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El sexenio del general

En las relaciones humanas es muy importante la actitud tomada por uno respecto a los demás. Los expertos en ciencias mentales encuentran un vínculo directo entre las corrientes negativas del pensamiento y los fracasos posteriores a ellas, y de manera contraria, entre las posturas positivas y los triunfos. Es decir, dentro de nosotros mismos traemos una especie de poder mágico para alcanzar el éxito, pero también en ocasiones nos invaden los temores y los malos presagios y ellos nos orillan a las derrotas. Para ilustrar lo anterior me permitiré transcribir la traducción de unas bien meditadas frases escritas en inglés por Dan Custer, y contenidas en un libro que me obsequió mi buen amigo Alberto Sánchez Martínez, originario de Simojovel de Allende, Chiapas, denominado “La mente en las Relaciones Humanas”, y cuyo texto es el siguiente: “Piensa en la enfermedad y la enfermedad nace/ Piensa en la salud y la enfermedad desaparece/ Piensa en la pobreza y la pobreza nace/ Piensa en la riqueza y la pobreza desaparece/ Piensa en el dolor y el dolor crece/ Piensa en la armonía y el dolor desaparece”.

Traigo a cuento lo anterior debido a que en los seis años de gobierno del general Absalón Castellanos Domínguez en Chiapas, no supe adoptar las actitudes que me hubiesen conducido al éxito, como su probable o presunto colaborador, pues no obstante mis lecturas de autores como Harold Sherman, en donde se sugiere crear una imagen mental de uno mismo que proyecte a otras personas confianza, me aparté de esos principios de lógica elemental. Inclusive, cuando advertí que no se me incluyó en la segunda etapa de la gira proselitista del candidato al gobierno del estado, no hice un intento serio para subirme al carro de sus auxiliares, a pesar de que teóricamente con el general varios miembros de la clase política estábamos ante el caso ideal para poder ingresar al grupo de los futuros funcionarios públicos, por no contar el aludido militar con compromisos previos ni grupos cerrados de poder, atrás de él, pero el divorcio que desde un principio se sintió como algo tangible entre el comité directivo estatal del Partido Revolucionario Institucional y el general, me ubicó en una situación harto difícil, pues si estando como Secretario de Divulgación Ideológica de ese instituto político no me llamaba el candidato para difundir su pensamiento, acercarme a él para solicitarle algún favor se me antojaba un contra sentido y hasta una impostura.

Mi amigo y ex compañero de aulas universitarias Jorge Vázquez Robles, delegado general del PRI en Chiapas, me encargó su representación personal para acompañar en su gira proselitista al general. Otras veces, el presidente del CDE, Ezio del Pino Trujillo (pues Noquis salió del CDE para irse de candidato a una diputación federal), me nombró su representante para asistir a los actos políticos de San Cristóbal, Tenejapa y otros sitios y acompañar al candidato, pero cuando por la noche un auxiliar de don Absalón repartió las habitaciones del hotel, me enteré que mi representado no tenía cuarto y por ende yo tampoco. Este fue un claro indicio de lo quebrantadas que estaban las relaciones entre el candidato y el Comité Directivo Estatal del PRI. A las once y media de la noche debí regresar a Tuxtla manejando mi automóvil, sin compañía y con una niebla más espesa que el pegamento para carpintero, pues no era posible conseguir una habitación en la antigua Ciudad Real. Los anteriores incidentes enfriaron mi estado de ánimo y me alejé del general.

Cuando tenía unos cuantos días de iniciar su mandato el presidente Miguel de la Madrid Hurtado, llegó a mi casa un telegrama de la Gerencia de Asuntos Jurídicos de Petróleos Mexicanos, conminándome a reintegrarme a mis labores como abogado de dicha oficina, pero nada se mencionaba sobre los gastos de cambio de menaje de casa y el traslado de mi familia de Tuxtla hacia la ciudad de México. El mal fario y los golpes de la política se hilvanaban y parecían estar confabulados en mi contra, pues cuando fui al Distrito Federal a buscar casa habitación, toda vez que la de mi propiedad se la vendí a Sergio Santacruz Aceves (mi inquilino que dijo esta casa va a ser mía), me encontré rentas tan altas, que se me hizo imposible tomar para mi familia algo de dimensiones y características aceptables. Por ese entonces alguien le comentó a Ernesto Castellanos Herrerías, hijo del nuevo gobernador, que mi casa de Tuxtla, bastante amplia y cómoda, sería desocupada, y cuando la esposa de él se la pidió en arrendamiento a mi señora, a los presuntos inquilinos les pareció muy alta la cantidad de la renta mensual fijada en cuatro mil pesos, que era precisamente la que en México se dejaban pedir por un pequeño departamento de tres recámaras con dos baños y lugar para un carro, en colonias de mediana calidad como la del Valle y Narvarte.

El nuevo director general de Petróleos Mexicanos era el licenciado Mario Ramón Beteta, hijo del general y acuarelista Ignacio Beteta, muy amigo de mi padre. Esta circunstancia dio lugar a que mi padre aceptara acompañarme para entrevistar al jefe de la empresa paraestatal, pero también con la idea de ejercer cierto grado de presión a mi favor dados sus antecedentes como ex subdirector general de Pemex, además de la amistad que ya tenía con el alto funcionario. La entrevista, en las oficinas centrales de la Avenida Marina Nacional, fue útil para explicarle al licenciado Beteta que ya tenía organizada mi vida en Chiapas, en donde además la empresa contaba con un cúmulo de intereses y por ende también oficinas, para solicitarle a continuación mi cambio de adscripción a la capital del estado, toda vez que la institución podía aprovechar mis servicios en Tuxtla Gutiérrez. Así, previa aquiescencia del director, quedé con la categoría de Ayudante Técnico dentro de la llamada Superintendencia de Servicios Técnicos y Administrativos, para atender en la entidad asuntos del ramo antes mencionado. De entrada pude constatar que el superintendente, de cuyo nombre no puedo acordarme, era un sujeto de baja estofa, con graves conflictos de identidad y los complejos derivados de los mismos, con criterios más pobres que los de un niño de pecho, pues así por ejemplo, un día invitó al gerente de la Zona Sur a visitarnos y le pareció de muy buen tono mandarme a comprar una bolsa de pan regional para entregársela a dicho funcionario, e inclusive se molestó al enterarse de mi negativa, aunque bien pudo cumplir su encargo el chofer, la señora que hacia el aseo o un oficinista de sexta. El superintendente de marras tenía la inclinación, propia de las gentes de alma procaz, de granjearse la simpatía de sus superiores invitándoles parrandas en Tuxtla con todos los gastos pagados, incluidos los “servicios” de mujerzuelas. Un día le dijo a un alto funcionario de Pemex, que yo andaba presumiendo ser hijo de un ex director general de la empresa, por parecerle absurdo que el vástago de un ex funcionario de ese nivel, trabajase en una modesta oficina de provincia. Supe que el individuo antes aludido está sujeto actualmente a proceso acusado de la comisión de diversos delitos patrimoniales en contra de Petróleos Mexicanos y a la fecha de escribir estas líneas su caso todavía no se resuelve. Comentaré mis experiencias sin volverme a ocupar de este señor, del que no puedo recordar su nombre, pues francamente, se me ha olvidado.

Para recorrer los municipios en donde la empresa tenía intereses se me dio en resguardo un pick-up como medio de transporte. Dicho vehículo carecía de aire acondicionado y en él fui en diversas ocasiones a gestionar asuntos a los calurosos municipios de Tapachula, Mazatán, Tecpatán, Ocosingo, Ostuacán, Estación Juárez, Reforma, Pichucalco y otros. Un día se me hizo saber que de Villahermosa, Tabasco, se nos enviaría un helicóptero para ir a la comunidad Benemérito de las Américas a auxiliar a dos ingenieros petroleros, metidos en graves aprietos. Sucede que Petróleos Mexicanos estaba construyendo el llamado camino fronterizo en territorio chiapaneco colindante con el de Guatemala, y para ello, convino con las autoridades ejidales de esa zona en derribar los árboles para abrir la brecha y dejar la madera en beneficio de los ejidatarios. Como llovía mucho en el campamento petrolero, la mesa rústica en donde comían los ingenieros y otros empleados, por la humedad del piso y por su propio peso se hundía en la tierra. Los ingenieros mandaron a cortar de los árboles derribados cuatro rodetes para colocar uno en cada pata de la mesa, evitando de esa manera el problema. Los ejidatarios, estaban ante un caso de robo de uso, pues los rodetes de madera les serían devueltos oportunamente, pero tomaron presos a los dos ingenieros y en una improvisada cárcel los encerraron, amenazándolos en cuanto a la aplicación de severas sanciones como si hubiesen incurrido en el más grave de los delitos. Cuando llegamos a Benemérito de las Américas, en plena selva chiapaneca entre los ríos Lakanjá y Lakantún, nos leyeron el acta de asamblea del ejido, en donde a manera de pena “para darle un escarmiento” a los dos citados profesionistas, se disponía la violación masiva de los mismos, como si viviésemos en la edad de las cavernas y no en un país con un avanzado régimen de derecho en donde están proscritas las penas inhumanas y contrarias a los más elementales derechos. En mi calidad de abogado les hice notar que aquella disposición de asamblea era de imposible aplicación por ser atentatoria de la Constitución General de la República e inclusive contraria a los sentimientos humanitarios, pero los campesinos alegaron con frases insolentes y ademanes enérgicos que sólo iban a aplicar su régimen de usos y costumbres, y por lo tanto, “tenían derecho a proceder en los términos establecidos en el acta de asamblea”. Para delimitar y entender la esencia de lo jurídico no es necesario tener amplios conocimientos académicos, pero dichas gentes se querían aprovechar de la situación para obtener ganancias económicas, sin mayor esfuerzo. Lo que me importa subrayar es que aquella aparente cerrazón de entendimiento, pues insistían con cumplir la amenaza para ellos “legítima” por estar consagrada en una acta de asamblea, estaba encaminada a doblegar la voluntad de los gestores a manera de obtener el máximo provecho económico; fue por eso, que al proponer los líderes del ejido se les entregara una fuerte cantidad de dinero, a cambio de respetar la integridad física de los dos ingenieros privados ilegalmente de su libertad, aceptamos entablar negociaciones. El líder principal era un tipo engreído, de sonrisa burlona y manipulador de su gente, pues se atrevió a invitarlos a rodear el helicóptero para no permitirnos regresar en el mismo a los gestores, en caso de que no aceptásemos sus pretensiones. Fue necesario mandar a los pilotos otra vez a Villahermosa para conducir el dinero al lugar del conflicto y lograr la libertad de los ingenieros, pues cualquier demora hubiese sido de deshonrosas consecuencias para ellos.

Deseo aprovechar el incidente antes relatado para teorizar brevemente alrededor de la conflictiva planteada con motivo de los tratados de San Andrés, en donde los pueblos indios pretenden la creación de núcleos de poder incluidos dentro del poder mismo del Estado mexicano. Al respecto, es prudente puntualizar que la aplicación de usos y de costumbres en contra del orden jurídico nacional, es un contra sentido de dimensiones más que siniestras, pues no pueden convivir sistemas jurídicos que en su esencia son antagónicos. Si la anécdota la tomamos como caso piloto, podemos decir que de conformidad a la Carta Magna nadie puede ser privado de su libertad si no es mediante mandamiento judicial debidamente fundado y motivado, y mucho menos ser sujeto de una sanción consistente en un ataque sexual a manos de una horda de rufianes. En el caso que nos ocupa un grupo de campesinos, carentes de toda autoridad judicial, encarcelaron a dos personas sin tener fundamentos legales para ello. Dicho con simpleza, los señores campesinos tácitamente expresaban por escrito: “aquí es nuestra costumbre pasarnos por el arco del triunfo a la constitución mexicana y a sus leyes secundarias”.

