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"EL MISTERIO DE LA BOTELLA" (Premio Bariloche Invernal / 18-8-2003)


EL MISTERIO DE LA BOTELLA


El despertador sacudió su almohada, plena de soledades extendidas. Sin horarios continuaba con esa costumbre de levantarse para todos, despertando la casa ahora llena de vacíos.
Caminó hacia el baño, se saludó dormida en el espejo, cumplió con los trámites naturales del recinto y arrastro sus pantuflas hacia la cocina, puso el agua para cebar mate. Preparó como un alquimista con serenidad zen, cada paso de esa liturgia de yerba y bombilla, siempre recordando el lado de la cebada, el ventilado del polvo y la temperatura, si la temperatura tan correcta para no lavar el mate. Seguía cuidando todos los detalles como si su Guille la estuviera controlando (tan “incha” con su punto justo), sin azúcar y con espumita, limpiando la boquilla dorada con una servilletita, como si fuera a compartir la ronda, cuando escuchó el “plaf” del diario cayendo en el porch y el brinco del repartidor que hacía rango con la puertita del jardín, no tenía candado pero era un tentador vallado para juveniles cuerpos.
La radio dejaba escuchar su voz de compañía. Era un misterio el momento de su encendido, juraría que amanecía y dormía con Emilse, formaba parte de los sonidos de ese mundo interior, de largas mesas, profusión de sillas y sillones, cuadros y portarretratos infinitos, así como la platería y su ritual de franela cotidiano, ni que hablar de los cuartos poblados de recuerdos, esperando, siempre esperando; el gesto mecánico de acomodar almohadas, escritorios, sacudir el polvo de estantes y muñecos, pero nada, era la soledad del triunfo, del orden sobre la lucha infinita de la ropa y enseres juveniles distribuidos a mansalva, con hedores deportivos. La lucha por los pares de medias desiguales y las zapatillas (ejército de barros y honores futboleros), sagradas, siempre listas, sucias de gloria, vencedoras, esperando el reposo asoleado que les devolviera su dignidad súper sport, para salir de nuevo a la cancha.
Un golpe de sol la cegó al abrir la puerta y se apresuró a recoger el diario y la canastita con los lácteos que de lunes a sábado le traía don José, su repartidor vitalicio.
Este puerta a puerta constaba de una botellita de leche pasteurizada y dos frasquitos de yogurt. Cuando había visitas, reunión, o amigas para el té, se ampliaba el pedido avisando con un papelito enrollado, puesto en la boca de uno de los envases vacíos, agregando ricota, crema, más manteca o chocolatada.




Con las manos ocupadas por el diario y la canastita cerró la puerta con el pie. Dejó sobre la mesada la leche, guardó el yogurt en la heladera seguida por la mirada de Chiche, perro con horarios rigurosos, a las diez de la mañana daba sus primeros hurras, nunca antes abandonaba su cucha. Apagó el fuego, vertió el agua sobre la yerba y cuando se disponía a cortar el mate con un chorrito de leche (flamante receta para la acidez) mientras hojeaba el diario, sacó la botella de la canastita y la notó liviana, … liviana?, apenas perforada su débil tapita metálica y sin su contenido. Una oleada de indignación la envolvió, mientras recurría a la leche condensada que guardaba en la heladera. Era sábado y hasta el lunes no vendría el lechero. Miraba una y otra vez la botella preguntándose que habría pasado. Pensó en el vuelco involuntario de la leche y su contenido esparcido bajo el felpudo ¡Qué horror!, seguramente tendría que tirarlo porque la leche fermenta con un olor nauseabundo y sería imposible limpiar ese tejido de yute, tan absorbente y pesado. Resignada fue hacia la puerta, revisó el piso, estaba seco, levantó el felpudo, lo tocó, ni siquiera esta húmedo. Pensativa volvió a la cocina, pero no tuvo mucho tiempo para detenerse a indagar más sobre el tema, porque sonó el teléfono y enseguida vinieron a buscarla para ir al centro.
Sin mayores alternativas transcurrió el fin de semana y por la noche del domingo al acostarse recordó lo de la botella de leche, pensó dejarle una notita al lechero pero la tibia cama la hizo desistir del trámite:
-“Mañana será otro día …”- se dijo entre bostezos. La pastillita para dormir era implacable y la rescataba de las largas noches de fantasmales vigilias del pasado.
El teléfono la despertó y se levantó sobresaltada, avanzó por el living pero llegó tarde y golpeada por la carrera de obstáculos que se interpusieran en su dormido paso por el cuarto. Benditos muebles y alfombras que la obligaban a hacer slalom por la casa.
Siempre decía que algún día arreglaría el teléfono de la mesita de luz y con el golpe que se había dado contra la cómoda en su rodilla enferma, decidió que ese sería el día. Era su amiga Susy que le recordaba que el té era en lo de Beba. Masajeándose la articulación dolorida, fue hacia la puerta y repitió el ritual mañanero, entrar el diario y la canastita del lechero.
Otra vez una de las botellas vacía, volcada y ni rastros del contenido…
Ya no era casualidad, alguien estaba desayunándose antes que ella. ¿Quién sería el gracioso?. Nunca antes habían tocado nada de su puerta, ni siquiera cuando venía el panadero y le dejaba la bolsa con el pan y las galletas recién horneadas.



