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Hace 100 años nació Julio Serrano Castro

ABRIL DE 2007

En lo que es actualmente una de las cuatro esquinas de la Primera Avenida Norte y la Segunda Calle Oriente de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en el estado sureño de la República Mexicana, atrás del Palacio de Gobierno de la citada provincia, nació el 12 de abril de 1907 Julio Serrano Castro, sexto hijo de un total de siete de don Federico C. Serrano Figueroa y de doña Gabriela Castro de Serrano. El padre de nuestro homenajeado, hijo de antiguos hacendados chiapanecos del Valle de Cintalapa estudió la abogacía en la ciudad de Guatemala y fue el primer presidente del Tribunal Superior de Justicia de Chiapas en el gobierno constitucionalista y contrajo anteriormente nupcias con la señorita Gabriela Castro Conde, maestra normalista originaria de Quetzaltenango, Guatemala, destacada concertista de piano y distinguida dama de amplia cultura universal.

Relataba el citado célebre tuxtleco –don Julio- cuando festejó sus 80 años en la capital de la República, que ya cumplidos todos los compromisos en cuanto a ponerle a los hermanos que lo antecedieron los nombres de sus abuelos y tíos, doña Gabriela aún con las naturales molestias del parto solicitó a su familiares le acercasen un santoral y al ver que el 12 de abril se celebraba a San Julio Papa, aceptó ese fuese el nombre del recién nacido. De esa manera fue el azar quien decidiera cuál iba a ser el tratamiento de quien con los años habría de darse a conocer en las más altas tribunas del país como fogoso y culto orador, además de ocupar trascendentales cargos públicos en el Gobierno Federal en donde brilló no exclusivamente por su capacidad, sino así mismo por su proverbial honradez. Su desempeño como orador en la Cámara de Senadores, en donde representó a nuestro amado Chiapas, fue de especial interés no sólo en los debates de las iniciativas de ley sino así mismo en ocasiones memorables, como el del discurso pronunciado en representación del Poder Legislativo Federal al cumplirse medio siglo de la promulgación de la Constitución de 1917 y anteriormente en el Palacio de las Bellas Artes al sostener la tesis, ahora ya de fama nacional, de la mexicanidad chiapaneca. Su renombre como orador trascendió fronteras.

A propósito de lo anterior, vale la pena relatar una anécdota:
Ya tenía avanzada edad el niño Julio Serrano Castro y se negaba a hablar solicitándole a su madre la comida y los juguetes jalándole la falda del vestido. Naturalmente, esta situación afligía a doña Gabriela pues pensaba que su hijo era posiblemente sordo y por eso no aprendía a pronunciar las palabras, máxime que por ese entonces había nacido en Tuxtla un sordomudo, hijo del respetable matrimonio integrado por don Vicente Liévano y doña Mercedes Lara. El niño de esta pareja se llamaba Ricardo y todo mundo lo apodaba cariñosamente “Caco”. El defecto físico de Ricardo acrecentaba las dudas de la mamá de Julito.

Por ser de la misma edad “Caco” y Julio se sentaban en el suelo a jugar y en cierta ocasión un buen amigo de la familia Serrano Castro escuchó a doña Gabriela expresar su temor, en cuanto a la posible sordera de Julio. Pidió una bolsa de papel estraza y la infló. Acto seguido la hizo estallar con las manos para ver la reacción de los niños y sólo el futuro abogado y orador se sobresaltó.

Cuando don Federico C. Serrano fue nombrado Juez de Distrito en Juchitán, Oaxaca, se fue a vivir con su familia a la citada población y por ello fue necesario inscribir a su hijo Julio en la escuela primaria de esa localidad en donde hizo amistad con el entonces alumno Andrés Henestrosa, quien a la postre habría de cobrar fama como hombre de exquisita cultura y celebridad en los medios políticos, igual que don Julio, quien fuese su compañero de banca. Henestrosa cumplió cien años de vida el pasado mes de noviembre y era asiduo concurrente a las reuniones organizadas en el domicilio de los Serrano Castro, de la ciudad de México.

