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Sobre la (in)conveniencia de perder la memoria

Me permito transcribir de las páginas del Diario “El Nacional” de Venezuela, del domingo 10 de Agosto de 2003, el artículo escrito por Sergio Dahbar, “Sobre la (in)conveniencia de perder la memoria”

Espero lo disfruten y les sea de distracción y reflexión a la vez.



“A cierta edad la mayoría de los seres humanos trata de mejorar su memoria , con atajos tan nobles y disímiles como el juego de dominó o las fibras estimulantes del ginko biloba. Muy pocos en cambio se plantean cómo aprender a olvidar. Así lo estimaba el psicólogo ruso Alexander Romanovovich Luria (1902 ⁄ 1977). Nietzsche, mucho tiempo antes, también valoró el tema: “Es absolutamente imposible vivir sin olvidar”. El que tenga alguna duda, que indague en la conciencia de un enfermo de Alzheimer.

Luria se acercó a los laberintos de la memoria y el olvido a través de dos pacientes, que a su vez derivaron como estudios de casos en dos libros prodigiosos: The Man with a Shattered World (1972) y The Mind of a Mnemonist (1968). El hombre al que el mundo se le hizo añicos refiere la historia de un soldado que peleó en la Segunda Guerra Mundial, y que recibió una herida de bala en la batalla de Smolensk (1941). Sobrevivió a la devastación que produjo el proyectil, pero perdió la memoria y la facultad de recordar, como le ocurre al personaje de la película Memento (Christopher Nolan, 2001).

El otro volumen de Luria establece el milagro opuesto. The Mind of a Mnemonist muestra a un ser humano que desde la infancia desarrolla una memoria exhaustiva. Dejaba con la boca abierta a los psicólogos y a los ciudadanos de la época que asistían a las exhibiciones públicas. Luria reconocía que la ciencia tradicional siempre consideró a amnesia como una patología, ¿pero acaso el hombre que no podía olvidar nada de su vida era un ser saludable? Habría que ver.

El filósofo hebreo Yosef Hayim Yerushalmi, profesor de la Universidad de Columbia, tiene algo que agregar sobre este dilema: “El hombre sano, nos veríamos tentados a decir, se ubica en algún punto entre el mnemonista y el hombre de Smolensk”. Así escribió en su ponencia, en el Coloquio de Rogaumont (1987). Y dejó una pregunta inquietante en el aire: “¿De qué deberíamos acordarnos? ¿Qué podemos autorizarnos a olvidar? La respuesta no es fácil.

Las inquietudes de Luria, Nietzsche y Yerushalmi disparan una resonancia coral a propósito de una noticia aparecida en los medios de comunicación a mediados de junio de 2003.Terry Wallis despertó, en un hospital de Arkansas, después de permanecer 19 años en estado de coma. El viernes 13 de julio de 1984 su pick up se salió de la carretera en una curva y fue encontrado al día siguiente, al fondo del lecho de un río, debajo de un puente. El amigo que lo acompañaba falleció en el acto, pero Wallis sobrevivió parapléjico. Los médicos advirtieron su estado de salud le dieron pocas esperanzas a la familia. Incluso, recomendaron que empezaran a preparar el funeral.

Para muchos científicos los límites de la conciencia resultan territorios infinitos. Terry Wallis no volvió a emitir una palabra hasta el viernes 13 de junio pasado, cuando dijo repentinamente “Mamá..., Pepsi..., leche...”
La historia podría haberse escapado de esas sagas americanas de muertos vivientes que reaparecen cada tanto tiempo con sed de venganza. Hasta el número 13 ayuda a transformar su padecimiento en un asunto de mercadeo.

Sin tomar en cuenta las creencias mágicas, este hombre que ahora tiene 38 años ha comenzado a redescubrir el sentido de la conversación y no para de hablar aunque las enfermeras lo alimenten. Queda exhausto cada vez que recibe visitas. Y a veces la falta de roce social por casi dos décadas coloca en apuros a sus parientes. Su hermano menor, Tammy, le preguntó un día de cómo se sentía y el respondió sin pensar demasiado: “Excitándome”. Su madre se ruborizó y le advirtió que no debía decir ese tipo de cosas.

No es poco lo que se perdió Terry Wallis mientras estuvo en coma, entre 1984 y 2003. Los enemigos cambiaron de rostro, pero la violencia mantuvo su eficacia. Cayó la Unión Soviética y sus repúblicas satélites en Europa Oriental. Estados Unidos se retiró de Líbano, pero su política exterior intervino de alguna manera en Libia, Panamá, Arabia Saudita, Somalia, Yugoslavia, Haití, Sudán, Afganistán, y en Irak, en dos ocasiones.