Esa noche decidió sorprender al oportunista de turno. Se apoltronó en el sillón del living, mirando el ventanal que daba al jardín, desde el cual podía ver el cestito con los envases lácteos. En la penumbra se divisaba sin dificultad la calle.
Como era invierno el lechero pasaba casi de noche, con ese trajinar de botellas, cremas y yogures que dejaba en los umbrales acompañados más tarde por el diario amanecido.
Envuelta en el suave edredón de la abuela, Emilse sucumbió rápidamente al cansancio y al sueño.
Vista desde lejos daba la imagen de una tienda siux o de un tierno niño esperando sorprender a los reyes.
El ruido de la puertita del jardín y de las botellas que entrechocaban, la despertó, era la señal que el repartidor acababa de dejar la leche, entonces se deslizó de su apostadero para ver mejor y espiar tras el voile de la ventana.
De pronto el viento comenzó a soplar y la tormenta la obligó a abandonar su atalaya, para correr a cerrar los postigotes que golpeaban alocados y tratar de escurrir el agua que penetraba por el lavadero, hacía tiempo que necesitaba un alero que protegiera el bajo puerta.
Cuando se quiso acordar, entre las ventanas y el escurrido del piso, una vez más su botella había sido vaciada.
Mascullando sus pensamientos y acomodando su espalda dolorida por la improvisada cama de su “imaginaria”, desarmó su refugio nocturno, segura de estar siendo perseguida por un merodeador.
No le gustó nada la repetición del ilícito, por primera vez se sintió insegura y temió que se tratara de alguien que esperaba su oportunidad para algo peor.
No podía comprender de qué manera se apropiaba de tan magro botín sin ser visto u oído.
Habló todo el día del tema con sus amigas y les contó ahora sí, sobre la certeza de que alguien acechaba su casa y “degustaba” por el momento de sus alimentos, cosa que no dejaba de preocuparla, por lo puntual del saqueo, misma hora, mismo objetivo.
Algo le llamaba poderosamente la atención que Chiche no ladrara, porque ningún movimiento por leve que fuera pasaba desapercibido para su fina sensibilidad guardiana.
Esa noche sus amigas decidieron compartir con ella la vigilancia, les inquietaba que Emilse afrontara sola cualquier riesgo por mínimo que este pareciera.