En otra etapa de su vida Julio Serrano Castro vivió en la ciudad de Tapachula, Chiapas, para cursar ahí la educación secundaria. En una comida que hicimos juntos en el restaurante “Los Comales” de la mencionada ciudad, me relató que siendo niño vio expuesto en Tapachula el cadáver del coronel Sámano, padre de doña Eva Sámano de López Mateos, mandado a fusilar por haber cometido incalificables delitos en contra del patrimonio de la ciudadanía de Tapachula, valiéndose para ello del mando militar que como jefe de zona ostentaba en tiempos de la Revolución Mexicana.

Mi citado padre era un predestinado en cuanto a testimoniar hechos de sangre derivados de las luchas revolucionarias, pues en la antigua Escuela Industrial Militar de Tuxtla Gutiérrez, vio el cadáver de Manuel M. Dieguez, fusilado en el panteón civil, viejo luchador social quien junto con Esteban Baca Calderón iniciara la ya histórica huelga de Cananea en el norte del país, considerada por los escritores como el detonante de la Revolución Mexicana iniciada para quitar del poder a don Porfirio Díaz, el anciano dictador al que se atribuyen los sistemas de esclavitud impuestos por la fuerza en las zonas henequeneras de Yucatán y en Valle Nacional, Oaxaca, además de un férreo sistema político que impidió por muchos años el avance de los procesos democráticos de México. Por cierto, el general Esteban Baca Calderón fue compañero de don Julio en la Cámara de Senadores, en el sexenio del presidente Adolfo Ruiz Cortínes.

Las familias acomodadas de aquella época acostumbraban dedicar un hijo a una profesión liberal, otro al comercio, uno a la milicia y otro al sacerdocio. Paradójicamente a mi abuela le gustó su hijo Julio para cura y a los siete años aún lo vestía de naguas, seguramente para acostumbrarlo al hábito sacerdotal, pero Julio le resultó de ideas liberales y por ende refractario a los rezos y a las ceremonias religiosas, resultando a la postre fundador y miembro distinguido de la Barra de Abogados Socialistas de México, sin caer en el extremo del “come curas” e inclusive a sus hijas –mis hermanas- las inscribió en escuelas católicas buscando así la buena formación cultural y moral de ellas.

Cuando el preparotoriano Julio Serrano Castro debió partir hacia la ciudad de México para iniciar sus estudios en la antigua Escuela de Jurisprudencia de la entonces denominada Universidad Nacional de México, se alojó en la Casa del Estudiante de la plaza Del Carmen, en donde ya vivía su hermano Emilio, quien lo antecedió en los estudios de la licenciatura en Derecho. Ahí conoció a una bella tuxtleca de nombre Betty Castillejos Madariaga, con la que ya titulado como abogado habría de contraer nupcias por la vía civil y la eclesiástica.

ELEGÍA A MI PADRE..

I

Desposaste a mi madre
en los fastos de amplia compostura
cuando ella te sedujo
mirando con el verde de sus ojos
el sol de tu sonrisa.

¿Cómo olvidarte padre
si ayer amaste
al molde que me hizo,
para darme la vida, la mies y mi momento
labrando mi destino?

Las noches son mortaja
de tu semilla,
como el viento al infinito con ansiedad del alma
que me aniquila…
con letargo sin sopor… como la luz del alba.

Sí, te viste en los ojos de mi madre
y besaste sus labios.
Bendigo el día,
ese día de mi concepción feliz
en las entrañas suaves que quisiste.

Hoy, déjame soñar que estás dormido,
que soy tu sombra,
un poco de esperanza,
un pedazo de ti,
las voces de tu estirpe o el fiel de la balanza.

Sí, déjame sentir la nube airosa
ser tu sereno soplo,
el manantial de tu alma sugestiva…
la luz de tus ideales
y el sarcástico rostro de la vida.

Hoy, déjame pensar en la alegría
de tus años mozos
zurcidos en el árbol del esfuerzo
con la piedad sabida
de tus pasos certeros y callados.

Veo tu sonrisa dócil, el ceño de jerarca,
tu fuerte voz y los delgados labios,
la fuente de la casa…
tu liquidez de hombre
y prendida muy al sol la savia de tu raza.

