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"EL REGALO" Editorial Dunken (26-03-2010)

Llegué a la casa de Graciela muy temprano, era un día con mucha actividad personal pero no quería dejar pasar la fecha de su cumpleaños, sin saludarla, tomar un café o té y luego seguir con mis tareas que no eran pocas.
Me hizo pasar al jardín de invierno que a esas alturas recibía a pleno el sol de la mañana y me vi sumergida en un mar de crotones. Nunca me había dado cuenta de ello. Suponiendo una especial afición a tal planta se lo pregunté y me respondió enigmática:
- Esta noche cuando vengas, lo sabrás -
Nos despedimos y ansiosa, me dirigí a la librería para ver si había llegado el libro encargado hacía meses. Era un antiguo tomo de arquitectura gótica, usado, único modo de poder adquirirlo, ya que su edición estaba agotada.
Salí de aquel santuario de libros, exultante, tenía entre mis manos primorosamente envuelto, el texto que durante tantos años, Graciela había estado buscando. En realidad poco hubiera importado el moño, porque de antemano sabía la alegría que ese obsequio per se produciría. Creo que estaba embriagada de felicidad, tanta espera había valido la pena y estaba ansiosa, no veía la hora de entregarle a mi amiga, aquel tesoro que siempre había buscado desde sus lejanos días de estudiante.
Mi esposo había hecho lo propio con un Pinot Noire, recién llegado a la bodega de una reconocida importadora de licores de la zona. Era una suerte de devaneo de cata de varietales a la que se sometían nuestros maridos, cada vez que se encontraban. No nos veíamos muy a menudo pero era mutuo el disfrute de aquellos momentos y siempre procurábamos sorprenderlos con algo que sabíamos que les agradaría. En realidad disfrutábamos tanto procurando algo personal (más allá del valor o no del objeto) que el mero hecho de adquirirlo, sabiendo de antemano que sería apreciado, íntimamente ya nos producía placer.
Al buscar un obsequio lo hacíamos desde nuestra propia sensibilidad y deseo para luego acercarlo al otro, acariciarlo, sorprenderlo con música, aromas, sabores, ideas, artesanías, palabras, paisajes …
Esa noche fuimos llegando sus invitados y cada quien homenajeó a Graciela con atenciones que ella agradecía muy feliz.
Cuando le extendí mi regalo, cerró los ojos, lo abrazó y como una vidente lo hamacó balbuceando.
- Lo encontraste, sé que lo encontraste -
Se sentó como un niño y desvistió suavemente ese viejo tesoro, casi con miedo a ajarlo, luego extasiada se sumergió en sus páginas, de tal modo que su esposo debió advertirle que la cena estaba servida.
Mientras nos dirigíamos al comedor nuestros maridos charlaban de ese añejo vino que ameritaba una degustación más adelante, sentando ya las bases para otro encuentro. Ambos habíamos acertado con nuestros presentes.
Al pasar junto a la chimenea, advertí un pomposo crotón, con un primoroso moño, cuya tarjeta ostentaba el sello de una afamada florería.
A la intriga del primer momento, le sucedió una amena charla que me hizo olvidar la pregunta obligada.
Cuando promediaba la reunión llegó su hijo con la familia, en medio del alboroto de los nietos y los saludos, un comentario de su nuera referente al primoroso crotón aclaro mis dudas.
Año tras año, en toda ocasión esa dispersa mujer le enviaba a mi amiga, una hermosa planta de crotón elegida por la florería, regalo que nada tenía que ver con el afecto. Era evidente que jamás reparaba en ese jardín de invierno que había inundado con sus crotones, trasformando aquel rincón en un jardín tropical, poblado por diferentes estadios de una misma especie, es más, creo que hasta pensó que su suegra, tenía gran afición por tal vegetal, cuyo único abastecedor, era ella misma.
Felizmente luego de años de sufrir esta hemorragia de crotones que la perseguían por el planeta, ya que la florería efectuaba envíos internacionales, Graciela se quedó sin nuera. No, no murió, se enamoró de otro señor que la alejó de estas costas, con la bendición de su exmarido que encontró nueva pareja, esta vez, una joven melómana que obsequiaba a su suegra, con maravillosas veladas filarmónicas.
¿Y los crotones?
Se fueron extinguiendo y su paulatina pérdida, permitió contemplar desde el jardín de invierno, poco a poco, los más bellos atardeceres de la costa.


Marta B. Carrillo

Copyright © Todos los derechos reservados.

