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Mi primer viaje a Europa - Tercera parte

Se había terminado una importante etapa del viaje en donde la información cultural para los tres amigos jugó papel preponderante. Al salir de Marsella hacia la Costa Azul nos sentimos como chamacos en recreo. Antes de iniciar el viaje a México nos llegaba constantemente información de la zona turística integrada en un corto trecho geográfico por Cannes, Niza y Mónaco. Se me ocurre una hipótesis aunque guardando las proporciones del caso, es como si en un tramo de cincuenta y cinco kilómetros estuvieran ubicados Acapulco, Zihuatanejo y Bahías de Huatulco.

Cannes se encuentra en el Departamento de los Alpes Marítimos en la provincia de la Costa Azul, por aquel entonces contaba aproximadamente con unos 55 mil habitantes y a lo máximo 75 mil considerada su población flotante, en temporada alta. Lógicamente, en su calidad de balneario no suele tener mucha gente en invierno, pero como después de Venecia era importante centro de festivales cinematográficos, la atención siempre estaba puesta en esa sede de los millonarios de todo el mundo y en especial de los “gígolos” o cinturitas profesionales al estilo de Ramfis Trujillo y Porfirio Rovirosa, entre los cuales no clasificábamos ni en último lugar los tres jóvenes universitarios de la presente historia en la larga lista de vividores internacionales pues nosotros no éramos ni aprendices de brujos. En el festival de Cannes, (fundado en 1946 cuando el autor de estos párrafos tenía 10 años de edad), se dieron a conocer filmes extraordinarios, entre los que recuerdo de 1950 “Milagro en Milán” de De Sicca, de 1960 “La dulce vida” de Fellini, de 1961 “Viridiana” de Luis Buñuel con la actriz mexicana Silvia Pinal y de 1966 “Un hombre y una mujer” de Claude Lelouch.

A veces en el mismo día desayunábamos en Cannes, comíamos en Niza y cenábamos en Mónaco, para pasar una y otra vez por el circuito de las competencias automovilísticas de la ribera marítima francesa, para gusto y regusto de Manuel Pizarro, quien nos hacía notar lo estrecho de algunas calles en donde pasaban los bólidos en cuatro ruedas a velocidades superiores de los 200 kilómetros por hora. En aquellos años para nosotros eran nombres muy familiares los de Juan Manuel Fangio y Felice Bonneto, pues además de competir en Europa exitosamente también obtuvieron estos señores del volante el mismo resultado preponderante en la Carrera Panamericana, iniciada en el año de 1950 en su primera edición en la frontera norte de nuestra Patria para terminar en el extremo sur. Las cuatro siguientes ediciones de las panamericanas –como se les decía coloquialmente- las competencias se iniciaron en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, para finalizar en Ciudad Juárez, Chihuahua. Es decir: de sur a norte. Manuel, con su amplia cultura automotriz nos ilustraba respecto a categorías, marcas de carros, cilindradas, reglas de competencia, señales utilizadas por los jueces, simbología de las banderas, cómo tomar una curva de izquierda y la técnica para virar a la derecha. Inclusive, me tocó verlo en diversas ocasiones competir en el estacionamiento del estadio de Ciudad Universitaria en la ciudad de México y en la pista de la Magdalena Mixuca, tanto en pruebas de habilidad (slaloms) como en otras de velocidad.

Niza es un desarrollo urbano muy importante respecto a su vecina Cannes, pues fácilmente le quintuplica la población y además tiene una vida comercial más activa con un importante mercado agrícola de cereales, de legumbres, de frutas y de flores. Tiene además industrias químicas, harineras, de tabaco y es un importante centro de perfumería, marítimo y pesquero. Cuenta con importante red de carreteras y vías de ferrocarril, para comunicarse con Marsella e Italia, y como si lo anterior no fuese bastante, goza de instalaciones hoteleras de primera línea. Todavía recuerdo al hotel Negresco como el súmmum de la elegancia. Huelga decir que Niza también está en la región de Provenza de la Costa Azul.