¿Y cuántas hora de dolor callado
debimos soportar en el pasado?
Tu grito en resplandor
fue el pliego que enseña en la planicie
la piel de la palabra.

Tu gesto de orador
fue la cumbre del trepidar del cielo,
de ese mi cielo ayer tan sorprendido
que golpeó mi juventud
con trazos de templanza.

Vengo a cantarte hoy
al pie de tu sepulcro
en donde sembraste otrora tu cuerpo adolorido,
las añoranzas del pasado estío
y la justa sobriedad
de tu congoja heroica que siente escalofrío.

II

Fuiste claro y audaz en tu lenguaje
buscando en tu jardín la blanca rosa
que fue mujer y primorosa diosa
con la que joven emprendiste el viaje.

En tus andanzas de hombre de linaje
tuviste la bondad tal vez gozosa
y luego permutaste aquella moza
por la suerte que cambia el andamiaje.

El mundo que amparó tus directrices
de hombre pulcro y gozoso de la vida
te vio en momentos con su cruel recelo.

Tu moneda cayó y entre deslices
emprendiste de nuevo la subida
hallando otra vez el desconsuelo.

III

Limpiaste de resabios tu albedrío
en las pradera verde y encendida
y navegaste en proceloso río.


Y tu honradez a ti siempre prendida
fue baluarte de altas emociones
en las congojas que te dio la vida.

Combatiste las sucias sinrazones
y fustigaste a crueles y villanos
llevando con limpieza tus pendones.

Y moruno del piel, con blancas manos
llevaste tu apellido a las montañas
y a los indios llamaste “mis hermanos”.

En tierras muy lejanas, siempre extrañas,
defendiste de México su oro
y el aceite que guardan sus entrañas.

En el Senado hablaste con decoro
de los héroes que al domo condujiste
con entusiasta y viril decoro.

A Chiapas, tus amores bien rendiste
en turgente y espléndido discurso
cuando tus causas con placer dijiste.

Sin afrentas, ayer le diste curso
al carro de expresiones portentoso
usando las palabras en desuso
en tu alegato radiante y victorioso.





Julio Serrano Castillejos

Copyright © Todos los derechos reservados.

Publicado el: 12-04-2007
Última modificación: 18-06-2011


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Hace 100 años nació Julio Serrano Castro

ABRIL DE 2007

En lo que es actualmente una de las cuatro esquinas de la Primera Avenida Norte y la Segunda Calle Oriente de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en el estado sureño de la República Mexicana, atrás del Palacio de Gobierno de la citada provincia, nació el 12 de abril de 1907 Julio Serrano Castro, sexto hijo de un total de siete de don Federico C. Serrano Figueroa y de doña Gabriela Castro de Serrano. El padre de nuestro homenajeado, hijo de antiguos hacendados chiapanecos del Valle de Cintalapa estudió la abogacía en la ciudad de Guatemala y fue el primer presidente del Tribunal Superior de Justicia de Chiapas en el gobierno constitucionalista y contrajo anteriormente nupcias con la señorita Gabriela Castro Conde, maestra normalista originaria de Quetzaltenango, Guatemala, destacada concertista de piano y distinguida dama de amplia cultura universal.

Relataba el citado célebre tuxtleco –don Julio- cuando festejó sus 80 años en la capital de la República, que ya cumplidos todos los compromisos en cuanto a ponerle a los hermanos que lo antecedieron los nombres de sus abuelos y tíos, doña Gabriela aún con las naturales molestias del parto solicitó a su familiares le acercasen un santoral y al ver que el 12 de abril se celebraba a San Julio Papa, aceptó ese fuese el nombre del recién nacido. De esa manera fue el azar quien decidiera cuál iba a ser el tratamiento de quien con los años habría de darse a conocer en las más altas tribunas del país como fogoso y culto orador, además de ocupar trascendentales cargos públicos en el Gobierno Federal en donde brilló no exclusivamente por su capacidad, sino así mismo por su proverbial honradez. Su desempeño como orador en la Cámara de Senadores, en donde representó a nuestro amado Chiapas, fue de especial interés no sólo en los debates de las iniciativas de ley sino así mismo en ocasiones memorables, como el del discurso pronunciado en representación del Poder Legislativo Federal al cumplirse medio siglo de la promulgación de la Constitución de 1917 y anteriormente en el Palacio de las Bellas Artes al sostener la tesis, ahora ya de fama nacional, de la mexicanidad chiapaneca. Su renombre como orador trascendió fronteras.

