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portal de la palabra virtual portal de la palabra virtualno descansarán nuestros versos portal de la palabra virtualbajo la inerte sábana del olvido portal de la palabra virtualanaMía

“CUENTO AMANECIDO”(Antología-Premio Honorable Cámara de Diputados Bs.As. 20-5-2003)

“En homenaje a todos aquellos que un día fueron desplazados de sus empleos, víctimas de las ominosas privatizaciones argentinas, en especial de mi querida SOMISA, que trajo tanto dolor a muchísimos hogares nicoleños”.

Marta Beatriz Carrillo de Matamoros


______________________________________




Había sido un día infinitamente largo, infinitamente penoso y llegaba a la casa, descolgándose del transporte de Planta como quien se tira al vacío.-
Los botines de seguridad le pesaban tanto como las piernas y el cuerpo.
Era la hora de la salida de la escuela, plena de chicos con delantales blancos, corriendo con imagen de Tortugas Ninja, cargando en sus espaldas las mochilas, repletas de libros y carpetas, que rara vez usaban y quien sabe si esa clonación de moda estudiantil no les traería a futuro alguna nana lumbar, o desviación, por correr y hasta trepar al micro con tales estibares.
Como llegó temprano, fue a la cocina y puso la pava, luego fue al baño …, se lavó las manos y dejó dormir la cabeza bajo el grifo del lavabo. Era el tiempo necesario, para lograr el temple justo del agua para el mate.
Prendió la tele, la radio, buscó el diario del día, y finalmente se quedó en silencio y en penumbras, al borde de la silla, saboreando la apetecible yerba. Cabeceó su cansancio, hasta que llegó la familia y abandonó el sitial para dar paso al mantel y los platos.
Aprobó las compras, para el viaje de egresadas, dispersas por la sala, en un festín de cajas y embalajes.
-“¡Mirá que pichincha”! –
-“¡Viejo decí algo, que te habla la nena!”-
-“Para mí está todo bien. Si a uds. les gusta,… yo de trapos no sé nada”-
Casi ni escucharon su frase sempiterna, entretenidas en su entusiasta charla, mientras llevaban todo para ordenar la mesa, y servir la comida en abundantes platos.


Devoró la cena casi en silencio, mientras en la TV, desfilaban los sucesos del día, y el bullicio familiar distraía con sus demandas permanentes su abstracción de pantalla. Siempre era lo mismo, en lo mejor, debía ser árbitro y parte de disputas juveniles, de caprichos adolescentes, de límites y permisos denegados de la dueña de casa.
Sin hacer sobremesa, recogió su café y salió a la galería, se sentó en la hamaca y mirando las estrellas, bebió lentamente, sorbo a sorbo el contenido… Se sorprendió atajando la taza. Se había dormido meciendo su cansancio. Con torpeza se incorporó sacudiendo el café derramado en su mano, mientras en la casa se apagaban las últimas luces.
Bostezó profundo, estirándose con el Chicho que yacía a sus pies, quien ahora con la complicidad canina acostumbrada, lo invitaba con carreras cortitas, al habitual paseo por la cuadra, regando arbolitos y cestos de basura. El improvisado sueño, lo había destemplado, sentía un frío profundo pero su fiel amigo esperaba siempre su paseo nocturno, aún en las más fieras heladas.
Al regresar encontró sobre la cocina una notita:
“No me despertés hay asueto escolar. Besos Nena”
Otro día sin clases ¿Cuántos iban … ¿?
El Chicho reclamó su tazón con agua y sonoramente absorbió el contenido, para luego dirigirse al rincón y “desarmar” su cama, durmiendo en un desastre de mantas, su sueño canino.
Apagó la luz, mientras el reloj del comedor hacía sonar sus campanadas de quien sabe que tiempo trasnochado.
Las horas habían devorado su atardecer, su noche y casi sin darse cuenta recomenzaba el ciclo : reposo, amanecer, trabajo ………
Despacito se deslizó bajo las frazadas, que acunarían su desvelo. Se acostó mirando el cielo raso, donde la luz de la calle jugaba con las sombras.