Por voluntad propia me separé del Comité Directivo Estatal del PRI, al considerar que no buscaban los avances democráticos más apetecibles sus dirigentes, y no me arrepentí, pues esa circunstancia me permitió escribir largo y tendido en “La Voz del Sureste”, órgano de información dirigido por un hombre que trae en la sangre el periodismo por herencia muy directa, Roberto Coello Trejo, quien me invitó a participar en dicho periódico desde 1980. Como la opinión pública le imputase al general Absalón Castellanos Domínguez a manera de censura, ciertas cuestiones que a mi parecer estaban fundamentadas, me hice vocero de la misma.

Un día pidió el gobernador le enviaran a algún funcionario de Petróleos Mexicanos a sus oficinas, pues tenía planteamientos muy importantes para dicha empresa. Llegué a la cita para representar a Pemex y me encontré al enviado de la Comisión Federal de Electricidad, con el que el general Castellanos Domínguez habló por espacio de unos 20 minutos en mi presencia, contando para ello con la asesoría de Javier López Moreno, hombre inteligente que sin tener ligas de amistad con don Absalón se le supo meter cuando el general era jefe de la zona militar en Tepic, Nayarit, poco antes de su “destape” como candidato al gobierno de Chiapas, según lo manifestó el propio López Moreno en una memorable entrevista publicada en la revista Siempre! de abundante miga periodística. Cuando tocó mi turno, don Absalón me expresó lo que para él era toda una diagnosis para entender la relación entre Chiapas y Pemex, y me pidió fuese vocero de sus deseos en cuanto a evitar la contaminación provocada por la explotación petrolera, sobre todo en los municipios del norte de la entidad, diciéndome a continuación que si en el municipio de Reforma, Chiapas, la citada empresa tenía poco más de cuatro mil trabajadores, justo era que todos ellos fuesen chiapanecos, pues según sus informantes ahí trabajan gentes de toda la República. Obviamente, el gobernador en el primer caso tenía una justa apreciación de las cosas, pues la contaminación ambiental con su consiguiente corrosión de láminas de cinc y de cercas de alambre de púas, se podía disminuir si se tomaban las precauciones necesarias; respecto a su segunda propuesta, le hice notar, siempre respetuosamente y hasta escogiendo con todo cuidado mis palabras, que era un imposible contratar en Reforma nada más a personas con la ciudadanía de nuestra querida provincia, pues en tal hipótesis se violentaría la Constitución General de la República, la Ley Federal del Trabajo, el contrato colectivo de trabajo suscrito por los representantes de Pemex y del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana y hasta la lógica, pues en otros estados de la República en las instalaciones y en las oficinas petroleras existían personas correctamente contratadas, sin importar su lugar de origen, siendo condición sine quanon cumpliesen con los respectivos requisitos legales y contractuales, pero nunca sujetando sus contratos a que fuesen originarios de tal o cual estado. Inclusive, le hablé de la cláusula de exclusión por ingreso, pactada en el contrato colectivo de trabajo que rige las relaciones obrero patronales en la industria petrolera, a través de la cual es opción del sindicato proponer a los trabajadores, y en donde tampoco se contempla la posibilidad de darle empleo en cada lugar exclusivamente a los que de ahí sean originarios. El gobernador me escuchó pacientemente y al ver que terminé mi alocución le preguntó a su Secretario de Educación, Javier López Moreno, si yo había expresado algo razonable en cuanto a la imposibilidad de contratar sólo a nuestros coetáneos en Chiapas. Para mi sorpresa, López Moreno con la mayor tranquilidad y como si estuviese interpretando la tabla de multiplicar del uno, dándole vueltas al asunto y en una pirotecnia verbal de mucha habilidad le dio a entender al general que yo lo estaba engañando. Automáticamente vino a mi mente el viejo cuento, de cuando el presidente de la República pregunta qué horas son, y su más cercano colaborador le contesta: -“Las que usted ordene, señor”. Transcurridos algunos años, comprendí la respuesta de Javier López Moreno, pues aunque es uno de los más talentosos políticos que ha dado Chiapas, orador de mucho fuste y culto como el que más, él tenía pensado llegar a gobernar un día a nuestra entidad, y no le iba a echar a perder sus proyectos un abogado petrolero. Al respecto dice el filósofo sudamericano José Ingenieros: Todo hombre declina su personalidad al convertirse en funcionario: no lleva visible la cadena al pie, como el esclavo, pero la arrastra ocultamente, amarrada a su destino. Cabe añadir que tan cruel sentencia le embona perfectamente al 99% de políticos a la mexicana, de donde se debe entender que no le estoy dedicando oprobio alguno ni afirmaciones infamantes a López Moreno. A partir del incidente empecé a sentir cada vez más distante al general. Al saludar a un grupo a mí me daba la mano, pero no me veía a los ojos ni me hablaba. En otras ocasiones le extendía la mano a los que estaban a mi lado y a mí me evitaba.

Cuando se escucharon protestas por el nombramiento de un nayarita de nombre Manuel Salinas como secretario particular del gobernador, tomé el asunto como tema central y lo desmenucé en “La Voz del Sureste”. ¿Acaso no hay chiapanecos valiosos para ocupar el cargo? Dicho encabezado lo di a conocer a manera de interrogante, expresada a través de las páginas de los periódicos, y lógicamente iba con dedicatoria especial al general y de ahí partí para escribir varios editoriales y para cubrir la parte substancial del Boletín Informativo del Centro Empresarial de Chiapas, algunos meses después. Curiosamente, más de tres gobernadores de Chiapas han colocado en puestos claves a personas que ningún vínculo previo se les conoció respecto a la entidad, y lógicamente, ello causa escozor en el ánimo de los que aquí vivimos. Ese localismo es natural en todos lados y difícilmente se lo sacudirá la gente. Por eso el pueblo le recriminó a don Absalón introdujera a su gobierno a un muchacho de origen colombiano de apellidos Acosta Polanco y posteriormente a José Patrocinio la inclusión como hombre clave de su equipo de un tal Moreno Genis. Viajé en muchas ocasiones al norte de Chiapas y como se me alojase en hoteles de Villahermosa, aproveché para frecuentar a mis amigos tabasqueños, como Roberto Canabál Estañól y Jesús Madrazo Martínez de Escobar, y así mismo, a Rafael González Lastra originario de Pichucalco pero avecindado en la capital de Tabasco. La principal ciudad tabasqueña, como en otras ocasiones, me pareció demasiado calurosa y además más cara que Tuxtla, pero como tenía derecho a viáticos ello resolvió las diferencias económicas, parcialmente. Por las noches en el hotel Cencali, a la orilla de la Laguna de las Ilusiones, gozaba de un escenario similar al de las películas yanquis de la época del cine musical. En una ocasión, después de una jornada laboral de siete de la mañana a las tres de la tarde en el municipio de Reforma, pregunté en donde podía comer y como no encontré nada apetecible, a la puerta de un cine de “piojito” compré unas palomitas de maíz reventado, pues no había nada mejor que eso. Los contrastes eran muy marcados, pues en un determinado momentos estaba disfrutando de las instalaciones de “Tabasco 2000” con lujosas tiendas departamentales y aire acondicionado y unos minutos después discutía con un grupo de campesinos inconformes, junto a un pozo petrolero y bajo un sol abrazador. Cuando los afectados por la contaminación del ácido sulfhídrico nos cerraron el paso hacia un pozo en el municipio de Estación Juárez, hacia allá fui bajo el supuesto de que el presidente municipal, Roque Luis Ravelo Velasco, había convencido a los agraviados para que escuchasen serenamente los razonamientos de la representación enviada por Petróleos Mexicanos. Pero el funcionario municipal lejos de suavizar el caldeado ambiente, a los campesinos los irritó con un encendido discurso, diciéndoles que no debían creer en las falsas promesa de una empresa dada a engañar a los hombres de bien. Los representantes de la empresa del estado mexicano temimos por nuestra seguridad, pues por un buen rato no nos permitieron alejarnos del lugar, pero para nuestra fortuna nada grave sucedió, máxime que oportunamente se cubrieron las indemnizaciones de rigor. Curiosamente, con el paso del tiempo hice muy buena amistad con Roque Luis Ravelo, aprovechando la misma para reclamarle su proceder, ya en tono de broma.

Acostumbrado a moverme en un ambiente de camaradería en mis viejas oficinas de Petróleos Mexicanos y en otras en donde he laborado, a diferencia de las de la superintendencia en donde la atmósfera laboral no era la adecuada para sentirme ni siquiera medianamente satisfecho, asistí nuevamente con mi padre a visitar al licenciado Mario Ramón Beteta, director general de la empresa, para solicitarle ordenara mi jubilación. Generosamente aceptó al alto funcionario, y aunque mi antigüedad no daba para jubilarme con el 100% de las prestaciones inherentes a ese beneficio, tomé mi retiro con el 80% y vi abrirse nuevos horizontes.

En uno de mis viajes para realizar algunos trámites de mi jubilación en Villahermosa, detectó mi presencia en esa ciudad Rafael González Lastra y me fue a sacar del hotel para llevarme a su casa. Me atendió a cuerpo de rey y a diario muy temprano me llevaba a caminar al nuevo parque “Tomás Garrido Canabál” en la cercanía de la Laguna de las Ilusiones. Al rasurarme, una de esas mañanas, descubrí una protuberancia en mi cuello debajo de la barbilla, a la que en un principio no di importancia, pero como 24 horas después ya estaba más crecida y semejaba un medio limón insertado bajo mi piel, abandoné Tabasco para irme a Tuxtla a consultar doctores. En el Instituto Mexicano del Seguro Social con posterioridad a un rápido examen por parte de un médico general, me citaron para, según la trabajadora social, valorarme para ser turnado a cirugía. De ese lugar salí por piernas y me fui a consultar al endocrinólogo de nombre Roberto Aguilar Maldonado, y después de una breve auscultación me dijo: -“Si yo fuera usted me iría hoy mismo a la ciudad de México a consultar a un buen oncólogo, o sea, al especialista en tumores”. Mi vecina, Laura Norma de Grajales, me habló muy bien ese mismo día del doctor Javier Castellanos Coutiño, pues operó a su hija Laura de un problema de la tiroides. En el aeropuerto internacional Benito Juárez nos recibió a mi esposa y a mí, mi padre. Apenas bajé del avión me colocó su abrigo en la espalda para cubrirme del frío y recordó que a mi abuelo don Federico C. Serrano Figueroa, una gripa en la ciudad de México se le complicó y pocos días después falleció por una neumonía. Para darle tranquilidad le digo a mi padre: -“Traigo una bolita en el cuello”, pero él respondió: -“¿Bolita? Yo diría que es una bolota”. Fuimos al hospital de Picacho en donde Pemex atiende a sus trabajadores foráneos, me examinaron unos imberbes doctores y cuando me aconsejan la operación, su ostensible juventud me hizo desconfiar y preferí ponerme en manos del doctor Javier Castellanos Coutiño, quien me operó y posteriormente envió el tumor al patólogo. Tres días después nos enteramos que “había brincado el charco”, pues el tejido extraído resultó de un tumor benigno. Con el dinero de la liquidación de mi prima de antigüedad compré un automóvil Tsuru.

Al enterarse mi buen amigo Manuel Muguira Revuelta, presidente del Consejo Empresarial de Chiapas, afiliado a la Confederación Patronal de México, de mi retiro de Petróleos Mexicanos, me visitó en mi domicilio particular con otros dos empresarios para invitarme a colaborar con ellos como asesor jurídico. Ahí inicié una bonita etapa de mi vida, pues de inmediato quedé relacionado con la crema y nata de los empresarios chiapanecos, entre los que tengo a muy buenos amigos como José Brunet Civit, Rudy Lozano Aramoni y su hermano Eduardo, Miguel Angel Guadarrama, José Luis Romero (q.e.p.d.), René Aramoni padre e hijo, y muchos más. Manolo Muguira de su hacienda personal apoyaba actividades culturales, como los torneos de ajedrez y además procuraba asistir, algunas veces en mi compañía, a las reuniones nacionales de la Coparmex convocadas por el líder de los empresarios, un señor de apellidos Ardavín Migoni a quien se le veía acompañado de Luis Felipe Bravo Mena, el que posteriormente llegó a ocupar el cargo de presidente del Partido Acción Nacional. A iniciativa de Manolo fundamos el Boletín Informativo del Centro Empresarial de Chiapas, en tamaño carta y vigilábamos las fluctuaciones de las operaciones bursátiles, dando especial interés a la baja y a la alza de los precios del café. En el mencionado boletín formulamos crítica constructiva al señalar las pifias de algunos colaboradores del gobernador de la entidad. En cuanto al alto funcionario señalábamos con espíritu constructivo lo que considerábamos eran sus hierros más destacados. Al terminar su período Manolo Muguira, tomó su lugar por elección de los miembros de la asamblea, José Brunet Civit, de quien recibí un trato indiscutiblemente amable y delicado, o sea, tan bueno como el que me dispensó Manolo.

