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POSTERGACIÓN DE UN SUEÑO

Afuera era invierno con un cielo gris amenazante de lluvia.
Flavio estaba sentado frente a la mesa de la cocina leyendo los clasificados. De tanto en tanto María le acercaba un mate.
La situación era prolija, casi monótona.
Primero leyó los avisos comunes, después pasó a los agrupados. Fue allí donde encontró uno que decía:

"POR FALTA DE SUCESOR, SE VENDE EMPRESA SUIZA DE CONFECCION DE VESTIDOS PROFESIONALES...OPORTUNIDAD IDEAL PARA ENTRAR EN EL MERCADO EUROPEO. FRANCO SUIZO 55.000. TELEX 883291 KUNG CH (SUIZA)..."

-¡Qué buena oportunidad!- pensó.-Un país como Suiza, con tanta estabilidad, con una plaza financiera sin riesgos de inversión-.
Era la posibilidad de salir de aquí, de un país donde todo se tornaba incierto, donde era muy difícil planificar más allá de veinticuatro horas sin ser sorprendido por los cambios de la mañana siguiente. Significaba crecer en un medio seguro donde uno sabría, casi un año antes, en qué invertir el dinero.
-¡Sí, sí!- se dijo,-¡es una oportunidad excelente!
Tomó un papel y una birome de un estante, buscó las cotizaciones y comenzó a hacer cuentas.
-Realmente, no es mucho- murmuró. Hay que tener en cuenta que es una puerta al mercado europeo-.
Intentó delinear el tenor de una carta a Suiza para interiorizarse más sobre el tema. Pronto reconoció su falta de habilidad para la redacción. Lamentó no tener una secretaria que pudiera asistirlo en ese momento, que le redactara una carta en inglés o alemán. Necesitaba una.
-Son tan útiles y ordenadas. Uno no necesita recordarlo todo, basta con indicarle que agende tal o cual cosa y listo. Además, dan mayor jerarquía: un hombre con una secretaria, no cabe duda que es alguien importante-.
María le acercó otro mate; lo tomó despacio.
Con su mente puesta en el asunto de la empresa imaginó que sería conveniente hablar con algunos de sus amigos. Unos podrían asesorarlo; otros, por qué no, trabajar para él. Hasta
sería provechoso montar una sucursal en Buenos Aires, donde se podrían ofrecer las exclusividades de la línea de confección. Seguramente, muchos se interesarían por adquirir los vestidos por el solo hecho de que fueran importados.. Era una idea que no se podía dejar de lado.
Afuera comenzó a llover torrencialmente. A través de la ventana, la calle asemejaba el lecho de un río, aún inédito en las voluminosas citas cartográficas.
Esta situación no alteraba a Flavio, quien imaginaba cientos de ricas posibilidades mercantiles, disfrutando además, la oportunidad de poder conocer Suiza donde jamás, en sus treinta y siete años de vida, había podido ir.
María le acercó un mate lavado.
-¿Y, Flavio? ¿Encontraste algún trabajo?- le dijo.
Esas palabras fueron suficientes. Quien hasta hacía unos instantes se sentía todo un empresario con el universo en sus manos, reconoció a su alrededor el único mundo que le era propio.
El caer de las gotas sobre el techo de chapas era una incesante percusión. En un rincón de la cocina, al costado de la puerta, se insinuaron las primeras goteras.
Miró afligido.
Tras el último sorbo contestó con tristeza:
-No, María. ¡No! Siempre piden gente joven. ¡Ya no sé qué hacer!-


Daniel Adrián Madeiro

Copyright © Todos los derechos reservados.

Publicado el: 30-04-2003
Última modificación: 00-00-0000


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POSTERGACIÓN DE UN SUEÑO

Afuera era invierno con un cielo gris amenazante de lluvia.
Flavio estaba sentado frente a la mesa de la cocina leyendo los clasificados. De tanto en tanto María le acercaba un mate.
La situación era prolija, casi monótona.
Primero leyó los avisos comunes, después pasó a los agrupados. Fue allí donde encontró uno que decía:

"POR FALTA DE SUCESOR, SE VENDE EMPRESA SUIZA DE CONFECCION DE VESTIDOS PROFESIONALES...OPORTUNIDAD IDEAL PARA ENTRAR EN EL MERCADO EUROPEO. FRANCO SUIZO 55.000. TELEX 883291 KUNG CH (SUIZA)..."

-¡Qué buena oportunidad!- pensó.-Un país como Suiza, con tanta estabilidad, con una plaza financiera sin riesgos de inversión-.
Era la posibilidad de salir de aquí, de un país donde todo se tornaba incierto, donde era muy difícil planificar más allá de veinticuatro horas sin ser sorprendido por los cambios de la mañana siguiente. Significaba crecer en un medio seguro donde uno sabría, casi un año antes, en qué invertir el dinero.
-¡Sí, sí!- se dijo,-¡es una oportunidad excelente!
Tomó un papel y una birome de un estante, buscó las cotizaciones y comenzó a hacer cuentas.
-Realmente, no es mucho- murmuró. Hay que tener en cuenta que es una puerta al mercado europeo-.
Intentó delinear el tenor de una carta a Suiza para interiorizarse más sobre el tema. Pronto reconoció su falta de habilidad para la redacción. Lamentó no tener una secretaria que pudiera asistirlo en ese momento, que le redactara una carta en inglés o alemán. Necesitaba una.
-Son tan útiles y ordenadas. Uno no necesita recordarlo todo, basta con indicarle que agende tal o cual cosa y listo. Además, dan mayor jerarquía: un hombre con una secretaria, no cabe duda que es alguien importante-.
María le acercó otro mate; lo tomó despacio.
Con su mente puesta en el asunto de la empresa imaginó que sería conveniente hablar con algunos de sus amigos. Unos podrían asesorarlo; otros, por qué no, trabajar para él. Hasta
sería provechoso montar una sucursal en Buenos Aires, donde se podrían ofrecer las exclusividades de la línea de confección. Seguramente, muchos se interesarían por adquirir los vestidos por el solo hecho de que fueran importados.. Era una idea que no se podía dejar de lado.
Afuera comenzó a llover torrencialmente. A través de la ventana, la calle asemejaba el lecho de un río, aún inédito en las voluminosas citas cartográficas.
Esta situación no alteraba a Flavio, quien imaginaba cientos de ricas posibilidades mercantiles, disfrutando además, la oportunidad de poder conocer Suiza donde jamás, en sus treinta y siete años de vida, había podido ir.
María le acercó un mate lavado.
-¿Y, Flavio? ¿Encontraste algún trabajo?- le dijo.
Esas palabras fueron suficientes. Quien hasta hacía unos instantes se sentía todo un empresario con el universo en sus manos, reconoció a su alrededor el único mundo que le era propio.
El caer de las gotas sobre el techo de chapas era una incesante percusión. En un rincón de la cocina, al costado de la puerta, se insinuaron las primeras goteras.
Miró afligido.
Tras el último sorbo contestó con tristeza:
-No, María. ¡No! Siempre piden gente joven. ¡Ya no sé qué hacer!-


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