Escuchó el gotear de la canilla, los ladridos lejanos y la pelea gatuna recorriendo los tejados,... * hasta creyó oír voces y pasos apurados alejándose en la noche.
Inmóvil esperó su campana personal, la que nunca sonaba porque siempre manoteaba el reloj para no despertar a la “patrona” o a los chicos.
Aliviado de tanta vigilia, llegó su hora, se levantó sigiloso, caminó en la penumbra y recuperando aperos comenzó su rutina, ésa que le devolvía cada amanecer desde el espejo del baño, su rostro dormido, lagañoso y despeinado. Lienzo de cristal donde se reflejaban los laberintos faciales, esos que la vida le había impreso casi sin darse cuenta. Su barba iba atenuando sus colores, en una escala descolorida de grises y de blancos, empardados con el cabello escaso.
La ablución helada le hirió la cara y el estornudo brotó espontáneo y maldecido.
El botón del depósito, como siempre se rompió en la partida, sacó la tapa y lo destripó. Lo dejó abierto, mostrando sus entrañas de cemento, en la promesa de cambiar el flotador a su regreso.
Un olor a café quemado le indicó que otra vez la pileta ganaría su ración, devorando la taza caliente en espera de un nuevo descuido, a veces la atragantaba con yerba, otras con agria leche.
Apuró unas tostadas y salió presuroso, vistiendo por el pasillo la campera y ya afuera, con el casco bajo el brazo, cerró el portón, luego calzó su “yelmo”, ajustando la nuca y la visera, elevando la solapas emprendió la marcha.
Lo asustó como todas las mañanas el rito de mastín, del perro del vecino que paraba su carrera frente a la reja, salpicándolo de baba y de furor, con su hocico de dientes afilados y su ladrido torvo. Con el tímpano aún aturdido por el sabueso implacable, se dirigió a la parada.



Otras sombras emergieron de la nada, con toses, voces desveladas, y vapores de aliento mezclados con humos de tabaco.
Los botines con espíritu de acero se estrellaban taconeando en la vereda, por momentos ese hato de ateridos impacientes, parecía estallar en danza, extrañas siluetas ahuyentando las saetas de la escarcha, sobre una sola baldosa, un solo baile, con funciones cotidianas.
El transporte de planta emergió entre la bruma, con vahos gasoleros. Uno a uno fueron subiendo, ritual que se fue repitiendo en cada esquina, o esperando en el camino al que corría rezagado.
Como en el templo, cada cual guardó su asiento.
Los había conversadores, taciturnos o somnolientos que apoyaban la cabeza sobre la ventanilla helada.
Juan los contemplaba, veintinueve años mirando ese cuadro, pero ese día los veía distintos, había algo en esa pintura que le craquelaba el alma.
Punta de banco, cada tanto palpaba su bolsillo buscando el contenido, por un momento se sobresaltó, introdujo la mano y tocó el muslo, la piel lo estremeció, un cráter profundo se abría en lugar de la costura, cambió de lado y en el fondo comprobó que allí estaba, aplanado entre el pañuelo y el pase.
Antes de subir lo había colocado en el bolsillo de atrás, cubierto por la chaqueta de planta, sí, la del bolsillo superior pleno de lapiceras. En realidad ni el sabía cuanto hacía que no usaba alguna de ellas, pero estaban parapetando los anteojos, que solían llegar heridos a ese sitial, con vidrios astillados, o con patillas entablilladas con cinta scotch, ese era el final de su carrera, luego de una tranquila vida de paqueta armazón, junto al televisor, o el velador.



