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El sabinismo a galope

EL SABINISMO A GALOPE

Julio Serrano Castillejos

En política y en periodismo existe una regla de oro consistente en nunca divulgar la fuente de información, y quien no la cumple, sencillamente deja de ser receptáculo de noticias de primera mano. Esto viene a colación por algunas aparentes especulaciones contenidas en este capitulado, pero especialmente, por que no diré cómo me enteré un 28 de noviembre de 1979 aproximadamente a las 15:00 horas que don Salomón González Blanco sorpresivamente solicitaría licencia al Congreso local para retirarse como gobernador de la entidad, y en su lugar sería nombrado al día siguiente Juan Sabines Gutiérrez, mientras hasta los colaboradores más cercanos del Jefe del Ejecutivo de Chiapas ignoraban esas dos circunstancias. De tal guisa, le hablé por teléfono a su casa a Federico Falconi Alegría, presidente del ahora denominado Supremo Tribunal de Justicia del estado, y lo hice partícipe de mi información, pero como me abstuve de señalar el origen de la misma, no me creyó y en contra de mi dicho arguyó que “a don Salomón lo estimaba mucho el presidente José López Portillo” y así las cosas mi informante estaba del todo equivocado. –“Termina de comer tranquilo mi querido Juliazo y a las cinco nos vemos en mi privado”- fueron las palabras de Fredy para hacerme notar que todo iba bien, y todavía agregó: -“Me extraña que una persona de tu calidad comulgue con semejantes muelas de molino”. Pero como yo tenía informes de primer nivel, le dije a Fredy: -“Habla por teléfono a la representación que el gobierno de Chiapas tiene en el Distrito Federal, para ver si ahí saben algo”.
A las cinco de la tarde al entrar al despacho de Fredy lo encuentro sentado atrás de su escritorio con la mirada perdida y la cabeza entre las manos. –“Juliazo, tu informante estaba en lo cierto, prepara las renuncias de todos los magistrados incluyendo la mía y de paso haces lo propio, en cuanto a tu cargo de Oficial Mayor”.

Al día siguiente por la mañana me fui a la oficina del todavía gobernador de Chiapas, don Salomón González Blanco, para manifestarle mi simpatía y despedirlo como Dios manda. En dicho lugar encontré las puertas abiertas de par en par y en la antesala totalmente sólo al secretario privado, Héctor Lira. En el despacho principal don Salomón hablaba con un sobrino de apellido Figueroa al que nombró Secretario de Turismo para exigirle no renunciase pues iba a pedirle a Juan Sabines su ratificación. También estaban Toñito López Rivera y Fredy Falconi. Conmigo éramos cuatro los amigos leales del ex secretario del Trabajo y Previsión Social ya a punto de convertirse en ex, como primer mandatario de Chiapas, mientras el aeropuerto de Terán era una verdadera romería en espera del arribo del carismático y ya virtual nuevo gobernador. Las aglomeraciones de días anteriores cambiaron de sitio, pues ahora la gente quería ver al nuevo dios y ya próximo dueño de la silla principal de Palacio, y al que iba de salida le dedicaron su olvido olímpicamente, prácticamente como si no lo conocieran. Cuando entró Juan Sabines al despacho del gobernador, ubicado entonces en el edificio del Palacio Federal, pues ya habían tirado los dos antiguos recintos, uno del gobierno de Chiapas y otro de la Federación, ya se encontraban en dicho lugar varias personas y entre ellos Sami David David, quien al verlo entrar le dijo: -“Señor, llega usted treinta minutos tarde”. Juan Sabines respondió con la presteza del que se sabe ya ubicado en el sitio principal de la política de Chiapas: -“No, llego treinta años tarde” - para aprovechar la cifra de los treinta, pues en 1949 estaba muy lejos de aspirar a ser gobernador. Cabe puntualizar que en sus memorias mi fino amigo, el arquitecto y poeta Artemio Gallegos atribuye la frase que dio lugar a la respuesta de don Juan a Oscar Alvarado Cook, pero tengo testigos de calidad para apuntalar mi aserto, como Julio Humberto Trujillo y otros, además del propio Sami David, quien lógicamente nunca olvidará la puntillosa respuesta.

Atando cabos, con la seguridad que da el análisis a través del paso del tiempo y conociendo como se guisan los platillos políticos en México, he llegado a una importante conclusión:
Don Salomón y el grupo de políticos que manejaban en aquellos días los destinos de Chiapas, consideraron la conveniencia de que el Varón de Playas de Catazajá solicitase una licencia, pero no con la idea de dejarle el paso franco a Juan Sabines Gutiérrez. En la especie se trataba de darle a un político de avanzada edad, que era don Salomón, la oportunidad de reintegrarse al Senado de la República, pero dejando en su lugar a alguien que garantizara el buen destino, no sólo de la entidad, sino también de los colaboradores que aglutinados alrededor de González Blanco representaban la fuerza política de don Jorge de la Vega Domínguez, pues inclusive el ex secretario del Trabajo tomó las riendas del poder con la anuencia del comiteco, según se afirmó en los corrillos políticos. Por otro lado, en los mentideros se habló de la “conveniencia” de dejarle el camino abierto a José Patrocinio González Garrido, para el siguiente sexenio, y obviamente, la presencia de don Salomón lo descalificaba para esa posibilidad. Dicho más claramente, no se vería bien que el padre entregara al hijo la estafeta de gobernador y entonces se implementó una jugada de dos bandas que por la intervención de Sabines, a la postre resultó de tres. Cuentan los que conocieron las entretelas del asunto, que don Juan al enterarse de la posible substitución de don Salomón por un incondicional del grupo que manejaba Chiapas consultó a sus más leales y les preguntó si esperaban una oportunidad para gobernar seis años o se tiraban al ruedo ante la posible salida de González Blanco. Todos optaron por el tradicional “vale más pájaro en mano que un ciento volando”. A manera de dar un dato directo y en concreto respecto a mi información, debo decir que en cierto momento el candidato para suceder a don Salomón, dentro del plan forjado por su grupo, lo fue Rafael P. Gamboa Cano, hombre con reconocida y amplia trayectoria de Partido y además compadre del licenciado González Blanco, quien era padrino de bautizo de Rafael Gamboa Castañón.
Pero los sabinistas al detectar el plan, como ya quedó explicado, y al llegar a oídos del jefe político de ellos lo que se fraguaba, incentivaron a don Juan para que acudiese a las Puertas del Palacio de Cobián a “denunciar” ante su íntimo amigo Enrique Olivares Santana, lo que se fraguaba en Chiapas, a manera de pedirle a dicho secretario de Gobernación, su oportuna intervención. Este sabe cantarle al oído al presidente López Portillo para aprovechar la coyuntura satisfaciendo además las expectativas de un grupo fuerte, representativo y que a la cabeza llevaba a un hombre vinculado con la entidad, de larga y brillante ejecutoria política y por ende relacionado con la problemática de Chiapas y sus gentes, y de tal manera un 29 de noviembre de 1979 en la sede del Poder Legislativo de la entidad rinde su protesta como gobernador el hijo predilecto de Tuxtla: Juan Sabines Gutiérrez. La algarabía en la capital fue grande, pues desde 1944 no se sentaba un tuxtleco en la silla gubernamental.

Cabe puntualizar que a don Juan le habían creado una especie de aureola de héroe popular, en una rara simbiosis en la cual la gente lo identificaba más con un personaje de algún corrido vernáculo, que con la figura de un gobernante, sin que tal afirmación lleve implícita la negación de sus valores muy personales dentro de las cuestiones públicas. Era, por decirlo así, una rara combinación de político y personaje de película mexicana: enamorado, dicharachero, audaz, bueno para el trago y de aspecto agradable. Decían sus más íntimos, que sus mejores discursos se los escribía su hermano Jorge, pero Juan era el encargado de sumar amigos y de incursionar en la política con jovialidad y carisma. El laureado poeta Jaime Sabines, ocuparía un lugar preponderante en el gobierno de su hermano, llegando a ser una especie de “ministro sin cartera”. En una entrevista publicada en el diario Excélsior diría en tono socarrón: -“En Chiapas trabajo de hermano del gobernador”.

Después de presenciar la toma de protesta del nuevo gobernador me fui a la presidencia del Tribunal Superior de Justicia y esperé la llegada de quien todos sabían iba a ser el presidente del señalado órgano jurisdiccional, Angel Suárez Torres, quien saliendo del pleno en el cual fuese investido con su nuevo encargo habló conmigo y me pidió me quedase unos treinta días para entrenar al nuevo Oficial Mayor. Sin pensarlo dos veces le contesté: -“Cuando dentro de treinta días usted acepte mi renuncia, dirán las personas mal intencionadas que me aferré al puesto y usted me corrió. Mejor acepte mi renuncia desde hoy”. Así lo hizo y siempre conservé con el citado abogado muy buena amistad.
No obstante mi salida del Tribunal, entendí las circunstancias y mi caída del candelero la compensaba la buena ubicación de amigos míos en el grupo sabinista en donde militaban Luis Raquél Cal y Mayor Gutiérrez, Julio Humberto Trujillo (primo hermano de mi madre), Manuel Sobrino Anza, Enoch Cancino Casahonda, Luis Orantes Aramoni, los hermanos de doble apellido Camacho, José Martínez alias “El Diablo” y otros, pero en lugar de buscar una nueva posición me refugié en mis chambas de la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje y del periódico.


Esteban Figueroa Aramoni, presidente del Consejo de Administración de “La República en Chiapas”, aprovechó la coyuntura de mi salida del T. S. de J. y me pidió me encargara de la dirección general de dicho diario. A los pocos días recibió Esteban un nombramiento y se convirtió en colaborador de don Juan Sabines Gutiérrez. El compromiso con Esteban fue manejar el periódico a honorarios, o sea, sin dirección ni dependencia patronal y siempre y cuando se respetase mi horario de trabajo en la Junta Regional número 20 de la Federal de Conciliación y Arbitraje. Por aquellos días integraban el consejo general, además de Esteban, Federico Falconi Alegría, Domingo Muguira Revuelta, Eugenio Solórzano y una persona que por el momento no recuerdo.
Habían pasado unas pocas semanas del inicio del nuevo gobierno cuando nos invitaron a mi esposa y a mí, a su boda, Jaime Mantecón y Ana Krontal Gutiérrez. Para fungir como testigo me presenté temprano a la ceremonia. Cuando estaba estacionando mi vehículo mi esposa me dijo que el gobernador estaba llegando en una camioneta y que volteaba a verme insistentemente. Al bajarse de su carro don Juan venía acompañado de Jorge Mason Quevedo, quien hablaba conmigo todos los días en la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje con relación a sus asuntos, pues litigaba en ese tribunal en representación de la clase patronal. Se nos acercaron los dos y Jorge nos presentó a mi esposa y a mí con el gobernador. Después de la ceremonia matrimonial, don Juan abordó al grupo en donde estábamos mi esposa y yo, y dijo tener interés de tratarme ciertos asuntos. Mi esposa prudentemente se disculpó y se alejó con un par de amigas. El gobernador llamó a un mesero y preguntándome antes qué me apetecía beber, pidió para él una botella de coñac y para mí una de ron, aguas minerales, hielos, refresco de cola y dio órdenes de que no se nos interrumpiese. A manera de preámbulo me hizo saber que era amigo de mi padre dedicándole algunos bien meditados elogios. Por mi padre me enteré que don Juan había estado muy cerca de la gubernatura al acercarse la sucesión de don Samuel León Brindis, y de ello, hice una completa relación en capítulo anterior. A continuación me dijo el gobernador que debía platicar conmigo por ser de su conocimiento que era “director del periódico más leído de la entidad, y deseaba a través del mismo informar a la colectividad de sus proyectos”. Cuando don Juan me dijo que pensaba modificar substancialmente a Tuxtla y dotar a todos los municipios de obras suficientes de infraestructura, pensé había caído en el fácil recurso de los ofrecimientos, para convencer al pueblo de sus infinitas bondades y de paso poner a su servicio a “La República en Chiapas”, pero entró a la etapa de los datos concretos y así por ejemplo, aseguró tener apalabradas a las monjas de la Escuela de Niñas, para ubicarlas en otro lugar y aprovechar el solar dándole en breve plazo otra fisonomía al parque central. Habló de ampliar dos importantes avenidas de la capital, de crear instalaciones para las ferias agrícolas y ganaderas en la Chacona, de dotar a los niños tuxtlecos de un sitio recreativo con perspectivas muy superiores a todo lo existente en ese renglón; dijo que iba a pavimentar con concreto hidráulico a Tuxtla y en fin, tantas y más cosas, como para pensar que don Juan Sabines aplicaba el viejo adagio: “Ofrecer no empobrece, dar es lo que aniquila”. Como notó mi expresión de incredulidad me pidió “le concediese el beneficio de la duda” y fuese su vocero en las páginas del periódico bajo mi dirección, pues entre más se difundieran sus proyectos más comprometido estaría para cumplirlos. “Conmigo sabrán los tuxtlecos lo que es una catedral digna y no la iglesia de pueblo de la plaza pública”, dijo el flamante gobernador ante mi azoro, pues conforme pasaban las horas se iban multiplicando al infinito las promesas. Como en la fábula mágica, ofreció convertir en oro todo lo que él tocase. Lo escuché con fascinación, pues sus palabras me hicieron pensar en un Chiapas pujante, moderno y en avances a corto plazo, como el de la construcción de un moderno teatro para restituirle a la capital su antiguo coliseo. Para los lectores que no están vinculados con Chiapas, debo consignar aquí que don Juan –para fortuna de los chiapanecos- cumplió sobradamente todos sus propósitos, y a pesar del dispendio de aquellos días, las obras en beneficio de la colectividad se multiplicaron en toda la geografía de la entidad. Fue un gobernador ciertamente folclórico, pues así por ejemplo en un palenque de gallos bajó al redondel y le dio a la artista en turno un beso en la boca, de permanencia voluntaria. El graderío trepidaba de alegría y los señores gritaban: ¡Ese sí es gallo! En otra ocasión para defender a su amigo Germán Jiménez Gómez y de paso a él mismo, desde el balcón central del Palacio de Gobierno y ante una multitud de unas doce mil personas, a los detractores de ambos los mandó “a chingar a su madre”, así con esas palabras sacramentales y explicadas en todo su fuerte significado semántico por Octavio Paz en su célebre obra “El laberinto de la soledad”. La noticia la cabeceó a ocho columnas la prensa nacional y dio lugar a la publicación de editoriales en los principales rotativos de la capital del país. El escándalo fue mayúsculo y por espacio de una semana no se habló en el país de otra cosa. El festejo del día de San Juan en el Parque Madero fue de apoteosis, pues llegaban los carros cargados de cervezas en bote y las regalaban como repartir confeti. Tambos de 200 litros estaban llenos de barbacoa caliente y la gente se arremolinaba para sacar de ellos cinco y hasta diez porciones por cabeza. En el tumulto volcaron uno de esos tambos y el agua hirviente le causó quemaduras de tercer grado a varias personas, atendidas posteriormente por los socorristas de la Cruz Roja. En la madrugada de ese día se encontraban varias personas colocando pasacalles en las avenidas de Tuxtla y por descuido del conductor de un camión fue arrollado Arnoldo Ruiz Armento, líder de los burócratas, resultando muerto.