Lo pasaron más que bien charlando, tomando café y acurrucándose en esa cómplice guardia para descubrir el misterio de la botella.
Un hálito vital se había apoderado de esas señoras y por una noche habían regresado a sus épocas juveniles, cuando salían de campamento, o se juntaban en la casa de alguna de ellas, durmiendo en el suelo en ronda de colchones y mantas. No faltó el relato estremecedor del Yaguarón, los espíritus del arroyo y mil zonceras más que las hacían estremecer, con sus historias de terribles apariciones sobrehumanas, plenas de misterio, desapariciones de objetos en la casa, de mascotas muertas de modos sorpresivos, de lápidas hundidas …, poco a poco se fueron encadenando más y más historias tenebrosas que se enmarcaban con las ramas del fresno que proyectaba sombras inquietantes, sobre el tenue y ondulante cortinado…
También como en esos lejanos tiempos las venció el cansancio y fueron durmiéndose una a una. Solo los reflejos plateados de algunas cabecitas diferenciaban ese campamento de amigas de aquel otro de la infancia, había algo mágico en aquella imagen, tan despojada, tan plena de feliz camaradería, de abandono, sin preocupaciones, solo el disfrute de compartir los sueños y el sueño verdadero adolescente que había regresado para envolver a aquellas amigas, ahora abuelas entrañables.
El sonido de la calle interrumpió el descanso y alertó a las “durmientes” que sigilosamente sin un murmullo se dirigieron a su atalaya tras la ventana.
Como todas las otras mañanas se cumplió el ritual del lechero y después sobrevino el silencio más absoluto, todo esto seguido por varios pares de ojos expectantes que acomodaban sus pupilas al amparo del fino voile, tratando de ver y sorprender al misterioso personaje que sorbía la leche sin dejar rastros.
Pasó un buen rato y de repente algo pareció moverse por debajo de la ligustrina… Apareció una sombrita, luego otra y otra …, con la gracia de peluches redivivos, tres tiernos gatitos rodearon el botín lácteo, esperaron al que seguramente sería el más hábil, el líder, quien comenzó la tarea apropiadora. Tomó entre sus patitas la botella, la inclinó suavemente y con una de sus extremidades hundió la frágil tapita de metal, por donde comenzó a brotar la leche, iluminando con fulgores blancos los suaves morros felinos y velozmente comenzó el festín lácteo, con afanosas cabecitas disputando habidamente un lugar que les permitiera un mejor disfrute del desayuno. Gota a gota se apropiaron del contenido de la botella y con la prolijidad de un cirujano extirparon hasta el final, todo resto del líquido elemento.





Ni una molécula de leche derramada, toda, toda ávidamente absorbida por sus voraces y ásperas lengüitas, luego tranquilamente regresaron tras el cerco, con sus pancitas redondeadas plenas del nutritivo brebaje.
Una sonrisa de alivio iluminó los rostros de las trasnochadas amigas, nada había puesto en peligro su tranquilidad solariega, ahora era el momento de encarar a los audaces micifuces para evitar que con su natural arrojo se apropiaran de otras botellas a medida que fueran creciendo, ya que el entrenamiento haría seguramente que intentaran su hazaña en otras casas de la vecindad.
Este ritual de ilícitos lácteos se prolongó por poco tiempo, pese a que Emilse ordenó a su proveedor que dejase ración extra para sus madrugadores amigos y las reforzara con balanceado durante el día, consolidando así la confianza de los audaces y traviesos felinos. Al poco tiempo cesó el reparto porque comenzó a comercializarse la leche en sachet y dejó de brindarse este servicio puerta a puerta, a estas alturas ya los mininos corrían por los tejados en emotivas serenatas nocturnas y el más arriesgado ya dormía, puertas adentro, cómodamente instalado en el sillón preferido de la casa y tenía su sustento asegurado en un platito junto a la heladera.
Nada se dijo de Chiche que al parecer, aprobó desde el comienzo las incursiones “gatales” al no ofrecer pelea y ni siquiera ladrar cuando los raudos polizontes se apropiaban voraces del desayuno de su ama, inquietando a propios y extraños. Talvez en su peluda cabecita anidaba el deseo de compartir su techo con otro compañero, como su amigo Persi, el que alguna vez una luna llena se llevara por los techos del nunca volver.

FIN













Marta B. Carrillo

Copyright © Todos los derechos reservados.