Distraído se sobresaltó cuando Antonio se apoyó en su hombro y le dijo unas palabras al sentarse en la fila de atrás. Rara costumbre la de viajar al borde del asiento para contarle al oído, casi en confesión la última del pibe, o la obra que “iba quedando” y que sería el consultorio de la nena. Y sí, los chicos se iban a Rosario a estudiar y cuando se recibían era lindo tenerlos trabajando cerca.
Pero esta vez no escuchó sus completas digresiones, antes de llegar, como electrizado, se paró, casi corrió hacia adelante, se inclinó y mirando para afuera le dijo al chofer que se detuviera y se bajó de un salto.
Alarmado Antonio se asomó por la ventanilla y le gritó:
- ¿Qué te pasa Juan? –
- “Después te cuento” - musitó, agitando la mano y subiéndose el cuello del abrigo, protegiéndose del viento inexistente.
Con la cabeza hundida entre los hombros se fue perdiendo en un esmeril de faros infinitos, cubierto por la bruma.
La madrugada era noche, pero un degradé de luz comenzaba a reflejarse en el arroyo.
Cuantas veces había admirado ese amanecer del otro lado, entre vagones, o siluetas de grúas y camiones.
Estaba ahora de este lado, mirando de otra orilla y desde lejos esa explosión de soles.
Ese agitar de plumas y de trinos, despertadores naturales de la costa, que se tropezaban con los dueños de la noche, murciélagos y búhos, con sus pesados e inquietantes vuelos.
Caminaba, mientras saltaban burbujeando los habitantes del agua.
La crecida acarreaba camalotes, con su cuota de embalsados a veces
peligrosos.



Por momentos se sintió como en falta, como un chico haciéndose la rabona, la rata, la chupina. Era igual, pero sin anzuelos, sin miguitas, o lombrices para peces y pájaros, ni siquiera la radio para apurar la mateada, recalentando el cuerpo, oyendo las tonadas.
Sin darse cuenta comenzó a tararear y silbar aquel lejano tango de su infancia, como cuando su mamá apuraba la ropa sobre la soga o balanceaba la escoba entre gorjeos, porque de España no le faltaban sevillanas, y de Italia la romanza, pero la milonga, sentida o arrabalera, muy a lo Merello, era su fuerte, mientras su público se dividía entre enjaulados: cardenales y jilgueros o revoltosos del jardín: el Chicho y la Morronga. Silbidos, maullidos y ladridos, aplausos domésticos, únicos testigos y cómplices de sus sueños de tablado.
Buscó en el bolsillo, sí, el mismo de las lapiceras, el paquete de cigarrillos, pero no. Hacía un tiempo que no estaba, ya que en su afán de dejarlo, lo encerraba en el aparador, para la vuelta.
Una tos mañanera y la temprana partida de su amigo del alma, le advirtieron que se estaba fumando algo más que el tabaco, y comenzó a espaciarlo. Ahora hubiera dado el alma, por el humo de una mísera colilla.
Comenzó a maldecir las pastillas, que le ardían en la boca, con ese gusto a tabaco sin tabaco, un engaño que no lograba satisfacer su ansiedad y que lo hacían recurrir a lo salado, a lo graso, a lo mucho y a lo poco.
En esa carrera para domesticar las tentaciones, cayó en el salame y
la bondiola. ¿Y porqué no?, en el vinito y en la miga.
El cinturón pasó a inaugurar otros ojales.
- “Todo sea por la salud” - se repetía.