Una noche nos fuimos los tres a un lujoso bar de Niza. Edgardo propuso nos instaláramos en la barra y ante nuestra sorpresa solicitó al encargado le pusiera tres coñacs en fila. -“¿No estás exagerando”? - le dijo Manuel. Ya ubicado el trío de amigos mexicanos en una mesa y Edgardo, naturalmente, con sus tres “puñaladas al hígado”, mientras veía a una linda muchacha de otra mesa acompañada de una amiga, interrogó a Manuel: -“¿Cómo se dice en francés señorita quiere usted acceder a mis lúbricos deseos?" En un principio se resistía Manuel a pronunciar la frase, pero ya al calor de los tragos se animó a proporcionarle a Edgardo la información idiomática, y éste ni tardo ni perezoso se acercó a la mesa de la muchacha y con un ademán la invitó a bailar. A los tres minutos de danzar con la turista escuchamos el vozarrón de Edgardo y la tan temida frase, pronunciada sin inhibición alguna y con una cara de travesura propia de un chamaco de escuela primaria. Nos devolvieron a la mesa a nuestro compañero de aventuras y como único recurso de airosa salvación nos retiramos del lugar.

Mónaco tiene tres atractivos principales. Primero, el hecho de ser un principado libre de impuestos respecto a Francia, en donde ha gobernado la familia Grimaldi; segundo, su famoso casino de Monte Carlo a donde llegaba lo más granado de la realeza europea; y tercero, su anual competencia automovilística (rally) con la asistencia de los mejores pilotos de Europa y de otros continentes Tiene escasamente un kilómetro y medio cuadrado de extensión pero como cuenta con la protección de Francia goza así mismo del respeto de toda la comunidad europea y del resto del mundo. Se aloja en un promontorio calcáreo de la Costa Azul cuyo nombre es Mónaco y ocupa además el borde alpestre de Monte-Carlo. Su población es de unas 22 mil personas y no tiene territorio hacia donde crecer. La lengua oficial es la francesa y predomina la religión católica. Su economía depende básicamente del turismo y de la manufactura de perfumes, joyas, libros, radios y relojes. Como permite en su territorio la implantación de compañías extranjeras éstas aprovechan esa circunstancia para evadir impuestos en sus lugares de origen beneficiando económicamente a Mónaco.
El principado podríamos definirlo como una monarquía constitucional. El poder legislativo corresponde al monarca y a un Consejo Nacional de 18 miembros elegidos cada cinco años por sufragio universal.
En el siglo XII, Raimundo de Tolosa cedió el puerto de Mónaco a la república de Génova y un siglo después una familia genovesa de nombre Grimaldi se apoderó de él y desde entonces el principado ha vivido bajo la protección española y la francesa, siendo la segunda la imperante en nuestros días. La presencia de un varón en la familia Grimaldi le asegurará al principado de Mónaco su supervivencia, pues tienen pactada con Francia una cláusula para conservar ese privilegio hasta en tanto exista un príncipe en la familia.

Desde 1949 ocupa el trono Rainiero III y en la primera parte de la década de los cincuentas del recién terminado siglo XX este descendiente de los Grimaldi llamó la atención al mundo entero al contraer nupcias con la estrella del cine de los Estados Unidos de Norteamérica, Grace Kelly, decretando con posterioridad a la boda la prohibición de la exhibición de las películas de su consorte en el principado. Cuando llegamos a Mónaco ya vivía ahí la célebre pareja y fuimos testigos de cómo los súbditos de Rainiero III iban a los cines de Niza y de Cannes a ver las películas de su princesa, en donde ya no tenía jurisdicción alguna el celoso marido. A decir verdad, los filmes de Grace Kelly eran blancos, carentes del erotismo como el de los años posteriores e inclusive sin escenas violentas o de sangre, pero esa especie de candoroso “morbo” de los años cincuenta del siglo próximo pasado, en el caso particular, lo sabían explotar los dueños de las salas cinematográficas de Cannes y de Niza. En el mes de mayo de 1999 mi esposa y yo vimos pasar en su lujoso carro al príncipe Rainiero III estando nosotros en las cercanías de la puerta principal del suntuoso Palacio. El mencionado personaje lleva 52 años en el trono y dada su bondad y simpatía, sus súbditos lo respetan. La princesa Grace murió en un accidente automovilístico.

Yo cumplí los 21 años de edad en el período de los trámites para realizar el viaje y así me fue posible entrar al casino de Monte Carlo a perder unos cuantos dólares en la ruleta. Mientras tanto, Manuel y Edgardo esperaron pacientemente en el Renault, equipado con calefacción. Fue en años posteriores cuando en varios países se decretó la edad de 18 años como de mayoría ciudadana, aplicándose el simplista criterio de que si una persona tiene el “derecho” de irse a morir a la guerra –pues a los 18 años se arribaba a la edad para cumplir con el servicio castrense-, también lo tiene para otros menesteres.