Publicado el: 24-09-2003
Última modificación: 00-00-0000


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EL MISTERIO DE LA BOTELLA


El despertador sacudió su almohada, plena de soledades extendidas. Sin horarios continuaba con esa costumbre de levantarse para todos, despertando la casa ahora llena de vacíos.
Caminó hacia el baño, se saludó dormida en el espejo, cumplió con los trámites naturales del recinto y arrastro sus pantuflas hacia la cocina, puso el agua para cebar mate. Preparó como un alquimista con serenidad zen, cada paso de esa liturgia de yerba y bombilla, siempre recordando el lado de la cebada, el ventilado del polvo y la temperatura, si la temperatura tan correcta para no lavar el mate. Seguía cuidando todos los detalles como si su Guille la estuviera controlando (tan “incha” con su punto justo), sin azúcar y con espumita, limpiando la boquilla dorada con una servilletita, como si fuera a compartir la ronda, cuando escuchó el “plaf” del diario cayendo en el porch y el brinco del repartidor que hacía rango con la puertita del jardín, no tenía candado pero era un tentador vallado para juveniles cuerpos.
La radio dejaba escuchar su voz de compañía. Era un misterio el momento de su encendido, juraría que amanecía y dormía con Emilse, formaba parte de los sonidos de ese mundo interior, de largas mesas, profusión de sillas y sillones, cuadros y portarretratos infinitos, así como la platería y su ritual de franela cotidiano, ni que hablar de los cuartos poblados de recuerdos, esperando, siempre esperando; el gesto mecánico de acomodar almohadas, escritorios, sacudir el polvo de estantes y muñecos, pero nada, era la soledad del triunfo, del orden sobre la lucha infinita de la ropa y enseres juveniles distribuidos a mansalva, con hedores deportivos. La lucha por los pares de medias desiguales y las zapatillas (ejército de barros y honores futboleros), sagradas, siempre listas, sucias de gloria, vencedoras, esperando el reposo asoleado que les devolviera su dignidad súper sport, para salir de nuevo a la cancha.
Un golpe de sol la cegó al abrir la puerta y se apresuró a recoger el diario y la canastita con los lácteos que de lunes a sábado le traía don José, su repartidor vitalicio.
Este puerta a puerta constaba de una botellita de leche pasteurizada y dos frasquitos de yogurt. Cuando había visitas, reunión, o amigas para el té, se ampliaba el pedido avisando con un papelito enrollado, puesto en la boca de uno de los envases vacíos, agregando ricota, crema, más manteca o chocolatada.




Con las manos ocupadas por el diario y la canastita cerró la puerta con el pie. Dejó sobre la mesada la leche, guardó el yogurt en la heladera seguida por la mirada de Chiche, perro con horarios rigurosos, a las diez de la mañana daba sus primeros hurras, nunca antes abandonaba su cucha. Apagó el fuego, vertió el agua sobre la yerba y cuando se disponía a cortar el mate con un chorrito de leche (flamante receta para la acidez) mientras hojeaba el diario, sacó la botella de la canastita y la notó liviana, … liviana?, apenas perforada su débil tapita metálica y sin su contenido. Una oleada de indignación la envolvió, mientras recurría a la leche condensada que guardaba en la heladera. Era sábado y hasta el lunes no vendría el lechero. Miraba una y otra vez la botella preguntándose que habría pasado. Pensó en el vuelco involuntario de la leche y su contenido esparcido bajo el felpudo ¡Qué horror!, seguramente tendría que tirarlo porque la leche fermenta con un olor nauseabundo y sería imposible limpiar ese tejido de yute, tan absorbente y pesado. Resignada fue hacia la puerta, revisó el piso, estaba seco, levantó el felpudo, lo tocó, ni siquiera esta húmedo. Pensativa volvió a la cocina, pero no tuvo mucho tiempo para detenerse a indagar más sobre el tema, porque sonó el teléfono y enseguida vinieron a buscarla para ir al centro.
Sin mayores alternativas transcurrió el fin de semana y por la noche del domingo al acostarse recordó lo de la botella de leche, pensó dejarle una notita al lechero pero la tibia cama la hizo desistir del trámite:
-“Mañana será otro día …”- se dijo entre bostezos. La pastillita para dormir era implacable y la rescataba de las largas noches de fantasmales vigilias del pasado.
El teléfono la despertó y se levantó sobresaltada, avanzó por el living pero llegó tarde y golpeada por la carrera de obstáculos que se interpusieran en su dormido paso por el cuarto. Benditos muebles y alfombras que la obligaban a hacer slalom por la casa.
Siempre decía que algún día arreglaría el teléfono de la mesita de luz y con el golpe que se había dado contra la cómoda en su rodilla enferma, decidió que ese sería el día. Era su amiga Susy que le recordaba que el té era en lo de Beba. Masajeándose la articulación dolorida, fue hacia la puerta y repitió el ritual mañanero, entrar el diario y la canastita del lechero.
Otra vez una de las botellas vacía, volcada y ni rastros del contenido…
Ya no era casualidad, alguien estaba desayunándose antes que ella. ¿Quién sería el gracioso?. Nunca antes habían tocado nada de su puerta, ni siquiera cuando venía el panadero y le dejaba la bolsa con el pan y las galletas recién horneadas.