En verdad no se sabía si era un lamento o fórmula personal para
autoayuda, cada vez que pisaba una balanza, esa suerte de patíbulo cifrado, que le indicaba la diferencia entre ser o no ser entrado en carnes, que no gordo, teniendo por único verdugo su conciencia.
Sin querer comenzó a recordar ciertos detalles; las broncas por los francos, los cambios de turno, la taquilla, el candado forzado, las horas extras que ese mes no le alcanzaron para pagar la cuota, de quien sabe que compra ya pasada y la reunión de padres para el viaje, y más cuotas y más obligaciones a futuro.
Cansado de andar con la cabeza baja, pateando una lata de gaseosa, se apoyó en un árbol. Cara al sol, los ojos entornados, de espaldas al tronco se dejó deslizar hasta la base, no le importó la tierra húmeda, el rocío, traspasándole el pantalón, mojando la chaqueta y la campera. Sollozó bien profundo, desgarrante, total el jolgorio amanecía en la ribera, tapando su tristeza, con mil voces.
Buscó alrededor guijarros, pequeñeces que arrojar a la distancia, por el placer de verlos hundirse en espirales, o espantando los sirís que navegaban distraídos.
Por momentos contemplaba el enrojecido cielo, y el horizonte cómplice que se copiaba, en sus cansados ojos, tiñendo su mirada humedecida.
Estaba libre pero también cautivo.
Una cárcel de angustias le encadenaba el pecho.
Su vida de pionero, su destino de fábrica, sus coladas ardientes, su gigante de acero, sus playones.
Nunca más el orgullo de pertenecer a ese mundo que ahora miraba de lejos, reflejándose en el agua. En el líquido camino que tanto amaba y que lo separaba para siempre de su rito cotidiano.


Nunca más volvería a su acería, ni los botines lastimarían sus dedos, ni el ruido taparía sus oídos, ni la laminilla sus pulmones.
¿Cómo comenzar al final?
¿Retomar el camino?
Vigilia de horas…, el sol que derritiera los cristales de la escarcha, le acabó quemando las mejillas mojadas; la madrugada se hizo tarde.
Se desperezó en un gesto atardecido, prolongado en el bostezo. Se incorporó, caminó hacia la orilla y una vez más su mano avanzó hacia el bolsillo.
Allí estaba, pergamino quebrado, gastado de recorrer su ruta de escondrijos, de no ser comprendido.
Lo leyó mientras retornaba cansado hasta los huesos, de ese trabajo agobiante de construir futuros, recordando pasados sin regresos.
Trataría de abrir brechas, de comenzar la vida como antaño, desde la
nada, porque de tanto ser pieza de engranaje, habría de ser difícil convertirse en motor para seguir rodando.
Sin darse cuenta iba deambulando, paso a paso, por el camino a casa, en el horario puntual de los regresos, hasta en eso seguía inconsciente adherido a su rutina.
Lo apretó impotente entre sus manos, como si quisiera disolver su contenido. Que ganas de hacerlo pelotita y de llevarlo pateando por la acera, como solía hacerlo con la marquilla, el papel del chocolate, o la dulce bolsita de los churros. ¡Ahí estaba! buscado y no deseado pero guardado y protegido. No había dudas, era su “telegrama de despido”.
Conocía de memoria su texto, “su condena”.
Ensayó tantas veces como decirlo, como enfrentar su hogar y su familia, pero falló una vez e iba por otra.



El secreto le pesaba más que el dolor del contenido, no encontraba el momento, ni la forma.
¿Cómo pudieron despedirlo?
¿Cómo explicarlo a los chicos, la patrona?
De repente alguien lo sacudió, asiéndolo del brazo, apurando confusamente unas palabras.
Torpemente le contestó que no fumaba, que dejó el vicio y ni el encendedor le quedaba.
Atontado creyó ver que algo brillante lo encañonaba.
Nuevamente la voz, ahora en tono bajo pero firme lo presionaba, le exigía el reloj, la plata, lo que tuviera.
¿A ésa hora?
Confundido trató atropelladamente de buscar entre sus ropas; chicles, caramelos, papeles, el peine, el pañuelo ... iban surgiendo mágicamente de esa galera de trabajo que lo arropaba, de improviso un resplandor sonoro escapó de manos de su interlocutor, mientras un rojo crespón se dibujaba en su desprevenido pecho, escurriéndole la vida.
Juan cayó apretando “su condena” y sonriente balbuceó un :
- “Gracias... “ -
Poco a poco la gastada acera fue tiñéndose de paz.
...............................................................................................................
* hasta creyó oír voces y pasos apurados acercándose en la tarde.-

_______________________________________________________________________________


Marta B. Carrillo

Copyright © Todos los derechos reservados.