Osama bin Laden dejó de ser el amigo de Estados Unidos, y de mantener una relación de confianza con la Oficina Central de Información (CIA), para convertirse en el enemigo público número uno. El sida apenas comenzaba a expandirse como la epidemia letal más dolorosa del siglo veinte. Después Lady Diana murió en un aparatosos accidente automovilístico, huyendo de unos periodistas que intentaban –confesaron después- hacer su trabajo. John Kennedy Jr. ahogó el trágico destino de su familia en el mar y Michel Jackson, en el trayecto, dejó de ser negro. Si bien existían cerca de mil huéspedes en Internet a principios de los ochenta, hoy esa palabra es casi tan popular en todo el planeta como la Coca-Cola o Jesucristo.

Cabe establecer aquí una conjetura, que sin duda nadie podrá comprobar científicamente. ¿El accidente de Terry Wallis ocurrió por azar o hubo una cierta imprudencia inconsciente? Una vez descubierto su cuerpo inmóvil en los deshechos retorcidos de la pick up, debajo del puente, y advirtido su estado parapléjico, este joven de diecinueve años, con una vida nada placentera, ¿escogió el estado de coma? Aprovechó este guiño del destino para convertirse, como diría el neurólogo Oliver Sacks, en un “viajero por tierras inimaginables”? Resulta difícil confirmar estas especulaciones, pero tampoco sería aconsejable desecharlas nada más que porque la ciencia no tiene respuestas contundentes para ratificarlas.

Volvamos a los hechos. La periodista Suzanne Goldenberg (del diario inglés The Guardian) se trasladó a las montañas de Ozark, en Arkansas. Allí advirtió la voz sin alteraciones de Terry Wallis, unos ojos pardos desprovistos de emociones y una memoria que tiene problemas con los hechos más recientes. También palpó la pobreza de la región montañosa que rodea el pueblo Mountain View, una localidad con apenas 2.876 habitantes y sólo dos semáforos. Quizás sea uno de los pueblos más aburridos del sur estadounidense, uno de esos parajes que uno aprende a olvidar antes de haber llegado. En las noches de verano la más excitante de las actividades se traduce en el lamento continuo de la música country que se oye en las plazas públicas.

En esa población este joven, que ahora volvió a la vida convertido en hombre, desertó de la secundaria, como quien huye de la buena suerte, y se casó antes de cumplir veinte años. Para malvivir reparaba automóviles usados y esperaba el nacimiento de una hija, Amber, que ahora tiene la misma edad que él, 19 años, cuando ocurrió el accidente. Las coincidencias nunca dejan de tejer una aureola imaginaria alrededor de estas vidas.

Apenas abrió los ojos y recuperó el habla, Terry Wallis se acordó de la fecha de su nacimiento, y del teléfono de su abuela, quien murió mientras él se encontraba en coma. De hecho, pidió que la llamaran y advirtió que ya en su familia nadie se acuerda de ese número. Lo cierto es que no reconoce a su esposa (quien rehizo su vida) y se niega a aceptar que tiene una hija. Sí se acuerda en cambio de sus hermanos y hermanas, , de los juegos infantiles, y del trabajo que realizaba en la granja familiar, donde alimentaba cochinos.

Un empresario canadiense, que luego derivó en sociólogo e historiador, John Ralston Saul, escribió en su Diccionario del que duda: “la memoria es una cualidad práctica que nos permite comparar lo que se ha hecho con lo que se podría hacer”. El estado de coma de Terry Wallis, analizado a la luz de estas palabras, podría entenderse como una elección, una suerte de viaje en suspensión total, que entraña la huida del sufrimiento perder el cuerpo, la esposa, la hija. Si se quiere, escapar de lo que no tiene remedio.

Existe otra explicación para el misterio que entraña el renacimiento de Terry Wallis. Según indica un conocimiento milenario inscrito en el Talmud, el feto conoce en el vientre toda la Tora y puede ver el mundo de un extremo a otro. En el momento de nacer aparece un ángel y le besa la boca. Así olvida inmediatamente todo. Entonces la criatura deberá aprender de nuevo la Tora. Esa será su experiencia de vida. ¿Quién puede decirnos hoy que, en el momento más dramático del accidente en Mountain View, un ángel no decidió borrar todos los padecimientos de su memoria y ahogarlo en el olvido? Hubiera sido un acto de justicia. ¿O no?”

Sergio Dahbar



Copiado por Migdalia B. Mansilla R.