Mis críticas al gobierno del general Absalón Castellanos Domínguez se centraron en el tema de la mediatización del periodismo chiapaneco a los intereses del citado militar y de sus segundos. Escribí en diversas publicaciones y en especial en “La Voz del Sureste” en donde venía colaborando desde hace varios años con artículos de fondo. La mediatización de los periodistas chiapanecos a base canonjías y muy buenos billetes, era notoria, pero sólo yo la censuraba acremente, aunque para ventaja mía nunca se recurrió -como se hacía en otras latitudes con los que se salína del guacal- a la violencia física ni a la moral.

Abundé en el tema de los periodistas facturistas dados a cobrar las líneas ágatas y los cuadratines para cantar loas y lisonjas a los funcionarios que se prestaban al “chayote”. Sentía ser una voz en el desierto pero siempre me topé con lectores, aunque muy pocos, que me felicitaban por demostrar valor civil y llamarle a las cosas por su nombre. Señalé, ante la exagerada profusión de órganos de prensa, que la atomización del periodismo sólo era conveniente para la clase gobernante.

Expliqué la razón del denominado “chayote” de la siguiente manera:
Gran número de directores y dueños de órganos de la información omiten el pago de salarios, emolumentos u honorarios a los columnistas y comentaristas, porque parte de la base, no siempre cierta, de que este tipo de colaborador se agenciará ingresos con el manejo inteligente de sus notas. Valga la comparación: a cierto tipo de periodistas le acontece lo que a los meseros, que al no recibir sueldo, viven de las dádivas de las personas que por ellos se hacen servir; misma razón por la cual no consideran necesario los dueños de las negociaciones pagar un salario. Y así, el círculo vicioso se convierte en banda sinfín (La Voz del Sureste, 13 de noviembre de 1984).


En el año de 1987 me invitó a un banquete mi amigo Roberto Coello Trejo. La comida fue en su domicilio particular y para mi sorpresa me sentaron junto al gobernador de Chiapas, el general Absalón Castellanos Domínguez. A ese ágape asistió la periodista Isabel Arvide, radicada en Chiapas por ese entonces para colaborar en el gobierno de don Absalón. La fiesta la amenizó con su guitarra, su voz y sus canciones el compositor Paco Chanona. El general departió animadamente conmigo y cuando se retiró, me llamó en privado Roberto Coello Trejo y señalándome a un cercano colaborador del titular del Ejecutivo, me dijo: -“El señor quiere hablar con usted”. Ahí me enteré que a la mañana siguiente se iba a celebrar en un desayuno el Día de la Libertad de Expresión, y don Absalón deseaba que yo pronunciase el discurso a nombre de la prensa chiapaneca, es claro, si yo “no tenía algún inconveniente”. Como el gobernador propuso en la comida del medio día varios brindis a mi salud e inclusive me conminó a tomar dos o tres submarinos junto con él, o sea, tequilas con cerveza, colegí que cualquier disgusto del pasado hacia mi persona ya estaba superado y acepté la invitación, retirándome de la casa del director de “La Voz del Sureste” para ir a mi domicilio a preparar el discurso. Lógicamente, yo no podía subir al podio de los oradores a dedicarle a don Absalón frases zalameras, primero porque no es mi estilo y segundo, por ser yo portavoz de un numeroso grupo, que según mis tesis publicadas en diversos editoriales, debe manejarse con seriedad, independencia, profesionalismo y dignidad.

Cuando en el desayuno del día siguiente inicié mis palabras haciendo una recopilación de los casos más sonados de periodistas agredidos y caídos en el cumplimiento de su deber, mencionando por cierto a Manuel Buendía, noté cierto nerviosismo entre los asistentes, pues la mayoría esperaba alguna censura en contra del gobernador, pero como nobleza obliga, tomando en cuenta el irrestricto respeto que el general demostró siempre a la prensa, por lo que hace a la integridad física de sus oficiantes, le hice a él y a su gobierno un reconocimiento. El aplauso fue sonoro. A la postre, me dio gusto haberme portado con caballerosidad hacia el gobernador, pues sin yo saberlo, estaba nominado para recibir el Premio Chiapas de Periodismo 1987 otorgado por el gobierno, en su modalidad de columna. Fue el propio general quien me hizo entrega del diploma respectivo y el acto de premiación lo divulgó el noticiero de Carlos Ruiseñor Esquinca “Imágenes de Chiapas”, en todos los cines de la entidad. Con posterioridad he tenido la suerte de tratar muy de cerca de don Absalón y me precio de ser su amigo. Todavía guardo y luzco en mi casa una canasta –ahora llena de flores- que en una Navidad don Absalón nos envió a mi esposa, a mis hijos y a mí, como muestra de afecto con vinos finos y conservas de ultramar. Ya en confianza y en su calidad de ex gobernador, en una ocasión que comimos juntos me dijo el general: -“Al leer los riendazos que me soltaba usted en los periódicos, pensé que tenía algún propósito oculto, pero como nunca me pidió nada, advertí su seriedad y su convicción de pensamientos”. Ese análisis lo hizo tardíamente al general, pues con anterioridad fui propuesto en la terna para ocupar un cargo de magistrado en el Tribunal Superior de Justicia, y según me dijeron, al tachar mi nombre señaló: -“Este señor no, porque escribe en los periódicos”.

Luis Raquel Cal y Mayor Gutiérrez ha ejercido desde joven un indiscutible liderazgo entre un grupo de amigos de diversas localidades de la entidad. Al advertir que se empezaba a agotar el período de gobierno del general Castellanos Domínguez, con esa capacidad de convocatoria reconocida desde siempre por todos sus amigos, nos reunió en el hotel Real de Tuxtla a unas treinta personas, representativas de la clase política de los principales lugares de Chiapas. A manera de prólogo explicó que el sistema político mexicano empezaba a mostrar fatiga en sus métodos, y así por ejemplo, la imposición de gobernadores enviados desde el centro desalentaba los procesos democráticos, pero sobre todo cuando dicha imposición beneficiaba a personas sin arraigo, a hombres que por no estar vinculados con la entidad y por vivir lejos de ella, creían conocer los problemas cuando en verdad tenían una pálida radiografía de los mismos, y a la hora buena, se equivocaban en sus decisiones. Hubiese sido necesaria una memoria fotográfica para reproducir aquí las opiniones de los reunidos, respecto a la temática antes apuntada, pero lo que sí recuerdo con una claridad meridiana es la buena acogida que el tema tuvo entre los presentes. Pero la buena impresión provocada por las palabras de Luis Raquel Cal y Mayor, mejoró aun más cuando él explicó que no estábamos a favor ni en contra de nadie en lo particular, pues el proyecto no tenía dedicatoria ni en uno ni en otro sentido. Es decir, se trataba de un planteamiento objetivo, a manera de sacudirnos de una buena vez del arribo de gobernadores “golondrinos”, pues vienen a hacer como que nos gobiernan y apenas finiquita su período se van de aquí y no se vuelven a acordar de Chiapas. El mencionado vicio centralista no era privativo de Chiapas y aquí tuvo su excepción cuando fue nombrado candidato del PRI el doctor Samuel León Brindis, quien al término de su gestión administrativa se quedó a vivir en la capital del estado. La semilla sembrada por Luis Raquel cayó posteriormente en terreno fértil. Pero en dicha ocasión hubo informadores oficiosos y mal intencionados que se acercaron al entonces senador José Patrocino González Garrido para decirle que un grupo de gentes radicadas en Chiapas, encabezadas por Luis Raquél Cal y Mayor, pretendían ponerle obstáculos en el camino hacia el gobierno de la entidad. Inclusive, un colaborador en ciernes de Patrocinio, me dijo: -“Juliazo, si pretendes llegar a formar parte del gobierno de Pepe, sepárate de Luis Raquél”, dando por un hecho, a muchos meses de distancia del “destape”, que a José Patrocinio la candidatura no se la quitaba ni Dios Padre, según sus propias expresiones.

Cuando los dirigentes del Centro Empresarial de Chiapas empezaron a interesarse en la sucesión del gobernador Castellanos Domínguez, Manolo Muguira me pidió preparara una semblanza de los seis candidatos más probables. Entonces me eché a conseguir los antecedentes del ya aludido José Patrocinio González Garrido, del otro senador por Chiapas de nombre Manuel Villafuerte Mijangos, de Sami David David, de Roberto Albores Guillén, de Antonio Melgar Aranda y de Jesús Cancino Casahonda. Los datos por mí recabados los di a conocer en un desayuno del Centro Empresarial de Chiapas y posteriormente los publiqué en “La Voz del Sureste” en orden alfabético, para evitar suspicacias respecto a mis posibles preferencias.

Los factores externos e internos favorecían contundentemente a José Patrocinio para alcanzar la postulación del PRI como candidato a gobernador, como lo prueba el hecho que de los cinco políticos que entrevisté para solicitarles su curriculum vitae, cuatro coincidieron en señalarlo (por separado) como el más viable triunfador. Por otro lado, de los dos senadores de la entidad era el mejor relacionado con los chiapanecos, pero además, su parentesco político con Carlos Salinas de Gortari era una carta que también operaba a su favor, y por añadidura, su innegable preparación política y su innata inteligencia, lo ponían en los cuernos de la luna. El curriculum vitae de Patrocinio me lo dio en la ciudad de México y en sus oficinas de la Procuraduría del Distrito Federal, Juan Lara Domínguez, con la recomendación de darle especial realce al publicarlo en la prensa estatal. Recuerdo que Juan Lara recibió en su despacho al legendario Ticao Arnauda, entrenador del equipo de primera división de fútbol, Atlante, pidiéndole un balón profesional autografiado, para mi hijo Julio, acompañándolo el Ticao con una camiseta del mencionado conjunto deportivo usada por el jugador Montoya. Inclusive, con Juan y con su señora, La Chata, nos fuimos Chabe y yo a comer al Club de Leones de la Colonia Roma, en compañía de Servio Tulio Acuña Z., siendo precisamente esa la última vez en que vi al “Cachetón de Oro”, querido ex compañero mío de la Escuela Nacional Preparatoria y de la Facultad de Derecho de la UNAM, pues poco tiempo después falleció.

El grupo de empresarios radicados en Tuxtla Gutiérrez, encabezados por José Brunet Civit, invitó al ya candidato José Patrocinio a una reunión de trabajo, en la casa del citado presidente del Centro Empresarial de Chiapas. Ahí le preguntó José Luis Romero al candidato, ¿quien debía ser el próximo presidente municipal de Tuxtla? Contestó con su característica mirada penetrante y sus ojos escrutadores: -“A mi no me va a suceder lo que a Jorge, que inició su gobierno perdiendo la presidencia municipal de la capital del Estado. Creo por lo tanto, que el hombre que garantiza el triunfo para el PRI, es el doctor Enoch Cancino Casahonda”. Asistí a esa junta, pero como concerté mi inclusión al equipo de campaña del candidato, le sugerí a Brunet Civit se gestionara mi separación del cargo de asesor, para quedar en libertad de hacer méritos y en su oportunidad pedirle a José Patrocinio alguna posición acorde a mis antecedentes y habilidades. No lo divulgué, pero pensaba en un cargo de magistrado del Tribunal Superior de Justicia. En la comida de referencia Brunet Civit le pidió a Patrocinio que de llegar al gobierno comprara los terrenos de La Antena, en la Colonia El Retiro e hiciera un parque, lo que sucedió a la postre.