Pero volvamos a mi primer encuentro con Juan Sabines. Los desposados y el resto de sus invitados no interrumpieron el para mí curioso e inusitado coloquio. Curioso porque don Juan y yo hablábamos entre nosotros por primera vez, e inusitado por ser una fiesta matrimonial la que el titular del Ejecutivo aprovechaba en su máxima expresión, para realizar una reunión de trabajo con el director de un diario. Como no llevé libreta de apuntes hice esfuerzos sobre humanos a manera de memorizar toda una serie de datos, no obstante los efluvios del ron Bacardí. En lo personal, me pareció Sabines de una lucidez absoluta no obstante sus atrevidos proyectos. Es decir, el hombre estaba investido de seguridad y convicción en sí mismo. No era un personaje de letras como su hermano Jaime ni contaba con las habilidades innatas para las frases afortunadas de su hermano Jorge, pero era un intuitivo de la política y sabía cómo y en qué condiciones le daba el destino su momento estelar, pues el tiempo se le echaría encima, y así, del sexenio de Jorge de la Vega Domínguez le restaban nada más tres años; y la constitución es muy clara al respecto, pues una vez desempeñado el cargo no se puede ser gobernador nuevamente bajo ninguna denominación. O aprovechaba esos 36 meses o se despedía para siempre de la oportunidad de pasar a la historia.
Aproximadamente a unos quince días de haber iniciado su gobierno dio una cena en la Casa de Gobierno don Juan Sabines con motivo de las fiestas decembrinas. Mi padre estaba invitado pero como no pudo asistir, me habló por teléfono desde la ciudad de México para hacerme el siguiente pedimento: -“Cuando estés cerca del gobernador le sueltas mi recado de la siguiente manera: Mi padre, el licenciado Julio Serrano Castro, le manda a decir que siente mucho lo hubiesen nombrado a usted gobernador de Chiapas; aquí haces un alto y antes de que él reaccione, completas... por un período de tres años, pues dada su calidad a usted le correspondían seis”. Cumplí religiosamente el encargo. Al escuchar don Juan el original saludo, me dio tres abrazos con sendas levantadas del suelo y respondió al mensaje de su amigo: -“Dile a tu padre que es un chingonazo”.

En uno de sus múltiples viajes a Tuxtla, mi padre me pidió lo acompañase a la casa de Domingo Muguira Revuelta ubicada en el fraccionamiento Los Laureles, en donde en un tiempo vivió el gobernador Efraín Aranda Osorio, para cobrarle unos honorarios que le debía el referido hombre de empresa. Mi papá conocía el grado de amistad que siempre me ha unido a la familia Muguira, pues así por ejemplo, María Luisa –mejor conocida como La Güicha- es íntima amiga de mi esposa; yo tengo con su marido –Demetrio Arandia Giandrop- una sólida amistad que data de 1951 cuando él llegó a Tuxtla a comercializar maíz, y además, ya teníamos fuertes ligas de afecto con otros miembros de dicha familia originaria de España, como Cristina, Cocó, Nicasio (q.e.p.d.), Felicia, Amelia y Manolo; independientemente a los lazos de afecto que me unieron a los padres de ellos, don Manuel Muguira y doña Felicia Revuelta. Por aquellos días Domingo Muguira pasó por una enojosa e incómoda experiencia cuando se disponía a construir un gran hotel en el centro de Tuxtla, pues por acatar las reglas del juego impuestas por Fausto Cantú Peña representante del gobierno en la comercialización y exportación de café, en un cuantioso fraude en contra de las arcas hacendarias de la Federación, le gustó Domingo a las autoridades para chivo expiatorio y fue privado de su libertad, junto con el aludido funcionario público y otros cinco exportadores del aromático grano, acusado de evasión fiscal. Por aquel entonces era Procurador General de la República un ex compañero de aulas universitarias y del Senado de la República de mi progenitor y también amigo de toda la vida, el licenciado Oscar Flores Sánchez. La gente le decía Oscar el bueno para no confundirlo con el desacreditado Oscar Flores Tapia, acusado de peculado y de otras lindezas. Mi papá fue contactado por Domingo y así, mientras otros abogados hacían inútiles intentos por sacar de la cárcel a Muguira, mi padre llevó la parte más importante de la defensa del conocido hombre de negocios, pues aprovechando su influencia amistosa con el Procurador y obligando además a los contadores fiscales a realizar operaciones a manera de disminuir el monto de lo defraudado, logró fijasen dicha cantidad en 95 millones de pesos, aproximadamente. Tengo como testigos de calidad de todas las vueltas y de las gestiones realizadas por mi padre, nada menos que al marido de la Güicha Muguira, Demetrio Arandia Giandrop, además de don Héctor Nájera, a quienes les consta que don Julio Serrano Castro movió cielo, mar y tierra para que al adeudo fiscal original de 95 millones de pesos, se le hiciese una quita del 50 por ciento. Si le había salvado 42.5 millones de pesos era justo cobrara poco más de 10 millones para estar en un razonable 25 por ciento, pero aun faltaba sacarlo de la cárcel.
Oscar Flores Sánchez le decía a mi padre:
-“Cóbrale por anticipado a tu defendido cuando menos la mitad de tus honorarios, pues corres el riesgo de que ya resuelto el asunto no te quiera pagar”. Mi papá alegaba a su favor la imposibilidad de aplicar su consejo, pues como ignoraba cuánto trabajo iba a desplegar en su defensa y en sus trámites, quedó con Domingo Muguira de hablar de honorarios al final. Sería sumamente tedioso relatar aquí todas las peripecias y ansiedades sufridas por mi padre para sacar con éxito las negociaciones, pero básteme decir que el día que el juez de la causa iba a autorizar por escrito la excarcelación de Domingo, a dicho funcionario judicial le dio un infarto al miocardio ante su personal de trabajo y sentado atrás de su escritorio. Mi padre, tomó la pluma fuente y se la puso en la mano al juez y como éste no se diera por enterado, pues en su silla se revolvía de dolor mientras todos permanecían en ascuas ante esa situación, le colocó el papel debajo de la mano y le insertó la pluma entre los dedos, diciéndole: -“Señor, un hombre que ya pagó su deuda a la sociedad está en las manos de usted, firme el auto de libertad y corra a que lo atienda un médico”. La escena parecía de película de episodios, pues el juez tomaba un poco de aire y al pretender mover la pluma se desvanecía y balbuceaba una que otra incoherencia. Mi padre comprendía que la vida del funcionario jurisdiccional era sumamente importante para todos pero especialmente para Domingo, y así, le insistió en varias ocasiones hasta que el juez logró estampar su firma entre los dolores de la angina de pecho y una copiosa sudoración, propia de los infartados.

Cuando Domingo salió de la cárcel, en la casa de su hermana Gloria de la Colonia Linda Vista, se organizó un jolgorio en el cual las dos figuras más importantes eran Domingo y don Julio Serrano Castro, o sea, el excarcelado y su abogado. En un florero con forma de enorme vaso a Domingo le prepararon la bebida compuesta más grande del mundo, codiciada por él en sus largas noches de soledad. Era un litro de whisky con dos charolas de hielo y ocho aguas gaseosas. Mi padre bailó con Felicia Muguira tango y Domingo lo besaba con frecuencia en la frente diciendo a todos con la música de “16 toneladas”: -“Mi alma entera se la debo al patrón”, y acto seguido señalaba a mi padre y luego lo besaba en la frente, como si fuese la de un santo.

Voy a volver al momento en que mi padre me pidió lo acompañe a la casa de Domingo a cobrar sus honorarios. Ahí nos invitó el propietario unos tragos y nos llevó a su despacho en donde nos enseñó un diploma colgado en la pared con un reconocimiento que treinta amigos le hicieron antes de su problema judicial, para decirnos con lacerante tristeza: -“De esos treinta sólo tres me fueron a visitar a la cárcel”. Mi padre, al escuchar aquello, deslizó una fugaz mirada hacia mí, como diciendo, “ya comprendió lo valioso de mi acción”, pero cuando le trató el asunto de sus honorarios y mi padre los fijó en cinco millones de pesos, que representaban apenas el once por ciento del valor económico salvado (además de la libertad que vale oro), Domingo se negó a pagarle aduciendo a su favor que “Paco Ramos Bejarano le había dicho que su excarcelación la había decidido su buena suerte y no las acciones de don Julio”. Mi padre le contestó: -“Efectivamente, que fue su buena suerte un factor primordial, pues contó con la buena suerte de mi ayuda”. Domingo, se me quedó viendo y con una sonrisa de triunfo propuso: -“Si convences a tu padre me cobre nada más un millón a ti te entregaré a manera de comisión una cantidad igual”. Noté su desaliento cuando me negué a intervenir en los términos por él propuestos, por ser respetuoso de la fijación de honorarios por parte de mi padre, que correspondían a un porcentaje bastante inferior al acostumbrado para tales casos. Mi padre invitó a Domingo a meditar con su almohada todas las circunstancias y juntos nos retiramos. Como corolario cabe señalar que Muguira nunca pagó su deuda y mi padre se fue a la tumba, sin causarle menoscabo físico, moral o material alguno a su deudor, pero con una opinión muy severa respecto a su insensata e inmoral conducta. Cuando pasado el tiempo Domingo me encontraba en alguna reunión, me decía: -“Todavía te guardo tu herencia ¿cuándo pasas a cobrarla?” Así pretendía hacerme saber que no había olvidado su deuda. La estimación que guardo por sus hermanos y el buen recuerdo que tengo de don Manuel y de doña Felicia, me impide explayar mis pensamientos alrededor de tan banal y perdularia excusa de Domingo.



Mis primos hermanos Serrano Figueroa, encabezados por Federico Emilio, organizaron en coordinación con el periodista Enrique Vidal, las reseñas cinematográficas en el cine Alameda. El momento era el más apropiado para ese tipo de festivales, pues el gobierno sabinista desplegaba alegría, efusividad y derroche de dinero. Aprovechando la cultura cinematográfica adquirida en mi infancia en la antigua y antes mencionada sala de espectáculos, publiqué una serie de artículos periodísticos para recordarle al público tuxtleco los años dorados de la cinematografía nacional, para ir calentando el ambiente de la reseña ya próxima. En mis añoranzas hablaba no sólo de series ya históricas como la de “Los tres García” y su secuela “Vuelven los García”, sino además me extasiaba en rememorar a artistas consagrados como Joaquín Pardavé, Sara García, Fernando Soler, Pedro Infante, Blanca Estela Pavón, Pedro Armendátiz, María Felix, Dolores del Río y otros, proporcionando datos importantes alrededor de la vida de ellos. Era mención obligada la de películas como “Una familia de tantas”, “Ay que tiempos señor don Simón” y “Azahares para tu boda”, con fotos aprovechadas posteriormente por García Riera en su Historia Documental del Cine Mexicano. Los escritos periodísticos, de esa manera, iban acompañados de muy buen material gráfico, de anécdotas y sobre todo, hablaba de las películas a estrenarse en la reseña cinematográfica, preparando así anímicamente al público para lo que fue a la postre un sonado éxito, adminiculado con la presencia de doña Margarita López Portillo, hermana del presidente de México y directora de Radio, Televisión y Cinematografía. En la noche de la clausura de dicha reseña los organizadores, por conducto del gobernador Juan Sabines Gutiérrez y la actriz Aurora Clavel, me hicieron entrega del trofeo Reseña Cinematográfica. En la casa de mi prima María de Lourdes Serrano de Ibarra, se sirvió una cena de gala con la asistencia del gobernador, de doña Margarita, de Ignacio López Tarso, de Rosa Gloria Chagoyán, que no era aún la notabilidad que llegó a ser, y otras personalidades. En esa ocasión compartí la conversación con el gobernador Sabines y el actor Ignacio López Tarso, pareciéndome éste un hombre de actitudes discretas y de una marcada sobriedad en el comer y en el beber.


Unos meses después el gobernador hacia todo lo posible por lograr la dimisión del presidente municipal de Tuxtla, Ariosto Oliva Ruiz, pero éste no se daba por enterado. Para ir a una comida a la casa de mis amigos José Luis Romero y su respetable esposa Margarita de la Fuente, un día domingo dejé encargado del periódico al subdirector, José Villanueva Cabrera, solicitándole revisara a conciencia las notas de temas políticos. Al lunes siguiente aparece una columna en donde acusaban a la señora Yolanda Moscoso de Oliva, esposa del presidente municipal, de desviar fondos del DIF en su beneficio, señalando las fechas y los números de los cheques respectivos. Me llama por teléfono su marido y me pide una explicación. Solicito hablar con el columnista y éste se vuelve ojo de hormiga. Ariosto Oliva cita a una rueda de prensa y ahí aclara que los cheques suscritos por su esposa no eran para solventar asuntos personales sino para pagar los gastos de un homenaje que el DIF municipal le hizo a las madres tuxtlecas el día diez de mayo y exige que “La República en Chiapas” retire su temeraria acusación, pues de lo contrario denunciará por calumnia a quien resulte responsable. Cuando hago mis indagaciones me entero que el tal columnista no existe y que la persona que se hacía pasar como autor de los escritos, bajo un nombre falso, sólo era un hombre de paja. La Ley General de Imprenta señala que de los escritos publicados son responsables sus autores y en caso de que dichos escritos no consignen el nombre de los mismos, serán atribuidos al director de la publicación. Cuando alguien escribe bajo un seudónimo debe registrarlo en la dirección de la publicación en una plica cerrada, misma que se abrirá en caso de que le resulte alguna responsabilidad, para conocer su identidad y demás datos y deba así afrontar las denuncias o las demandas.

Como no existía persona a quien responsabilizar por las acusaciones de la columna publicada aquel día lunes, pues el columnista no existía y alguien subrepticiamente mandaba con un propio los textos, y además a este mandadero se lo “había tragado la Tierra”, sabedor del origen de las erogaciones realizadas por la esposa del presidente municipal para el festival del DIF y en tal virtud al tener plena seguridad de que las imputaciones eran de mala fe, a nombre del periódico formulé las rectificaciones pertinentes.

