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Mi vida en la UNAM - Segunda parte



Mi ingreso como alumno de la Escuela Nacional Preparatoria representó para mí todo un acontecimiento, pues como mi padre era un hombre de pensamiento liberal, me educó en un marco de conceptos que coincidían con el positivismo enarbolado por Augusto Comte, filósofo francés inspirador de las doctrinas educativas aplicadas en el ámbito universitario mexicano.

Al encontrar coincidencias ideológicas en las aulas de mi nueva escuela me relacioné con facilidad e inmediatez con brillantes jóvenes surgidos de las escuelas oficiales, en donde la educación confesional estaba proscrita, y así, me topé con admiradores de don Benito Juárez y muchachos de corta edad entregados a hablar de las conquistas sociales de la Revolución Mexicana, como si ellos hubiesen tomado el fusil y las carrilleras para ir al frente de batalla. Luego entonces, creí haber encontrado el medio idóneo para darle cauce a mis inquietudes.

En el citado ambiente escolar era común toparse con principiantes de la masonería y entre ellos me desenvolví con soltura, pues aunque nunca había pisado una logia masónica y ni siquiera conocía la diferencia entre los ritos (el yorkino y el escocés), coincidían en mucho mis puntos de vista con los de los imberbes masones en ciernes. Entre los preparatorianos del segundo año estaban los encargados de adoctrinar a los de primer ingreso para conducirlos a la logia. -“Mira compadre –nos decían a los novatos-, de Benito Juárez para acá todos los presidentes de la República han sido masones; si te gusta la política ingresa como ajef “. Por cierto, dicho vocablo no aparece en los diccionarios pero era de uso común en aquellos días. Debo puntualizar que en la masonería mexicana tengo muchos y valiosos amigos, pero permanecí al margen de la misma por considerarme un libre pensador de tiempo completo y sobre todo porque no me place sujetar mi vida a reuniones obligatorias, a excepción a las relativas al trabajo, por mis pocas inclinaciones a la “asiduidad a hueso”. De tal manera, preferí hacerme a un lado, sin dejar de reconocer a los valiosos hombres surgidos de las logias. No me consta si lo eran, pero a los principales líderes estudiantiles de aquella época los clasificaban como masones. Pasado el tiempo me di cuenta que muchos de ellos eran unos perfectos simuladores, por conveniencia política.

Pero no se circunscribía nuestra vida escolar a las aulas y a la política, como podrá aseverarlo cualquier conocedor de “la fenomenología del relajo”. Todos los viernes al medio día, según me ha recordado innumerables veces Mario Hernández Malda, el vendedor de jugos de naranja apostado en la esquina de las calles de El Carmen y San Ildefonso, les entregaba a los muchachos las mitades de la citada fruta, ya exprimidas, para con ellas iniciar una batalla campal. Al grito de “hoy es día de naranjazos” salíamos por la puerta principal y nos enfrascábamos en una singular lucha, pero en cuanto veíamos en las cercanías la inconfundible figura –vestido de negro- del maestro Erasmo Castellanos Quinto”, deteníamos como movidos todos por una misma respetuosa actitud, el tiro de los proyectiles. El Chicharrín, simpático fósil estudiantil, de ojos claros, musculoso y cabello lacio peinado hacia atrás, decía en actitud de amenaza: -“Al que ose tocar a don Erasmo, así sea accidentalmente, le parto la ma….ceta y no precisamente a naranjazos”. El citado maestro, originario del puerto de Alvarado, Veracruz, era el santón de la educación en las aulas del antiguo colegio de San Ildefonso, pues al inicio de cada curso aseguraba a sus alumnos la calificación aprobatoria poniendo como única condición lo dejásemos desayunar su mamey ya sentado ante su escritorio para platicarnos a continuación la Ilíada y la Odisea. Nuestra atención para don Erasmo era reverencial y a pesar de su negativa a pasar lista de asistencia, el salón siempre estaba repleto, pues también concurrían otros que no eran sus alumnos.