Antes del inicio de campaña fui a la finca cafetalera “Santa Lucía” a apoyar en las pesadas labores del cultivo del café a mi padre, un hombre de ochenta y un años de edad pero con una vitalidad física y una fuerza de trabajo, sorprendentes. Le comenté mi deseo de colaborar en los esfuerzos proselitistas de Patrocinio, para luego sentirme con el ímpetu suficiente para pedirle una buena posición en su equipo de colaboradores. Cuando me llevó en Tapachula a recoger mi automóvil que me conduciría a Tonalá, en donde el candidato inició su gira por todo el estado, al verme arrancar le dijo a Sergio, mi hermano, “síguelo para verlo hasta que tome la carretera”. Mi hermano le respondió que yo conocía cómo salir de la población y seguramente no me iba a perder. Aquí mi padre ha de haber tenido una premonición, pues respondió: -“No sé si ésta sea la última vez en que yo vea a tu hermano”.

Mi padre, por los azares del destino se hizo de “Santa Lucía” y fue un eficiente finquero dedicado a la producción de café. Allá por 1949 cuando tenía abierto su despacho de abogado en las calles de Abraham González de la ciudad de México, tomó el caso de un alemán de nombre Bernardo Von Anderthen, al que el gobierno mexicano le había incautado sus fincas de café ubicadas en el municipio de Tapachula, Chiapas, en los años de la Segunda Guerra Mundial y lo mantuvo detenido en la cárcel de Perote, del estado de Veracruz. Este hombre al término de la guerra obtuvo su libertad y buscó a un buen litigante para recuperar sus propiedades. Alguien le habló de un abogado originario de Tuxtla Gutiérrez, don Julio Serrano Castro. Mientras duró el asunto en trámite mi padre le daba en préstamo diversas cantidades, para la manutención de él y la de su esposa, Aída Guizar de Anderthen. Cabe señalar, brevemente, que el hundimiento del buque tanque “Potrero del Llano” y una supuesta declaración de guerra por parte de México al Eje (Alemania-Italia-Japón), que nunca se formalizó, desarrolló en toda la nación la idea de que éramos un país beligerante, sobre todo por la participación en Manila en abril de 1945 del Escuadrón 201, integrado por pilotos mexicanos. Los dos hechos anteriormente señalados, no fueron suficientes para considerar a México y a Alemania, de acuerdo a las normas del derecho internacional, como dos países en guerra, entre sí, pues el hundimiento por torpedos de origen desconocido del barco petrolero “Potrero del Llano”, nunca lo reconoció la flota alemana como de su responsabilidad ni se atribuyó la destrucción de otros buques de matrícula mexicana, y por otro lado, la ya citada participación de aviones de guerra mexicanos, en Manila, fue para combatir a los japoneses y jamás integró formalmente una agresión de México hacia Alemania, toda vez que ésta nación no le atribuyó esa naturaleza. Sirvió de fundamento legal para la recuperación de las propiedades del alemán Bernardo Von Anderthen, el hecho de que descubriese mi padre que mal podía incautar el gobierno mexicano a un súbdito de la Alemania nazi sus fincas mexicanas, bajo el pretexto de que eran bienes del enemigo, pues entre México y Alemania nunca medió una declaración formal de guerra, y si la hubo, sencillamente no se perfeccionó el estado bélico conforme a las normas del Derecho Internacional. De ese subterfugio legal, descubierto por la habilidad de investigación de mi padre en los archivos oficiales del Gobierno Mexicano, se valieron otros alemanes para que les fuesen entregadas sus propiedades agrícolas. Bernardo Von Anderthen al momento de verse nuevamente en posesión de sus fincas pretendió mezquinamente evitar el pago de los honorarios a favor de su capaz e intuitivo abogado y empezó a negársele en el teléfono a mi padre, pero en una rápida acción de corte policiaco, en la cual intervinieron como coadyuvantes mi tío Emilio Serrano Castro y el también licenciado en derecho, Joaquín Aguilar Borges originario de Tuxtla, al alemán lo localizaron escondido en un hotel de la capital de la República en donde alegó, para evadir su obligación, no contar con dinero en efectivo y la imposibilidad de conseguirlo en un lapso más o menos breve. Dadas las circunstancias y ante el temor fundado de que el alemán se fuera al extranjero para evadirse de su acreedor, ahí mismo en el hotel y ante notario público, lo orilló mi padre a través de convincentes razonamientos a escriturarle en dación en pago la finca “Santa Lucía” y una fracción de otra aledaña, a manera de compensación para complementar el total de su deuda. Para los lectores no doctos en cuestiones legales, debo decir que la “dación en pago” es un acto jurídico por el cual el deudor entrega al acreedor una prestación diferente de la debida con el consentimiento de éste. Aquel hecho meramente circunstancial, nos dio la oportunidad de disfrutar una de las zonas más bellas de México, en las faldas del volcán Tacaná, situado en la línea divisoria entre México y Guatemala, en la Zona Nexapa, a una altura sobre el nivel del mar de mil metros aproximadamente, donde las flores silvestres llamadas Aves del Paraíso crecen a la orilla de los caminos y se divisa además parte de la Sierra Madre Oriental, la siempre verde llanura de la Perla del Soconusco y la extensión marina bañada por las aguas del Océano Pacífico. La presencia de mi padre la disfruté innumerables veces en ese bucólico rincón, a escasos 28 kilómetros de la ciudad de Tapachula, entre cafetales y una vegetación color esmeralda, en donde las buganvillas se desarrollan a la sombra de cuernavacas, cedros y chalumes, en una zona de húmeda montaña, única en el mundo, pues goza de una precipitación pluvial de cinco mil milímetros anuales, lo que es igual a cinco metros de agua, en altura. El cono del volcán Tacaná se yergue más que majestuoso y con sus insistentes y perpetuos temblores de tierra obliga a las gentes a vivir en casas de madera, a manera de evitar derrumbes y fracturas de paredes. Los cafetos son unos bellos arbustos con un fruto rojo como la ciruela y del tamaño de las uvas. Los hay de diversas clases, pues los biólogos han logrado distintas especies a manera de adaptarlas a condiciones rigurosas o a espacios reducidos, como la planta enana Caturra, resistente al sol y de producción muy rápida. El Mundo Novo, fue en un tiempo el cafeto más común de las fincas de la zona del Soconusco y dio a ganar a los finqueros exquisitas fortunas. Los tapiscadores eran alojados en “ranchos” cuando llegaban a contratarse acompañados de su familia y en “galleras” si arribaban solos a las fincas, pues así lo impusieron los alemanes que dieron lugar a la explosión de la explotación del café, alojándose ellos en casas de madera traídas desde Europa o de los Estados Unidos de Norteamérica, armadas con el viejo sistema denominado amachimbra, con verdadero preciosismo.

A los tapiscadores se les localiza en la frontera México-Guatemala con la intervención de contratistas, que al paso del tiempo desarrollaron mañas y marrullerías para explotar la buena fe y credulidad de los finqueros mexicanos. Los braceros guatemaltecos son gente de trato muy difícil, pues aprendieron de los enganchadores maneras sutiles, algunas, y burdas las otras para defraudar a los patrones. En las fincas es costumbre tocar una campana muy temprano para levantar a la gente de sus aposentos e invitarlos a presentarse al despacho a recoger sus cartones y sus instrumentos de trabajo, como el machete, el canasto y el costal. Salen al campo acompañados de un caporal para trabajar bajo vigilancia, evitándose así la “ordeña” de las plantas y el agobio inmoderado de las ramas grandes y en consecuencia su posible destrucción. Algunos llevan en su morral una bolsa de “pozol” y un “pumpo” con agua para preparase un poco de alimento a las diez de la mañana. Al medio día se les da comida abundante, siempre a cargo del finquero, y por la noche café, azúcar y muchas tortillas. Un buen tapiscador, acompañado de su mujer y dos hijos, puede ganar cien pesos diarios fácilmente (más de diez dólares) lo que viene a representar tres mil pesos en treinta días, que en su país de origen le llevaría tres meses obtener la misma cantidad. En una época se pensó que contratar tapiscadores de Guatemala era quitarle el trabajo a los mexicanos y empezaron a llevar chamulas de la zona de los Altos de Chiapas, pero éstos son indígenas acostumbrados al frío de su región, y como es natural, en el clima húmedo de las fincas sucumbían ante el trabajo y en lugar de entregar en los beneficios húmedos una caja, como lo hacen generalmente los chapines, llegaban con un octavo y siempre sudando “la gota gorda”. Cuando algún trabajador de planta o temporero fallecía de muerte natural, en la misma finca se realizaba el sepelio en un panteón particular; dándose aviso a las autoridades en los casos de muerte accidental o violenta, y en tales eventualidades, el cuerpo era conducido a la ciudad de Tapachula para la autopsia de ley y si los familiares lo reclamaban, era entregado a ellos. En una ocasión mi padre puso la finca en manos de una sobrina, de nombre Elbia Yañez, mujer de pelo en pecho y muy dada a las balandronadas, pues a un trabajador que se le insolentó entrado en copas, le sacó pistola para amedrentarlo y le pegó un tiro accidentalmente, en el hombro. Por muchos años el brazo derecho de mi padre fue don Antolín Tovilla, un señor originario de San Cristóbal las Casas, quien desempeñó eficientemente el cargo de Mayordomo, ocupando para ello la mejor casa de “Santa Lucia”, después de la residencia patronal. Para llegar a “Santa Lucía” ya en la zona de caminos vecinales se atraviesan dos fincas en donde el tiempo parece haberse detenido, “San Andrés Nexapa” y “El Retiro”, dignas de aparecer en los lienzos de los mejores pintores o como escenarios de alguna novela de esencia tropical. Como a quinientos metros de la entrada principal de “El Retiro, en un recodo del camino serpentea el agua del río Nexapa y precisamente en donde hay un planchón para permitir el paso de los vehículos de motor, vi en una lejana ocasión bañarse a la indígena más bien formada que ha dado la creación. En ese sitio se oye crecer la yerba y ahí precisamente empieza la empinada pendiente, serpenteando el camino entre peñascos con paredes de limo a un lado y barrancos hacia el otro. La curva “Del Chamula” tiene una empinada cuesta, cubierta con un empedrado para darle agarre a las llantas de los vehículos de motor y para subir por ella es indispensable ser un avezado conductor en caminos de características especiales, por su piso resbaloso a consecuencia de una sempiterna humedad que mancha de verde las baldosas y las lajas.

El volcán Tacaná, cumbre de esa zona serrana con sus tres mil metros de altitud desafía en belleza al océano que a cuarente y cinco kilómetros de distancia se desdibuja como pintura en esfumino y nos obsequia sus galas. En las noches, desde la finca, se ve claramente el centellear de las luces artificiales de Tapachula pero no llega el tráfago de la ciudad a los cafetales. En las tardes lluviosas el paisaje parece una pintura en tonos grises pues la intensidad del agua suaviza los colores de la naturaleza.

Con aroma de café se pierde el azul de la montaña poblada de chalumes. El sol seduce con sus luces a las fauces altivas del cosmos y traspasa la tupida selva inundando de sombras los caminos. Los cafetos con sus hojas verdes y sus rojas cerezas esperan las manos ágiles de la tapisca, para entregar sus aromáticos granos en la pulpa de suyo carnosa, dulce...como sangrante novia de pasión selvática

La tierra húmeda y pegajosa pinta de colores el paisaje tropical y de ella se levanta una lenta niebla blanca. Algunos pájaros cautivos por el viento
anidan y se mecen en los árboles de sombra del cafetal y dejan oir sus suaves gorjeos mientras mueven las alas parsimoniosamente y casi con mágico deleite

Se desdibujan los senderos en las sombras y en ellos caminan con pisadas lúgubre los tapiscadores, con sus costales de yute y sus canastos de palma; machete en mano, sombrero jaspeado por el tiempo, calzón de manta y camisa deslavada por los sudores del paso de los años. El mayordomo distribuye los pantes para el trabajo del día y los caporales con sus grupos se introducen a las veredas para iniciar el arduo trabajo. -


Julio Serrano Castillejos

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Publicado el: 14-09-2005
Última modificación: 14-11-2017


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El sexenio del general

En las relaciones humanas es muy importante la actitud tomada por uno respecto a los demás. Los expertos en ciencias mentales encuentran un vínculo directo entre las corrientes negativas del pensamiento y los fracasos posteriores a ellas, y de manera contraria, entre las posturas positivas y los triunfos. Es decir, dentro de nosotros mismos traemos una especie de poder mágico para alcanzar el éxito, pero también en ocasiones nos invaden los temores y los malos presagios y ellos nos orillan a las derrotas. Para ilustrar lo anterior me permitiré transcribir la traducción de unas bien meditadas frases escritas en inglés por Dan Custer, y contenidas en un libro que me obsequió mi buen amigo Alberto Sánchez Martínez, originario de Simojovel de Allende, Chiapas, denominado “La mente en las Relaciones Humanas”, y cuyo texto es el siguiente: “Piensa en la enfermedad y la enfermedad nace/ Piensa en la salud y la enfermedad desaparece/ Piensa en la pobreza y la pobreza nace/ Piensa en la riqueza y la pobreza desaparece/ Piensa en el dolor y el dolor crece/ Piensa en la armonía y el dolor desaparece”.