Al leer Esteban Figueroa mis aclaraciones, como se dice coloquialmente, amaneció injertado en pantera y me contactó por teléfono en la Junta Regional No. 20 de la Federal de Conciliación y Arbitraje, para pedirme fuera a hablar con él cuanto antes. En ese momento discutíamos los tres integrantes de la Junta un dictamen. Le expliqué a Esteban que por mandamiento de la Ley Federal del Trabajo, mientras no se termine la discusión de un dictamen, los integrantes de las juntas no pueden abandonar el recinto de las mismas, seguramente para evitar entren en arreglos con las partes, disculpándome por no poder asistir a su llamado, pero además, le dije: -“Cuando acepté el cargo de director del periódico nuestro compromiso fue se me respetase mi horario como Representante del Capital de dicha Junta”. Esteban colgó la bocina y me mandó a un auxiliar, el capitán Eustaquio Leiva, quien treinta minutos después trató de convencerme de la urgencia del llamado del presidente del Consejo General del órgano periodístico bajo mi mando. Voy a omitir el recado majadero que con su enviado me hizo llegar Esteban, no por haberlo olvidado, sino para no comprometer la amistad que me une con su esposa y sus hijos, cinco amables personas, amén de las nuevas buenas relaciones surgidas entre Esteban y yo por el simple paso del tiempo.

Cuando Esteban y yo hablamos frente a frente a las tres de la tarde, ya terminadas mis labores de representante del capital, me reclama por haber aclarado la calumnia del apócrifo columnista. Molesto por su recado majadero le pido se busque otro director y como de momento no tiene un substituto en mente se muestra agobiado; a manera de tranquilizarlo le digo: -“No me voy a ir como las criadas, tienes treinta días para buscar un nuevo director”.

A los 29 días de la enojosa situación, cuando Esteban supuso se me había olvidado su exaltado y procaz recado, llegó a visitarme a mi despacho del periódico don Francisco Nuñez “El Gitano”, a la sazón encargado de comunicación social del Gobierno del Estado, para decirme “de parte de don Carlos Sabines si tenía algo personal en contra de él”. Le pregunté ¿quién es Carlos Sabines? Ahí me enteré se trataba de un hijo del gobernador, coadyuvante directo del mismo en funciones muy importantes, víctima de comentarios corrosivos por parte de un columnista que escribía los domingos bajo el seudónimo de Perfecto Obeso en “La República en Chiapas”. Cómo dicho nombre ficticio –Perfecto Obeso- encubría a alguien, que a decir de mis informantes era el profesor Edgar Roblero de León, le pedí a Esteban y a manera de evitarme otra dificultad como la surgida cuando calumniaron a la señora Yolanda Moscoso de Oliva, esposa del presidente municipal de Tuxtla, registrase Roblero de León su seudónimo y se guardara la plica en el secreter del órgano periodístico bajo mi dirección. Esteban se negó a cumplir con ese requisito legal y le di 24 horas para meditar mi solicitud, advertido que de no satisfacerla haría efectiva mi salida en el plazo de treinta días, ya comentado, a cumplirse en las citadas 24 horas siguientes.

Como no quiso acceder a mi postura, que además estaba fundamentada en la Ley General de Imprenta, Esteban Figueroa debió buscar quien me iba a sustituir como director general del periódico. Cuando entró a las oficinas y talleres del periódico con Antelmo Esquinca “Luzán” para presentarlo con el personal, como nuevo director, ahí se enteró que yo además de ser el encargado principal del periódico era gacetillero, reportero, fotógrafo, corrector de pruebas, editorialista, cobrador y en mis ratos libres la hacía de chofer para resolver asuntos importantes en altas horas de la noche, como ir a buscar a las dos y tres de la mañana al ingeniero Juan Lehmann que nos reparaba los aparatos más sofisticados. Para mantener informados a los lectores respecto a la problemática nacional pagábamos las columnas “Plaza Pública” de Miguel Angel Granados Chapa, “Los Intocables” de José Luis Mejía y “Red Privada” de Manuel Buendía. Las notas locales aparecían firmadas por seudónimos míos, como H. Galeana, Camilo Quinto, Yull del Monte, L. S. Trinidad, J. de Madariaga y Maquiavelo, pues era yo el hombre orquesta por un modesto pago a honorarios, sin el aguinaldo de fin de año, sin derecho a gastos médicos, sin derecho a vacaciones, sin descansos dominicales o de séptimo día, sin seguro de vida y sin ninguna prestación que me obligase a servir para “sacar las castañas del fuego” como si mi mano fuese la del gato. Además, por cuestiones de dignidad me era imposible aceptar escribieran en el periódico personas con seudónimos no registrados, por parecerme ello cobarde e ilegal. Debo aclarar que yo venía usando los seudónimos antes descritos para evitar apareciera mi nombre en el periódico en repetidas ocasiones y no dar la falsa impresión de un absurdo protagonismo, pues nunca ataqué ni difamé ni calumnié. Inclusive, el seudónimo Yull del Monte, igual que en el pasado, lo uso para firmar cuentos y notas deportivas.

En una ocasión uno de los muchachos del taller me preguntó el origen de mis diversos seudónimos. Estos nacieron por razones muy simples: H. Galeana, por mi admiración hacia el héroe de la guerra de independencia, don Hermenegildo Galeana; J. de Madariaga, en recuerdo a mi bisabuelo don Salvador Madariaga y a mi abuela, doña María del mismo apellido; Maquiavelo, para justificar mi inclinación hacia la res publici y Yull del Monte, una simple composición de mi nombre y mi primer apellido. Un día debí hacerla de todo en el periódico, pues faltaron a trabajar tres o cuatro importantes colaboradores míos; entra a mi despacho uno de los capturistas y me dice: -“Urge escriba usted una nota para la página deportiva pues no se presentó hoy Manuel Morales Mandujano, y además una gacetilla para completar la primera plana”. Así lo hice y al momento de entregar mis borradores le digo al capturista: -“En este periódico ya me parezco a La Santísima Trinidad, pues debo estar simultáneamente en todas partes”. Al día siguiente las notas aparecieron firmadas por iniciativa del capturista, por un tal L. S. Trinidad. Estos seudónimos, a excepción del de Yull del Monte, no los volví a usar en otros periódicos.

Siempre me ha unido con José Ricardo Borges Espinosa una gran amistad, para continuar además la de su padre con mi abuelo Ignacio Castillejos, y también por simple afinidad. Al enterarse de mi salida de “La República en Chiapas” me sugirió suscribiese una explicación pública, pues el desconcierto fue general al no conocerse un motivo o razón de mi dimisión. Le contesté a Ricardo que me era imposible, pues ello implicaría enterar a los lectores de la falta de respeto en que incurrió el Presidente del Consejo de la casa editorial, en contra de mi persona. En la noche del mismo día me habló por vía telefónica mi antiguo amigo Luis Raquel Cal y Mayor Gutiérrez, presidente del Comité Directivo Estatal del PRI, preguntándome en qué pensaba emplear el tiempo libre, pues se enteró de mi renuncia como director del periódico. Al saber Raque mi determinación de no volver a “La República en Chiapas” y por ende la de contar con tiempo para otros menesteres, me invitó a nombre del gobernador Juan Sabines y en el propio a participar con él, en la citada institución partidista. Al aparecer en la prensa local la noticia de mi nombramiento como secretario de acción electoral del PRI, en las columnas políticas se dieron vuelo especulando: “Ya apareció el peine, Serrano Castillejos renunció en La República para colocarse en el partido oficial”. Inclusive, no faltó quien dijera: “Esteban Figueroa ubica a uno de sus alfiles en el PRI”. Los que conocíamos la verdadera razón de mi renuncia nos divertíamos como enanos al leer las “sesudas” especulaciones de los columnistas de la fuente política.

En el citado órgano de información se quedó como colaborador mi hermano Sergio Manuel, nombrado gerente al mes de haberme iniciado en la dirección. Fue quien me platicó que una mañana el nuevo director, Antelmo Esquinca, pidió le presentaran a los reporteros H. Galeana, L. S. Trinidad, J. de Madariaga y a los columnistas Yull del Monte y Maquiavelo, para darles algunas instrucciones respecto a las nuevas políticas editoriales. –“Pide usted un imposible, señor director - informó uno de los muchachos del taller- pues todas esas personas son una sola, o sea, el licenciado Julio Serrano Castillejos”. A los treinta días dimitió Antelmo, pues lo habían puesto a la cabeza de un periódico desmantelado, o sea, sin el personal profesional para hacer periodismo.

Los cargos partidistas en Chiapas por aquellos años estaban remunerados simbólicamente, no como ahora, en que una simple secretaría puede dar para vivir decorosamente. Mis percepciones eran exclusivamente para nivelar mi presupuesto. Un día me llamó a su despacho el nuevo delegado, mi ex compañero de la Escuela Nacional Preparatoria, el guerrerense Píndaro Urióstegui Miranda, para pedirme le dedicara tiempo completo al Partido, como él lo hacía. Le hice notar que entre sus percepciones y las mías existía una diferencia abismal, pues además a él lo alojaban en el hotel Bonampak y le cubrían sus gastos de alimentos y de transportación, mientras que yo me mantenía con mis sueldos de todo a todo. A Píndaro se le proporcionó una camioneta nueva con chofer; a mí ni siquiera un velocípedo. Para ilustrar al lector alrededor de las impositivas exigencias del guerrerense, me place comentar que en una ocasión en Tapachula, pretendió que Manuel Sobrino Anza –también funcionario del PRI- le llevase al hotel a dos “chamaconas”, pagándoles sus eróticos servicios con dinero del Partido, una para él y otra para su secretario particular. Manuel lo puso en su lugar: -“Me toma por alcahuete, pero no lo soy de usted ni de nadie, y mucho menos, con dinero del organismo político”. Evidentemente, no sabía Píndaro con quienes trataba, pues al terminar su encargo como Delegado, entró al privado de Luis Raquel para solicitarle a manera de “liquidación” el endoso de la factura de la camioneta puesta a su servicio. Cal y Mayor le negó dicho endoso aduciendo que el vehículo era propiedad del Partido. La exigencia de Urióstegui Miranda se basaba en prácticas viciadas y de permanente aplicación en otras zonas del país, para nosotros inadmisibles.

Cuando iba a rendir su primer informe de gobierno don Juan invitó al presidente José López Portillo. Estaba yo a cargo en el Partido de la Secretaría de Divulgación Ideológica, entonces con la anuencia de Raque Cal y Mayor mandé a colocar pasa calles en la Avenida Central con frases de ambos personajes; una de don Pepe y otra de don Juan, pero a manera de lograr la imbricación de pensamientos, a todo lo largo del recorrido que iban a realizar del Palacio de Gobierno al cine Chiapas, declarado recinto oficial para dicho acto. A mi padre lo sentaron junto a Gil Salgado Palacios, uno de sus contrincantes del fallido intento democrático de 1948, con el que departió animadamente dichos momentos en el cine Chiapas. El mensaje político del gobernador fue de corte presidencialista por sus alcances retóricos y su contenido social y dejó en todos muy buen sabor de boca. El presidente se echó a la bolsa al pueblo con la frase: -“Los chiapanecos son mexicanos por su historia, por la sangre y por decisión propia”.

Los fines de semana viajábamos con Luis Raquel Cal y Mayor y otros funcionarios del PRI a distintos municipios, a veces en avión, en ocasiones en vehículos por carretera. Un día en el hotel Loma Real de Tapachula nos citó a desayunar el gobernador Juan Sabines para una junta de trabajo; casualmente me tocó junto a él y me preguntó qué me apetecía tomar, le dije “un jugo de naranja” y acercándoseme al oído me respondió con una pícara sonrisa: “-No te hagas pendejo, yo estoy hablando de trago”. Todos desayunamos con una copa de coñac. En un lugar de los Altos de Chiapas conocido como La Ventana, Luis Raquel Cal y Mayor pronunció un emotivo discurso en un mitin de zinacantecos y chamulas en una concentración impresionante en una bella mañana de sol incandescente y aire fresco. En el equipo de trabajo estaban Manuel Sobrino Anza, Francisco Salguero, César Pineda del Valle, Rafael Morales Ochoa, Eloy Morales, Aurea Suárez de Cortasár, Clara Luz Chanona, Carlos Cadena Grajales, Celso Peña y otros. El presidente del PRI organizó un concurso estatal de oratoria y me nombró como parte del jurado calificador junto a Arturo Morales Urioste y Raúl Serrano Aranda, significando ello un arduo e interesante trabajo, pues escuchábamos discursos cuatro horas por la mañana y otras cuatro en la tarde y la noche, a lo largo de tres días. Cuando el secretario de capacitación política, profesor Eloy Morales, organizaba cursos, me solicitaba dictase yo algunas conferencias y gustosamente le echaba la mano, para dar a conocer a los asistentes la participación en la Revolución Mexicana de figuras como Francisco I. Madero, Venustiano Carranza, Francisco Villa, Emiliano Zapata, Alvaro Obregón y Lázaro Cárdenas. En cierta ocasión fuimos una mañana a Bochil para acompañar al gobernador Sabines a inaugurar unas obras, incluida la de un jardín de niños y un auditorio, y como hipotéticamente íbamos a regresar después de la comida le dije a mi esposa me esperara entre cinco y seis de la tarde. Pero al gobernador le tenían preparado un baile y nos pidió nos quedásemos a acompañarlo. No eran tiempos de teléfonos celulares y a todos los señores se nos hizo fácil permanecer en Bochil y disfrutar del bailongo sin avisarle a las esposas. Cuando llegamos a mi casa, ya en Tuxtla a las tres de la mañana, mi señora se encontraba despierta, tronándose los dedos y fumando un cigarrillo tras otro pensando en un probable accidente. Escuchó el motor de la camioneta que nos conducía y en donde estábamos armando tremendo alboroto, pues José Adín Castillejos nos venía cantando un himno compuesto por él en homenaje al gobernador. Abrió la puerta de la cochera y se quedó con el candado en la mano viendo al grupo de entonados amigos; pero entonados no por el tono de la canción sino por los tragos ingeridos en el sarao bochilense. No se puedo contener mi esposa y azotó el candado en el suelo de coraje por la escena de irresponsables trasnochadores. Luis Raquel Cal y Mayor aprovechó la circunstancia de que en ese entonces vivíamos enfrente del seminario, donde tenía su domicilio el señor Obispo de Tuxtla, y a partir de esa anécdota, invento para sacarle filo al asunto que Chabe descontó de fuerte golpe de candado en la cabeza a monseñor Trinidad Sepúlveda. También acompañé a Cal y Mayor a Yajalón, a la inauguración de una calle de concreto hidráulico para dotar de acceso a la clínica dirigida por el joven galeno Dorian Manzur, ubicada en la parte alta de la población y en donde este profesionista de la medicina hacia una importante labor social, aprovechando para ello un moderno quirófano con instrumental quirúrgico de primera, conseguido por él en el gobierno del doctor Manuel Velasco Suárez.

