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Al Viejo Mago Tinerfeño

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VIEJO MAGO TINERFEÑO

En el archipiélago canario al hombre del campo, al agricultor, se le llama mago. Según me explicaron una vez, se le llama así porqué al ser tan escalonado, complicado y dificultoso acceder a los terrenos de siembra, hacen verdadera magia para conseguir sembrar, arar y sacar adelante sus huertas.
A veces, cuando decido escapar del circulo agobiante y repleto de ruidos que me rodean y voy dejando atrás la ciudad, o ese pueblo; que en su afán por crecer, va permitiendo que poco a poco le vayan mutilando sus encantos, su duende y su estática belleza, me tropiezo por esas pequeñas y serpenteantes carreteras, bordeadas de pequeñas huertas, con la figura del mago tinerfeño. Desde sus huertas alza la mano al verme pasar con el coche para saludarme, para decirme adiós con la mano, yo le devuelvo el saludo y continuo mi camino hacia la parte alta del monte, mientras él reanuda su duro y sacrificado trabajo, levantado y luego dejando caer el pesado zacho con el cual va preparando el terreno para alguna siembra que el tiempo exige. Estos efímeros contactos, que en mis escapadas tengo con la gente del campo, me hacen pensar lo olvidados que están por todos los que pertenecemos al mundo del asfalto y de las prisas. Es por estos motivos, por los que dedico mi pequeño y sencillo relato; adornado con algunas palabras sacadas del antiguo argot canario, a todos ellos, a todos los magos tinerfeños con todos mis respetos y admiración.




Era domingo, era día de fiesta, el mago lo sabía y decidió no ir a la huerta a reanudar la siembra.
Se sentía algo baluto, se sentía atruchido y decidió echarse al camino para bajar hasta su pueblo y así matar al festivo.
Con su camisa bien limpia y blanca y cubriendo sus canas con su coquero bien puesto y algunas perras en sus bolsillos iba bajando las serventías y senderos. Con sus curtidas manos acariciaba los brezos que se encontraba en su camino. Con sus ojos cansados miraba al cielo estudiando el tiempo. Se quedó observando las huertas cubiertas de horquetas rizadas, que soportaban las viñas que arrullaban al vino con las extrañas nanas que cantaban los vientos.
Bajando caminos y algún que otro barranquillo, llegó a su pueblo, Icod de los Vinos. Sintió como su pueblo empedrado derramaba aromas de nieve que iban bajando por las laderas del padre Teide, volcán que lo vio nacer, símbolo de su isla. Él sabe percibir como su pueblo empedrado destila perfumes de algas que duermen en las rocas de sus playas. Él reconoce la fragancia a laureles que del monte bajan.
El mago paseó por las calles empinadas y retorcidas de recuerdos. Observó los patios y algunos portales donde debieron sonar requiebros y algún que otro ¡Te quiero!, con promesas de eterno, que ya se fueron, que ya no están. Se quedó mirando las cruces de maderas sobre las paredes blancas. Observó como las tejas gastadas daban sombras onduladas a la vieja plaza y a los bancos de piedra que seguramente guardaban palabras que se dijeron en tertulias apacibles y desenfadas. Oyó como las campanas de la vieja iglesia se consolaban y de pronto recordó cuando él rezaba. Se paró delante de una venta olvidada y como si el tiempo se hubiera parado en ella mostraba seretas y balayos hechos con manos artesanas.
El viejo mago entró en un viejo bar y se acercó al ajado mostrador y mientras se liaba un cigarro le pidió al dueño le sirviera un café negro. Se puso a hablar de Cuba, de cosechas de papas y de mujeres guapas, pero nadie le escuchaba y salió a la calle buscando una plaza. Se sintió más viejo, se sintió atareco. ____ No melita la pena.____ Olvidó a la gente y continuó su paseo. Al volver una esquina llegó sin querer a la plaza de “La Pila”. Los recuerdos le invaden y cerrando los ojos ve a su ve a su mujer vestida de maga y cantando folias. ____¡Era la más guapa!.____ Y mirando al cielo le envió una sonrisa.
Pardiando estaba el día y comenzó a notarse jariado y en una poceta muy cerca del drago decidió liar otro cigarro. Al mirar al milenario árbol se sintió más joven y pensó en las serenas, o en algunas sorimbas, o tal vez chubaceras que sus ramas y viejas raíces soportaron. Fijó sus ojos en sus manos curtidas por todos los surcos que cavó en su vida. El tiempo tan vengador los había hecho en su frente y en sus mejillas. Recordó relajos y andoriñas muertas. Sintió como su alma se llenaba de conduerma. Notó que sus piernas ya no eran barboletas y que cualquier chuchanga le ganaba en una carrera.
Un chaval muy joven, lleno de colores y de largas melenas, al pasar le dijo. _____ ¡Qué abuelo!. ¿Cómo va la siembra?. _____
El mago mirándolo con mucha tristeza le dio la contesta.
.____ Yo ya no siembro. Soy solamente una semilla, una semilla muy vieja...... que la tierra espera. _______













Mercedes A. Alexandre

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Publicado el: 22-05-2003
Última modificación: 00-00-0000