Traigo a cuento lo anterior debido a que en los seis años de gobierno del general Absalón Castellanos Domínguez en Chiapas, no supe adoptar las actitudes que me hubiesen conducido al éxito, como su probable o presunto colaborador, pues no obstante mis lecturas de autores como Harold Sherman, en donde se sugiere crear una imagen mental de uno mismo que proyecte a otras personas confianza, me aparté de esos principios de lógica elemental. Inclusive, cuando advertí que no se me incluyó en la segunda etapa de la gira proselitista del candidato al gobierno del estado, no hice un intento serio para subirme al carro de sus auxiliares, a pesar de que teóricamente con el general varios miembros de la clase política estábamos ante el caso ideal para poder ingresar al grupo de los futuros funcionarios públicos, por no contar el aludido militar con compromisos previos ni grupos cerrados de poder, atrás de él, pero el divorcio que desde un principio se sintió como algo tangible entre el comité directivo estatal del Partido Revolucionario Institucional y el general, me ubicó en una situación harto difícil, pues si estando como Secretario de Divulgación Ideológica de ese instituto político no me llamaba el candidato para difundir su pensamiento, acercarme a él para solicitarle algún favor se me antojaba un contra sentido y hasta una impostura.

Mi amigo y ex compañero de aulas universitarias Jorge Vázquez Robles, delegado general del PRI en Chiapas, me encargó su representación personal para acompañar en su gira proselitista al general. Otras veces, el presidente del CDE, Ezio del Pino Trujillo (pues Noquis salió del CDE para irse de candidato a una diputación federal), me nombró su representante para asistir a los actos políticos de San Cristóbal, Tenejapa y otros sitios y acompañar al candidato, pero cuando por la noche un auxiliar de don Absalón repartió las habitaciones del hotel, me enteré que mi representado no tenía cuarto y por ende yo tampoco. Este fue un claro indicio de lo quebrantadas que estaban las relaciones entre el candidato y el Comité Directivo Estatal del PRI. A las once y media de la noche debí regresar a Tuxtla manejando mi automóvil, sin compañía y con una niebla más espesa que el pegamento para carpintero, pues no era posible conseguir una habitación en la antigua Ciudad Real. Los anteriores incidentes enfriaron mi estado de ánimo y me alejé del general.

Cuando tenía unos cuantos días de iniciar su mandato el presidente Miguel de la Madrid Hurtado, llegó a mi casa un telegrama de la Gerencia de Asuntos Jurídicos de Petróleos Mexicanos, conminándome a reintegrarme a mis labores como abogado de dicha oficina, pero nada se mencionaba sobre los gastos de cambio de menaje de casa y el traslado de mi familia de Tuxtla hacia la ciudad de México. El mal fario y los golpes de la política se hilvanaban y parecían estar confabulados en mi contra, pues cuando fui al Distrito Federal a buscar casa habitación, toda vez que la de mi propiedad se la vendí a Sergio Santacruz Aceves (mi inquilino que dijo esta casa va a ser mía), me encontré rentas tan altas, que se me hizo imposible tomar para mi familia algo de dimensiones y características aceptables. Por ese entonces alguien le comentó a Ernesto Castellanos Herrerías, hijo del nuevo gobernador, que mi casa de Tuxtla, bastante amplia y cómoda, sería desocupada, y cuando la esposa de él se la pidió en arrendamiento a mi señora, a los presuntos inquilinos les pareció muy alta la cantidad de la renta mensual fijada en cuatro mil pesos, que era precisamente la que en México se dejaban pedir por un pequeño departamento de tres recámaras con dos baños y lugar para un carro, en colonias de mediana calidad como la del Valle y Narvarte.

El nuevo director general de Petróleos Mexicanos era el licenciado Mario Ramón Beteta, hijo del general y acuarelista Ignacio Beteta, muy amigo de mi padre. Esta circunstancia dio lugar a que mi padre aceptara acompañarme para entrevistar al jefe de la empresa paraestatal, pero también con la idea de ejercer cierto grado de presión a mi favor dados sus antecedentes como ex subdirector general de Pemex, además de la amistad que ya tenía con el alto funcionario. La entrevista, en las oficinas centrales de la Avenida Marina Nacional, fue útil para explicarle al licenciado Beteta que ya tenía organizada mi vida en Chiapas, en donde además la empresa contaba con un cúmulo de intereses y por ende también oficinas, para solicitarle a continuación mi cambio de adscripción a la capital del estado, toda vez que la institución podía aprovechar mis servicios en Tuxtla Gutiérrez. Así, previa aquiescencia del director, quedé con la categoría de Ayudante Técnico dentro de la llamada Superintendencia de Servicios Técnicos y Administrativos, para atender en la entidad asuntos del ramo antes mencionado. De entrada pude constatar que el superintendente, de cuyo nombre no puedo acordarme, era un sujeto de baja estofa, con graves conflictos de identidad y los complejos derivados de los mismos, con criterios más pobres que los de un niño de pecho, pues así por ejemplo, un día invitó al gerente de la Zona Sur a visitarnos y le pareció de muy buen tono mandarme a comprar una bolsa de pan regional para entregársela a dicho funcionario, e inclusive se molestó al enterarse de mi negativa, aunque bien pudo cumplir su encargo el chofer, la señora que hacia el aseo o un oficinista de sexta. El superintendente de marras tenía la inclinación, propia de las gentes de alma procaz, de granjearse la simpatía de sus superiores invitándoles parrandas en Tuxtla con todos los gastos pagados, incluidos los “servicios” de mujerzuelas. Un día le dijo a un alto funcionario de Pemex, que yo andaba presumiendo ser hijo de un ex director general de la empresa, por parecerle absurdo que el vástago de un ex funcionario de ese nivel, trabajase en una modesta oficina de provincia. Supe que el individuo antes aludido está sujeto actualmente a proceso acusado de la comisión de diversos delitos patrimoniales en contra de Petróleos Mexicanos y a la fecha de escribir estas líneas su caso todavía no se resuelve. Comentaré mis experiencias sin volverme a ocupar de este señor, del que no puedo recordar su nombre, pues francamente, se me ha olvidado.

Para recorrer los municipios en donde la empresa tenía intereses se me dio en resguardo un pick-up como medio de transporte. Dicho vehículo carecía de aire acondicionado y en él fui en diversas ocasiones a gestionar asuntos a los calurosos municipios de Tapachula, Mazatán, Tecpatán, Ocosingo, Ostuacán, Estación Juárez, Reforma, Pichucalco y otros. Un día se me hizo saber que de Villahermosa, Tabasco, se nos enviaría un helicóptero para ir a la comunidad Benemérito de las Américas a auxiliar a dos ingenieros petroleros, metidos en graves aprietos. Sucede que Petróleos Mexicanos estaba construyendo el llamado camino fronterizo en territorio chiapaneco colindante con el de Guatemala, y para ello, convino con las autoridades ejidales de esa zona en derribar los árboles para abrir la brecha y dejar la madera en beneficio de los ejidatarios. Como llovía mucho en el campamento petrolero, la mesa rústica en donde comían los ingenieros y otros empleados, por la humedad del piso y por su propio peso se hundía en la tierra. Los ingenieros mandaron a cortar de los árboles derribados cuatro rodetes para colocar uno en cada pata de la mesa, evitando de esa manera el problema. Los ejidatarios, estaban ante un caso de robo de uso, pues los rodetes de madera les serían devueltos oportunamente, pero tomaron presos a los dos ingenieros y en una improvisada cárcel los encerraron, amenazándolos en cuanto a la aplicación de severas sanciones como si hubiesen incurrido en el más grave de los delitos. Cuando llegamos a Benemérito de las Américas, en plena selva chiapaneca entre los ríos Lakanjá y Lakantún, nos leyeron el acta de asamblea del ejido, en donde a manera de pena “para darle un escarmiento” a los dos citados profesionistas, se disponía la violación masiva de los mismos, como si viviésemos en la edad de las cavernas y no en un país con un avanzado régimen de derecho en donde están proscritas las penas inhumanas y contrarias a los más elementales derechos. En mi calidad de abogado les hice notar que aquella disposición de asamblea era de imposible aplicación por ser atentatoria de la Constitución General de la República e inclusive contraria a los sentimientos humanitarios, pero los campesinos alegaron con frases insolentes y ademanes enérgicos que sólo iban a aplicar su régimen de usos y costumbres, y por lo tanto, “tenían derecho a proceder en los términos establecidos en el acta de asamblea”. Para delimitar y entender la esencia de lo jurídico no es necesario tener amplios conocimientos académicos, pero dichas gentes se querían aprovechar de la situación para obtener ganancias económicas, sin mayor esfuerzo. Lo que me importa subrayar es que aquella aparente cerrazón de entendimiento, pues insistían con cumplir la amenaza para ellos “legítima” por estar consagrada en una acta de asamblea, estaba encaminada a doblegar la voluntad de los gestores a manera de obtener el máximo provecho económico; fue por eso, que al proponer los líderes del ejido se les entregara una fuerte cantidad de dinero, a cambio de respetar la integridad física de los dos ingenieros privados ilegalmente de su libertad, aceptamos entablar negociaciones. El líder principal era un tipo engreído, de sonrisa burlona y manipulador de su gente, pues se atrevió a invitarlos a rodear el helicóptero para no permitirnos regresar en el mismo a los gestores, en caso de que no aceptásemos sus pretensiones. Fue necesario mandar a los pilotos otra vez a Villahermosa para conducir el dinero al lugar del conflicto y lograr la libertad de los ingenieros, pues cualquier demora hubiese sido de deshonrosas consecuencias para ellos.

Deseo aprovechar el incidente antes relatado para teorizar brevemente alrededor de la conflictiva planteada con motivo de los tratados de San Andrés, en donde los pueblos indios pretenden la creación de núcleos de poder incluidos dentro del poder mismo del Estado mexicano. Al respecto, es prudente puntualizar que la aplicación de usos y de costumbres en contra del orden jurídico nacional, es un contra sentido de dimensiones más que siniestras, pues no pueden convivir sistemas jurídicos que en su esencia son antagónicos. Si la anécdota la tomamos como caso piloto, podemos decir que de conformidad a la Carta Magna nadie puede ser privado de su libertad si no es mediante mandamiento judicial debidamente fundado y motivado, y mucho menos ser sujeto de una sanción consistente en un ataque sexual a manos de una horda de rufianes. En el caso que nos ocupa un grupo de campesinos, carentes de toda autoridad judicial, encarcelaron a dos personas sin tener fundamentos legales para ello. Dicho con simpleza, los señores campesinos tácitamente expresaban por escrito: “aquí es nuestra costumbre pasarnos por el arco del triunfo a la constitución mexicana y a sus leyes secundarias”.