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Publicado el: 03-09-2003
Última modificación: 00-00-0000


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Sobre la (in)conveniencia de perder la memoria

Me permito transcribir de las páginas del Diario “El Nacional” de Venezuela, del domingo 10 de Agosto de 2003, el artículo escrito por Sergio Dahbar, “Sobre la (in)conveniencia de perder la memoria”

Espero lo disfruten y les sea de distracción y reflexión a la vez.



“A cierta edad la mayoría de los seres humanos trata de mejorar su memoria , con atajos tan nobles y disímiles como el juego de dominó o las fibras estimulantes del ginko biloba. Muy pocos en cambio se plantean cómo aprender a olvidar. Así lo estimaba el psicólogo ruso Alexander Romanovovich Luria (1902 ⁄ 1977). Nietzsche, mucho tiempo antes, también valoró el tema: “Es absolutamente imposible vivir sin olvidar”. El que tenga alguna duda, que indague en la conciencia de un enfermo de Alzheimer.

Luria se acercó a los laberintos de la memoria y el olvido a través de dos pacientes, que a su vez derivaron como estudios de casos en dos libros prodigiosos: The Man with a Shattered World (1972) y The Mind of a Mnemonist (1968). El hombre al que el mundo se le hizo añicos refiere la historia de un soldado que peleó en la Segunda Guerra Mundial, y que recibió una herida de bala en la batalla de Smolensk (1941). Sobrevivió a la devastación que produjo el proyectil, pero perdió la memoria y la facultad de recordar, como le ocurre al personaje de la película Memento (Christopher Nolan, 2001).

El otro volumen de Luria establece el milagro opuesto. The Mind of a Mnemonist muestra a un ser humano que desde la infancia desarrolla una memoria exhaustiva. Dejaba con la boca abierta a los psicólogos y a los ciudadanos de la época que asistían a las exhibiciones públicas. Luria reconocía que la ciencia tradicional siempre consideró a amnesia como una patología, ¿pero acaso el hombre que no podía olvidar nada de su vida era un ser saludable? Habría que ver.

El filósofo hebreo Yosef Hayim Yerushalmi, profesor de la Universidad de Columbia, tiene algo que agregar sobre este dilema: “El hombre sano, nos veríamos tentados a decir, se ubica en algún punto entre el mnemonista y el hombre de Smolensk”. Así escribió en su ponencia, en el Coloquio de Rogaumont (1987). Y dejó una pregunta inquietante en el aire: “¿De qué deberíamos acordarnos? ¿Qué podemos autorizarnos a olvidar? La respuesta no es fácil.

Las inquietudes de Luria, Nietzsche y Yerushalmi disparan una resonancia coral a propósito de una noticia aparecida en los medios de comunicación a mediados de junio de 2003.Terry Wallis despertó, en un hospital de Arkansas, después de permanecer 19 años en estado de coma. El viernes 13 de julio de 1984 su pick up se salió de la carretera en una curva y fue encontrado al día siguiente, al fondo del lecho de un río, debajo de un puente. El amigo que lo acompañaba falleció en el acto, pero Wallis sobrevivió parapléjico. Los médicos advirtieron su estado de salud le dieron pocas esperanzas a la familia. Incluso, recomendaron que empezaran a preparar el funeral.

Para muchos científicos los límites de la conciencia resultan territorios infinitos. Terry Wallis no volvió a emitir una palabra hasta el viernes 13 de junio pasado, cuando dijo repentinamente “Mamá..., Pepsi..., leche...”
La historia podría haberse escapado de esas sagas americanas de muertos vivientes que reaparecen cada tanto tiempo con sed de venganza. Hasta el número 13 ayuda a transformar su padecimiento en un asunto de mercadeo.

Sin tomar en cuenta las creencias mágicas, este hombre que ahora tiene 38 años ha comenzado a redescubrir el sentido de la conversación y no para de hablar aunque las enfermeras lo alimenten. Queda exhausto cada vez que recibe visitas. Y a veces la falta de roce social por casi dos décadas coloca en apuros a sus parientes. Su hermano menor, Tammy, le preguntó un día de cómo se sentía y el respondió sin pensar demasiado: “Excitándome”. Su madre se ruborizó y le advirtió que no debía decir ese tipo de cosas.

No es poco lo que se perdió Terry Wallis mientras estuvo en coma, entre 1984 y 2003. Los enemigos cambiaron de rostro, pero la violencia mantuvo su eficacia. Cayó la Unión Soviética y sus repúblicas satélites en Europa Oriental. Estados Unidos se retiró de Líbano, pero su política exterior intervino de alguna manera en Libia, Panamá, Arabia Saudita, Somalia, Yugoslavia, Haití, Sudán, Afganistán, y en Irak, en dos ocasiones.