Publicado el: 17-05-2003
Última modificación: 00-00-0000


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“CUENTO AMANECIDO”(Antología-Premio Honorable Cámara de Diputados Bs.As. 20-5-2003)

“En homenaje a todos aquellos que un día fueron desplazados de sus empleos, víctimas de las ominosas privatizaciones argentinas, en especial de mi querida SOMISA, que trajo tanto dolor a muchísimos hogares nicoleños”.

Marta Beatriz Carrillo de Matamoros


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Había sido un día infinitamente largo, infinitamente penoso y llegaba a la casa, descolgándose del transporte de Planta como quien se tira al vacío.-
Los botines de seguridad le pesaban tanto como las piernas y el cuerpo.
Era la hora de la salida de la escuela, plena de chicos con delantales blancos, corriendo con imagen de Tortugas Ninja, cargando en sus espaldas las mochilas, repletas de libros y carpetas, que rara vez usaban y quien sabe si esa clonación de moda estudiantil no les traería a futuro alguna nana lumbar, o desviación, por correr y hasta trepar al micro con tales estibares.
Como llegó temprano, fue a la cocina y puso la pava, luego fue al baño …, se lavó las manos y dejó dormir la cabeza bajo el grifo del lavabo. Era el tiempo necesario, para lograr el temple justo del agua para el mate.
Prendió la tele, la radio, buscó el diario del día, y finalmente se quedó en silencio y en penumbras, al borde de la silla, saboreando la apetecible yerba. Cabeceó su cansancio, hasta que llegó la familia y abandonó el sitial para dar paso al mantel y los platos.
Aprobó las compras, para el viaje de egresadas, dispersas por la sala, en un festín de cajas y embalajes.
-“¡Mirá que pichincha”! –
-“¡Viejo decí algo, que te habla la nena!”-
-“Para mí está todo bien. Si a uds. les gusta,… yo de trapos no sé nada”-
Casi ni escucharon su frase sempiterna, entretenidas en su entusiasta charla, mientras llevaban todo para ordenar la mesa, y servir la comida en abundantes platos.


Devoró la cena casi en silencio, mientras en la TV, desfilaban los sucesos del día, y el bullicio familiar distraía con sus demandas permanentes su abstracción de pantalla. Siempre era lo mismo, en lo mejor, debía ser árbitro y parte de disputas juveniles, de caprichos adolescentes, de límites y permisos denegados de la dueña de casa.
Sin hacer sobremesa, recogió su café y salió a la galería, se sentó en la hamaca y mirando las estrellas, bebió lentamente, sorbo a sorbo el contenido… Se sorprendió atajando la taza. Se había dormido meciendo su cansancio. Con torpeza se incorporó sacudiendo el café derramado en su mano, mientras en la casa se apagaban las últimas luces.
Bostezó profundo, estirándose con el Chicho que yacía a sus pies, quien ahora con la complicidad canina acostumbrada, lo invitaba con carreras cortitas, al habitual paseo por la cuadra, regando arbolitos y cestos de basura. El improvisado sueño, lo había destemplado, sentía un frío profundo pero su fiel amigo esperaba siempre su paseo nocturno, aún en las más fieras heladas.
Al regresar encontró sobre la cocina una notita:
“No me despertés hay asueto escolar. Besos Nena”
Otro día sin clases ¿Cuántos iban … ¿?
El Chicho reclamó su tazón con agua y sonoramente absorbió el contenido, para luego dirigirse al rincón y “desarmar” su cama, durmiendo en un desastre de mantas, su sueño canino.
Apagó la luz, mientras el reloj del comedor hacía sonar sus campanadas de quien sabe que tiempo trasnochado.
Las horas habían devorado su atardecer, su noche y casi sin darse cuenta recomenzaba el ciclo : reposo, amanecer, trabajo ………
Despacito se deslizó bajo las frazadas, que acunarían su desvelo. Se acostó mirando el cielo raso, donde la luz de la calle jugaba con las sombras.