Cuando se inauguraron las instalaciones de la Feria Chiapas en los terrenos de La Chacona, en donde se contaba con plaza de toros que inexplicablemente desapareció ya terminado el gobierno de Sabines, además lienzo charro, picadero para las exhibiciones de ganado, juegos mecánicos, palenque para peleas de gallos, oficinas, restorán, palapa de usos múltiples, salón de baile y zona de “stands” para la venta de diversos productos, los tuxtlecos nos sentimos incorporados a la vida civilizada. Ya no se diga con el nuevo parque central y sus tres modernos palacios, el del gobierno del Estado, el de la Federación (del sexenio anterior) y el del Honorable Ayuntamiento, aunque ello implicó perder edificios con sabor histórico y la pátina del tiempo. La tenacidad del gobernador Sabines le permitió a sus coetáneos probar a un gobierno de innumerables realizaciones, pues una a una fue materializando sus promesas y sin dejar nada para mañana.
El talón de Aquiles de dicho gobierno –como ya lo dije- fue el dispendio, pero sin pretender justificarlo ni nada que se le parezca, en gobiernos anteriores y posteriores también, hubo derroches pero sin obra pública. Nadie supo “en donde quedó la bolita”, como en las ferias de pueblo.

Mi amigo Fedro Guillén Castañón había aspirado infructuosamente al Premio Chiapas por habérsele escapado la posibilidad de obtenerlo en diversas ocasiones, pero su también amigo Enoch Cancino Casahonda estaba en posición ideal para trabajarle la citada presea, aprovechando su cargo de Secretario de Gobierno, y fue así como al conocer las ligas de afecto entre Fedro y quien esto escribe, me contactó, para pedirme fuese yo el que propusiera al escritor originario de la Trinitaria, de manera formal y cubriendo los requisitos de la respectiva convocatoria. No debí desplegar un esfuerzo mayor en dicha empresa, pues se daban los factores ideales para lograrla. Primero, el personaje tenía los méritos suficientes; segundo, no había al frente candidatos de mayor empuje y tercero, la propuesta la formulé en mi calidad de periodista, es decir, casi representando a la opinión pública de Chiapas si en verdad los escritores de los órganos informativos somos la voz del hombre de la calle. Fedro obtuvo tan honrosa distinción en el ramo de las artes y en el de las ciencias el doctor Clemente Robles, emparentado con nosotros dada la circunstancia de que descendemos de un mismo tronco, la familia de don Ángel Albino Corzo Castillejos.

Ya para terminar su gobierno Juan Sabines discurrió realizar un enroque. Al secretario de gobierno, Enoch Cancino Casahonda, pasarlo al PRI como presidente, y al presidente del PRI, Luis Raquel Cal y Mayor Gutiérrez, hacerlo Secretario de Gobierno. Por cierto, en esos días venía desempeñándome en la secretaría de divulgación ideológica en el aludido instituto político. Pero alguien o algunos influyeron en el estado de ánimo del gobernador, pues al enviar al doctor Cancino Casahonda (Noquis) al PRI, instaló a Ernesto González Castillo como secretario de gobierno y a Luis Raquel Cal y Mayor le ofreció la Secretaría de Turismo, pero él la rechazó, al considerar que “no podía formar parte del club de los cangrejos”, por estar divorciado de sus principios el método de caminar para atrás.
Todos los que éramos colaboradores de Luis Raquel en el PRI, por cuestión de método le presentamos nuestras renuncias al nuevo presidente, pero Noquis las rechazó, solicitándonos permanecer en nuestros puestos.

Cuando estaba cerca la visita de Miguel de la Madrid Hurtado a Chiapas, ya como candidato del PRI a la presidencia de la República, el gobernador Sabines nos dio cita en el palacio de gobierno a los miembros del comité estatal de dicho organismo. Uno a uno nos fue dictando instrucciones. Cuando llegó mi turno, me dijo: -“Sólo en Tuxtla quiero cien bardas rotuladas con lemas del candidato y con frases de sus mejores discursos, tú ves cómo le haces, pues si las cosas salen bien, el candidato no va a decir qué capaz es Julio Serrano, pero si llegaran a salir mal, va a decir que pendejo es Juan Sabines”. Sus indicaciones fueron similares para las restantes ciudades en donde iba a estar De la Madrid Hurtado. Al tesorero del PRI, don Cutberto Aguilar, le dio órdenes Enoch Cancino Casahonda, como presidente, de que me proporcionase los recursos necesarios. Para cumplir la orden del gobernador no bastaba con revisar discursos y extraer de los mismos las frases de más contenido político, social, económico y filosófico; el quid de la cuestión estaba en conseguir la autorización de los propietarios de las bardas para rotularlas sin quebrantar las disposiciones de las normas electorales. Rotulamos en la capital 160 bardas, o sea, un sesenta por ciento más de lo exigido por el gobernador, y en las plazas restantes los números fueron del mismo orden. En su visita a Tuxtla el candidato Miguel de la Madrid debía asistir a una sesión de la asamblea estatal del PRI en el edificio que dicho instituto político tiene en el parque de Santo Domingo y de ahí a un acto a las instalaciones del Museo de Antropología del Parque Madero, y de tal manera, recibí la orden de mandar a pintar las fachadas de las casas y de los comercios a lo largo de ese trayecto con el emblema del citado partido y con frases obtenidas de los discursos del mencionado personaje. Para obtener los permisos de los propietarios de las casas, se me autorizó a ofrecerles mandar a quitar dichos emblemas y las frases en cuestión al terminar la visita del candidato, dejándoles sus fachadas con pintura nueva en su totalidad. Como así se hizo, recordé haber leído un editorial en donde se hablaba de las Aldeas Gulag, que en la época de los zares se acostumbraban en Rusia como un método para hacerle sentir al monarca que en los pueblos más modestos las cosas de la administración pública marchaban a pedir de boca, pues se montaba una especie de escenografía por donde iba a pasar tan alta dignidad, el que naturalmente quedaba extasiado ante la belleza de las aldeas y de ahí deducía que todo era felicidad entre sus súbditos, gracias a su buen gobierno.
Cinco días antes del arribo a Tuxtla del candidato De la Madrid Hurtado en las avanzadas venía mi amigo el contador público Alejandro Posadas, quien por cierto invitó a mi primo el ingeniero Fernando Jiménez Serrano a sumarse al grupo proselitista a favor de don Miguel. Alojé a mi pariente en mi casa y en cosa de cinco minutos lo veo y lo oigo estornudar unas cien veces, con los ojos del color del jitomate y la nariz más roja que la del payaso Bozo. Me lo llevé al consultorio del doctor José Cruz Zambrano, de fama por sus acertadas intervenciones como otorrinolaringólogo, pero ahí nos dicen que se encuentra en la Cruz Roja, de la que era director. Ya en las instalaciones de la benemérita institución atendió al “Chato” Jiménez (así se le conoce también) y como por arte de magia lo curó mi inolvidable amigo Pepe Cruz de una alergia de varios meses que en la ciudad de México le había costado acudir a tres o cuatro especialistas, además de cuantiosos gastos en consultas y medicinas. Contra todos los pronósticos, la medicina de provincia derrotó a la de la capital de la República

En la política se viven situaciones verdaderamente paradójicas y por eso no hay que ver pequeño a nadie y mucho menos ir por el camino dejando enemigos. “Como te ves me vi y como me veo te verás”, viene a ser una sentencia de fatal cumplimiento, pues la vida da innumerables vueltas y nunca sabe uno qué sorpresas nos depara. Esto viene a cuento por que una tarde, seis años atrás, llegó corriendo a mi casa Fernando Pariente Minero y me dijo: “-Oscar Castañón pide tu presencia en la casa de mi tío Toño Pariente Algarín, pues están echando unas copas con Raúl Serrano Aranda y les está hablando muy bien de ti a los dos, a manera de que te ayuden”. Toño Pariente como Raúl Serrano ocupaban por ese entonces muy buenas posiciones políticas, pero nunca se dio la coyuntura para auxiliarme y de esa manera quedó pendiente el empujón tan generosamente solicitado por Oscar Castañón. Pasan los años y cuando está en Tuxtla mi amigo Alejandro Posadas, en la ya referida campaña de Miguel de la Madrid Hurtado, me hace saber que es el presidente del Instituto de Contadores Públicos al Servicio del Estado (INCOPSE) y que necesita le recomiende yo a una persona que cubra el perfil para representar al instituto en Chiapas. De primera intención pensé en mi amigo Amadeo Corzo Ruiz, pues es contador, pero como no tenía cargo público opté por recomendar a Antonio Pariente Algarín, al que cité en San Cristóbal para presentarlo con Alejandro Posadas y le manifestase su aceptación para desempeñar el cargo. Toño llegó puntual a la cita y ni tardo ni perezoso aceptó la invitación de Alejandro Posadas, hecha a sugerencia mía. ¿En donde la paradoja? Muy simple entenderla, pues el que potencialmente estaba en posición de ayudarme fue quien recibió mi auxilio. El día que tomó posesión del cargo hizo Toño una fiesta en grande y olvidó invitarme, pero lejos de desalentar mi amistad ese involuntario descuido, preferí hacerme el desentendido, pues la vida –como ya lo dije- es una rueda de la fortuna y uno nunca sabe que nos depara a futuro. Inclusive, a Raúl Serrano Aranda, que era supuestamente otro de mis posibles adminículos, le preparé una lucida conferencia –con la ayuda de Ricardo Borges- para que la dictase como propia cuando era diputado y líder en el Congreso local, con el tema del Municipio Libre, dándose también respecto a él y a mi persona paradoja similar a la anterior, pues el llamado “Chile” Serrano nunca me tendió la mano a pesar del auxilio desinteresado que yo le presté.


Cuando se dio a conocer que el candidato del PRI al gobierno del estado era el general Absalón Castellanos Domínguez, a todos nos pareció de lo más natural, pues independientemente a sus prendas personales y a su antecedente como ex director del H. Colegio Militar, don Juan Sabines se había encargado de llevarlo a todo Chiapas y convertirlo así en una figura pública reconocida en los confines de la entidad, aprovechando para el caso que el citado comiteco era Comandante de la XXXI Zona Militar. De tal manera, Juan Sabines le rompió la secuela a José Patrocinio González Garrido para arribar al gobierno de Chiapas, pues al placear al general Castellanos Domínguez postergó por seis años el arribo del hijo de su antecesor, don Salomón González Blanco. Además, ya se vislumbraban problemas sociales en Chiapas, que posteriormente degeneraron en la introducción de la llamada Teología de la Liberación y en la creación del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, de donde los observadores concluyeron en la necesidad de instalar a un militar en el gobierno de nuestra provincia. No sé cómo quedé incluido en el grupo de personas que acompañaron al general Castellanos en la primera etapa de su gira, por cierto iniciada en San Quintín, un sitio de la selva escogido por el propio candidato. De ahí, nos fuimos a Palenque, pero se sentía que el PRI le estaba cavando un hondo vacío a don Absalón, o algo funcionaba mal, pues el mitin fue frío, desangelado y con escasa asistencia. El ambiente oficial parecía ser de confabulación en contra de los intereses del candidato del PRI y ello nos colocaba en desventaja a los que formando parte del Comité Directivo Estatal de dicho instituto político estábamos participando en la campaña de Castellanos Domínguez, de buena fe, como quien esto escribe, Manuel Sobrino Anza, Juanita Albarrán y otros. Al tercer día de campaña Noquis Cancino, presidente del comité estatal del PRI quien a la postre vendría a pagar los platos rotos por la manera como Juan Sabines se atravesó en la vida política de González Blanco y de su vástago José Patrocinio, me hizo saber que debía viajar a Tuxtla con carácter de urgente y de tal guisa informó al general Castellanos que yo me quedaría en su representación. Don Absalón se enteró, que por abajo del agua estaban boicoteando su gira política con el cuento de que “al general no le gustan las concentraciones masivas y por ello es preferible llevarle poca gente a sus mítines”. A partir de ese momento el candidato puso una barrera entre él y los representantes del PRI, dándole a su jefe de asesores Javier López Moreno carta blanca para manejar su periplo proselitista, con resultados ciertamente halagüeños pues el nativo de Tenejapa iba a superar las deficiencias que los cuadros del edificio de Santo Domingo acusaban, supuestamente con la intención de perjudicar los intereses del general, y de paso, los del Partido mismo.

Corría el año de 1982 y la oposición en materia electoral no tenía ninguna fuerza en Chiapas. A pesar de las corrientes en contra del arribo del general al poder, pues dentro de su propio partido existían otros aspirantes, para él su campaña fue prácticamente “miel sobre hojuelas”. El oficialismo era de una contundencia avasalladora, pues faltaban algunos lustros para que la inercia electoral en bien de las formas ya establecidas perdiera el empuje que solía agobiar a cualquier corriente en sentido opuesto. Además, contra lo esperado, el general resultó ser un hombre con mano más suave que la de algunos civiles, pero siempre en beneficio de la cordialidad y del bienestar general, pues sin contar con la formación política de otros gallos con muchos espolones gozaba en su beneficio del peso de una férrea disciplina militar y lealtad a las instituciones del país, además de una salud a prueba de todo y los mejores sesenta años sobre de los hombros entre los militares de su generación. Han pasado más de 20 años y a don Absalón se le ve aun fuerte, sano, rebosante de vitalidad física y mental.

Al mencionado militar lo traté con posterioridad a su gobierno muy de cerca y creo sentir verdadero afecto hacia su persona, pero en el capítulo siguiente, dedicado a mis experiencias dentro de su gestión administrativa, mencionaré asuntos con el enfoque del momento en que acontecieron. Es decir, pretenderé ser objetivo haciendo a un lado el afecto que después le cobré al general. Dicho más claramente, al retrotraerme en el tiempo procuraré relatar diversas situaciones con el estado de ánimo que en mí descollaba en aquellos días.