Por voluntad propia me separé del Comité Directivo Estatal del PRI, al considerar que no buscaban los avances democráticos más apetecibles sus dirigentes, y no me arrepentí, pues esa circunstancia me permitió escribir largo y tendido en “La Voz del Sureste”, órgano de información dirigido por un hombre que trae en la sangre el periodismo por herencia muy directa, Roberto Coello Trejo, quien me invitó a participar en dicho periódico desde 1980. Como la opinión pública le imputase al general Absalón Castellanos Domínguez a manera de censura, ciertas cuestiones que a mi parecer estaban fundamentadas, me hice vocero de la misma.

Un día pidió el gobernador le enviaran a algún funcionario de Petróleos Mexicanos a sus oficinas, pues tenía planteamientos muy importantes para dicha empresa. Llegué a la cita para representar a Pemex y me encontré al enviado de la Comisión Federal de Electricidad, con el que el general Castellanos Domínguez habló por espacio de unos 20 minutos en mi presencia, contando para ello con la asesoría de Javier López Moreno, hombre inteligente que sin tener ligas de amistad con don Absalón se le supo meter cuando el general era jefe de la zona militar en Tepic, Nayarit, poco antes de su “destape” como candidato al gobierno de Chiapas, según lo manifestó el propio López Moreno en una memorable entrevista publicada en la revista Siempre! de abundante miga periodística. Cuando tocó mi turno, don Absalón me expresó lo que para él era toda una diagnosis para entender la relación entre Chiapas y Pemex, y me pidió fuese vocero de sus deseos en cuanto a evitar la contaminación provocada por la explotación petrolera, sobre todo en los municipios del norte de la entidad, diciéndome a continuación que si en el municipio de Reforma, Chiapas, la citada empresa tenía poco más de cuatro mil trabajadores, justo era que todos ellos fuesen chiapanecos, pues según sus informantes ahí trabajan gentes de toda la República. Obviamente, el gobernador en el primer caso tenía una justa apreciación de las cosas, pues la contaminación ambiental con su consiguiente corrosión de láminas de cinc y de cercas de alambre de púas, se podía disminuir si se tomaban las precauciones necesarias; respecto a su segunda propuesta, le hice notar, siempre respetuosamente y hasta escogiendo con todo cuidado mis palabras, que era un imposible contratar en Reforma nada más a personas con la ciudadanía de nuestra querida provincia, pues en tal hipótesis se violentaría la Constitución General de la República, la Ley Federal del Trabajo, el contrato colectivo de trabajo suscrito por los representantes de Pemex y del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana y hasta la lógica, pues en otros estados de la República en las instalaciones y en las oficinas petroleras existían personas correctamente contratadas, sin importar su lugar de origen, siendo condición sine quanon cumpliesen con los respectivos requisitos legales y contractuales, pero nunca sujetando sus contratos a que fuesen originarios de tal o cual estado. Inclusive, le hablé de la cláusula de exclusión por ingreso, pactada en el contrato colectivo de trabajo que rige las relaciones obrero patronales en la industria petrolera, a través de la cual es opción del sindicato proponer a los trabajadores, y en donde tampoco se contempla la posibilidad de darle empleo en cada lugar exclusivamente a los que de ahí sean originarios. El gobernador me escuchó pacientemente y al ver que terminé mi alocución le preguntó a su Secretario de Educación, Javier López Moreno, si yo había expresado algo razonable en cuanto a la imposibilidad de contratar sólo a nuestros coetáneos en Chiapas. Para mi sorpresa, López Moreno con la mayor tranquilidad y como si estuviese interpretando la tabla de multiplicar del uno, dándole vueltas al asunto y en una pirotecnia verbal de mucha habilidad le dio a entender al general que yo lo estaba engañando. Automáticamente vino a mi mente el viejo cuento, de cuando el presidente de la República pregunta qué horas son, y su más cercano colaborador le contesta: -“Las que usted ordene, señor”. Transcurridos algunos años, comprendí la respuesta de Javier López Moreno, pues aunque es uno de los más talentosos políticos que ha dado Chiapas, orador de mucho fuste y culto como el que más, él tenía pensado llegar a gobernar un día a nuestra entidad, y no le iba a echar a perder sus proyectos un abogado petrolero. Al respecto dice el filósofo sudamericano José Ingenieros: Todo hombre declina su personalidad al convertirse en funcionario: no lleva visible la cadena al pie, como el esclavo, pero la arrastra ocultamente, amarrada a su destino. Cabe añadir que tan cruel sentencia le embona perfectamente al 99% de políticos a la mexicana, de donde se debe entender que no le estoy dedicando oprobio alguno ni afirmaciones infamantes a López Moreno. A partir del incidente empecé a sentir cada vez más distante al general. Al saludar a un grupo a mí me daba la mano, pero no me veía a los ojos ni me hablaba. En otras ocasiones le extendía la mano a los que estaban a mi lado y a mí me evitaba.

Cuando se escucharon protestas por el nombramiento de un nayarita de nombre Manuel Salinas como secretario particular del gobernador, tomé el asunto como tema central y lo desmenucé en “La Voz del Sureste”. ¿Acaso no hay chiapanecos valiosos para ocupar el cargo? Dicho encabezado lo di a conocer a manera de interrogante, expresada a través de las páginas de los periódicos, y lógicamente iba con dedicatoria especial al general y de ahí partí para escribir varios editoriales y para cubrir la parte substancial del Boletín Informativo del Centro Empresarial de Chiapas, algunos meses después. Curiosamente, más de tres gobernadores de Chiapas han colocado en puestos claves a personas que ningún vínculo previo se les conoció respecto a la entidad, y lógicamente, ello causa escozor en el ánimo de los que aquí vivimos. Ese localismo es natural en todos lados y difícilmente se lo sacudirá la gente. Por eso el pueblo le recriminó a don Absalón introdujera a su gobierno a un muchacho de origen colombiano de apellidos Acosta Polanco y posteriormente a José Patrocinio la inclusión como hombre clave de su equipo de un tal Moreno Genis. Viajé en muchas ocasiones al norte de Chiapas y como se me alojase en hoteles de Villahermosa, aproveché para frecuentar a mis amigos tabasqueños, como Roberto Canabál Estañól y Jesús Madrazo Martínez de Escobar, y así mismo, a Rafael González Lastra originario de Pichucalco pero avecindado en la capital de Tabasco. La principal ciudad tabasqueña, como en otras ocasiones, me pareció demasiado calurosa y además más cara que Tuxtla, pero como tenía derecho a viáticos ello resolvió las diferencias económicas, parcialmente. Por las noches en el hotel Cencali, a la orilla de la Laguna de las Ilusiones, gozaba de un escenario similar al de las películas yanquis de la época del cine musical. En una ocasión, después de una jornada laboral de siete de la mañana a las tres de la tarde en el municipio de Reforma, pregunté en donde podía comer y como no encontré nada apetecible, a la puerta de un cine de “piojito” compré unas palomitas de maíz reventado, pues no había nada mejor que eso. Los contrastes eran muy marcados, pues en un determinado momentos estaba disfrutando de las instalaciones de “Tabasco 2000” con lujosas tiendas departamentales y aire acondicionado y unos minutos después discutía con un grupo de campesinos inconformes, junto a un pozo petrolero y bajo un sol abrazador. Cuando los afectados por la contaminación del ácido sulfhídrico nos cerraron el paso hacia un pozo en el municipio de Estación Juárez, hacia allá fui bajo el supuesto de que el presidente municipal, Roque Luis Ravelo Velasco, había convencido a los agraviados para que escuchasen serenamente los razonamientos de la representación enviada por Petróleos Mexicanos. Pero el funcionario municipal lejos de suavizar el caldeado ambiente, a los campesinos los irritó con un encendido discurso, diciéndoles que no debían creer en las falsas promesa de una empresa dada a engañar a los hombres de bien. Los representantes de la empresa del estado mexicano temimos por nuestra seguridad, pues por un buen rato no nos permitieron alejarnos del lugar, pero para nuestra fortuna nada grave sucedió, máxime que oportunamente se cubrieron las indemnizaciones de rigor. Curiosamente, con el paso del tiempo hice muy buena amistad con Roque Luis Ravelo, aprovechando la misma para reclamarle su proceder, ya en tono de broma.

Acostumbrado a moverme en un ambiente de camaradería en mis viejas oficinas de Petróleos Mexicanos y en otras en donde he laborado, a diferencia de las de la superintendencia en donde la atmósfera laboral no era la adecuada para sentirme ni siquiera medianamente satisfecho, asistí nuevamente con mi padre a visitar al licenciado Mario Ramón Beteta, director general de la empresa, para solicitarle ordenara mi jubilación. Generosamente aceptó al alto funcionario, y aunque mi antigüedad no daba para jubilarme con el 100% de las prestaciones inherentes a ese beneficio, tomé mi retiro con el 80% y vi abrirse nuevos horizontes.

En uno de mis viajes para realizar algunos trámites de mi jubilación en Villahermosa, detectó mi presencia en esa ciudad Rafael González Lastra y me fue a sacar del hotel para llevarme a su casa. Me atendió a cuerpo de rey y a diario muy temprano me llevaba a caminar al nuevo parque “Tomás Garrido Canabál” en la cercanía de la Laguna de las Ilusiones. Al rasurarme, una de esas mañanas, descubrí una protuberancia en mi cuello debajo de la barbilla, a la que en un principio no di importancia, pero como 24 horas después ya estaba más crecida y semejaba un medio limón insertado bajo mi piel, abandoné Tabasco para irme a Tuxtla a consultar doctores. En el Instituto Mexicano del Seguro Social con posterioridad a un rápido examen por parte de un médico general, me citaron para, según la trabajadora social, valorarme para ser turnado a cirugía. De ese lugar salí por piernas y me fui a consultar al endocrinólogo de nombre Roberto Aguilar Maldonado, y después de una breve auscultación me dijo: -“Si yo fuera usted me iría hoy mismo a la ciudad de México a consultar a un buen oncólogo, o sea, al especialista en tumores”. Mi vecina, Laura Norma de Grajales, me habló muy bien ese mismo día del doctor Javier Castellanos Coutiño, pues operó a su hija Laura de un problema de la tiroides. En el aeropuerto internacional Benito Juárez nos recibió a mi esposa y a mí, mi padre. Apenas bajé del avión me colocó su abrigo en la espalda para cubrirme del frío y recordó que a mi abuelo don Federico C. Serrano Figueroa, una gripa en la ciudad de México se le complicó y pocos días después falleció por una neumonía. Para darle tranquilidad le digo a mi padre: -“Traigo una bolita en el cuello”, pero él respondió: -“¿Bolita? Yo diría que es una bolota”. Fuimos al hospital de Picacho en donde Pemex atiende a sus trabajadores foráneos, me examinaron unos imberbes doctores y cuando me aconsejan la operación, su ostensible juventud me hizo desconfiar y preferí ponerme en manos del doctor Javier Castellanos Coutiño, quien me operó y posteriormente envió el tumor al patólogo. Tres días después nos enteramos que “había brincado el charco”, pues el tejido extraído resultó de un tumor benigno. Con el dinero de la liquidación de mi prima de antigüedad compré un automóvil Tsuru.

Al enterarse mi buen amigo Manuel Muguira Revuelta, presidente del Consejo Empresarial de Chiapas, afiliado a la Confederación Patronal de México, de mi retiro de Petróleos Mexicanos, me visitó en mi domicilio particular con otros dos empresarios para invitarme a colaborar con ellos como asesor jurídico. Ahí inicié una bonita etapa de mi vida, pues de inmediato quedé relacionado con la crema y nata de los empresarios chiapanecos, entre los que tengo a muy buenos amigos como José Brunet Civit, Rudy Lozano Aramoni y su hermano Eduardo, Miguel Angel Guadarrama, José Luis Romero (q.e.p.d.), René Aramoni padre e hijo, y muchos más. Manolo Muguira de su hacienda personal apoyaba actividades culturales, como los torneos de ajedrez y además procuraba asistir, algunas veces en mi compañía, a las reuniones nacionales de la Coparmex convocadas por el líder de los empresarios, un señor de apellidos Ardavín Migoni a quien se le veía acompañado de Luis Felipe Bravo Mena, el que posteriormente llegó a ocupar el cargo de presidente del Partido Acción Nacional. A iniciativa de Manolo fundamos el Boletín Informativo del Centro Empresarial de Chiapas, en tamaño carta y vigilábamos las fluctuaciones de las operaciones bursátiles, dando especial interés a la baja y a la alza de los precios del café. En el mencionado boletín formulamos crítica constructiva al señalar las pifias de algunos colaboradores del gobernador de la entidad. En cuanto al alto funcionario señalábamos con espíritu constructivo lo que considerábamos eran sus hierros más destacados. Al terminar su período Manolo Muguira, tomó su lugar por elección de los miembros de la asamblea, José Brunet Civit, de quien recibí un trato indiscutiblemente amable y delicado, o sea, tan bueno como el que me dispensó Manolo.