Un día nos invitó don Erasmo a participar en un concurso literario. Nos dio quince minutos para desarrollar el tema “A una estrella”, ya fuese en prosa o en verso. En esta segunda modalidad nos inscribimos unos diez condiscípulos, de los cuales sólo yo cubrí los requisitos exigidos por nuestro venerado maestro al escribir la siguiente décima: Alumbrará tu camino / Guía de la noche bella/ Una reluciente estrella / O lucero vespertino. / Piensa que en el sutil lino / De tan obscuro celaje / Se distingue del ramaje / De tantos otros planetas, / Porque opaca a los cometas / Como a la garra el encaje.

Para describir la obra pictórica de la escuela de Sal Ildefonso sería necesario desplegar un esfuerzo titánico y por ello prefiero señalar someramente que el muralismo inició su expresión nacional precisamente en las paredes de esa institución dedicada a la enseñanza, cuando el general Alvaro Obregón nombra a José Vasconcelos secretario de Educación Pública, pues a él corresponde proporcionarle un fuerte impulso a la referida expresión artística. La primera obra pictórica de dicho género en el edificio fue de David Alfaro Siqueiros, en el cubo de la escalera del Colegio Chico (hoy Filmoteca de la UNAM) con obras como “Los elementos” y “El llamado de la libertad”, elaborados entre 1922 y 1924. Por ese entonces Ramón Alva de la Canal y Fermín Revueltas pintaron otros muros en la entrada del Patio Grande, mientras que Jean Charlot y Fernando Leal utilizaron los muros norte y sur del cubo de la escalera, con críticas de carácter social alusivas al movimiento revolucionario. Pero es la obra de Diego Rivera la que –a juicio de los conocedores- marca el punto de partida del movimiento plástico: el muralismo. Jean Charlot pintó “Masacre en el Templo Mayor”, Fernando Leal “La fiesta del Señor de Chalma”, David Afaro Siqueiros “Los elementos”, “Los mitos”, “El entierro del obrero sacrificado” y el “Llamado a la libertad”; Ramón Alva de la Canal “El desembarco de los españoles” y “La cruz plantada en tierras nuevas”, y Fermín Revueltas “Alegoría de la Virgen de Guadalupe”. En 1930 y 1942 Fernando Leal plasmó en el vestíbulo del Anfiteatro la obra denominada “Epopeya bolivariana”.

El acervo arquitectónico y artístico de mi añorada escuela está catalogado como patrimonio nacional por el Instituto Nacional de las Bellas Artes, pero no obstante, cuando asistimos como alumnos en los años de 1953 y 1955 vimos con incredulidad cómo manos anónimas destruían la obra de los murales con grafitos cuyo tema principal era el de supuestos mensajes de amor entre estudiantes o con la típica y deleznable ocurrencia de rayar con una navaja la pintura original para escribir “aquí estuvieron fulano y perengana”. Al respecto, la actual directora del inmueble, Dolores Beístegui, destacó lo siguiente: “Si bien México no es el único país en padecer la falta de valorización de las obras de arte por parte de ciertos sectores sociales, es lamentable la irresponsabilidad e inconsciencia con que muchos vándalos afectan el patrimonio de México”. Por cierto, Mario Hernández Malda y yo editamos un periódico de nombre “Nueva Generación” y a través de sus páginas invitábamos al estudiantado a respetar la mencionada obra pictórica. El periódico era tamaño carta y de unas 20 páginas y fue recibido con beneplácito por nuestros compañeros de estudios. Como mi compañero de labor editorial era hijo del director de “México al Día” conseguía anuncios bien pagados y de ahí obteníamos para cubrir los gastos del costo de papel y la impresión, realizada en una negociación de la Colonia de los Doctores atrás del cine “México”, a donde les llevábamos tortas a los muchachos del taller para estimularlos a sacar nuestro periódico en tiempo. Ese fue mi segundo esfuerzo editorial pues en la escuela Secundaria “Franco Español” fundé el periódico festivo “La Chachalaca”. Volviendo al tema del acervo artístico de San Ildefonso, afortunadamente y sobre todo para satisfacción de quienes guardamos por la antigua escuela un imperecedero recuerdo, se está desarrollando todo un programa de restauración de sus obras de arte para evitar el deterioro de las mismas, pero no sólo para reponer lo destruido por las referidas manos anónimas, sino también para evitar el deterioro provocado por las particularidades climáticas de la ciudad de México, los sismos y la humedad provocada por los mantos friáticos. La última e importante etapa de restauración fue la de 1992 y actualmente se está trabajando con un equipo especializado en pintura mural, encabezado por el maestro Angel Ernesto Perea Pérez, bajo la supervisión del maestro Alejandro Fauvre, subdirector del Centro de Conservación. El programa en cuestión incluye los óleos de la Sacristía pintados en 1761 por Francisco Antonio Vallejo, bajo el nombre de “La Sagrada Familia” y “La venida del Espíritu Santo”.