Julio Serrano Castillejos

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Publicado el: 14-09-2005
Última modificación: 01-03-2015


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El sabinismo a galope

EL SABINISMO A GALOPE

Julio Serrano Castillejos

En política y en periodismo existe una regla de oro consistente en nunca divulgar la fuente de información, y quien no la cumple, sencillamente deja de ser receptáculo de noticias de primera mano. Esto viene a colación por algunas aparentes especulaciones contenidas en este capitulado, pero especialmente, por que no diré cómo me enteré un 28 de noviembre de 1979 aproximadamente a las 15:00 horas que don Salomón González Blanco sorpresivamente solicitaría licencia al Congreso local para retirarse como gobernador de la entidad, y en su lugar sería nombrado al día siguiente Juan Sabines Gutiérrez, mientras hasta los colaboradores más cercanos del Jefe del Ejecutivo de Chiapas ignoraban esas dos circunstancias. De tal guisa, le hablé por teléfono a su casa a Federico Falconi Alegría, presidente del ahora denominado Supremo Tribunal de Justicia del estado, y lo hice partícipe de mi información, pero como me abstuve de señalar el origen de la misma, no me creyó y en contra de mi dicho arguyó que “a don Salomón lo estimaba mucho el presidente José López Portillo” y así las cosas mi informante estaba del todo equivocado. –“Termina de comer tranquilo mi querido Juliazo y a las cinco nos vemos en mi privado”- fueron las palabras de Fredy para hacerme notar que todo iba bien, y todavía agregó: -“Me extraña que una persona de tu calidad comulgue con semejantes muelas de molino”. Pero como yo tenía informes de primer nivel, le dije a Fredy: -“Habla por teléfono a la representación que el gobierno de Chiapas tiene en el Distrito Federal, para ver si ahí saben algo”.
A las cinco de la tarde al entrar al despacho de Fredy lo encuentro sentado atrás de su escritorio con la mirada perdida y la cabeza entre las manos. –“Juliazo, tu informante estaba en lo cierto, prepara las renuncias de todos los magistrados incluyendo la mía y de paso haces lo propio, en cuanto a tu cargo de Oficial Mayor”.

Al día siguiente por la mañana me fui a la oficina del todavía gobernador de Chiapas, don Salomón González Blanco, para manifestarle mi simpatía y despedirlo como Dios manda. En dicho lugar encontré las puertas abiertas de par en par y en la antesala totalmente sólo al secretario privado, Héctor Lira. En el despacho principal don Salomón hablaba con un sobrino de apellido Figueroa al que nombró Secretario de Turismo para exigirle no renunciase pues iba a pedirle a Juan Sabines su ratificación. También estaban Toñito López Rivera y Fredy Falconi. Conmigo éramos cuatro los amigos leales del ex secretario del Trabajo y Previsión Social ya a punto de convertirse en ex, como primer mandatario de Chiapas, mientras el aeropuerto de Terán era una verdadera romería en espera del arribo del carismático y ya virtual nuevo gobernador. Las aglomeraciones de días anteriores cambiaron de sitio, pues ahora la gente quería ver al nuevo dios y ya próximo dueño de la silla principal de Palacio, y al que iba de salida le dedicaron su olvido olímpicamente, prácticamente como si no lo conocieran. Cuando entró Juan Sabines al despacho del gobernador, ubicado entonces en el edificio del Palacio Federal, pues ya habían tirado los dos antiguos recintos, uno del gobierno de Chiapas y otro de la Federación, ya se encontraban en dicho lugar varias personas y entre ellos Sami David David, quien al verlo entrar le dijo: -“Señor, llega usted treinta minutos tarde”. Juan Sabines respondió con la presteza del que se sabe ya ubicado en el sitio principal de la política de Chiapas: -“No, llego treinta años tarde” - para aprovechar la cifra de los treinta, pues en 1949 estaba muy lejos de aspirar a ser gobernador. Cabe puntualizar que en sus memorias mi fino amigo, el arquitecto y poeta Artemio Gallegos atribuye la frase que dio lugar a la respuesta de don Juan a Oscar Alvarado Cook, pero tengo testigos de calidad para apuntalar mi aserto, como Julio Humberto Trujillo y otros, además del propio Sami David, quien lógicamente nunca olvidará la puntillosa respuesta.

Atando cabos, con la seguridad que da el análisis a través del paso del tiempo y conociendo como se guisan los platillos políticos en México, he llegado a una importante conclusión:
Don Salomón y el grupo de políticos que manejaban en aquellos días los destinos de Chiapas, consideraron la conveniencia de que el Varón de Playas de Catazajá solicitase una licencia, pero no con la idea de dejarle el paso franco a Juan Sabines Gutiérrez. En la especie se trataba de darle a un político de avanzada edad, que era don Salomón, la oportunidad de reintegrarse al Senado de la República, pero dejando en su lugar a alguien que garantizara el buen destino, no sólo de la entidad, sino también de los colaboradores que aglutinados alrededor de González Blanco representaban la fuerza política de don Jorge de la Vega Domínguez, pues inclusive el ex secretario del Trabajo tomó las riendas del poder con la anuencia del comiteco, según se afirmó en los corrillos políticos. Por otro lado, en los mentideros se habló de la “conveniencia” de dejarle el camino abierto a José Patrocinio González Garrido, para el siguiente sexenio, y obviamente, la presencia de don Salomón lo descalificaba para esa posibilidad. Dicho más claramente, no se vería bien que el padre entregara al hijo la estafeta de gobernador y entonces se implementó una jugada de dos bandas que por la intervención de Sabines, a la postre resultó de tres. Cuentan los que conocieron las entretelas del asunto, que don Juan al enterarse de la posible substitución de don Salomón por un incondicional del grupo que manejaba Chiapas consultó a sus más leales y les preguntó si esperaban una oportunidad para gobernar seis años o se tiraban al ruedo ante la posible salida de González Blanco. Todos optaron por el tradicional “vale más pájaro en mano que un ciento volando”. A manera de dar un dato directo y en concreto respecto a mi información, debo decir que en cierto momento el candidato para suceder a don Salomón, dentro del plan forjado por su grupo, lo fue Rafael P. Gamboa Cano, hombre con reconocida y amplia trayectoria de Partido y además compadre del licenciado González Blanco, quien era padrino de bautizo de Rafael Gamboa Castañón.
Pero los sabinistas al detectar el plan, como ya quedó explicado, y al llegar a oídos del jefe político de ellos lo que se fraguaba, incentivaron a don Juan para que acudiese a las Puertas del Palacio de Cobián a “denunciar” ante su íntimo amigo Enrique Olivares Santana, lo que se fraguaba en Chiapas, a manera de pedirle a dicho secretario de Gobernación, su oportuna intervención. Este sabe cantarle al oído al presidente López Portillo para aprovechar la coyuntura satisfaciendo además las expectativas de un grupo fuerte, representativo y que a la cabeza llevaba a un hombre vinculado con la entidad, de larga y brillante ejecutoria política y por ende relacionado con la problemática de Chiapas y sus gentes, y de tal manera un 29 de noviembre de 1979 en la sede del Poder Legislativo de la entidad rinde su protesta como gobernador el hijo predilecto de Tuxtla: Juan Sabines Gutiérrez. La algarabía en la capital fue grande, pues desde 1944 no se sentaba un tuxtleco en la silla gubernamental.

Cabe puntualizar que a don Juan le habían creado una especie de aureola de héroe popular, en una rara simbiosis en la cual la gente lo identificaba más con un personaje de algún corrido vernáculo, que con la figura de un gobernante, sin que tal afirmación lleve implícita la negación de sus valores muy personales dentro de las cuestiones públicas. Era, por decirlo así, una rara combinación de político y personaje de película mexicana: enamorado, dicharachero, audaz, bueno para el trago y de aspecto agradable. Decían sus más íntimos, que sus mejores discursos se los escribía su hermano Jorge, pero Juan era el encargado de sumar amigos y de incursionar en la política con jovialidad y carisma. El laureado poeta Jaime Sabines, ocuparía un lugar preponderante en el gobierno de su hermano, llegando a ser una especie de “ministro sin cartera”. En una entrevista publicada en el diario Excélsior diría en tono socarrón: -“En Chiapas trabajo de hermano del gobernador”.

Después de presenciar la toma de protesta del nuevo gobernador me fui a la presidencia del Tribunal Superior de Justicia y esperé la llegada de quien todos sabían iba a ser el presidente del señalado órgano jurisdiccional, Angel Suárez Torres, quien saliendo del pleno en el cual fuese investido con su nuevo encargo habló conmigo y me pidió me quedase unos treinta días para entrenar al nuevo Oficial Mayor. Sin pensarlo dos veces le contesté: -“Cuando dentro de treinta días usted acepte mi renuncia, dirán las personas mal intencionadas que me aferré al puesto y usted me corrió. Mejor acepte mi renuncia desde hoy”. Así lo hizo y siempre conservé con el citado abogado muy buena amistad.
No obstante mi salida del Tribunal, entendí las circunstancias y mi caída del candelero la compensaba la buena ubicación de amigos míos en el grupo sabinista en donde militaban Luis Raquél Cal y Mayor Gutiérrez, Julio Humberto Trujillo (primo hermano de mi madre), Manuel Sobrino Anza, Enoch Cancino Casahonda, Luis Orantes Aramoni, los hermanos de doble apellido Camacho, José Martínez alias “El Diablo” y otros, pero en lugar de buscar una nueva posición me refugié en mis chambas de la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje y del periódico.


Esteban Figueroa Aramoni, presidente del Consejo de Administración de “La República en Chiapas”, aprovechó la coyuntura de mi salida del T. S. de J. y me pidió me encargara de la dirección general de dicho diario. A los pocos días recibió Esteban un nombramiento y se convirtió en colaborador de don Juan Sabines Gutiérrez. El compromiso con Esteban fue manejar el periódico a honorarios, o sea, sin dirección ni dependencia patronal y siempre y cuando se respetase mi horario de trabajo en la Junta Regional número 20 de la Federal de Conciliación y Arbitraje. Por aquellos días integraban el consejo general, además de Esteban, Federico Falconi Alegría, Domingo Muguira Revuelta, Eugenio Solórzano y una persona que por el momento no recuerdo.
Habían pasado unas pocas semanas del inicio del nuevo gobierno cuando nos invitaron a mi esposa y a mí, a su boda, Jaime Mantecón y Ana Krontal Gutiérrez. Para fungir como testigo me presenté temprano a la ceremonia. Cuando estaba estacionando mi vehículo mi esposa me dijo que el gobernador estaba llegando en una camioneta y que volteaba a verme insistentemente. Al bajarse de su carro don Juan venía acompañado de Jorge Mason Quevedo, quien hablaba conmigo todos los días en la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje con relación a sus asuntos, pues litigaba en ese tribunal en representación de la clase patronal. Se nos acercaron los dos y Jorge nos presentó a mi esposa y a mí con el gobernador. Después de la ceremonia matrimonial, don Juan abordó al grupo en donde estábamos mi esposa y yo, y dijo tener interés de tratarme ciertos asuntos. Mi esposa prudentemente se disculpó y se alejó con un par de amigas. El gobernador llamó a un mesero y preguntándome antes qué me apetecía beber, pidió para él una botella de coñac y para mí una de ron, aguas minerales, hielos, refresco de cola y dio órdenes de que no se nos interrumpiese. A manera de preámbulo me hizo saber que era amigo de mi padre dedicándole algunos bien meditados elogios. Por mi padre me enteré que don Juan había estado muy cerca de la gubernatura al acercarse la sucesión de don Samuel León Brindis, y de ello, hice una completa relación en capítulo anterior. A continuación me dijo el gobernador que debía platicar conmigo por ser de su conocimiento que era “director del periódico más leído de la entidad, y deseaba a través del mismo informar a la colectividad de sus proyectos”. Cuando don Juan me dijo que pensaba modificar substancialmente a Tuxtla y dotar a todos los municipios de obras suficientes de infraestructura, pensé había caído en el fácil recurso de los ofrecimientos, para convencer al pueblo de sus infinitas bondades y de paso poner a su servicio a “La República en Chiapas”, pero entró a la etapa de los datos concretos y así por ejemplo, aseguró tener apalabradas a las monjas de la Escuela de Niñas, para ubicarlas en otro lugar y aprovechar el solar dándole en breve plazo otra fisonomía al parque central. Habló de ampliar dos importantes avenidas de la capital, de crear instalaciones para las ferias agrícolas y ganaderas en la Chacona, de dotar a los niños tuxtlecos de un sitio recreativo con perspectivas muy superiores a todo lo existente en ese renglón; dijo que iba a pavimentar con concreto hidráulico a Tuxtla y en fin, tantas y más cosas, como para pensar que don Juan Sabines aplicaba el viejo adagio: “Ofrecer no empobrece, dar es lo que aniquila”. Como notó mi expresión de incredulidad me pidió “le concediese el beneficio de la duda” y fuese su vocero en las páginas del periódico bajo mi dirección, pues entre más se difundieran sus proyectos más comprometido estaría para cumplirlos. “Conmigo sabrán los tuxtlecos lo que es una catedral digna y no la iglesia de pueblo de la plaza pública”, dijo el flamante gobernador ante mi azoro, pues conforme pasaban las horas se iban multiplicando al infinito las promesas. Como en la fábula mágica, ofreció convertir en oro todo lo que él tocase. Lo escuché con fascinación, pues sus palabras me hicieron pensar en un Chiapas pujante, moderno y en avances a corto plazo, como el de la construcción de un moderno teatro para restituirle a la capital su antiguo coliseo. Para los lectores que no están vinculados con Chiapas, debo consignar aquí que don Juan –para fortuna de los chiapanecos- cumplió sobradamente todos sus propósitos, y a pesar del dispendio de aquellos días, las obras en beneficio de la colectividad se multiplicaron en toda la geografía de la entidad. Fue un gobernador ciertamente folclórico, pues así por ejemplo en un palenque de gallos bajó al redondel y le dio a la artista en turno un beso en la boca, de permanencia voluntaria. El graderío trepidaba de alegría y los señores gritaban: ¡Ese sí es gallo! En otra ocasión para defender a su amigo Germán Jiménez Gómez y de paso a él mismo, desde el balcón central del Palacio de Gobierno y ante una multitud de unas doce mil personas, a los detractores de ambos los mandó “a chingar a su madre”, así con esas palabras sacramentales y explicadas en todo su fuerte significado semántico por Octavio Paz en su célebre obra “El laberinto de la soledad”. La noticia la cabeceó a ocho columnas la prensa nacional y dio lugar a la publicación de editoriales en los principales rotativos de la capital del país. El escándalo fue mayúsculo y por espacio de una semana no se habló en el país de otra cosa. El festejo del día de San Juan en el Parque Madero fue de apoteosis, pues llegaban los carros cargados de cervezas en bote y las regalaban como repartir confeti. Tambos de 200 litros estaban llenos de barbacoa caliente y la gente se arremolinaba para sacar de ellos cinco y hasta diez porciones por cabeza. En el tumulto volcaron uno de esos tambos y el agua hirviente le causó quemaduras de tercer grado a varias personas, atendidas posteriormente por los socorristas de la Cruz Roja. En la madrugada de ese día se encontraban varias personas colocando pasacalles en las avenidas de Tuxtla y por descuido del conductor de un camión fue arrollado Arnoldo Ruiz Armento, líder de los burócratas, resultando muerto.