Mis críticas al gobierno del general Absalón Castellanos Domínguez se centraron en el tema de la mediatización del periodismo chiapaneco a los intereses del citado militar y de sus segundos. Escribí en diversas publicaciones y en especial en “La Voz del Sureste” en donde venía colaborando desde hace varios años con artículos de fondo. La mediatización de los periodistas chiapanecos a base canonjías y muy buenos billetes, era notoria, pero sólo yo la censuraba acremente, aunque para ventaja mía nunca se recurrió -como se hacía en otras latitudes con los que se salína del guacal- a la violencia física ni a la moral.

Abundé en el tema de los periodistas facturistas dados a cobrar las líneas ágatas y los cuadratines para cantar loas y lisonjas a los funcionarios que se prestaban al “chayote”. Sentía ser una voz en el desierto pero siempre me topé con lectores, aunque muy pocos, que me felicitaban por demostrar valor civil y llamarle a las cosas por su nombre. Señalé, ante la exagerada profusión de órganos de prensa, que la atomización del periodismo sólo era conveniente para la clase gobernante.

Expliqué la razón del denominado “chayote” de la siguiente manera:
Gran número de directores y dueños de órganos de la información omiten el pago de salarios, emolumentos u honorarios a los columnistas y comentaristas, porque parte de la base, no siempre cierta, de que este tipo de colaborador se agenciará ingresos con el manejo inteligente de sus notas. Valga la comparación: a cierto tipo de periodistas le acontece lo que a los meseros, que al no recibir sueldo, viven de las dádivas de las personas que por ellos se hacen servir; misma razón por la cual no consideran necesario los dueños de las negociaciones pagar un salario. Y así, el círculo vicioso se convierte en banda sinfín (La Voz del Sureste, 13 de noviembre de 1984).


En el año de 1987 me invitó a un banquete mi amigo Roberto Coello Trejo. La comida fue en su domicilio particular y para mi sorpresa me sentaron junto al gobernador de Chiapas, el general Absalón Castellanos Domínguez. A ese ágape asistió la periodista Isabel Arvide, radicada en Chiapas por ese entonces para colaborar en el gobierno de don Absalón. La fiesta la amenizó con su guitarra, su voz y sus canciones el compositor Paco Chanona. El general departió animadamente conmigo y cuando se retiró, me llamó en privado Roberto Coello Trejo y señalándome a un cercano colaborador del titular del Ejecutivo, me dijo: -“El señor quiere hablar con usted”. Ahí me enteré que a la mañana siguiente se iba a celebrar en un desayuno el Día de la Libertad de Expresión, y don Absalón deseaba que yo pronunciase el discurso a nombre de la prensa chiapaneca, es claro, si yo “no tenía algún inconveniente”. Como el gobernador propuso en la comida del medio día varios brindis a mi salud e inclusive me conminó a tomar dos o tres submarinos junto con él, o sea, tequilas con cerveza, colegí que cualquier disgusto del pasado hacia mi persona ya estaba superado y acepté la invitación, retirándome de la casa del director de “La Voz del Sureste” para ir a mi domicilio a preparar el discurso. Lógicamente, yo no podía subir al podio de los oradores a dedicarle a don Absalón frases zalameras, primero porque no es mi estilo y segundo, por ser yo portavoz de un numeroso grupo, que según mis tesis publicadas en diversos editoriales, debe manejarse con seriedad, independencia, profesionalismo y dignidad.

Cuando en el desayuno del día siguiente inicié mis palabras haciendo una recopilación de los casos más sonados de periodistas agredidos y caídos en el cumplimiento de su deber, mencionando por cierto a Manuel Buendía, noté cierto nerviosismo entre los asistentes, pues la mayoría esperaba alguna censura en contra del gobernador, pero como nobleza obliga, tomando en cuenta el irrestricto respeto que el general demostró siempre a la prensa, por lo que hace a la integridad física de sus oficiantes, le hice a él y a su gobierno un reconocimiento. El aplauso fue sonoro. A la postre, me dio gusto haberme portado con caballerosidad hacia el gobernador, pues sin yo saberlo, estaba nominado para recibir el Premio Chiapas de Periodismo 1987 otorgado por el gobierno, en su modalidad de columna. Fue el propio general quien me hizo entrega del diploma respectivo y el acto de premiación lo divulgó el noticiero de Carlos Ruiseñor Esquinca “Imágenes de Chiapas”, en todos los cines de la entidad. Con posterioridad he tenido la suerte de tratar muy de cerca de don Absalón y me precio de ser su amigo. Todavía guardo y luzco en mi casa una canasta –ahora llena de flores- que en una Navidad don Absalón nos envió a mi esposa, a mis hijos y a mí, como muestra de afecto con vinos finos y conservas de ultramar. Ya en confianza y en su calidad de ex gobernador, en una ocasión que comimos juntos me dijo el general: -“Al leer los riendazos que me soltaba usted en los periódicos, pensé que tenía algún propósito oculto, pero como nunca me pidió nada, advertí su seriedad y su convicción de pensamientos”. Ese análisis lo hizo tardíamente al general, pues con anterioridad fui propuesto en la terna para ocupar un cargo de magistrado en el Tribunal Superior de Justicia, y según me dijeron, al tachar mi nombre señaló: -“Este señor no, porque escribe en los periódicos”.

Luis Raquel Cal y Mayor Gutiérrez ha ejercido desde joven un indiscutible liderazgo entre un grupo de amigos de diversas localidades de la entidad. Al advertir que se empezaba a agotar el período de gobierno del general Castellanos Domínguez, con esa capacidad de convocatoria reconocida desde siempre por todos sus amigos, nos reunió en el hotel Real de Tuxtla a unas treinta personas, representativas de la clase política de los principales lugares de Chiapas. A manera de prólogo explicó que el sistema político mexicano empezaba a mostrar fatiga en sus métodos, y así por ejemplo, la imposición de gobernadores enviados desde el centro desalentaba los procesos democráticos, pero sobre todo cuando dicha imposición beneficiaba a personas sin arraigo, a hombres que por no estar vinculados con la entidad y por vivir lejos de ella, creían conocer los problemas cuando en verdad tenían una pálida radiografía de los mismos, y a la hora buena, se equivocaban en sus decisiones. Hubiese sido necesaria una memoria fotográfica para reproducir aquí las opiniones de los reunidos, respecto a la temática antes apuntada, pero lo que sí recuerdo con una claridad meridiana es la buena acogida que el tema tuvo entre los presentes. Pero la buena impresión provocada por las palabras de Luis Raquel Cal y Mayor, mejoró aun más cuando él explicó que no estábamos a favor ni en contra de nadie en lo particular, pues el proyecto no tenía dedicatoria ni en uno ni en otro sentido. Es decir, se trataba de un planteamiento objetivo, a manera de sacudirnos de una buena vez del arribo de gobernadores “golondrinos”, pues vienen a hacer como que nos gobiernan y apenas finiquita su período se van de aquí y no se vuelven a acordar de Chiapas. El mencionado vicio centralista no era privativo de Chiapas y aquí tuvo su excepción cuando fue nombrado candidato del PRI el doctor Samuel León Brindis, quien al término de su gestión administrativa se quedó a vivir en la capital del estado. La semilla sembrada por Luis Raquel cayó posteriormente en terreno fértil. Pero en dicha ocasión hubo informadores oficiosos y mal intencionados que se acercaron al entonces senador José Patrocino González Garrido para decirle que un grupo de gentes radicadas en Chiapas, encabezadas por Luis Raquél Cal y Mayor, pretendían ponerle obstáculos en el camino hacia el gobierno de la entidad. Inclusive, un colaborador en ciernes de Patrocinio, me dijo: -“Juliazo, si pretendes llegar a formar parte del gobierno de Pepe, sepárate de Luis Raquél”, dando por un hecho, a muchos meses de distancia del “destape”, que a José Patrocinio la candidatura no se la quitaba ni Dios Padre, según sus propias expresiones.

Cuando los dirigentes del Centro Empresarial de Chiapas empezaron a interesarse en la sucesión del gobernador Castellanos Domínguez, Manolo Muguira me pidió preparara una semblanza de los seis candidatos más probables. Entonces me eché a conseguir los antecedentes del ya aludido José Patrocinio González Garrido, del otro senador por Chiapas de nombre Manuel Villafuerte Mijangos, de Sami David David, de Roberto Albores Guillén, de Antonio Melgar Aranda y de Jesús Cancino Casahonda. Los datos por mí recabados los di a conocer en un desayuno del Centro Empresarial de Chiapas y posteriormente los publiqué en “La Voz del Sureste” en orden alfabético, para evitar suspicacias respecto a mis posibles preferencias.

Los factores externos e internos favorecían contundentemente a José Patrocinio para alcanzar la postulación del PRI como candidato a gobernador, como lo prueba el hecho que de los cinco políticos que entrevisté para solicitarles su curriculum vitae, cuatro coincidieron en señalarlo (por separado) como el más viable triunfador. Por otro lado, de los dos senadores de la entidad era el mejor relacionado con los chiapanecos, pero además, su parentesco político con Carlos Salinas de Gortari era una carta que también operaba a su favor, y por añadidura, su innegable preparación política y su innata inteligencia, lo ponían en los cuernos de la luna. El curriculum vitae de Patrocinio me lo dio en la ciudad de México y en sus oficinas de la Procuraduría del Distrito Federal, Juan Lara Domínguez, con la recomendación de darle especial realce al publicarlo en la prensa estatal. Recuerdo que Juan Lara recibió en su despacho al legendario Ticao Arnauda, entrenador del equipo de primera división de fútbol, Atlante, pidiéndole un balón profesional autografiado, para mi hijo Julio, acompañándolo el Ticao con una camiseta del mencionado conjunto deportivo usada por el jugador Montoya. Inclusive, con Juan y con su señora, La Chata, nos fuimos Chabe y yo a comer al Club de Leones de la Colonia Roma, en compañía de Servio Tulio Acuña Z., siendo precisamente esa la última vez en que vi al “Cachetón de Oro”, querido ex compañero mío de la Escuela Nacional Preparatoria y de la Facultad de Derecho de la UNAM, pues poco tiempo después falleció.

El grupo de empresarios radicados en Tuxtla Gutiérrez, encabezados por José Brunet Civit, invitó al ya candidato José Patrocinio a una reunión de trabajo, en la casa del citado presidente del Centro Empresarial de Chiapas. Ahí le preguntó José Luis Romero al candidato, ¿quien debía ser el próximo presidente municipal de Tuxtla? Contestó con su característica mirada penetrante y sus ojos escrutadores: -“A mi no me va a suceder lo que a Jorge, que inició su gobierno perdiendo la presidencia municipal de la capital del Estado. Creo por lo tanto, que el hombre que garantiza el triunfo para el PRI, es el doctor Enoch Cancino Casahonda”. Asistí a esa junta, pero como concerté mi inclusión al equipo de campaña del candidato, le sugerí a Brunet Civit se gestionara mi separación del cargo de asesor, para quedar en libertad de hacer méritos y en su oportunidad pedirle a José Patrocinio alguna posición acorde a mis antecedentes y habilidades. No lo divulgué, pero pensaba en un cargo de magistrado del Tribunal Superior de Justicia. En la comida de referencia Brunet Civit le pidió a Patrocinio que de llegar al gobierno comprara los terrenos de La Antena, en la Colonia El Retiro e hiciera un parque, lo que sucedió a la postre.