Escuchó el gotear de la canilla, los ladridos lejanos y la pelea gatuna recorriendo los tejados,... * hasta creyó oír voces y pasos apurados alejándose en la noche.
Inmóvil esperó su campana personal, la que nunca sonaba porque siempre manoteaba el reloj para no despertar a la “patrona” o a los chicos.
Aliviado de tanta vigilia, llegó su hora, se levantó sigiloso, caminó en la penumbra y recuperando aperos comenzó su rutina, ésa que le devolvía cada amanecer desde el espejo del baño, su rostro dormido, lagañoso y despeinado. Lienzo de cristal donde se reflejaban los laberintos faciales, esos que la vida le había impreso casi sin darse cuenta. Su barba iba atenuando sus colores, en una escala descolorida de grises y de blancos, empardados con el cabello escaso.
La ablución helada le hirió la cara y el estornudo brotó espontáneo y maldecido.
El botón del depósito, como siempre se rompió en la partida, sacó la tapa y lo destripó. Lo dejó abierto, mostrando sus entrañas de cemento, en la promesa de cambiar el flotador a su regreso.
Un olor a café quemado le indicó que otra vez la pileta ganaría su ración, devorando la taza caliente en espera de un nuevo descuido, a veces la atragantaba con yerba, otras con agria leche.
Apuró unas tostadas y salió presuroso, vistiendo por el pasillo la campera y ya afuera, con el casco bajo el brazo, cerró el portón, luego calzó su “yelmo”, ajustando la nuca y la visera, elevando la solapas emprendió la marcha.
Lo asustó como todas las mañanas el rito de mastín, del perro del vecino que paraba su carrera frente a la reja, salpicándolo de baba y de furor, con su hocico de dientes afilados y su ladrido torvo. Con el tímpano aún aturdido por el sabueso implacable, se dirigió a la parada.



Otras sombras emergieron de la nada, con toses, voces desveladas, y vapores de aliento mezclados con humos de tabaco.
Los botines con espíritu de acero se estrellaban taconeando en la vereda, por momentos ese hato de ateridos impacientes, parecía estallar en danza, extrañas siluetas ahuyentando las saetas de la escarcha, sobre una sola baldosa, un solo baile, con funciones cotidianas.
El transporte de planta emergió entre la bruma, con vahos gasoleros. Uno a uno fueron subiendo, ritual que se fue repitiendo en cada esquina, o esperando en el camino al que corría rezagado.
Como en el templo, cada cual guardó su asiento.
Los había conversadores, taciturnos o somnolientos que apoyaban la cabeza sobre la ventanilla helada.
Juan los contemplaba, veintinueve años mirando ese cuadro, pero ese día los veía distintos, había algo en esa pintura que le craquelaba el alma.
Punta de banco, cada tanto palpaba su bolsillo buscando el contenido, por un momento se sobresaltó, introdujo la mano y tocó el muslo, la piel lo estremeció, un cráter profundo se abría en lugar de la costura, cambió de lado y en el fondo comprobó que allí estaba, aplanado entre el pañuelo y el pase.
Antes de subir lo había colocado en el bolsillo de atrás, cubierto por la chaqueta de planta, sí, la del bolsillo superior pleno de lapiceras. En realidad ni el sabía cuanto hacía que no usaba alguna de ellas, pero estaban parapetando los anteojos, que solían llegar heridos a ese sitial, con vidrios astillados, o con patillas entablilladas con cinta scotch, ese era el final de su carrera, luego de una tranquila vida de paqueta armazón, junto al televisor, o el velador.