Pero volvamos a mi primer encuentro con Juan Sabines. Los desposados y el resto de sus invitados no interrumpieron el para mí curioso e inusitado coloquio. Curioso porque don Juan y yo hablábamos entre nosotros por primera vez, e inusitado por ser una fiesta matrimonial la que el titular del Ejecutivo aprovechaba en su máxima expresión, para realizar una reunión de trabajo con el director de un diario. Como no llevé libreta de apuntes hice esfuerzos sobre humanos a manera de memorizar toda una serie de datos, no obstante los efluvios del ron Bacardí. En lo personal, me pareció Sabines de una lucidez absoluta no obstante sus atrevidos proyectos. Es decir, el hombre estaba investido de seguridad y convicción en sí mismo. No era un personaje de letras como su hermano Jaime ni contaba con las habilidades innatas para las frases afortunadas de su hermano Jorge, pero era un intuitivo de la política y sabía cómo y en qué condiciones le daba el destino su momento estelar, pues el tiempo se le echaría encima, y así, del sexenio de Jorge de la Vega Domínguez le restaban nada más tres años; y la constitución es muy clara al respecto, pues una vez desempeñado el cargo no se puede ser gobernador nuevamente bajo ninguna denominación. O aprovechaba esos 36 meses o se despedía para siempre de la oportunidad de pasar a la historia.
Aproximadamente a unos quince días de haber iniciado su gobierno dio una cena en la Casa de Gobierno don Juan Sabines con motivo de las fiestas decembrinas. Mi padre estaba invitado pero como no pudo asistir, me habló por teléfono desde la ciudad de México para hacerme el siguiente pedimento: -“Cuando estés cerca del gobernador le sueltas mi recado de la siguiente manera: Mi padre, el licenciado Julio Serrano Castro, le manda a decir que siente mucho lo hubiesen nombrado a usted gobernador de Chiapas; aquí haces un alto y antes de que él reaccione, completas... por un período de tres años, pues dada su calidad a usted le correspondían seis”. Cumplí religiosamente el encargo. Al escuchar don Juan el original saludo, me dio tres abrazos con sendas levantadas del suelo y respondió al mensaje de su amigo: -“Dile a tu padre que es un chingonazo”.

En uno de sus múltiples viajes a Tuxtla, mi padre me pidió lo acompañase a la casa de Domingo Muguira Revuelta ubicada en el fraccionamiento Los Laureles, en donde en un tiempo vivió el gobernador Efraín Aranda Osorio, para cobrarle unos honorarios que le debía el referido hombre de empresa. Mi papá conocía el grado de amistad que siempre me ha unido a la familia Muguira, pues así por ejemplo, María Luisa –mejor conocida como La Güicha- es íntima amiga de mi esposa; yo tengo con su marido –Demetrio Arandia Giandrop- una sólida amistad que data de 1951 cuando él llegó a Tuxtla a comercializar maíz, y además, ya teníamos fuertes ligas de afecto con otros miembros de dicha familia originaria de España, como Cristina, Cocó, Nicasio (q.e.p.d.), Felicia, Amelia y Manolo; independientemente a los lazos de afecto que me unieron a los padres de ellos, don Manuel Muguira y doña Felicia Revuelta. Por aquellos días Domingo Muguira pasó por una enojosa e incómoda experiencia cuando se disponía a construir un gran hotel en el centro de Tuxtla, pues por acatar las reglas del juego impuestas por Fausto Cantú Peña representante del gobierno en la comercialización y exportación de café, en un cuantioso fraude en contra de las arcas hacendarias de la Federación, le gustó Domingo a las autoridades para chivo expiatorio y fue privado de su libertad, junto con el aludido funcionario público y otros cinco exportadores del aromático grano, acusado de evasión fiscal. Por aquel entonces era Procurador General de la República un ex compañero de aulas universitarias y del Senado de la República de mi progenitor y también amigo de toda la vida, el licenciado Oscar Flores Sánchez. La gente le decía Oscar el bueno para no confundirlo con el desacreditado Oscar Flores Tapia, acusado de peculado y de otras lindezas. Mi papá fue contactado por Domingo y así, mientras otros abogados hacían inútiles intentos por sacar de la cárcel a Muguira, mi padre llevó la parte más importante de la defensa del conocido hombre de negocios, pues aprovechando su influencia amistosa con el Procurador y obligando además a los contadores fiscales a realizar operaciones a manera de disminuir el monto de lo defraudado, logró fijasen dicha cantidad en 95 millones de pesos, aproximadamente. Tengo como testigos de calidad de todas las vueltas y de las gestiones realizadas por mi padre, nada menos que al marido de la Güicha Muguira, Demetrio Arandia Giandrop, además de don Héctor Nájera, a quienes les consta que don Julio Serrano Castro movió cielo, mar y tierra para que al adeudo fiscal original de 95 millones de pesos, se le hiciese una quita del 50 por ciento. Si le había salvado 42.5 millones de pesos era justo cobrara poco más de 10 millones para estar en un razonable 25 por ciento, pero aun faltaba sacarlo de la cárcel.
Oscar Flores Sánchez le decía a mi padre:
-“Cóbrale por anticipado a tu defendido cuando menos la mitad de tus honorarios, pues corres el riesgo de que ya resuelto el asunto no te quiera pagar”. Mi papá alegaba a su favor la imposibilidad de aplicar su consejo, pues como ignoraba cuánto trabajo iba a desplegar en su defensa y en sus trámites, quedó con Domingo Muguira de hablar de honorarios al final. Sería sumamente tedioso relatar aquí todas las peripecias y ansiedades sufridas por mi padre para sacar con éxito las negociaciones, pero básteme decir que el día que el juez de la causa iba a autorizar por escrito la excarcelación de Domingo, a dicho funcionario judicial le dio un infarto al miocardio ante su personal de trabajo y sentado atrás de su escritorio. Mi padre, tomó la pluma fuente y se la puso en la mano al juez y como éste no se diera por enterado, pues en su silla se revolvía de dolor mientras todos permanecían en ascuas ante esa situación, le colocó el papel debajo de la mano y le insertó la pluma entre los dedos, diciéndole: -“Señor, un hombre que ya pagó su deuda a la sociedad está en las manos de usted, firme el auto de libertad y corra a que lo atienda un médico”. La escena parecía de película de episodios, pues el juez tomaba un poco de aire y al pretender mover la pluma se desvanecía y balbuceaba una que otra incoherencia. Mi padre comprendía que la vida del funcionario jurisdiccional era sumamente importante para todos pero especialmente para Domingo, y así, le insistió en varias ocasiones hasta que el juez logró estampar su firma entre los dolores de la angina de pecho y una copiosa sudoración, propia de los infartados.

Cuando Domingo salió de la cárcel, en la casa de su hermana Gloria de la Colonia Linda Vista, se organizó un jolgorio en el cual las dos figuras más importantes eran Domingo y don Julio Serrano Castro, o sea, el excarcelado y su abogado. En un florero con forma de enorme vaso a Domingo le prepararon la bebida compuesta más grande del mundo, codiciada por él en sus largas noches de soledad. Era un litro de whisky con dos charolas de hielo y ocho aguas gaseosas. Mi padre bailó con Felicia Muguira tango y Domingo lo besaba con frecuencia en la frente diciendo a todos con la música de “16 toneladas”: -“Mi alma entera se la debo al patrón”, y acto seguido señalaba a mi padre y luego lo besaba en la frente, como si fuese la de un santo.

Voy a volver al momento en que mi padre me pidió lo acompañe a la casa de Domingo a cobrar sus honorarios. Ahí nos invitó el propietario unos tragos y nos llevó a su despacho en donde nos enseñó un diploma colgado en la pared con un reconocimiento que treinta amigos le hicieron antes de su problema judicial, para decirnos con lacerante tristeza: -“De esos treinta sólo tres me fueron a visitar a la cárcel”. Mi padre, al escuchar aquello, deslizó una fugaz mirada hacia mí, como diciendo, “ya comprendió lo valioso de mi acción”, pero cuando le trató el asunto de sus honorarios y mi padre los fijó en cinco millones de pesos, que representaban apenas el once por ciento del valor económico salvado (además de la libertad que vale oro), Domingo se negó a pagarle aduciendo a su favor que “Paco Ramos Bejarano le había dicho que su excarcelación la había decidido su buena suerte y no las acciones de don Julio”. Mi padre le contestó: -“Efectivamente, que fue su buena suerte un factor primordial, pues contó con la buena suerte de mi ayuda”. Domingo, se me quedó viendo y con una sonrisa de triunfo propuso: -“Si convences a tu padre me cobre nada más un millón a ti te entregaré a manera de comisión una cantidad igual”. Noté su desaliento cuando me negué a intervenir en los términos por él propuestos, por ser respetuoso de la fijación de honorarios por parte de mi padre, que correspondían a un porcentaje bastante inferior al acostumbrado para tales casos. Mi padre invitó a Domingo a meditar con su almohada todas las circunstancias y juntos nos retiramos. Como corolario cabe señalar que Muguira nunca pagó su deuda y mi padre se fue a la tumba, sin causarle menoscabo físico, moral o material alguno a su deudor, pero con una opinión muy severa respecto a su insensata e inmoral conducta. Cuando pasado el tiempo Domingo me encontraba en alguna reunión, me decía: -“Todavía te guardo tu herencia ¿cuándo pasas a cobrarla?” Así pretendía hacerme saber que no había olvidado su deuda. La estimación que guardo por sus hermanos y el buen recuerdo que tengo de don Manuel y de doña Felicia, me impide explayar mis pensamientos alrededor de tan banal y perdularia excusa de Domingo.



Mis primos hermanos Serrano Figueroa, encabezados por Federico Emilio, organizaron en coordinación con el periodista Enrique Vidal, las reseñas cinematográficas en el cine Alameda. El momento era el más apropiado para ese tipo de festivales, pues el gobierno sabinista desplegaba alegría, efusividad y derroche de dinero. Aprovechando la cultura cinematográfica adquirida en mi infancia en la antigua y antes mencionada sala de espectáculos, publiqué una serie de artículos periodísticos para recordarle al público tuxtleco los años dorados de la cinematografía nacional, para ir calentando el ambiente de la reseña ya próxima. En mis añoranzas hablaba no sólo de series ya históricas como la de “Los tres García” y su secuela “Vuelven los García”, sino además me extasiaba en rememorar a artistas consagrados como Joaquín Pardavé, Sara García, Fernando Soler, Pedro Infante, Blanca Estela Pavón, Pedro Armendátiz, María Felix, Dolores del Río y otros, proporcionando datos importantes alrededor de la vida de ellos. Era mención obligada la de películas como “Una familia de tantas”, “Ay que tiempos señor don Simón” y “Azahares para tu boda”, con fotos aprovechadas posteriormente por García Riera en su Historia Documental del Cine Mexicano. Los escritos periodísticos, de esa manera, iban acompañados de muy buen material gráfico, de anécdotas y sobre todo, hablaba de las películas a estrenarse en la reseña cinematográfica, preparando así anímicamente al público para lo que fue a la postre un sonado éxito, adminiculado con la presencia de doña Margarita López Portillo, hermana del presidente de México y directora de Radio, Televisión y Cinematografía. En la noche de la clausura de dicha reseña los organizadores, por conducto del gobernador Juan Sabines Gutiérrez y la actriz Aurora Clavel, me hicieron entrega del trofeo Reseña Cinematográfica. En la casa de mi prima María de Lourdes Serrano de Ibarra, se sirvió una cena de gala con la asistencia del gobernador, de doña Margarita, de Ignacio López Tarso, de Rosa Gloria Chagoyán, que no era aún la notabilidad que llegó a ser, y otras personalidades. En esa ocasión compartí la conversación con el gobernador Sabines y el actor Ignacio López Tarso, pareciéndome éste un hombre de actitudes discretas y de una marcada sobriedad en el comer y en el beber.


Unos meses después el gobernador hacia todo lo posible por lograr la dimisión del presidente municipal de Tuxtla, Ariosto Oliva Ruiz, pero éste no se daba por enterado. Para ir a una comida a la casa de mis amigos José Luis Romero y su respetable esposa Margarita de la Fuente, un día domingo dejé encargado del periódico al subdirector, José Villanueva Cabrera, solicitándole revisara a conciencia las notas de temas políticos. Al lunes siguiente aparece una columna en donde acusaban a la señora Yolanda Moscoso de Oliva, esposa del presidente municipal, de desviar fondos del DIF en su beneficio, señalando las fechas y los números de los cheques respectivos. Me llama por teléfono su marido y me pide una explicación. Solicito hablar con el columnista y éste se vuelve ojo de hormiga. Ariosto Oliva cita a una rueda de prensa y ahí aclara que los cheques suscritos por su esposa no eran para solventar asuntos personales sino para pagar los gastos de un homenaje que el DIF municipal le hizo a las madres tuxtlecas el día diez de mayo y exige que “La República en Chiapas” retire su temeraria acusación, pues de lo contrario denunciará por calumnia a quien resulte responsable. Cuando hago mis indagaciones me entero que el tal columnista no existe y que la persona que se hacía pasar como autor de los escritos, bajo un nombre falso, sólo era un hombre de paja. La Ley General de Imprenta señala que de los escritos publicados son responsables sus autores y en caso de que dichos escritos no consignen el nombre de los mismos, serán atribuidos al director de la publicación. Cuando alguien escribe bajo un seudónimo debe registrarlo en la dirección de la publicación en una plica cerrada, misma que se abrirá en caso de que le resulte alguna responsabilidad, para conocer su identidad y demás datos y deba así afrontar las denuncias o las demandas.

Como no existía persona a quien responsabilizar por las acusaciones de la columna publicada aquel día lunes, pues el columnista no existía y alguien subrepticiamente mandaba con un propio los textos, y además a este mandadero se lo “había tragado la Tierra”, sabedor del origen de las erogaciones realizadas por la esposa del presidente municipal para el festival del DIF y en tal virtud al tener plena seguridad de que las imputaciones eran de mala fe, a nombre del periódico formulé las rectificaciones pertinentes.