Además del ya citado maestro Erasmo Castellanos Quinto, tengo en mente a don Demetrio Frangos encargado de la cátedra de Raíces Griegas, a Vicente Magdaleno de Literatura de México, vasconcelista de hueso colorado junto con su hermano Mauricio, renombrado escritor y guionista de afamadas películas mexicanas. El maestro Miguel Suárez Arias, para entonces de muy avanzada edad, una verdadera lumbrera de la clase de Raíces Latinas; al maestro Sergio Romano Muñoz de la cátedra de Etica, al profesor de francés Juvencio López Vázquez, al de Introducción a la Filosofía don Nicolás Molina Flores, al serio y pulcro maestro de Raíces Griegas y Latinas de nombre Roberto Carriedo Rosales y a la maestra María Teresa de la Peña, primera Señorita México allá por los dorados años veintes del pasado siglo XX. El director general de las preparatorias universitarias era el profesor Raúl Pous Ortíz y el de la Prepa el maestro Peralta. El encargado de Servicios Escolares para toda la Universidad era cuando ingresé a la Universidad el licenciado Juan González Alpuche y luego tomó su lugar y por muchos años el licenciado y maestro Raúl Cardiel Reyes, de quien relataré una anécdota en otro capítulo de mis memorias.

Dije anteriormente que Raymundo Ramos –alumno de segundo de Prepa- era adjunto del profesor de Introducción a la Filosofía, Molina Flores. Pues bien, como una compañera de su generación de preparatorianos de nombre Luz María González Rodríguez, de la cual vivía eternamente enamorado, se hiciese mi novia, me envió mensajeros para sentenciarme días antes del examen final, como futuro reprobado, más o menos con las siguientes palabras “-Díganle a Julio le pediré al maestro Molina Flores me lo deje para mí sólo”. A riesgo de no dedicarle la debida atención a otras materias me encerré en la biblioteca de mi padre a estudiar el texto sugerido por el titular de la cátedra y todo lo relacionado con el tema de la filosofía, incluyendo aspectos nunca mencionados por el profesor. Pero en atención al viejo adagio que reza “sabe más un burro preguntando que un sabio contestando”, para evitar ser reconocido por Raymundo Ramos el día del examen me pelé de casquete rasurado, me quité el bigote y me vestí de traje negro con corbata del mismo color, en lugar de enfundarme en mi pantalón vaquero, mi camisa deportiva a cuadros y mi chamarra universitaria. Cuando subí a “los gallineros” (así le llamábamos a la zona de las azoteas en donde teníamos improvisados salones de clases) me enteré con enorme gusto que ese día no se había presentado el adjunto, o sea, el temido Raymundo. El profesor Molina Flores me hizo mi examen oral e impresionado por la amplitud de mis conocimientos al finalizar el interrogatorio me hizo saber que estaba yo metido en un aprieto “pues suplantar a un alumno estaba prohibido por el reglamento en vigor y dichos casos eran turnados al Consejo Universitario, para la aplicación de drásticas sanciones”. Es decir, el profesor partía de una idea errónea, toda vez que yo no estaba presentando examen por otro sino por mí mismo. “-Quiero ver su credencial”- dijo con tono amenazador Molina Flores. Extraje el documento y lógicamente ya no me parecía a mi fotografía tomada diez meses atrás con una pelambrera de pachuco de barrio y un bigote de galán de película mexicana. Se asomó el profesor por la puerta y dirigiéndose a los alumnos que ahí estaban esperando turno para examinarse, preguntó: “-¿Alguien conoce a este muchacho?”