Antes del inicio de campaña fui a la finca cafetalera “Santa Lucía” a apoyar en las pesadas labores del cultivo del café a mi padre, un hombre de ochenta y un años de edad pero con una vitalidad física y una fuerza de trabajo, sorprendentes. Le comenté mi deseo de colaborar en los esfuerzos proselitistas de Patrocinio, para luego sentirme con el ímpetu suficiente para pedirle una buena posición en su equipo de colaboradores. Cuando me llevó en Tapachula a recoger mi automóvil que me conduciría a Tonalá, en donde el candidato inició su gira por todo el estado, al verme arrancar le dijo a Sergio, mi hermano, “síguelo para verlo hasta que tome la carretera”. Mi hermano le respondió que yo conocía cómo salir de la población y seguramente no me iba a perder. Aquí mi padre ha de haber tenido una premonición, pues respondió: -“No sé si ésta sea la última vez en que yo vea a tu hermano”.

Mi padre, por los azares del destino se hizo de “Santa Lucía” y fue un eficiente finquero dedicado a la producción de café. Allá por 1949 cuando tenía abierto su despacho de abogado en las calles de Abraham González de la ciudad de México, tomó el caso de un alemán de nombre Bernardo Von Anderthen, al que el gobierno mexicano le había incautado sus fincas de café ubicadas en el municipio de Tapachula, Chiapas, en los años de la Segunda Guerra Mundial y lo mantuvo detenido en la cárcel de Perote, del estado de Veracruz. Este hombre al término de la guerra obtuvo su libertad y buscó a un buen litigante para recuperar sus propiedades. Alguien le habló de un abogado originario de Tuxtla Gutiérrez, don Julio Serrano Castro. Mientras duró el asunto en trámite mi padre le daba en préstamo diversas cantidades, para la manutención de él y la de su esposa, Aída Guizar de Anderthen. Cabe señalar, brevemente, que el hundimiento del buque tanque “Potrero del Llano” y una supuesta declaración de guerra por parte de México al Eje (Alemania-Italia-Japón), que nunca se formalizó, desarrolló en toda la nación la idea de que éramos un país beligerante, sobre todo por la participación en Manila en abril de 1945 del Escuadrón 201, integrado por pilotos mexicanos. Los dos hechos anteriormente señalados, no fueron suficientes para considerar a México y a Alemania, de acuerdo a las normas del derecho internacional, como dos países en guerra, entre sí, pues el hundimiento por torpedos de origen desconocido del barco petrolero “Potrero del Llano”, nunca lo reconoció la flota alemana como de su responsabilidad ni se atribuyó la destrucción de otros buques de matrícula mexicana, y por otro lado, la ya citada participación de aviones de guerra mexicanos, en Manila, fue para combatir a los japoneses y jamás integró formalmente una agresión de México hacia Alemania, toda vez que ésta nación no le atribuyó esa naturaleza. Sirvió de fundamento legal para la recuperación de las propiedades del alemán Bernardo Von Anderthen, el hecho de que descubriese mi padre que mal podía incautar el gobierno mexicano a un súbdito de la Alemania nazi sus fincas mexicanas, bajo el pretexto de que eran bienes del enemigo, pues entre México y Alemania nunca medió una declaración formal de guerra, y si la hubo, sencillamente no se perfeccionó el estado bélico conforme a las normas del Derecho Internacional. De ese subterfugio legal, descubierto por la habilidad de investigación de mi padre en los archivos oficiales del Gobierno Mexicano, se valieron otros alemanes para que les fuesen entregadas sus propiedades agrícolas. Bernardo Von Anderthen al momento de verse nuevamente en posesión de sus fincas pretendió mezquinamente evitar el pago de los honorarios a favor de su capaz e intuitivo abogado y empezó a negársele en el teléfono a mi padre, pero en una rápida acción de corte policiaco, en la cual intervinieron como coadyuvantes mi tío Emilio Serrano Castro y el también licenciado en derecho, Joaquín Aguilar Borges originario de Tuxtla, al alemán lo localizaron escondido en un hotel de la capital de la República en donde alegó, para evadir su obligación, no contar con dinero en efectivo y la imposibilidad de conseguirlo en un lapso más o menos breve. Dadas las circunstancias y ante el temor fundado de que el alemán se fuera al extranjero para evadirse de su acreedor, ahí mismo en el hotel y ante notario público, lo orilló mi padre a través de convincentes razonamientos a escriturarle en dación en pago la finca “Santa Lucía” y una fracción de otra aledaña, a manera de compensación para complementar el total de su deuda. Para los lectores no doctos en cuestiones legales, debo decir que la “dación en pago” es un acto jurídico por el cual el deudor entrega al acreedor una prestación diferente de la debida con el consentimiento de éste. Aquel hecho meramente circunstancial, nos dio la oportunidad de disfrutar una de las zonas más bellas de México, en las faldas del volcán Tacaná, situado en la línea divisoria entre México y Guatemala, en la Zona Nexapa, a una altura sobre el nivel del mar de mil metros aproximadamente, donde las flores silvestres llamadas Aves del Paraíso crecen a la orilla de los caminos y se divisa además parte de la Sierra Madre Oriental, la siempre verde llanura de la Perla del Soconusco y la extensión marina bañada por las aguas del Océano Pacífico. La presencia de mi padre la disfruté innumerables veces en ese bucólico rincón, a escasos 28 kilómetros de la ciudad de Tapachula, entre cafetales y una vegetación color esmeralda, en donde las buganvillas se desarrollan a la sombra de cuernavacas, cedros y chalumes, en una zona de húmeda montaña, única en el mundo, pues goza de una precipitación pluvial de cinco mil milímetros anuales, lo que es igual a cinco metros de agua, en altura. El cono del volcán Tacaná se yergue más que majestuoso y con sus insistentes y perpetuos temblores de tierra obliga a las gentes a vivir en casas de madera, a manera de evitar derrumbes y fracturas de paredes. Los cafetos son unos bellos arbustos con un fruto rojo como la ciruela y del tamaño de las uvas. Los hay de diversas clases, pues los biólogos han logrado distintas especies a manera de adaptarlas a condiciones rigurosas o a espacios reducidos, como la planta enana Caturra, resistente al sol y de producción muy rápida. El Mundo Novo, fue en un tiempo el cafeto más común de las fincas de la zona del Soconusco y dio a ganar a los finqueros exquisitas fortunas. Los tapiscadores eran alojados en “ranchos” cuando llegaban a contratarse acompañados de su familia y en “galleras” si arribaban solos a las fincas, pues así lo impusieron los alemanes que dieron lugar a la explosión de la explotación del café, alojándose ellos en casas de madera traídas desde Europa o de los Estados Unidos de Norteamérica, armadas con el viejo sistema denominado amachimbra, con verdadero preciosismo.

A los tapiscadores se les localiza en la frontera México-Guatemala con la intervención de contratistas, que al paso del tiempo desarrollaron mañas y marrullerías para explotar la buena fe y credulidad de los finqueros mexicanos. Los braceros guatemaltecos son gente de trato muy difícil, pues aprendieron de los enganchadores maneras sutiles, algunas, y burdas las otras para defraudar a los patrones. En las fincas es costumbre tocar una campana muy temprano para levantar a la gente de sus aposentos e invitarlos a presentarse al despacho a recoger sus cartones y sus instrumentos de trabajo, como el machete, el canasto y el costal. Salen al campo acompañados de un caporal para trabajar bajo vigilancia, evitándose así la “ordeña” de las plantas y el agobio inmoderado de las ramas grandes y en consecuencia su posible destrucción. Algunos llevan en su morral una bolsa de “pozol” y un “pumpo” con agua para preparase un poco de alimento a las diez de la mañana. Al medio día se les da comida abundante, siempre a cargo del finquero, y por la noche café, azúcar y muchas tortillas. Un buen tapiscador, acompañado de su mujer y dos hijos, puede ganar cien pesos diarios fácilmente (más de diez dólares) lo que viene a representar tres mil pesos en treinta días, que en su país de origen le llevaría tres meses obtener la misma cantidad. En una época se pensó que contratar tapiscadores de Guatemala era quitarle el trabajo a los mexicanos y empezaron a llevar chamulas de la zona de los Altos de Chiapas, pero éstos son indígenas acostumbrados al frío de su región, y como es natural, en el clima húmedo de las fincas sucumbían ante el trabajo y en lugar de entregar en los beneficios húmedos una caja, como lo hacen generalmente los chapines, llegaban con un octavo y siempre sudando “la gota gorda”. Cuando algún trabajador de planta o temporero fallecía de muerte natural, en la misma finca se realizaba el sepelio en un panteón particular; dándose aviso a las autoridades en los casos de muerte accidental o violenta, y en tales eventualidades, el cuerpo era conducido a la ciudad de Tapachula para la autopsia de ley y si los familiares lo reclamaban, era entregado a ellos. En una ocasión mi padre puso la finca en manos de una sobrina, de nombre Elbia Yañez, mujer de pelo en pecho y muy dada a las balandronadas, pues a un trabajador que se le insolentó entrado en copas, le sacó pistola para amedrentarlo y le pegó un tiro accidentalmente, en el hombro. Por muchos años el brazo derecho de mi padre fue don Antolín Tovilla, un señor originario de San Cristóbal las Casas, quien desempeñó eficientemente el cargo de Mayordomo, ocupando para ello la mejor casa de “Santa Lucia”, después de la residencia patronal. Para llegar a “Santa Lucía” ya en la zona de caminos vecinales se atraviesan dos fincas en donde el tiempo parece haberse detenido, “San Andrés Nexapa” y “El Retiro”, dignas de aparecer en los lienzos de los mejores pintores o como escenarios de alguna novela de esencia tropical. Como a quinientos metros de la entrada principal de “El Retiro, en un recodo del camino serpentea el agua del río Nexapa y precisamente en donde hay un planchón para permitir el paso de los vehículos de motor, vi en una lejana ocasión bañarse a la indígena más bien formada que ha dado la creación. En ese sitio se oye crecer la yerba y ahí precisamente empieza la empinada pendiente, serpenteando el camino entre peñascos con paredes de limo a un lado y barrancos hacia el otro. La curva “Del Chamula” tiene una empinada cuesta, cubierta con un empedrado para darle agarre a las llantas de los vehículos de motor y para subir por ella es indispensable ser un avezado conductor en caminos de características especiales, por su piso resbaloso a consecuencia de una sempiterna humedad que mancha de verde las baldosas y las lajas.

El volcán Tacaná, cumbre de esa zona serrana con sus tres mil metros de altitud desafía en belleza al océano que a cuarente y cinco kilómetros de distancia se desdibuja como pintura en esfumino y nos obsequia sus galas. En las noches, desde la finca, se ve claramente el centellear de las luces artificiales de Tapachula pero no llega el tráfago de la ciudad a los cafetales. En las tardes lluviosas el paisaje parece una pintura en tonos grises pues la intensidad del agua suaviza los colores de la naturaleza.

Con aroma de café se pierde el azul de la montaña poblada de chalumes. El sol seduce con sus luces a las fauces altivas del cosmos y traspasa la tupida selva inundando de sombras los caminos. Los cafetos con sus hojas verdes y sus rojas cerezas esperan las manos ágiles de la tapisca, para entregar sus aromáticos granos en la pulpa de suyo carnosa, dulce...como sangrante novia de pasión selvática

La tierra húmeda y pegajosa pinta de colores el paisaje tropical y de ella se levanta una lenta niebla blanca. Algunos pájaros cautivos por el viento
anidan y se mecen en los árboles de sombra del cafetal y dejan oir sus suaves gorjeos mientras mueven las alas parsimoniosamente y casi con mágico deleite

Se desdibujan los senderos en las sombras y en ellos caminan con pisadas lúgubre los tapiscadores, con sus costales de yute y sus canastos de palma; machete en mano, sombrero jaspeado por el tiempo, calzón de manta y camisa deslavada por los sudores del paso de los años. El mayordomo distribuye los pantes para el trabajo del día y los caporales con sus grupos se introducen a las veredas para iniciar el arduo trabajo. -


Julio Serrano Castillejos

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Publicado el: 14-09-2005
Última modificación: 14-11-2017


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