Al leer Esteban Figueroa mis aclaraciones, como se dice coloquialmente, amaneció injertado en pantera y me contactó por teléfono en la Junta Regional No. 20 de la Federal de Conciliación y Arbitraje, para pedirme fuera a hablar con él cuanto antes. En ese momento discutíamos los tres integrantes de la Junta un dictamen. Le expliqué a Esteban que por mandamiento de la Ley Federal del Trabajo, mientras no se termine la discusión de un dictamen, los integrantes de las juntas no pueden abandonar el recinto de las mismas, seguramente para evitar entren en arreglos con las partes, disculpándome por no poder asistir a su llamado, pero además, le dije: -“Cuando acepté el cargo de director del periódico nuestro compromiso fue se me respetase mi horario como Representante del Capital de dicha Junta”. Esteban colgó la bocina y me mandó a un auxiliar, el capitán Eustaquio Leiva, quien treinta minutos después trató de convencerme de la urgencia del llamado del presidente del Consejo General del órgano periodístico bajo mi mando. Voy a omitir el recado majadero que con su enviado me hizo llegar Esteban, no por haberlo olvidado, sino para no comprometer la amistad que me une con su esposa y sus hijos, cinco amables personas, amén de las nuevas buenas relaciones surgidas entre Esteban y yo por el simple paso del tiempo.

Cuando Esteban y yo hablamos frente a frente a las tres de la tarde, ya terminadas mis labores de representante del capital, me reclama por haber aclarado la calumnia del apócrifo columnista. Molesto por su recado majadero le pido se busque otro director y como de momento no tiene un substituto en mente se muestra agobiado; a manera de tranquilizarlo le digo: -“No me voy a ir como las criadas, tienes treinta días para buscar un nuevo director”.

A los 29 días de la enojosa situación, cuando Esteban supuso se me había olvidado su exaltado y procaz recado, llegó a visitarme a mi despacho del periódico don Francisco Nuñez “El Gitano”, a la sazón encargado de comunicación social del Gobierno del Estado, para decirme “de parte de don Carlos Sabines si tenía algo personal en contra de él”. Le pregunté ¿quién es Carlos Sabines? Ahí me enteré se trataba de un hijo del gobernador, coadyuvante directo del mismo en funciones muy importantes, víctima de comentarios corrosivos por parte de un columnista que escribía los domingos bajo el seudónimo de Perfecto Obeso en “La República en Chiapas”. Cómo dicho nombre ficticio –Perfecto Obeso- encubría a alguien, que a decir de mis informantes era el profesor Edgar Roblero de León, le pedí a Esteban y a manera de evitarme otra dificultad como la surgida cuando calumniaron a la señora Yolanda Moscoso de Oliva, esposa del presidente municipal de Tuxtla, registrase Roblero de León su seudónimo y se guardara la plica en el secreter del órgano periodístico bajo mi dirección. Esteban se negó a cumplir con ese requisito legal y le di 24 horas para meditar mi solicitud, advertido que de no satisfacerla haría efectiva mi salida en el plazo de treinta días, ya comentado, a cumplirse en las citadas 24 horas siguientes.

Como no quiso acceder a mi postura, que además estaba fundamentada en la Ley General de Imprenta, Esteban Figueroa debió buscar quien me iba a sustituir como director general del periódico. Cuando entró a las oficinas y talleres del periódico con Antelmo Esquinca “Luzán” para presentarlo con el personal, como nuevo director, ahí se enteró que yo además de ser el encargado principal del periódico era gacetillero, reportero, fotógrafo, corrector de pruebas, editorialista, cobrador y en mis ratos libres la hacía de chofer para resolver asuntos importantes en altas horas de la noche, como ir a buscar a las dos y tres de la mañana al ingeniero Juan Lehmann que nos reparaba los aparatos más sofisticados. Para mantener informados a los lectores respecto a la problemática nacional pagábamos las columnas “Plaza Pública” de Miguel Angel Granados Chapa, “Los Intocables” de José Luis Mejía y “Red Privada” de Manuel Buendía. Las notas locales aparecían firmadas por seudónimos míos, como H. Galeana, Camilo Quinto, Yull del Monte, L. S. Trinidad, J. de Madariaga y Maquiavelo, pues era yo el hombre orquesta por un modesto pago a honorarios, sin el aguinaldo de fin de año, sin derecho a gastos médicos, sin derecho a vacaciones, sin descansos dominicales o de séptimo día, sin seguro de vida y sin ninguna prestación que me obligase a servir para “sacar las castañas del fuego” como si mi mano fuese la del gato. Además, por cuestiones de dignidad me era imposible aceptar escribieran en el periódico personas con seudónimos no registrados, por parecerme ello cobarde e ilegal. Debo aclarar que yo venía usando los seudónimos antes descritos para evitar apareciera mi nombre en el periódico en repetidas ocasiones y no dar la falsa impresión de un absurdo protagonismo, pues nunca ataqué ni difamé ni calumnié. Inclusive, el seudónimo Yull del Monte, igual que en el pasado, lo uso para firmar cuentos y notas deportivas.

En una ocasión uno de los muchachos del taller me preguntó el origen de mis diversos seudónimos. Estos nacieron por razones muy simples: H. Galeana, por mi admiración hacia el héroe de la guerra de independencia, don Hermenegildo Galeana; J. de Madariaga, en recuerdo a mi bisabuelo don Salvador Madariaga y a mi abuela, doña María del mismo apellido; Maquiavelo, para justificar mi inclinación hacia la res publici y Yull del Monte, una simple composición de mi nombre y mi primer apellido. Un día debí hacerla de todo en el periódico, pues faltaron a trabajar tres o cuatro importantes colaboradores míos; entra a mi despacho uno de los capturistas y me dice: -“Urge escriba usted una nota para la página deportiva pues no se presentó hoy Manuel Morales Mandujano, y además una gacetilla para completar la primera plana”. Así lo hice y al momento de entregar mis borradores le digo al capturista: -“En este periódico ya me parezco a La Santísima Trinidad, pues debo estar simultáneamente en todas partes”. Al día siguiente las notas aparecieron firmadas por iniciativa del capturista, por un tal L. S. Trinidad. Estos seudónimos, a excepción del de Yull del Monte, no los volví a usar en otros periódicos.

Siempre me ha unido con José Ricardo Borges Espinosa una gran amistad, para continuar además la de su padre con mi abuelo Ignacio Castillejos, y también por simple afinidad. Al enterarse de mi salida de “La República en Chiapas” me sugirió suscribiese una explicación pública, pues el desconcierto fue general al no conocerse un motivo o razón de mi dimisión. Le contesté a Ricardo que me era imposible, pues ello implicaría enterar a los lectores de la falta de respeto en que incurrió el Presidente del Consejo de la casa editorial, en contra de mi persona. En la noche del mismo día me habló por vía telefónica mi antiguo amigo Luis Raquel Cal y Mayor Gutiérrez, presidente del Comité Directivo Estatal del PRI, preguntándome en qué pensaba emplear el tiempo libre, pues se enteró de mi renuncia como director del periódico. Al saber Raque mi determinación de no volver a “La República en Chiapas” y por ende la de contar con tiempo para otros menesteres, me invitó a nombre del gobernador Juan Sabines y en el propio a participar con él, en la citada institución partidista. Al aparecer en la prensa local la noticia de mi nombramiento como secretario de acción electoral del PRI, en las columnas políticas se dieron vuelo especulando: “Ya apareció el peine, Serrano Castillejos renunció en La República para colocarse en el partido oficial”. Inclusive, no faltó quien dijera: “Esteban Figueroa ubica a uno de sus alfiles en el PRI”. Los que conocíamos la verdadera razón de mi renuncia nos divertíamos como enanos al leer las “sesudas” especulaciones de los columnistas de la fuente política.

En el citado órgano de información se quedó como colaborador mi hermano Sergio Manuel, nombrado gerente al mes de haberme iniciado en la dirección. Fue quien me platicó que una mañana el nuevo director, Antelmo Esquinca, pidió le presentaran a los reporteros H. Galeana, L. S. Trinidad, J. de Madariaga y a los columnistas Yull del Monte y Maquiavelo, para darles algunas instrucciones respecto a las nuevas políticas editoriales. –“Pide usted un imposible, señor director - informó uno de los muchachos del taller- pues todas esas personas son una sola, o sea, el licenciado Julio Serrano Castillejos”. A los treinta días dimitió Antelmo, pues lo habían puesto a la cabeza de un periódico desmantelado, o sea, sin el personal profesional para hacer periodismo.

Los cargos partidistas en Chiapas por aquellos años estaban remunerados simbólicamente, no como ahora, en que una simple secretaría puede dar para vivir decorosamente. Mis percepciones eran exclusivamente para nivelar mi presupuesto. Un día me llamó a su despacho el nuevo delegado, mi ex compañero de la Escuela Nacional Preparatoria, el guerrerense Píndaro Urióstegui Miranda, para pedirme le dedicara tiempo completo al Partido, como él lo hacía. Le hice notar que entre sus percepciones y las mías existía una diferencia abismal, pues además a él lo alojaban en el hotel Bonampak y le cubrían sus gastos de alimentos y de transportación, mientras que yo me mantenía con mis sueldos de todo a todo. A Píndaro se le proporcionó una camioneta nueva con chofer; a mí ni siquiera un velocípedo. Para ilustrar al lector alrededor de las impositivas exigencias del guerrerense, me place comentar que en una ocasión en Tapachula, pretendió que Manuel Sobrino Anza –también funcionario del PRI- le llevase al hotel a dos “chamaconas”, pagándoles sus eróticos servicios con dinero del Partido, una para él y otra para su secretario particular. Manuel lo puso en su lugar: -“Me toma por alcahuete, pero no lo soy de usted ni de nadie, y mucho menos, con dinero del organismo político”. Evidentemente, no sabía Píndaro con quienes trataba, pues al terminar su encargo como Delegado, entró al privado de Luis Raquel para solicitarle a manera de “liquidación” el endoso de la factura de la camioneta puesta a su servicio. Cal y Mayor le negó dicho endoso aduciendo que el vehículo era propiedad del Partido. La exigencia de Urióstegui Miranda se basaba en prácticas viciadas y de permanente aplicación en otras zonas del país, para nosotros inadmisibles.

Cuando iba a rendir su primer informe de gobierno don Juan invitó al presidente José López Portillo. Estaba yo a cargo en el Partido de la Secretaría de Divulgación Ideológica, entonces con la anuencia de Raque Cal y Mayor mandé a colocar pasa calles en la Avenida Central con frases de ambos personajes; una de don Pepe y otra de don Juan, pero a manera de lograr la imbricación de pensamientos, a todo lo largo del recorrido que iban a realizar del Palacio de Gobierno al cine Chiapas, declarado recinto oficial para dicho acto. A mi padre lo sentaron junto a Gil Salgado Palacios, uno de sus contrincantes del fallido intento democrático de 1948, con el que departió animadamente dichos momentos en el cine Chiapas. El mensaje político del gobernador fue de corte presidencialista por sus alcances retóricos y su contenido social y dejó en todos muy buen sabor de boca. El presidente se echó a la bolsa al pueblo con la frase: -“Los chiapanecos son mexicanos por su historia, por la sangre y por decisión propia”.

Los fines de semana viajábamos con Luis Raquel Cal y Mayor y otros funcionarios del PRI a distintos municipios, a veces en avión, en ocasiones en vehículos por carretera. Un día en el hotel Loma Real de Tapachula nos citó a desayunar el gobernador Juan Sabines para una junta de trabajo; casualmente me tocó junto a él y me preguntó qué me apetecía tomar, le dije “un jugo de naranja” y acercándoseme al oído me respondió con una pícara sonrisa: “-No te hagas pendejo, yo estoy hablando de trago”. Todos desayunamos con una copa de coñac. En un lugar de los Altos de Chiapas conocido como La Ventana, Luis Raquel Cal y Mayor pronunció un emotivo discurso en un mitin de zinacantecos y chamulas en una concentración impresionante en una bella mañana de sol incandescente y aire fresco. En el equipo de trabajo estaban Manuel Sobrino Anza, Francisco Salguero, César Pineda del Valle, Rafael Morales Ochoa, Eloy Morales, Aurea Suárez de Cortasár, Clara Luz Chanona, Carlos Cadena Grajales, Celso Peña y otros. El presidente del PRI organizó un concurso estatal de oratoria y me nombró como parte del jurado calificador junto a Arturo Morales Urioste y Raúl Serrano Aranda, significando ello un arduo e interesante trabajo, pues escuchábamos discursos cuatro horas por la mañana y otras cuatro en la tarde y la noche, a lo largo de tres días. Cuando el secretario de capacitación política, profesor Eloy Morales, organizaba cursos, me solicitaba dictase yo algunas conferencias y gustosamente le echaba la mano, para dar a conocer a los asistentes la participación en la Revolución Mexicana de figuras como Francisco I. Madero, Venustiano Carranza, Francisco Villa, Emiliano Zapata, Alvaro Obregón y Lázaro Cárdenas. En cierta ocasión fuimos una mañana a Bochil para acompañar al gobernador Sabines a inaugurar unas obras, incluida la de un jardín de niños y un auditorio, y como hipotéticamente íbamos a regresar después de la comida le dije a mi esposa me esperara entre cinco y seis de la tarde. Pero al gobernador le tenían preparado un baile y nos pidió nos quedásemos a acompañarlo. No eran tiempos de teléfonos celulares y a todos los señores se nos hizo fácil permanecer en Bochil y disfrutar del bailongo sin avisarle a las esposas. Cuando llegamos a mi casa, ya en Tuxtla a las tres de la mañana, mi señora se encontraba despierta, tronándose los dedos y fumando un cigarrillo tras otro pensando en un probable accidente. Escuchó el motor de la camioneta que nos conducía y en donde estábamos armando tremendo alboroto, pues José Adín Castillejos nos venía cantando un himno compuesto por él en homenaje al gobernador. Abrió la puerta de la cochera y se quedó con el candado en la mano viendo al grupo de entonados amigos; pero entonados no por el tono de la canción sino por los tragos ingeridos en el sarao bochilense. No se puedo contener mi esposa y azotó el candado en el suelo de coraje por la escena de irresponsables trasnochadores. Luis Raquel Cal y Mayor aprovechó la circunstancia de que en ese entonces vivíamos enfrente del seminario, donde tenía su domicilio el señor Obispo de Tuxtla, y a partir de esa anécdota, invento para sacarle filo al asunto que Chabe descontó de fuerte golpe de candado en la cabeza a monseñor Trinidad Sepúlveda. También acompañé a Cal y Mayor a Yajalón, a la inauguración de una calle de concreto hidráulico para dotar de acceso a la clínica dirigida por el joven galeno Dorian Manzur, ubicada en la parte alta de la población y en donde este profesionista de la medicina hacia una importante labor social, aprovechando para ello un moderno quirófano con instrumental quirúrgico de primera, conseguido por él en el gobierno del doctor Manuel Velasco Suárez.