. Tito Zamorano Zamudio, que por las letras iniciales de sus apellidos era siempre el último en examinarse, le contestó: “-Sí maestro, se llama Julio Serrano Castillejos”. Adujo el profesor de filosofía que lo queríamos engañar y que seguramente yo era miembro de algún seminario religioso o estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras dada la calidad de mis respuestas y por mi forma de vestir, pero además insistió en una circunstancia aparentemente incontrovertible pues en nada me parecía físicamente al alumno de la credencial y acto seguido propuso ir con el Director General de Preparatorias. Nos recibió el maestro Raúl Pous Ortíz en su privado y al escuchar los argumentos de Molina Flores, estando yo presente me identificó por mi nombre, haciéndole saber que me conocía sobradamente y además era amigo de mi padre, por lo cual podía calificarme el profesor de filosofía sin temor a incurrir en una anomalía. Cuando íbamos de regreso al salón en donde estaban las listas de examen y las boletas para calificar, mi conclusión lógica fue la de esperar un diez, pero el citado maestro incurrió en el imperdonable e injusto absurdo de anotar en mi boleta de examen un ocho.

En ciertas ocasiones y motivados por el morbo tan común en el despertar de la primera juventud, con Mario Hernández Malda, Alejandro Saénz de Miera, el hijo del maestro Cordero Amador y otros compañeros de la Prepa, recorría el bajo mundo del “amor comprado”. En las calles del Organo (valiente nombre para vender placer) nuestro compañero de apellido Ancheitia de origen chiapaneco (no recuerdo su primer nombre) realizó entrevistas a las hetairas para elaborar un trabajo encargado por el profesor de la clase de Higiene, don Wenceslao Hernández. Estas pobres mujeres eran el blanco de las burlas de los estudiantes y se defendían aventándoles "agua de muy dudosa procedencia”, decían ellas, para desquitarse de los mil improperios y cuchufletas. Ancheitia, muchacho sumamente sano de carácter, aunque físicamente muy enfermizo, elaboró un trabajo en verdad profesional, describiendo cómo y por qué algunas mujeres caían en la prostitución, la vida de vejaciones, vicios y delitos accesorios a la vida promíscua; la explotación por parte de lenones y agentes de la autoridad, la falta de higiene de sus viviendas, y en fin, el claro obscuro de una vida a la cual paradójicamente se le llama “alegre”.

Para eliminarme como posible aspirante a la presidencia de la sociedad de alumnos de la generación de abogados del año 1955, alguien con muy mala leche desapareció mi documentación como alumno del segundo año de la Escuela Preparatoria (algunos sugirieron una posible venganza de Raymundo, el adjunto del maestro de Filosofía). La encargada de la correspondiente sección, conocida por todos como la señorita Salgado, me mandó a llamar cuando faltaban treinta días para el inicio de exámenes y me hizo saber que no iba yo a aparecer listado para las pruebas finales “pues no había antecedente alguno de mi inscripción en el año de 1954”. Corrí a solicitar la ayuda y comprensión del maestro Pous Ortíz, director general de Preparatorias y él me consoló diciéndome que podía presentar todas las materias a título de suficiencia y así ingresar normalmente a la Facultad de Derecho, pero a la hora buena sólo me autorizó cuatro exámenes y debí cursar las otras seis materias en el año siguiente, el de 1955.