Hicimos también un interesante recorrido en el Instituto de Oceanografía fundado por Alberto I, príncipe de Mónaco, en donde vimos equipos de exploración submarina del siglo XIX y principios del siglo XX, sorprendiéndonos encontrar información muy amplia respecto a los estudios del mar para conocer su entorno químico, físico y biológico. La importancia de esta ciencia es cada día mayor –se nos informó-, pues en los mares, que ocupan aproximadamente el 71 por ciento de la superficie del globo existen gran cantidad de reservas energéticas y alimentarias.

Como el administrador de nuestro hotel de Cannes nos recomendara la visita a un exótico jardín botánico de Mónaco, llegamos al lugar preciso, para encontrarnos nopales, magueyes y toda clase de cactus tan comunes en las zonas áridas de México, pero disfrutamos el ordenado jardín y la artística distribución de sus especimenes.

Mónaco se encuentra en la línea fronteriza con Italia y de esa manera al iniciar nuestra salida de ese sitio turístico ya estábamos en Ventimiglia rumbo a Savona en la costa del Mar de Liguria colindante con el Golfo de Génova.

Ya en el puerto de Génova nos sentimos nuevamente en una zona de mucho movimiento marítimo, similar al de Marsella. Sorprende ver cómo se extiende la aglomeración urbana a lo largo de 33 kilómetros de costa y ello justifica su calidad de puerto principal de Italia además del tonelaje puesto en movimiento por buques de todas las latitudes. Es de mucha importancia su industria siderúrgica, de maderas, textiles, química y alimentaria. En su tiempo fue un estado independiente y su situación geográfica le valió para servir de intermediario entre Europa y el Oriente. Génova debe gran parte de su celebridad al hecho de ser la cuna de Cristóbal Colón (Cristóforo Colombo dicen los italianos). Para los turistas era visita obligada la de la plaza de Las Tres Carabelas y la de la casa en donde nació el almirante genovés. El esposo de mi hermana Olivia, Emilio D’all Ara, es de Génova.

Seguimos hacia el sur de la bota italiana costeando por el Mar Tirreno; pasamos por Portofino, Rapalo, Chiavari, La Spezia y de tal manera llegamos a Pisa -en donde empieza por ese lado la provincia de la Toscana- emplazada a la derecha del río Arno y de fama mundial por su Torre Inclinada, o sea, el campanario de su catedral integrada además por el domo y el baptisterio. Por cierto, en esta unidad arquitectónica vimos un púlpito de piedras labradas y esbeltas columnas del escultor Nicola Pisano que trabajó durante la mitad del siglo XIII, en donde se puede apreciar un destacado juego de luces y sombras. Subimos a la torre inclinada y en la parte más alta conocimos a su viejo campanero, de pronunciada incapacidad auditiva debido a las lesiones provocadas por el sonido de los bronces. La primera fase de la construcción de la celebérrima torre de 58 metros de altura se remonta al año de 1173 y se finiquitó la obra hasta 1350. Desde un principio tuvo problemas de inestabilidad debido a la naturaleza friática del terreno, que nunca ofreció suficiente resistencia a su peso. La inclinación llegó a un máximo de 4.50 metros.

De Pisa nos fuimos a Liborno y después de un largo recorrido en lo que sería la espinilla de la gigantesca bota italiana, siempre bordeando el mar entre enormes acantilados por un lado y las aguas del Tirreno por el otro, al llegar a Civitavechia sentimos la cercanía de Roma, la legendaria, la Ciudad Eterna, la de los triunviros, la del inicio del cristianismo, la de los ímpetus incendiarios de Nerón. Al entrar a Roma deteníamos a los transeúntes para preguntar cómo llegar al centro de la ciudad y la respuesta era constante: “Siempre derecho” (sempre dirito) y curiosamente llegábamos al sitio deseado.