Cuando se inauguraron las instalaciones de la Feria Chiapas en los terrenos de La Chacona, en donde se contaba con plaza de toros que inexplicablemente desapareció ya terminado el gobierno de Sabines, además lienzo charro, picadero para las exhibiciones de ganado, juegos mecánicos, palenque para peleas de gallos, oficinas, restorán, palapa de usos múltiples, salón de baile y zona de “stands” para la venta de diversos productos, los tuxtlecos nos sentimos incorporados a la vida civilizada. Ya no se diga con el nuevo parque central y sus tres modernos palacios, el del gobierno del Estado, el de la Federación (del sexenio anterior) y el del Honorable Ayuntamiento, aunque ello implicó perder edificios con sabor histórico y la pátina del tiempo. La tenacidad del gobernador Sabines le permitió a sus coetáneos probar a un gobierno de innumerables realizaciones, pues una a una fue materializando sus promesas y sin dejar nada para mañana.
El talón de Aquiles de dicho gobierno –como ya lo dije- fue el dispendio, pero sin pretender justificarlo ni nada que se le parezca, en gobiernos anteriores y posteriores también, hubo derroches pero sin obra pública. Nadie supo “en donde quedó la bolita”, como en las ferias de pueblo.

Mi amigo Fedro Guillén Castañón había aspirado infructuosamente al Premio Chiapas por habérsele escapado la posibilidad de obtenerlo en diversas ocasiones, pero su también amigo Enoch Cancino Casahonda estaba en posición ideal para trabajarle la citada presea, aprovechando su cargo de Secretario de Gobierno, y fue así como al conocer las ligas de afecto entre Fedro y quien esto escribe, me contactó, para pedirme fuese yo el que propusiera al escritor originario de la Trinitaria, de manera formal y cubriendo los requisitos de la respectiva convocatoria. No debí desplegar un esfuerzo mayor en dicha empresa, pues se daban los factores ideales para lograrla. Primero, el personaje tenía los méritos suficientes; segundo, no había al frente candidatos de mayor empuje y tercero, la propuesta la formulé en mi calidad de periodista, es decir, casi representando a la opinión pública de Chiapas si en verdad los escritores de los órganos informativos somos la voz del hombre de la calle. Fedro obtuvo tan honrosa distinción en el ramo de las artes y en el de las ciencias el doctor Clemente Robles, emparentado con nosotros dada la circunstancia de que descendemos de un mismo tronco, la familia de don Ángel Albino Corzo Castillejos.

Ya para terminar su gobierno Juan Sabines discurrió realizar un enroque. Al secretario de gobierno, Enoch Cancino Casahonda, pasarlo al PRI como presidente, y al presidente del PRI, Luis Raquel Cal y Mayor Gutiérrez, hacerlo Secretario de Gobierno. Por cierto, en esos días venía desempeñándome en la secretaría de divulgación ideológica en el aludido instituto político. Pero alguien o algunos influyeron en el estado de ánimo del gobernador, pues al enviar al doctor Cancino Casahonda (Noquis) al PRI, instaló a Ernesto González Castillo como secretario de gobierno y a Luis Raquel Cal y Mayor le ofreció la Secretaría de Turismo, pero él la rechazó, al considerar que “no podía formar parte del club de los cangrejos”, por estar divorciado de sus principios el método de caminar para atrás.
Todos los que éramos colaboradores de Luis Raquel en el PRI, por cuestión de método le presentamos nuestras renuncias al nuevo presidente, pero Noquis las rechazó, solicitándonos permanecer en nuestros puestos.

Cuando estaba cerca la visita de Miguel de la Madrid Hurtado a Chiapas, ya como candidato del PRI a la presidencia de la República, el gobernador Sabines nos dio cita en el palacio de gobierno a los miembros del comité estatal de dicho organismo. Uno a uno nos fue dictando instrucciones. Cuando llegó mi turno, me dijo: -“Sólo en Tuxtla quiero cien bardas rotuladas con lemas del candidato y con frases de sus mejores discursos, tú ves cómo le haces, pues si las cosas salen bien, el candidato no va a decir qué capaz es Julio Serrano, pero si llegaran a salir mal, va a decir que pendejo es Juan Sabines”. Sus indicaciones fueron similares para las restantes ciudades en donde iba a estar De la Madrid Hurtado. Al tesorero del PRI, don Cutberto Aguilar, le dio órdenes Enoch Cancino Casahonda, como presidente, de que me proporcionase los recursos necesarios. Para cumplir la orden del gobernador no bastaba con revisar discursos y extraer de los mismos las frases de más contenido político, social, económico y filosófico; el quid de la cuestión estaba en conseguir la autorización de los propietarios de las bardas para rotularlas sin quebrantar las disposiciones de las normas electorales. Rotulamos en la capital 160 bardas, o sea, un sesenta por ciento más de lo exigido por el gobernador, y en las plazas restantes los números fueron del mismo orden. En su visita a Tuxtla el candidato Miguel de la Madrid debía asistir a una sesión de la asamblea estatal del PRI en el edificio que dicho instituto político tiene en el parque de Santo Domingo y de ahí a un acto a las instalaciones del Museo de Antropología del Parque Madero, y de tal manera, recibí la orden de mandar a pintar las fachadas de las casas y de los comercios a lo largo de ese trayecto con el emblema del citado partido y con frases obtenidas de los discursos del mencionado personaje. Para obtener los permisos de los propietarios de las casas, se me autorizó a ofrecerles mandar a quitar dichos emblemas y las frases en cuestión al terminar la visita del candidato, dejándoles sus fachadas con pintura nueva en su totalidad. Como así se hizo, recordé haber leído un editorial en donde se hablaba de las Aldeas Gulag, que en la época de los zares se acostumbraban en Rusia como un método para hacerle sentir al monarca que en los pueblos más modestos las cosas de la administración pública marchaban a pedir de boca, pues se montaba una especie de escenografía por donde iba a pasar tan alta dignidad, el que naturalmente quedaba extasiado ante la belleza de las aldeas y de ahí deducía que todo era felicidad entre sus súbditos, gracias a su buen gobierno.
Cinco días antes del arribo a Tuxtla del candidato De la Madrid Hurtado en las avanzadas venía mi amigo el contador público Alejandro Posadas, quien por cierto invitó a mi primo el ingeniero Fernando Jiménez Serrano a sumarse al grupo proselitista a favor de don Miguel. Alojé a mi pariente en mi casa y en cosa de cinco minutos lo veo y lo oigo estornudar unas cien veces, con los ojos del color del jitomate y la nariz más roja que la del payaso Bozo. Me lo llevé al consultorio del doctor José Cruz Zambrano, de fama por sus acertadas intervenciones como otorrinolaringólogo, pero ahí nos dicen que se encuentra en la Cruz Roja, de la que era director. Ya en las instalaciones de la benemérita institución atendió al “Chato” Jiménez (así se le conoce también) y como por arte de magia lo curó mi inolvidable amigo Pepe Cruz de una alergia de varios meses que en la ciudad de México le había costado acudir a tres o cuatro especialistas, además de cuantiosos gastos en consultas y medicinas. Contra todos los pronósticos, la medicina de provincia derrotó a la de la capital de la República

En la política se viven situaciones verdaderamente paradójicas y por eso no hay que ver pequeño a nadie y mucho menos ir por el camino dejando enemigos. “Como te ves me vi y como me veo te verás”, viene a ser una sentencia de fatal cumplimiento, pues la vida da innumerables vueltas y nunca sabe uno qué sorpresas nos depara. Esto viene a cuento por que una tarde, seis años atrás, llegó corriendo a mi casa Fernando Pariente Minero y me dijo: “-Oscar Castañón pide tu presencia en la casa de mi tío Toño Pariente Algarín, pues están echando unas copas con Raúl Serrano Aranda y les está hablando muy bien de ti a los dos, a manera de que te ayuden”. Toño Pariente como Raúl Serrano ocupaban por ese entonces muy buenas posiciones políticas, pero nunca se dio la coyuntura para auxiliarme y de esa manera quedó pendiente el empujón tan generosamente solicitado por Oscar Castañón. Pasan los años y cuando está en Tuxtla mi amigo Alejandro Posadas, en la ya referida campaña de Miguel de la Madrid Hurtado, me hace saber que es el presidente del Instituto de Contadores Públicos al Servicio del Estado (INCOPSE) y que necesita le recomiende yo a una persona que cubra el perfil para representar al instituto en Chiapas. De primera intención pensé en mi amigo Amadeo Corzo Ruiz, pues es contador, pero como no tenía cargo público opté por recomendar a Antonio Pariente Algarín, al que cité en San Cristóbal para presentarlo con Alejandro Posadas y le manifestase su aceptación para desempeñar el cargo. Toño llegó puntual a la cita y ni tardo ni perezoso aceptó la invitación de Alejandro Posadas, hecha a sugerencia mía. ¿En donde la paradoja? Muy simple entenderla, pues el que potencialmente estaba en posición de ayudarme fue quien recibió mi auxilio. El día que tomó posesión del cargo hizo Toño una fiesta en grande y olvidó invitarme, pero lejos de desalentar mi amistad ese involuntario descuido, preferí hacerme el desentendido, pues la vida –como ya lo dije- es una rueda de la fortuna y uno nunca sabe que nos depara a futuro. Inclusive, a Raúl Serrano Aranda, que era supuestamente otro de mis posibles adminículos, le preparé una lucida conferencia –con la ayuda de Ricardo Borges- para que la dictase como propia cuando era diputado y líder en el Congreso local, con el tema del Municipio Libre, dándose también respecto a él y a mi persona paradoja similar a la anterior, pues el llamado “Chile” Serrano nunca me tendió la mano a pesar del auxilio desinteresado que yo le presté.


Cuando se dio a conocer que el candidato del PRI al gobierno del estado era el general Absalón Castellanos Domínguez, a todos nos pareció de lo más natural, pues independientemente a sus prendas personales y a su antecedente como ex director del H. Colegio Militar, don Juan Sabines se había encargado de llevarlo a todo Chiapas y convertirlo así en una figura pública reconocida en los confines de la entidad, aprovechando para el caso que el citado comiteco era Comandante de la XXXI Zona Militar. De tal manera, Juan Sabines le rompió la secuela a José Patrocinio González Garrido para arribar al gobierno de Chiapas, pues al placear al general Castellanos Domínguez postergó por seis años el arribo del hijo de su antecesor, don Salomón González Blanco. Además, ya se vislumbraban problemas sociales en Chiapas, que posteriormente degeneraron en la introducción de la llamada Teología de la Liberación y en la creación del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, de donde los observadores concluyeron en la necesidad de instalar a un militar en el gobierno de nuestra provincia. No sé cómo quedé incluido en el grupo de personas que acompañaron al general Castellanos en la primera etapa de su gira, por cierto iniciada en San Quintín, un sitio de la selva escogido por el propio candidato. De ahí, nos fuimos a Palenque, pero se sentía que el PRI le estaba cavando un hondo vacío a don Absalón, o algo funcionaba mal, pues el mitin fue frío, desangelado y con escasa asistencia. El ambiente oficial parecía ser de confabulación en contra de los intereses del candidato del PRI y ello nos colocaba en desventaja a los que formando parte del Comité Directivo Estatal de dicho instituto político estábamos participando en la campaña de Castellanos Domínguez, de buena fe, como quien esto escribe, Manuel Sobrino Anza, Juanita Albarrán y otros. Al tercer día de campaña Noquis Cancino, presidente del comité estatal del PRI quien a la postre vendría a pagar los platos rotos por la manera como Juan Sabines se atravesó en la vida política de González Blanco y de su vástago José Patrocinio, me hizo saber que debía viajar a Tuxtla con carácter de urgente y de tal guisa informó al general Castellanos que yo me quedaría en su representación. Don Absalón se enteró, que por abajo del agua estaban boicoteando su gira política con el cuento de que “al general no le gustan las concentraciones masivas y por ello es preferible llevarle poca gente a sus mítines”. A partir de ese momento el candidato puso una barrera entre él y los representantes del PRI, dándole a su jefe de asesores Javier López Moreno carta blanca para manejar su periplo proselitista, con resultados ciertamente halagüeños pues el nativo de Tenejapa iba a superar las deficiencias que los cuadros del edificio de Santo Domingo acusaban, supuestamente con la intención de perjudicar los intereses del general, y de paso, los del Partido mismo.

Corría el año de 1982 y la oposición en materia electoral no tenía ninguna fuerza en Chiapas. A pesar de las corrientes en contra del arribo del general al poder, pues dentro de su propio partido existían otros aspirantes, para él su campaña fue prácticamente “miel sobre hojuelas”. El oficialismo era de una contundencia avasalladora, pues faltaban algunos lustros para que la inercia electoral en bien de las formas ya establecidas perdiera el empuje que solía agobiar a cualquier corriente en sentido opuesto. Además, contra lo esperado, el general resultó ser un hombre con mano más suave que la de algunos civiles, pero siempre en beneficio de la cordialidad y del bienestar general, pues sin contar con la formación política de otros gallos con muchos espolones gozaba en su beneficio del peso de una férrea disciplina militar y lealtad a las instituciones del país, además de una salud a prueba de todo y los mejores sesenta años sobre de los hombros entre los militares de su generación. Han pasado más de 20 años y a don Absalón se le ve aun fuerte, sano, rebosante de vitalidad física y mental.

Al mencionado militar lo traté con posterioridad a su gobierno muy de cerca y creo sentir verdadero afecto hacia su persona, pero en el capítulo siguiente, dedicado a mis experiencias dentro de su gestión administrativa, mencionaré asuntos con el enfoque del momento en que acontecieron. Es decir, pretenderé ser objetivo haciendo a un lado el afecto que después le cobré al general. Dicho más claramente, al retrotraerme en el tiempo procuraré relatar diversas situaciones con el estado de ánimo que en mí descollaba en aquellos días.






Julio Serrano Castillejos

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Publicado el: 14-09-2005
Última modificación: 01-03-2015


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