Distraído se sobresaltó cuando Antonio se apoyó en su hombro y le dijo unas palabras al sentarse en la fila de atrás. Rara costumbre la de viajar al borde del asiento para contarle al oído, casi en confesión la última del pibe, o la obra que “iba quedando” y que sería el consultorio de la nena. Y sí, los chicos se iban a Rosario a estudiar y cuando se recibían era lindo tenerlos trabajando cerca.
Pero esta vez no escuchó sus completas digresiones, antes de llegar, como electrizado, se paró, casi corrió hacia adelante, se inclinó y mirando para afuera le dijo al chofer que se detuviera y se bajó de un salto.
Alarmado Antonio se asomó por la ventanilla y le gritó:
- ¿Qué te pasa Juan? –
- “Después te cuento” - musitó, agitando la mano y subiéndose el cuello del abrigo, protegiéndose del viento inexistente.
Con la cabeza hundida entre los hombros se fue perdiendo en un esmeril de faros infinitos, cubierto por la bruma.
La madrugada era noche, pero un degradé de luz comenzaba a reflejarse en el arroyo.
Cuantas veces había admirado ese amanecer del otro lado, entre vagones, o siluetas de grúas y camiones.
Estaba ahora de este lado, mirando de otra orilla y desde lejos esa explosión de soles.
Ese agitar de plumas y de trinos, despertadores naturales de la costa, que se tropezaban con los dueños de la noche, murciélagos y búhos, con sus pesados e inquietantes vuelos.
Caminaba, mientras saltaban burbujeando los habitantes del agua.
La crecida acarreaba camalotes, con su cuota de embalsados a veces
peligrosos.



Por momentos se sintió como en falta, como un chico haciéndose la rabona, la rata, la chupina. Era igual, pero sin anzuelos, sin miguitas, o lombrices para peces y pájaros, ni siquiera la radio para apurar la mateada, recalentando el cuerpo, oyendo las tonadas.
Sin darse cuenta comenzó a tararear y silbar aquel lejano tango de su infancia, como cuando su mamá apuraba la ropa sobre la soga o balanceaba la escoba entre gorjeos, porque de España no le faltaban sevillanas, y de Italia la romanza, pero la milonga, sentida o arrabalera, muy a lo Merello, era su fuerte, mientras su público se dividía entre enjaulados: cardenales y jilgueros o revoltosos del jardín: el Chicho y la Morronga. Silbidos, maullidos y ladridos, aplausos domésticos, únicos testigos y cómplices de sus sueños de tablado.
Buscó en el bolsillo, sí, el mismo de las lapiceras, el paquete de cigarrillos, pero no. Hacía un tiempo que no estaba, ya que en su afán de dejarlo, lo encerraba en el aparador, para la vuelta.
Una tos mañanera y la temprana partida de su amigo del alma, le advirtieron que se estaba fumando algo más que el tabaco, y comenzó a espaciarlo. Ahora hubiera dado el alma, por el humo de una mísera colilla.
Comenzó a maldecir las pastillas, que le ardían en la boca, con ese gusto a tabaco sin tabaco, un engaño que no lograba satisfacer su ansiedad y que lo hacían recurrir a lo salado, a lo graso, a lo mucho y a lo poco.
En esa carrera para domesticar las tentaciones, cayó en el salame y
la bondiola. ¿Y porqué no?, en el vinito y en la miga.
El cinturón pasó a inaugurar otros ojales.
- “Todo sea por la salud” - se repetía.




