ese pensamiento en mi mente, me dormí y empecé a soñar. Llegué a un sitio cálido donde una señora me recibió con una bella sonrisa y ella respondía a esa inquietud. Pero desperté y no recordaba su explicación, lo que si recordaba era a la señora. ¿Cómo no hacerlo? Era alguien a quien yo quería mucho, Manuela, muy especial para mí, en mi sueño había llegado a su casa, tan cálida y llena del grato aroma del "pan de horno" que tanto me gustaba y ella siempre me obsequiaba con su amorosa sonrisa.
Ese domingo fue a visitarnos con su cariño para nosotros. Cuando compartía conmigo ese día, (cómo me gustaba cuando me alzaba o simplemente se sentaba a mi lado y me contaba alguna historia) la llevé a mi jardín, que ya ella conocía y le pregunté si sabía ¿Por qué se dormían esas flores a esa hora? ¿Por qué brotaban cerca del mediodía?.
Ella me oía con atención y sonreía, sus ojos se iluminaron.

Mi niña -respondió- Cada mañana bien temprano revolotean los ángeles, quienes han estado cuidando los sueños y oyendo nuestras peticiones y oraciones; tras haber esperado hasta que amaneciera para recoger esas del nuevo día, las del último momento, emprenden el viaje a ese sitio maravilloso a entregar todas las encomiendas al Padre y, precisamente a esa hora, ya cerca del mediodía, todos los ángeles ya han entregado todas las preocupaciones que en forma de peticiones elevamos al Creador, así como nuestras plegarias.

Ellos, los ángeles, lo hacen con alegría y muestran sus sonrisas de complacencia, en el momento, en la hora en que el Creador bendice a las almas, que desprendidas, les envían peticiones por otros o agradecimientos o acompañan sus peticiones con oraciones. En ese instante pronuncia el Padre el nombre de todas esas almas y le da un gusto enorme esas que bendicen en su nombre, las que aún en la adversidad confían en Él y todo se ilumina ante Sus Bendiciones.

Por eso a esa hora se abren generosas, tiernas y delicadas esas flores simples que no son más que las sonrisas de los ángeles complacidos al ver en acción el Amor Supremo y quedan reflejadas en la Tierra como sencillas flores, pero esplendorosas, hermosas, bellas a las once.

-¿Y por qué se adormecen luego? ¿Por qué es tan efímera, tan fugaz esa belleza? -Seguí preguntándole.

-Porque así de fugaz es a veces el sentimiento que desde el corazón se entrega, al dejarse salpicar por energías rastreras, por la envidia, la vanidad, el egoísmo, la traición y deja opacar el amor. La maldad es traicionera y empaña y adormece lo verdadero. Y el día es sabio, cuando se cierne la tristeza hacia la media tarde recuerda el cielo cuando el hombre dejó salpicar su corazón; recuerda que fue traicionado el Hijo del Padre y aún cuando su infinito amor entregara se permitió tanta humillación en ÉL, que todas las energías negativas se dieron banquete en el corazón del hombre frío y débil. Pero ¿sabes?, el misterio está en que el Padre siempre bendice, siempre oye, siempre espera, nos enseña que su amor es eterno aunque lo cubran a veces las nubes negras. Por eso se debe cuidar el jardín y apreciar el mensaje de las flores sencillas. No lo entiendes todavía pero algún día lo harás... -me dijo.

Cuidé mi jardín mientras allí viví, que fue poco tiempo; mis "bella a las once" me alegraban y, a veces, aun cuando dormían les hablaba, era el sitio donde dejaba mis sentimientos como si me oyeran. Jamás las olvidé, sin importar donde viviera, aunque no tuviera un espacio físico para tenerlas... Ahora nuevamente las he vuelto a conseguir, las tengo en mi jardín...





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Publicado el: 06-04-2007
Última modificación: 06-04-2007


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