Osama bin Laden dejó de ser el amigo de Estados Unidos, y de mantener una relación de confianza con la Oficina Central de Información (CIA), para convertirse en el enemigo público número uno. El sida apenas comenzaba a expandirse como la epidemia letal más dolorosa del siglo veinte. Después Lady Diana murió en un aparatosos accidente automovilístico, huyendo de unos periodistas que intentaban –confesaron después- hacer su trabajo. John Kennedy Jr. ahogó el trágico destino de su familia en el mar y Michel Jackson, en el trayecto, dejó de ser negro. Si bien existían cerca de mil huéspedes en Internet a principios de los ochenta, hoy esa palabra es casi tan popular en todo el planeta como la Coca-Cola o Jesucristo.

Cabe establecer aquí una conjetura, que sin duda nadie podrá comprobar científicamente. ¿El accidente de Terry Wallis ocurrió por azar o hubo una cierta imprudencia inconsciente? Una vez descubierto su cuerpo inmóvil en los deshechos retorcidos de la pick up, debajo del puente, y advirtido su estado parapléjico, este joven de diecinueve años, con una vida nada placentera, ¿escogió el estado de coma? Aprovechó este guiño del destino para convertirse, como diría el neurólogo Oliver Sacks, en un “viajero por tierras inimaginables”? Resulta difícil confirmar estas especulaciones, pero tampoco sería aconsejable desecharlas nada más que porque la ciencia no tiene respuestas contundentes para ratificarlas.

Volvamos a los hechos. La periodista Suzanne Goldenberg (del diario inglés The Guardian) se trasladó a las montañas de Ozark, en Arkansas. Allí advirtió la voz sin alteraciones de Terry Wallis, unos ojos pardos desprovistos de emociones y una memoria que tiene problemas con los hechos más recientes. También palpó la pobreza de la región montañosa que rodea el pueblo Mountain View, una localidad con apenas 2.876 habitantes y sólo dos semáforos. Quizás sea uno de los pueblos más aburridos del sur estadounidense, uno de esos parajes que uno aprende a olvidar antes de haber llegado. En las noches de verano la más excitante de las actividades se traduce en el lamento continuo de la música country que se oye en las plazas públicas.

En esa población este joven, que ahora volvió a la vida convertido en hombre, desertó de la secundaria, como quien huye de la buena suerte, y se casó antes de cumplir veinte años. Para malvivir reparaba automóviles usados y esperaba el nacimiento de una hija, Amber, que ahora tiene la misma edad que él, 19 años, cuando ocurrió el accidente. Las coincidencias nunca dejan de tejer una aureola imaginaria alrededor de estas vidas.

Apenas abrió los ojos y recuperó el habla, Terry Wallis se acordó de la fecha de su nacimiento, y del teléfono de su abuela, quien murió mientras él se encontraba en coma. De hecho, pidió que la llamaran y advirtió que ya en su familia nadie se acuerda de ese número. Lo cierto es que no reconoce a su esposa (quien rehizo su vida) y se niega a aceptar que tiene una hija. Sí se acuerda en cambio de sus hermanos y hermanas, , de los juegos infantiles, y del trabajo que realizaba en la granja familiar, donde alimentaba cochinos.

Un empresario canadiense, que luego derivó en sociólogo e historiador, John Ralston Saul, escribió en su Diccionario del que duda: “la memoria es una cualidad práctica que nos permite comparar lo que se ha hecho con lo que se podría hacer”. El estado de coma de Terry Wallis, analizado a la luz de estas palabras, podría entenderse como una elección, una suerte de viaje en suspensión total, que entraña la huida del sufrimiento perder el cuerpo, la esposa, la hija. Si se quiere, escapar de lo que no tiene remedio.

Existe otra explicación para el misterio que entraña el renacimiento de Terry Wallis. Según indica un conocimiento milenario inscrito en el Talmud, el feto conoce en el vientre toda la Tora y puede ver el mundo de un extremo a otro. En el momento de nacer aparece un ángel y le besa la boca. Así olvida inmediatamente todo. Entonces la criatura deberá aprender de nuevo la Tora. Esa será su experiencia de vida. ¿Quién puede decirnos hoy que, en el momento más dramático del accidente en Mountain View, un ángel no decidió borrar todos los padecimientos de su memoria y ahogarlo en el olvido? Hubiera sido un acto de justicia. ¿O no?”

Sergio Dahbar



Copiado por Migdalia B. Mansilla R.




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Publicado el: 03-09-2003
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