En verdad no se sabía si era un lamento o fórmula personal para
autoayuda, cada vez que pisaba una balanza, esa suerte de patíbulo cifrado, que le indicaba la diferencia entre ser o no ser entrado en carnes, que no gordo, teniendo por único verdugo su conciencia.
Sin querer comenzó a recordar ciertos detalles; las broncas por los francos, los cambios de turno, la taquilla, el candado forzado, las horas extras que ese mes no le alcanzaron para pagar la cuota, de quien sabe que compra ya pasada y la reunión de padres para el viaje, y más cuotas y más obligaciones a futuro.
Cansado de andar con la cabeza baja, pateando una lata de gaseosa, se apoyó en un árbol. Cara al sol, los ojos entornados, de espaldas al tronco se dejó deslizar hasta la base, no le importó la tierra húmeda, el rocío, traspasándole el pantalón, mojando la chaqueta y la campera. Sollozó bien profundo, desgarrante, total el jolgorio amanecía en la ribera, tapando su tristeza, con mil voces.
Buscó alrededor guijarros, pequeñeces que arrojar a la distancia, por el placer de verlos hundirse en espirales, o espantando los sirís que navegaban distraídos.
Por momentos contemplaba el enrojecido cielo, y el horizonte cómplice que se copiaba, en sus cansados ojos, tiñendo su mirada humedecida.
Estaba libre pero también cautivo.
Una cárcel de angustias le encadenaba el pecho.
Su vida de pionero, su destino de fábrica, sus coladas ardientes, su gigante de acero, sus playones.
Nunca más el orgullo de pertenecer a ese mundo que ahora miraba de lejos, reflejándose en el agua. En el líquido camino que tanto amaba y que lo separaba para siempre de su rito cotidiano.


Nunca más volvería a su acería, ni los botines lastimarían sus dedos, ni el ruido taparía sus oídos, ni la laminilla sus pulmones.
¿Cómo comenzar al final?
¿Retomar el camino?
Vigilia de horas…, el sol que derritiera los cristales de la escarcha, le acabó quemando las mejillas mojadas; la madrugada se hizo tarde.
Se desperezó en un gesto atardecido, prolongado en el bostezo. Se incorporó, caminó hacia la orilla y una vez más su mano avanzó hacia el bolsillo.
Allí estaba, pergamino quebrado, gastado de recorrer su ruta de escondrijos, de no ser comprendido.
Lo leyó mientras retornaba cansado hasta los huesos, de ese trabajo agobiante de construir futuros, recordando pasados sin regresos.
Trataría de abrir brechas, de comenzar la vida como antaño, desde la
nada, porque de tanto ser pieza de engranaje, habría de ser difícil convertirse en motor para seguir rodando.
Sin darse cuenta iba deambulando, paso a paso, por el camino a casa, en el horario puntual de los regresos, hasta en eso seguía inconsciente adherido a su rutina.
Lo apretó impotente entre sus manos, como si quisiera disolver su contenido. Que ganas de hacerlo pelotita y de llevarlo pateando por la acera, como solía hacerlo con la marquilla, el papel del chocolate, o la dulce bolsita de los churros. ¡Ahí estaba! buscado y no deseado pero guardado y protegido. No había dudas, era su “telegrama de despido”.
Conocía de memoria su texto, “su condena”.
Ensayó tantas veces como decirlo, como enfrentar su hogar y su familia, pero falló una vez e iba por otra.



El secreto le pesaba más que el dolor del contenido, no encontraba el momento, ni la forma.
¿Cómo pudieron despedirlo?
¿Cómo explicarlo a los chicos, la patrona?
De repente alguien lo sacudió, asiéndolo del brazo, apurando confusamente unas palabras.
Torpemente le contestó que no fumaba, que dejó el vicio y ni el encendedor le quedaba.
Atontado creyó ver que algo brillante lo encañonaba.
Nuevamente la voz, ahora en tono bajo pero firme lo presionaba, le exigía el reloj, la plata, lo que tuviera.
¿A ésa hora?
Confundido trató atropelladamente de buscar entre sus ropas; chicles, caramelos, papeles, el peine, el pañuelo ... iban surgiendo mágicamente de esa galera de trabajo que lo arropaba, de improviso un resplandor sonoro escapó de manos de su interlocutor, mientras un rojo crespón se dibujaba en su desprevenido pecho, escurriéndole la vida.
Juan cayó apretando “su condena” y sonriente balbuceó un :
- “Gracias... “ -
Poco a poco la gastada acera fue tiñéndose de paz.
...............................................................................................................
* hasta creyó oír voces y pasos apurados acercándose en la tarde.-

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Marta B. Carrillo

Copyright © Todos los derechos reservados.

Publicado el: 17-05-2003
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