A propósito de lo anterior, vale la pena relatar una anécdota:
Ya tenía avanzada edad el niño Julio Serrano Castro y se negaba a hablar solicitándole a su madre la comida y los juguetes jalándole la falda del vestido. Naturalmente, esta situación afligía a doña Gabriela pues pensaba que su hijo era posiblemente sordo y por eso no aprendía a pronunciar las palabras, máxime que por ese entonces había nacido en Tuxtla un sordomudo, hijo del respetable matrimonio integrado por don Vicente Liévano y doña Mercedes Lara. El niño de esta pareja se llamaba Ricardo y todo mundo lo apodaba cariñosamente “Caco”. El defecto físico de Ricardo acrecentaba las dudas de la mamá de Julito.

Por ser de la misma edad “Caco” y Julio se sentaban en el suelo a jugar y en cierta ocasión un buen amigo de la familia Serrano Castro escuchó a doña Gabriela expresar su temor, en cuanto a la posible sordera de Julio. Pidió una bolsa de papel estraza y la infló. Acto seguido la hizo estallar con las manos para ver la reacción de los niños y sólo el futuro abogado y orador se sobresaltó.

Cuando don Federico C. Serrano fue nombrado Juez de Distrito en Juchitán, Oaxaca, se fue a vivir con su familia a la citada población y por ello fue necesario inscribir a su hijo Julio en la escuela primaria de esa localidad en donde hizo amistad con el entonces alumno Andrés Henestrosa, quien a la postre habría de cobrar fama como hombre de exquisita cultura y celebridad en los medios políticos, igual que don Julio, quien fuese su compañero de banca. Henestrosa cumplió cien años de vida el pasado mes de noviembre y era asiduo concurrente a las reuniones organizadas en el domicilio de los Serrano Castro, de la ciudad de México.

En otra etapa de su vida Julio Serrano Castro vivió en la ciudad de Tapachula, Chiapas, para cursar ahí la educación secundaria. En una comida que hicimos juntos en el restaurante “Los Comales” de la mencionada ciudad, me relató que siendo niño vio expuesto en Tapachula el cadáver del coronel Sámano, padre de doña Eva Sámano de López Mateos, mandado a fusilar por haber cometido incalificables delitos en contra del patrimonio de la ciudadanía de Tapachula, valiéndose para ello del mando militar que como jefe de zona ostentaba en tiempos de la Revolución Mexicana.

Mi citado padre era un predestinado en cuanto a testimoniar hechos de sangre derivados de las luchas revolucionarias, pues en la antigua Escuela Industrial Militar de Tuxtla Gutiérrez, vio el cadáver de Manuel M. Dieguez, fusilado en el panteón civil, viejo luchador social quien junto con Esteban Baca Calderón iniciara la ya histórica huelga de Cananea en el norte del país, considerada por los escritores como el detonante de la Revolución Mexicana iniciada para quitar del poder a don Porfirio Díaz, el anciano dictador al que se atribuyen los sistemas de esclavitud impuestos por la fuerza en las zonas henequeneras de Yucatán y en Valle Nacional, Oaxaca, además de un férreo sistema político que impidió por muchos años el avance de los procesos democráticos de México. Por cierto, el general Esteban Baca Calderón fue compañero de don Julio en la Cámara de Senadores, en el sexenio del presidente Adolfo Ruiz Cortínes.

Las familias acomodadas de aquella época acostumbraban dedicar un hijo a una profesión liberal, otro al comercio, uno a la milicia y otro al sacerdocio. Paradójicamente a mi abuela le gustó su hijo Julio para cura y a los siete años aún lo vestía de naguas, seguramente para acostumbrarlo al hábito sacerdotal, pero Julio le resultó de ideas liberales y por ende refractario a los rezos y a las ceremonias religiosas, resultando a la postre fundador y miembro distinguido de la Barra de Abogados Socialistas de México, sin caer en el extremo del “come curas” e inclusive a sus hijas –mis hermanas- las inscribió en escuelas católicas buscando así la buena formación cultural y moral de ellas.