Cuando mi padre conoció mi situación escolar y le expliqué lo acontecido me recriminó pensando me habían “ponchado” los profesores en seis materias. Le conté la verdad y para saber si estaba yo en lo cierto se fue a ver al profesor Pous Ortiz, quien le hizo saber que yo no era un reprobado, pero que por no tener documentación escolar en orden como acto gracioso me había autorizado nada más cuatro exámenes a título de suficiencia, debiendo por lo tanto cursar las seis materias restantes en el año de 1955. Mi padre, se fue de inmediato a inscribirme como alumno de la Universidad Militarizada Latino Americana, del frío Desierto de los Leones; fue cuando recurrí a la ayuda de mi profesor de Geografía Humana, José María de los Reyes, fundador de la Escuela Nocturna Preparatoria No. Tres, pues a él le constaba mi aprovechamiento desde el Colegio Franco Español a donde asistía en su calidad de Inspector de Zona. Indudablemente yo le simpatizaba al maestro Chema de los Reyes, pues emprendió toda una campaña para convencer a mi padre de la necesidad de dejarme continuar mis estudios en la Escuela Nacional Preparatoria.

Aquel desafortunado tropiezo trajo para mí la satisfacción de cursar un año más junto a compañeros de especial valor humano e intelectual, a los que de otra suerte no hubiese tenido acceso. Tenía como amiga consentida a una muchacha muy llamativa y pispireta de nombre Aída López Buick y para gozar de la presencia de ella se nos pegaba constantemente un joven llamado Servio Tulio Acuña Zumalacarregui, compañero de grupo de ambos, de piel clara, con el pelo ondulado, ojos achinados, regular estatura y con la característica de sus prominentes cachetes no obstante su complexión, pues no era demasiado gordo. En principio Servio Tulio me era antipático pero ya en el trato más cercano hicimos una sólida amistad y terminamos por ser en una época de nuestra vida de estudiantes, inseparables amigos. Tocaba el piano con maestría a sus escasos 17 años de edad y para la política universitaria era muy desenvuelto y fino para las “transas”, o sea, las transacciones político estudiantiles. Eramos alumnos del “A-11” en donde estaban matriculados Carlos Monsivaís y Miguel Osorio Marván, el primero ahora destacado intelectual autor de ensayos de sonado éxito de librería y el segundo muchacho muy inteligente pero demagogo hasta la pared de enfrente y con ciertos complejos adquiridos en la Escuela Normal de Maestros que nunca se pudo sacudir. Carlos Hidalgo (q.e.p.d.) me invitó a participar como vicepresidente de su planilla en las elecciones del año 1955 para la Sociedad de Alumnos, ganamos por amplio margen y así continué la carrera de “grillo cantor” iniciada con Pedro Vázquez Colmenares.

En esta etapa de mi vida empecé a advertir cómo en la política estudiantil eran vicios comunes, tal vez heredados de la curiosa cruza de sangre española y azteca, que bien explica Alonso de Zorita en su libro “Los señores de la Nueva España”, la simulación y el engaño, dos formas de vida que no van de acuerdo con mi personal punto de vista pero que se posesionaron de los estilos de la política nacional, de la que además no es necesario abundar en conceptos, para no incurrir en obviedades y en sitios comunes como ese de hacerle creer al conglomerado que escogen en las urnas a sus representantes populares cuando lo cierto es que los métodos de elección son un inteligente mecanismo para engatusar a la colectividad.


Continúa en la III Parte.










Julio Serrano Castillejos

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Publicado el: 16-09-2005
Última modificación: 08-04-2013


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