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Alberto Elorza. Amigo, bohemio y poeta





Por una llamada telefónica de Fernando Jiménez Serrano, amigo mío de toda la vida, me enteré de la muerte de Alberto Elorza, acaecida el pasado 28 de julio de 2003 en la ciudad de Tapachula.
A Alberto, según un artículo periodístico que le dedicó Marco Aurelio Carballo, le decían sus amigos El Aguacate, porque el desaparecido autor de “Tu ausencia” utilizaba el nombre de esa fruta para llamar a sus congéneres, pero más bien creo se debió dicho apodo a la particularidad de Alberto consistente en resbalarse en el pan de la amistad con más facilidad que una cucharada de guacamole, aunque algunos afirman que el sobrenombre le vino por su color de piel ligeramente morena y sus ojos verdes.

Los miembros del Grupo de los Viernes, con Fernando Farrera Castañón a la cabeza y la participación de su contramaestre a bordo, Fernando Jiménez Serrano, tenían a Alberto Elorza como a uno de sus pilares consentidos, junto con el también compositor Vicente Garrido, de reciente desaparición física; Jorge Fernández con su bien timbrada voz; el grupo de los Isleños con Lalo Licona en la batuta y Toñito Ríos en la batería, el trío de Las Arañas, José José y otros connotados artistas, quienes llegaban asiduamente a la casona de Fernando Farrera de la colonia Campestre Churubusco en el Distrito Federal, para instituir una especie de templo a la amistad y a la bohemia del más alto rango, en donde hiciéramos amistad con Pepe Partida, Memo García, Rodolfo Rubalcava, Lalo Bermúdez, Abel Flores, Enrique Ayala (“Paloma Negra” para los cuates), y además, consolidásemos lazos de afecto con Lalo Gutiérrez, Paco Farrera Castañón, Miguelito Anza Calderón y otros melómanos de tiempo completo.

En la casa de nuestro llorado amigo, el doctor Farrera Castañón, disfruté las una y mil ocurrencias de Alberto Elorza, como aquella de afirmar que no obstante su larga ausencia de su ciudad natal, “en Tapachula su popularidad era tan ostensible que hasta los perros le ladraban de tú”, o bien la otra: “... en mi tierra hace tanto calor que los ‘chuchos’ sólo le ladran a los automóviles que están estacionados”. Por aquél entonces Alberto prestaba su bien timbrada voz a las emisiones de Radio Mundo, a donde llegaba en ocasiones a trabajar directamente de alguna rumbosa fiesta, pero con un profesionalismo digno de encomio.

Allá por septiembre del año 2000 me llamó por teléfono Fernando Jiménez Serrano desde la capital de la República, para comunicarme que Alberto Elorza había salido de dicha urbe hacia Tuxtla ya tocado de un mal muy avanzado y además incurable, para solicitarme “que si me era posible le echara la mano aprovechando mis relaciones para que se le atendiesen clínicamente, con lo que me iba a ganar la gloria”. Efectivamente, por indicaciones de Fernando Jiménez, llegó Alberto a buscarme a mi oficina. Cuando lo vi entrar lo noté muy demacrado. Al preguntarle por su estado de salud, me dijo: -“Que quieres, hermano, ya huelo a ciprés”, dando a entender con ello que tenía un pie en el panteón. Hasta en esos amargos momentos el desaparecido poeta y bohemio hacia chistes, así fuese a costillas de su propia persona. Debo puntualizar que a iniciativa de Fernando Jiménez le conseguí a Alberto fuese atendido en la Clínica del ISSSTECH, gracias a la valiosa intervención de mi caballeroso amigo Emilio Salazar Farías, quien de primera intención comprendió la necesidad de ayudar a un valor artístico de Chipas, pero Alberto –posiblemente marcado por la fatalidad de un destino que él consideraba inexorable- no quiso internarse para su atención y partió hacia Tapachula, en donde todavía vivió dos años y diez meses, aproximadamente.