Publicado el: 15-04-2010
Última modificación: 00-00-0000


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"EL REGALO" Editorial Dunken (26-03-2010)

Llegué a la casa de Graciela muy temprano, era un día con mucha actividad personal pero no quería dejar pasar la fecha de su cumpleaños, sin saludarla, tomar un café o té y luego seguir con mis tareas que no eran pocas.
Me hizo pasar al jardín de invierno que a esas alturas recibía a pleno el sol de la mañana y me vi sumergida en un mar de crotones. Nunca me había dado cuenta de ello. Suponiendo una especial afición a tal planta se lo pregunté y me respondió enigmática:
- Esta noche cuando vengas, lo sabrás -
Nos despedimos y ansiosa, me dirigí a la librería para ver si había llegado el libro encargado hacía meses. Era un antiguo tomo de arquitectura gótica, usado, único modo de poder adquirirlo, ya que su edición estaba agotada.
Salí de aquel santuario de libros, exultante, tenía entre mis manos primorosamente envuelto, el texto que durante tantos años, Graciela había estado buscando. En realidad poco hubiera importado el moño, porque de antemano sabía la alegría que ese obsequio per se produciría. Creo que estaba embriagada de felicidad, tanta espera había valido la pena y estaba ansiosa, no veía la hora de entregarle a mi amiga, aquel tesoro que siempre había buscado desde sus lejanos días de estudiante.
Mi esposo había hecho lo propio con un Pinot Noire, recién llegado a la bodega de una reconocida importadora de licores de la zona. Era una suerte de devaneo de cata de varietales a la que se sometían nuestros maridos, cada vez que se encontraban. No nos veíamos muy a menudo pero era mutuo el disfrute de aquellos momentos y siempre procurábamos sorprenderlos con algo que sabíamos que les agradaría. En realidad disfrutábamos tanto procurando algo personal (más allá del valor o no del objeto) que el mero hecho de adquirirlo, sabiendo de antemano que sería apreciado, íntimamente ya nos producía placer.
Al buscar un obsequio lo hacíamos desde nuestra propia sensibilidad y deseo para luego acercarlo al otro, acariciarlo, sorprenderlo con música, aromas, sabores, ideas, artesanías, palabras, paisajes …
Esa noche fuimos llegando sus invitados y cada quien homenajeó a Graciela con atenciones que ella agradecía muy feliz.
Cuando le extendí mi regalo, cerró los ojos, lo abrazó y como una vidente lo hamacó balbuceando.
- Lo encontraste, sé que lo encontraste -
Se sentó como un niño y desvistió suavemente ese viejo tesoro, casi con miedo a ajarlo, luego extasiada se sumergió en sus páginas, de tal modo que su esposo debió advertirle que la cena estaba servida.
Mientras nos dirigíamos al comedor nuestros maridos charlaban de ese añejo vino que ameritaba una degustación más adelante, sentando ya las bases para otro encuentro. Ambos habíamos acertado con nuestros presentes.
Al pasar junto a la chimenea, advertí un pomposo crotón, con un primoroso moño, cuya tarjeta ostentaba el sello de una afamada florería.
A la intriga del primer momento, le sucedió una amena charla que me hizo olvidar la pregunta obligada.
Cuando promediaba la reunión llegó su hijo con la familia, en medio del alboroto de los nietos y los saludos, un comentario de su nuera referente al primoroso crotón aclaro mis dudas.
Año tras año, en toda ocasión esa dispersa mujer le enviaba a mi amiga, una hermosa planta de crotón elegida por la florería, regalo que nada tenía que ver con el afecto. Era evidente que jamás reparaba en ese jardín de invierno que había inundado con sus crotones, trasformando aquel rincón en un jardín tropical, poblado por diferentes estadios de una misma especie, es más, creo que hasta pensó que su suegra, tenía gran afición por tal vegetal, cuyo único abastecedor, era ella misma.
Felizmente luego de años de sufrir esta hemorragia de crotones que la perseguían por el planeta, ya que la florería efectuaba envíos internacionales, Graciela se quedó sin nuera. No, no murió, se enamoró de otro señor que la alejó de estas costas, con la bendición de su exmarido que encontró nueva pareja, esta vez, una joven melómana que obsequiaba a su suegra, con maravillosas veladas filarmónicas.
¿Y los crotones?
Se fueron extinguiendo y su paulatina pérdida, permitió contemplar desde el jardín de invierno, poco a poco, los más bellos atardeceres de la costa.


Marta B. Carrillo

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Publicado el: 15-04-2010
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