Cuando el preparotoriano Julio Serrano Castro debió partir hacia la ciudad de México para iniciar sus estudios en la antigua Escuela de Jurisprudencia de la entonces denominada Universidad Nacional de México, se alojó en la Casa del Estudiante de la plaza Del Carmen, en donde ya vivía su hermano Emilio, quien lo antecedió en los estudios de la licenciatura en Derecho. Ahí conoció a una bella tuxtleca de nombre Betty Castillejos Madariaga, con la que ya titulado como abogado habría de contraer nupcias por la vía civil y la eclesiástica.

ELEGÍA A MI PADRE..

I

Desposaste a mi madre
en los fastos de amplia compostura
cuando ella te sedujo
mirando con el verde de sus ojos
el sol de tu sonrisa.

¿Cómo olvidarte padre
si ayer amaste
al molde que me hizo,
para darme la vida, la mies y mi momento
labrando mi destino?

Las noches son mortaja
de tu semilla,
como el viento al infinito con ansiedad del alma
que me aniquila…
con letargo sin sopor… como la luz del alba.

Sí, te viste en los ojos de mi madre
y besaste sus labios.
Bendigo el día,
ese día de mi concepción feliz
en las entrañas suaves que quisiste.

Hoy, déjame soñar que estás dormido,
que soy tu sombra,
un poco de esperanza,
un pedazo de ti,
las voces de tu estirpe o el fiel de la balanza.

Sí, déjame sentir la nube airosa
ser tu sereno soplo,
el manantial de tu alma sugestiva…
la luz de tus ideales
y el sarcástico rostro de la vida.

Hoy, déjame pensar en la alegría
de tus años mozos
zurcidos en el árbol del esfuerzo
con la piedad sabida
de tus pasos certeros y callados.

Veo tu sonrisa dócil, el ceño de jerarca,
tu fuerte voz y los delgados labios,
la fuente de la casa…
tu liquidez de hombre
y prendida muy al sol la savia de tu raza.

¿Y cuántas hora de dolor callado
debimos soportar en el pasado?
Tu grito en resplandor
fue el pliego que enseña en la planicie
la piel de la palabra.

Tu gesto de orador
fue la cumbre del trepidar del cielo,
de ese mi cielo ayer tan sorprendido
que golpeó mi juventud
con trazos de templanza.

Vengo a cantarte hoy
al pie de tu sepulcro
en donde sembraste otrora tu cuerpo adolorido,
las añoranzas del pasado estío
y la justa sobriedad
de tu congoja heroica que siente escalofrío.

II

Fuiste claro y audaz en tu lenguaje
buscando en tu jardín la blanca rosa
que fue mujer y primorosa diosa
con la que joven emprendiste el viaje.

En tus andanzas de hombre de linaje
tuviste la bondad tal vez gozosa
y luego permutaste aquella moza
por la suerte que cambia el andamiaje.

El mundo que amparó tus directrices
de hombre pulcro y gozoso de la vida
te vio en momentos con su cruel recelo.

Tu moneda cayó y entre deslices
emprendiste de nuevo la subida
hallando otra vez el desconsuelo.

III

Limpiaste de resabios tu albedrío
en las pradera verde y encendida
y navegaste en proceloso río.


Y tu honradez a ti siempre prendida
fue baluarte de altas emociones
en las congojas que te dio la vida.

Combatiste las sucias sinrazones
y fustigaste a crueles y villanos
llevando con limpieza tus pendones.

Y moruno del piel, con blancas manos
llevaste tu apellido a las montañas
y a los indios llamaste “mis hermanos”.

En tierras muy lejanas, siempre extrañas,
defendiste de México su oro
y el aceite que guardan sus entrañas.

En el Senado hablaste con decoro
de los héroes que al domo condujiste
con entusiasta y viril decoro.

A Chiapas, tus amores bien rendiste
en turgente y espléndido discurso
cuando tus causas con placer dijiste.

Sin afrentas, ayer le diste curso
al carro de expresiones portentoso
usando las palabras en desuso
en tu alegato radiante y victorioso.





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