La muerte de Elorza trae a mi memoria muchos momentos agradables, pues a los amigos –cuando se van- no hay que llorarlos exclusivamente sino recordarlos en sus días de luz. Dicen quienes lo conocieron en sus años mozos, que a Beto las muchachas de Tapachula le hacían cola para bailar con él, pues además de su buen porte era un simpaticazo como para llenar el estadio Azteca a manera de que las gentes escuchasen sus ocurrencias. Al respecto, recuerdo que en el Grupo de los Viernes se instituyó la costumbre de reunir a sus miembros en el mes de diciembre para despedir el año en el salón principal de algún hotel de moda de la ciudad de México. Lógicamente, Alberto Elorza era el maestro de ceremonias para tan destacadas ocasiones. En una de esa veces al notar que Fernando Farrera Castañón y su tocayo Fernando Jiménez Serrano, debían cobrar en plena pachanga el costo de los boletos e iban de mesa en mesa recabando las aportaciones de sus innumerables amigos, los instó a dejar sus actividades de cobranza para que se iniciase la cantada Yo filmaba con mi camarita de Super 8 las incidencias del momento, mientas Alberto Elorza la hacía de mediador pretendiendo que los dos Fernandos dejasen de deambular por el salón y así no le robaran la atención de los asistentes, para anunciar los números programados. Hizo una primera admonición: -“Por favor, Frenando Farrera y Fernando Jiménez, dejen de cobrar y siéntense para que arranquemos con el programa”, De esa cortés manera los invitó repetidamente a dejar de exigir el pago de las cuotas de asistencia, “pues la gente quería escuchar los números musicales previamente anunciados”, pero como no le hicieran el menos caso, dijo: -“Ideay, Farrera y Jiménez, parecen chichis, pues no saben estar separados”. La carcajada fue sonora y los aplausos premiaron el detalle humorístico.

Recién muerto Fernando Farrera nos reunimos sus amigos en el Club Asturiano del D. F. para recordarlo. En la comida de dicho homenaje me presenté con zapatos nuevos de color gris. Apenas me vio Beto Elorza, con una pícara sonrisa señaló: -“Julito, cuando estrenes zapatos quítales la caja”.

Este breve artículo periodístico seguramente para muchos signifique poco o casi nada. No creo suceda lo mismo con los familiares de Alberto Elorza, de Nando Farrera, de Fernando Jiménez Serrano, y sobre todo, con Elena Castillo Morell y sus hijos, quienes son los herederos del cariño y la amistad que Fernando Farrera Castañón supo aglutinar en el Grupo de los Viernes, en donde Alberto Elorza brilló con luz propia.

Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, a 30 de agosto de 2003.

Correo cibernético: yulldelmonte36@hotmail.com



Julio Serrano Castillejos

Copyright © Todos los derechos reservados.

Publicado el: 04-10-2009
Última modificación: 00-00-0000


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Alberto Elorza. Amigo, bohemio y poeta





Por una llamada telefónica de Fernando Jiménez Serrano, amigo mío de toda la vida, me enteré de la muerte de Alberto Elorza, acaecida el pasado 28 de julio de 2003 en la ciudad de Tapachula.
A Alberto, según un artículo periodístico que le dedicó Marco Aurelio Carballo, le decían sus amigos El Aguacate, porque el desaparecido autor de “Tu ausencia” utilizaba el nombre de esa fruta para llamar a sus congéneres, pero más bien creo se debió dicho apodo a la particularidad de Alberto consistente en resbalarse en el pan de la amistad con más facilidad que una cucharada de guacamole, aunque algunos afirman que el sobrenombre le vino por su color de piel ligeramente morena y sus ojos verdes.

Los miembros del Grupo de los Viernes, con Fernando Farrera Castañón a la cabeza y la participación de su contramaestre a bordo, Fernando Jiménez Serrano, tenían a Alberto Elorza como a uno de sus pilares consentidos, junto con el también compositor Vicente Garrido, de reciente desaparición física; Jorge Fernández con su bien timbrada voz; el grupo de los Isleños con Lalo Licona en la batuta y Toñito Ríos en la batería, el trío de Las Arañas, José José y otros connotados artistas, quienes llegaban asiduamente a la casona de Fernando Farrera de la colonia Campestre Churubusco en el Distrito Federal, para instituir una especie de templo a la amistad y a la bohemia del más alto rango, en donde hiciéramos amistad con Pepe Partida, Memo García, Rodolfo Rubalcava, Lalo Bermúdez, Abel Flores, Enrique Ayala (“Paloma Negra” para los cuates), y además, consolidásemos lazos de afecto con Lalo Gutiérrez, Paco Farrera Castañón, Miguelito Anza Calderón y otros melómanos de tiempo completo.

