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Hay amores que matan

No se asuste! No voy a escribir una perorata sobre el despecho o sobre un sólo amor, porque indudablemente que sentimos muchos amores. El amor a los padres, el filial, el fraternal, el que sentimos por la pareja, el que le prodigamos a los amigos, a los animales, a la naturaleza, a Dios, a nosotros mismos, ¡en fín! una gama inmensa de amores sentidos.
Pareciera que en este mundo convulsionado de hoy, en este vivir en el que nos vemos inmersos cuando decimos amor, tenemos que evocar realmente su significado. En su nombre, cuántas atrocidades cometidas, en su nombre, cuánto sufrir pasado, en su nombre cuánta destrucción en uno mismo.
Es imposible el pensar que si amas a alguien o a algo puedas conscientemente hacerle daño, moral o físicamente según el caso o de las maneras que sean.
Es una paradoja el poder creer que somos capaces de expresar, de decir cuánto amamos y a la vez, levantamos la mano para golpear o para matar, elevamos la voz para mentir o para ofender o para gritar a quienes decimos amar. Comprendo que muchas veces llegamos a extremos por las situaciones que se van viviendo, los seres humanos tenemos una cierta capacidad de aguante, un límite que al ser rebasado nos hace actuar de manera distinta a como lo hacemos generalmente, lo que es indudable es el control que debemos tener para no llegar a los extremos de violencia que son la destrucción de uno mismo en primera instancia y de nosotros hacia quien o lo que decimos amar; y, digo lo que decimos y no, sentimos, porque me resulta incomprensible que al sentir de corazón lo llevemos a los extremos de la crueldad infinita del daño infringido con maldad, con premeditación y alevosía.
Sólo tenemos que abrir un periódico, que mirar un noticiero de televisión, escuchar la radio o mirar hacia dentro de nosotros mismos para encontrar al duendecillo malo de la película que habita en nosotros y que nos hace ser destructores de todo lo bueno que podemos sentir haciendo de una frase una máxima en la vida, es verdad... hay amores que matan.

Migdalia B. Mansilla R.
Octubre 10 de 2003


Migbet

Copyright © Todos los derechos reservados.

Publicado el: 10-10-2003
Última modificación: 00-00-0000


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No se asuste! No voy a escribir una perorata sobre el despecho o sobre un sólo amor, porque indudablemente que sentimos muchos amores. El amor a los padres, el filial, el fraternal, el que sentimos por la pareja, el que le prodigamos a los amigos, a los animales, a la naturaleza, a Dios, a nosotros mismos, ¡en fín! una gama inmensa de amores sentidos.
Pareciera que en este mundo convulsionado de hoy, en este vivir en el que nos vemos inmersos cuando decimos amor, tenemos que evocar realmente su significado. En su nombre, cuántas atrocidades cometidas, en su nombre, cuánto sufrir pasado, en su nombre cuánta destrucción en uno mismo.
Es imposible el pensar que si amas a alguien o a algo puedas conscientemente hacerle daño, moral o físicamente según el caso o de las maneras que sean.
Es una paradoja el poder creer que somos capaces de expresar, de decir cuánto amamos y a la vez, levantamos la mano para golpear o para matar, elevamos la voz para mentir o para ofender o para gritar a quienes decimos amar. Comprendo que muchas veces llegamos a extremos por las situaciones que se van viviendo, los seres humanos tenemos una cierta capacidad de aguante, un límite que al ser rebasado nos hace actuar de manera distinta a como lo hacemos generalmente, lo que es indudable es el control que debemos tener para no llegar a los extremos de violencia que son la destrucción de uno mismo en primera instancia y de nosotros hacia quien o lo que decimos amar; y, digo lo que decimos y no, sentimos, porque me resulta incomprensible que al sentir de corazón lo llevemos a los extremos de la crueldad infinita del daño infringido con maldad, con premeditación y alevosía.
Sólo tenemos que abrir un periódico, que mirar un noticiero de televisión, escuchar la radio o mirar hacia dentro de nosotros mismos para encontrar al duendecillo malo de la película que habita en nosotros y que nos hace ser destructores de todo lo bueno que podemos sentir haciendo de una frase una máxima en la vida, es verdad... hay amores que matan.

Migdalia B. Mansilla R.
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