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LA PARED QUE MIRA AL MAR

Un sueño es el desarrollo de una conducta personal
ejecutada en un plano diferente de la conciencia;
un acto realizado en un lugar cuya existencia real nadie,
que esté en su sano juicio, puede llamar irreal.


El rey negro y blanco que gobierna este tablero, o país como algunos prefieren llamarlo, se cansó de la música pop que sale de su ropero.
Por eso ordenó la construcción de un puente que una la tierra con el cielo.
Es dudoso que lo use porque sufre de vértigo.
Así que sólo esperamos que suba unos pocos escalones para alejarse del sonido.
El encargue es ciclópeo, lo sabemos, pero propio de su majestad, toda vez que su siesta es interrumpida. A la fecha, contamos con veintinueve puentes similares.
No nos disgusta complacerlo. Lo tomamos como una misión imperial de carácter lúdico y mágico que, alguna vez, esperamos llegar a comprender y a aprovechar.
Por ahora, construimos.
Pero no todos.
Hay siete aguardando que zarpe el barco, fabricado por ellos mismos con corchos y botellas de plástico, que los llevará muy lejos de aquí.
Son los que, sentados sobre la cubierta, confiados en que el viento soplará fuerte y desplegará las velas, aturden al rey cantando música pop detrás del ropero apoyado sobre la pared que mira al mar.


Daniel Adrián Madeiro

Copyright © Todos los derechos reservados.

Publicado el: 16-10-2010
Última modificación: 00-00-0000


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LA PARED QUE MIRA AL MAR

Un sueño es el desarrollo de una conducta personal
ejecutada en un plano diferente de la conciencia;
un acto realizado en un lugar cuya existencia real nadie,
que esté en su sano juicio, puede llamar irreal.


El rey negro y blanco que gobierna este tablero, o país como algunos prefieren llamarlo, se cansó de la música pop que sale de su ropero.
Por eso ordenó la construcción de un puente que una la tierra con el cielo.
Es dudoso que lo use porque sufre de vértigo.
Así que sólo esperamos que suba unos pocos escalones para alejarse del sonido.
El encargue es ciclópeo, lo sabemos, pero propio de su majestad, toda vez que su siesta es interrumpida. A la fecha, contamos con veintinueve puentes similares.
No nos disgusta complacerlo. Lo tomamos como una misión imperial de carácter lúdico y mágico que, alguna vez, esperamos llegar a comprender y a aprovechar.
Por ahora, construimos.
Pero no todos.
Hay siete aguardando que zarpe el barco, fabricado por ellos mismos con corchos y botellas de plástico, que los llevará muy lejos de aquí.
Son los que, sentados sobre la cubierta, confiados en que el viento soplará fuerte y desplegará las velas, aturden al rey cantando música pop detrás del ropero apoyado sobre la pared que mira al mar.


Daniel Adrián Madeiro

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