En la casa de nuestro llorado amigo, el doctor Farrera Castañón, disfruté las una y mil ocurrencias de Alberto Elorza, como aquella de afirmar que no obstante su larga ausencia de su ciudad natal, “en Tapachula su popularidad era tan ostensible que hasta los perros le ladraban de tú”, o bien la otra: “... en mi tierra hace tanto calor que los ‘chuchos’ sólo le ladran a los automóviles que están estacionados”. Por aquél entonces Alberto prestaba su bien timbrada voz a las emisiones de Radio Mundo, a donde llegaba en ocasiones a trabajar directamente de alguna rumbosa fiesta, pero con un profesionalismo digno de encomio.

Allá por septiembre del año 2000 me llamó por teléfono Fernando Jiménez Serrano desde la capital de la República, para comunicarme que Alberto Elorza había salido de dicha urbe hacia Tuxtla ya tocado de un mal muy avanzado y además incurable, para solicitarme “que si me era posible le echara la mano aprovechando mis relaciones para que se le atendiesen clínicamente, con lo que me iba a ganar la gloria”. Efectivamente, por indicaciones de Fernando Jiménez, llegó Alberto a buscarme a mi oficina. Cuando lo vi entrar lo noté muy demacrado. Al preguntarle por su estado de salud, me dijo: -“Que quieres, hermano, ya huelo a ciprés”, dando a entender con ello que tenía un pie en el panteón. Hasta en esos amargos momentos el desaparecido poeta y bohemio hacia chistes, así fuese a costillas de su propia persona. Debo puntualizar que a iniciativa de Fernando Jiménez le conseguí a Alberto fuese atendido en la Clínica del ISSSTECH, gracias a la valiosa intervención de mi caballeroso amigo Emilio Salazar Farías, quien de primera intención comprendió la necesidad de ayudar a un valor artístico de Chipas, pero Alberto –posiblemente marcado por la fatalidad de un destino que él consideraba inexorable- no quiso internarse para su atención y partió hacia Tapachula, en donde todavía vivió dos años y diez meses, aproximadamente.

La muerte de Elorza trae a mi memoria muchos momentos agradables, pues a los amigos –cuando se van- no hay que llorarlos exclusivamente sino recordarlos en sus días de luz. Dicen quienes lo conocieron en sus años mozos, que a Beto las muchachas de Tapachula le hacían cola para bailar con él, pues además de su buen porte era un simpaticazo como para llenar el estadio Azteca a manera de que las gentes escuchasen sus ocurrencias. Al respecto, recuerdo que en el Grupo de los Viernes se instituyó la costumbre de reunir a sus miembros en el mes de diciembre para despedir el año en el salón principal de algún hotel de moda de la ciudad de México. Lógicamente, Alberto Elorza era el maestro de ceremonias para tan destacadas ocasiones. En una de esa veces al notar que Fernando Farrera Castañón y su tocayo Fernando Jiménez Serrano, debían cobrar en plena pachanga el costo de los boletos e iban de mesa en mesa recabando las aportaciones de sus innumerables amigos, los instó a dejar sus actividades de cobranza para que se iniciase la cantada Yo filmaba con mi camarita de Super 8 las incidencias del momento, mientas Alberto Elorza la hacía de mediador pretendiendo que los dos Fernandos dejasen de deambular por el salón y así no le robaran la atención de los asistentes, para anunciar los números programados. Hizo una primera admonición: -“Por favor, Frenando Farrera y Fernando Jiménez, dejen de cobrar y siéntense para que arranquemos con el programa”, De esa cortés manera los invitó repetidamente a dejar de exigir el pago de las cuotas de asistencia, “pues la gente quería escuchar los números musicales previamente anunciados”, pero como no le hicieran el menos caso, dijo: -“Ideay, Farrera y Jiménez, parecen chichis, pues no saben estar separados”. La carcajada fue sonora y los aplausos premiaron el detalle humorístico.

Recién muerto Fernando Farrera nos reunimos sus amigos en el Club Asturiano del D. F. para recordarlo. En la comida de dicho homenaje me presenté con zapatos nuevos de color gris. Apenas me vio Beto Elorza, con una pícara sonrisa señaló: -“Julito, cuando estrenes zapatos quítales la caja”.

Este breve artículo periodístico seguramente para muchos signifique poco o casi nada. No creo suceda lo mismo con los familiares de Alberto Elorza, de Nando Farrera, de Fernando Jiménez Serrano, y sobre todo, con Elena Castillo Morell y sus hijos, quienes son los herederos del cariño y la amistad que Fernando Farrera Castañón supo aglutinar en el Grupo de los Viernes, en donde Alberto Elorza brilló con luz propia.

Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, a 30 de agosto de 2003.

Correo cibernético: yulldelmonte36@hotmail.com



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Publicado el: 04-10-2009
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