Esa noche decidió sorprender al oportunista de turno. Se apoltronó en el sillón del living, mirando el ventanal que daba al jardín, desde el cual podía ver el cestito con los envases lácteos. En la penumbra se divisaba sin dificultad la calle.
Como era invierno el lechero pasaba casi de noche, con ese trajinar de botellas, cremas y yogures que dejaba en los umbrales acompañados más tarde por el diario amanecido.
Envuelta en el suave edredón de la abuela, Emilse sucumbió rápidamente al cansancio y al sueño.
Vista desde lejos daba la imagen de una tienda siux o de un tierno niño esperando sorprender a los reyes.
El ruido de la puertita del jardín y de las botellas que entrechocaban, la despertó, era la señal que el repartidor acababa de dejar la leche, entonces se deslizó de su apostadero para ver mejor y espiar tras el voile de la ventana.
De pronto el viento comenzó a soplar y la tormenta la obligó a abandonar su atalaya, para correr a cerrar los postigotes que golpeaban alocados y tratar de escurrir el agua que penetraba por el lavadero, hacía tiempo que necesitaba un alero que protegiera el bajo puerta.
Cuando se quiso acordar, entre las ventanas y el escurrido del piso, una vez más su botella había sido vaciada.
Mascullando sus pensamientos y acomodando su espalda dolorida por la improvisada cama de su “imaginaria”, desarmó su refugio nocturno, segura de estar siendo perseguida por un merodeador.
No le gustó nada la repetición del ilícito, por primera vez se sintió insegura y temió que se tratara de alguien que esperaba su oportunidad para algo peor.
No podía comprender de qué manera se apropiaba de tan magro botín sin ser visto u oído.
Habló todo el día del tema con sus amigas y les contó ahora sí, sobre la certeza de que alguien acechaba su casa y “degustaba” por el momento de sus alimentos, cosa que no dejaba de preocuparla, por lo puntual del saqueo, misma hora, mismo objetivo.
Algo le llamaba poderosamente la atención que Chiche no ladrara, porque ningún movimiento por leve que fuera pasaba desapercibido para su fina sensibilidad guardiana.
Esa noche sus amigas decidieron compartir con ella la vigilancia, les inquietaba que Emilse afrontara sola cualquier riesgo por mínimo que este pareciera.