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Al Viejo Mago Tinerfeño

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VIEJO MAGO TINERFEÑO

En el archipiélago canario al hombre del campo, al agricultor, se le llama mago. Según me explicaron una vez, se le llama así porqué al ser tan escalonado, complicado y dificultoso acceder a los terrenos de siembra, hacen verdadera magia para conseguir sembrar, arar y sacar adelante sus huertas.
A veces, cuando decido escapar del circulo agobiante y repleto de ruidos que me rodean y voy dejando atrás la ciudad, o ese pueblo; que en su afán por crecer, va permitiendo que poco a poco le vayan mutilando sus encantos, su duende y su estática belleza, me tropiezo por esas pequeñas y serpenteantes carreteras, bordeadas de pequeñas huertas, con la figura del mago tinerfeño. Desde sus huertas alza la mano al verme pasar con el coche para saludarme, para decirme adiós con la mano, yo le devuelvo el saludo y continuo mi camino hacia la parte alta del monte, mientras él reanuda su duro y sacrificado trabajo, levantado y luego dejando caer el pesado zacho con el cual va preparando el terreno para alguna siembra que el tiempo exige. Estos efímeros contactos, que en mis escapadas tengo con la gente del campo, me hacen pensar lo olvidados que están por todos los que pertenecemos al mundo del asfalto y de las prisas. Es por estos motivos, por los que dedico mi pequeño y sencillo relato; adornado con algunas palabras sacadas del antiguo argot canario, a todos ellos, a todos los magos tinerfeños con todos mis respetos y admiración.




Era domingo, era día de fiesta, el mago lo sabía y decidió no ir a la huerta a reanudar la siembra.
Se sentía algo baluto, se sentía atruchido y decidió echarse al camino para bajar hasta su pueblo y así matar al festivo.
Con su camisa bien limpia y blanca y cubriendo sus canas con su coquero bien puesto y algunas perras en sus bolsillos iba bajando las serventías y senderos. Con sus curtidas manos acariciaba los brezos que se encontraba en su camino. Con sus ojos cansados miraba al cielo estudiando el tiempo. Se quedó observando las huertas cubiertas de horquetas rizadas, que soportaban las viñas que arrullaban al vino con las extrañas nanas que cantaban los vientos.
Bajando caminos y algún que otro barranquillo, llegó a su pueblo, Icod de los Vinos. Sintió como su pueblo empedrado derramaba aromas de nieve que iban bajando por las laderas del padre Teide, volcán que lo vio nacer, símbolo de su isla. Él sabe percibir como su pueblo empedrado destila perfumes de algas que duermen en las rocas de sus playas. Él reconoce la fragancia a laureles que del monte bajan.
El mago paseó por las calles empinadas y retorcidas de recuerdos. Observó los patios y algunos portales donde debieron sonar requiebros y algún que otro ¡Te quiero!, con promesas de eterno, que ya se fueron, que ya no están. Se quedó mirando las cruces de maderas sobre las paredes blancas. Observó como las tejas gastadas daban sombras onduladas a la vieja plaza y a los bancos de piedra que seguramente guardaban palabras que se dijeron en tertulias apacibles y desenfadas. Oyó como las campanas de la vieja iglesia se consolaban y de pronto recordó cuando él rezaba. Se paró delante de una venta olvidada y como si el tiempo se hubiera parado en ella mostraba seretas y balayos hechos con manos artesanas.
El viejo mago entró en un viejo bar y se acercó al ajado mostrador y mientras se liaba un cigarro le pidió al dueño le sirviera un café negro. Se puso a hablar de Cuba, de cosechas de papas y de mujeres guapas, pero nadie le escuchaba y salió a la calle buscando una plaza. Se sintió más viejo, se sintió atareco. ____ No melita la pena.____ Olvidó a la gente y continuó su paseo. Al volver una esquina llegó sin querer a la plaza de “La Pila”. Los recuerdos le invaden y cerrando los ojos ve a su ve a su mujer vestida de maga y cantando folias. ____¡Era la más guapa!.____ Y mirando al cielo le envió una sonrisa.
Pardiando estaba el día y comenzó a notarse jariado y en una poceta muy cerca del drago decidió liar otro cigarro. Al mirar al milenario árbol se sintió más joven y pensó en las serenas, o en algunas sorimbas, o tal vez chubaceras que sus ramas y viejas raíces soportaron. Fijó sus ojos en sus manos curtidas por todos los surcos que cavó en su vida. El tiempo tan vengador los había hecho en su frente y en sus mejillas. Recordó relajos y andoriñas muertas. Sintió como su alma se llenaba de conduerma. Notó que sus piernas ya no eran barboletas y que cualquier chuchanga le ganaba en una carrera.
Un chaval muy joven, lleno de colores y de largas melenas, al pasar le dijo. _____ ¡Qué abuelo!. ¿Cómo va la siembra?. _____
El mago mirándolo con mucha tristeza le dio la contesta.
.____ Yo ya no siembro. Soy solamente una semilla, una semilla muy vieja...... que la tierra espera. _______













Mercedes A. Alexandre

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Publicado el: 22-05-2003
Última modificación: 00-00-0000


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