Lo pasaron más que bien charlando, tomando café y acurrucándose en esa cómplice guardia para descubrir el misterio de la botella.
Un hálito vital se había apoderado de esas señoras y por una noche habían regresado a sus épocas juveniles, cuando salían de campamento, o se juntaban en la casa de alguna de ellas, durmiendo en el suelo en ronda de colchones y mantas. No faltó el relato estremecedor del Yaguarón, los espíritus del arroyo y mil zonceras más que las hacían estremecer, con sus historias de terribles apariciones sobrehumanas, plenas de misterio, desapariciones de objetos en la casa, de mascotas muertas de modos sorpresivos, de lápidas hundidas …, poco a poco se fueron encadenando más y más historias tenebrosas que se enmarcaban con las ramas del fresno que proyectaba sombras inquietantes, sobre el tenue y ondulante cortinado…
También como en esos lejanos tiempos las venció el cansancio y fueron durmiéndose una a una. Solo los reflejos plateados de algunas cabecitas diferenciaban ese campamento de amigas de aquel otro de la infancia, había algo mágico en aquella imagen, tan despojada, tan plena de feliz camaradería, de abandono, sin preocupaciones, solo el disfrute de compartir los sueños y el sueño verdadero adolescente que había regresado para envolver a aquellas amigas, ahora abuelas entrañables.
El sonido de la calle interrumpió el descanso y alertó a las “durmientes” que sigilosamente sin un murmullo se dirigieron a su atalaya tras la ventana.
Como todas las otras mañanas se cumplió el ritual del lechero y después sobrevino el silencio más absoluto, todo esto seguido por varios pares de ojos expectantes que acomodaban sus pupilas al amparo del fino voile, tratando de ver y sorprender al misterioso personaje que sorbía la leche sin dejar rastros.
Pasó un buen rato y de repente algo pareció moverse por debajo de la ligustrina… Apareció una sombrita, luego otra y otra …, con la gracia de peluches redivivos, tres tiernos gatitos rodearon el botín lácteo, esperaron al que seguramente sería el más hábil, el líder, quien comenzó la tarea apropiadora. Tomó entre sus patitas la botella, la inclinó suavemente y con una de sus extremidades hundió la frágil tapita de metal, por donde comenzó a brotar la leche, iluminando con fulgores blancos los suaves morros felinos y velozmente comenzó el festín lácteo, con afanosas cabecitas disputando habidamente un lugar que les permitiera un mejor disfrute del desayuno. Gota a gota se apropiaron del contenido de la botella y con la prolijidad de un cirujano extirparon hasta el final, todo resto del líquido elemento.





Ni una molécula de leche derramada, toda, toda ávidamente absorbida por sus voraces y ásperas lengüitas, luego tranquilamente regresaron tras el cerco, con sus pancitas redondeadas plenas del nutritivo brebaje.
Una sonrisa de alivio iluminó los rostros de las trasnochadas amigas, nada había puesto en peligro su tranquilidad solariega, ahora era el momento de encarar a los audaces micifuces para evitar que con su natural arrojo se apropiaran de otras botellas a medida que fueran creciendo, ya que el entrenamiento haría seguramente que intentaran su hazaña en otras casas de la vecindad.
Este ritual de ilícitos lácteos se prolongó por poco tiempo, pese a que Emilse ordenó a su proveedor que dejase ración extra para sus madrugadores amigos y las reforzara con balanceado durante el día, consolidando así la confianza de los audaces y traviesos felinos. Al poco tiempo cesó el reparto porque comenzó a comercializarse la leche en sachet y dejó de brindarse este servicio puerta a puerta, a estas alturas ya los mininos corrían por los tejados en emotivas serenatas nocturnas y el más arriesgado ya dormía, puertas adentro, cómodamente instalado en el sillón preferido de la casa y tenía su sustento asegurado en un platito junto a la heladera.
Nada se dijo de Chiche que al parecer, aprobó desde el comienzo las incursiones “gatales” al no ofrecer pelea y ni siquiera ladrar cuando los raudos polizontes se apropiaban voraces del desayuno de su ama, inquietando a propios y extraños. Talvez en su peluda cabecita anidaba el deseo de compartir su techo con otro compañero, como su amigo Persi, el que alguna vez una luna llena se llevara por los techos del nunca volver.

FIN













Marta B. Carrillo

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Publicado el: 24-09-2003
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