No recuerdo el nombre del pequeño hotel en donde nos alojamos en Roma, pero ahí dormiríamos sólo una noche pues al día siguiente en la Plaza de San Pedro conocimos a un guía romano de unos 28 años llamado Vittorio Bragalia de fuerte olor acedo por la falta de baño. El nos condujo a la pensión de Lina Capogrossi, en las cercanías de la Plaza de España. En este lugar pagaríamos menos que en el hotel, posiblemente con las mismas comodidades pero en un ambiente familiar y con los servicios de Vittorio siempre a la mano, pues como era una especie de agente de Lina para enganchar turistas, llegaba temprano a la pensión todos los días y por ello obteníamos sus servicios fácilmente. En el año de 1999 al volver a Roma abrí la guía telefónica de la ciudad y busqué los nombres de Vittorio y de Lina para darme el gusto de saludarlos, pero no los encontré.

Sería injusto no reconocerle a Edgardo Padilla su mérito en la elaboración de los capítulos titulados “Mi primer viaje a Europa”, pues desde un principio nos hemos “carteado” por Internet y él ha refrescado mi memoria citando nombres de personas (la Chicurel, Eulogio Ávila Camacho, Héctor Madero) y ha puesto énfasis en simpáticas anécdotas. Por ser de oportunidad a continuación transcribo un párrafo de Edgardo remitido el 31 de agosto del año 2001:

Nuestro guía en Roma, Vittorio Bragalia, nos recomendó una casa non santa, donde fuimos recibidos por unas jovenzuelas escasamente vestidas, pero simpáticas y muy dispuestas a mostrarse agradables. Lo que no recuerdo es si llegamos a “proceder”, pero sospecho que sí. Estas casas en ese tiempo eran regenteadas por el Estado, y en el periódico leímos de aquella diputada que en el Parlamento propuso cambiar esa situación, porque decía “era una vergüenza la existencia de un Estado-lenón”, a lo que un experimentado diputado le reviró diciendo: “De suprimirse esas casas no quedará más remedio que ensanchar las banquetas de Roma”.

Con anterioridad al incidente relatado en el párrafo precedente hicimos un completo recorrido en el Vaticano con nuestro guía. Debo abrir un paréntesis y señalar que Edgardo Padilla tenía la obligación moral de visitar todos los lugares santos encontrados a nuestro paso, pues además de sus apetencias culturales, debía cumplir las recomendaciones de doña Guadalupe Couttolenc (doña Lupita para nosotros), su distinguida señora madre, descendiente de familias católicas de origen francés avecindadas en Puebla en el siglo XIX, relativas a poner especial atención en los centros del cristianismo.

Vittorio Bragalia nos explicó que “San Pedro del Vaticano es el mayor de los templos cristianos. Su origen se remonta a Constantino el Grande, quien hizo edificar en el año 324 una iglesia de cinco naves sobre las catacumbas en que habían sido inhumados los restos de San Pedro. En el siglo XV temiendo por la integridad de la basílica, se tomó la decisión de reconstruirla. El Papa Julio II emprendió la edificación de una nueva basílica sobre la antigua, y en 1506 fue adoptado el proyecto de Bramante, consistente en una basílica de planta de cruz griega, tres naves y cúpula. Hasta su muerte en 1514, Bramante fue director de las obras. Le sucedió Rafael, junto con Antonio de Sangallo. Le correspondió a Miguel Ángel Buonarroti construir la iglesia hasta el crucero; además, de él fue el proyecto de la enorme cúpula, realizada después de su muerte por Vignola, Della Porta y Fontana. La basílica fue concluida en 1590, pero no satisfaciendo las exigencias de amplitud que el culto exigía, Paulo V encargó a Maderno la engrandeciera aun más y éste al alargar la nave hacia el Este, la resolvió en la planta de cruz latina tradicional. La basílica fue finalmente completada por Bernini (1656-1667) con la majestuosa columna de la plaza de San Pedro. En su interior alberga una serie de excelentes muestras del arte renacentista barroco, entre las que cabe citar la Pietá de Miguel Ángel, la Confesión de Maderno, la verja de la capilla del Santo Sacramento, obra de Borromini y numerosos monumentos funerarios. Fue la obra de Bernini la que imprimió carácter definitivo al interior del edificio, en especial el baldaquín en bronce con columnas salomónicas”.

Ya con los adelantos técnicos de finales del siglo pasado me fue posible en 1999 imprimir en cinta de televisión, con mi cámara de mano, la parte física anteriormente descrita y algunas cosas más.

En lo personal, Roma me pareció una ciudad encantadora, no sólo por sus múltiples monumentos, basílicas y vestigios de la época del imperio romano, sino por el trato de sus gentes. Además, la barrera idiomática se reducía dada la similitud entre el italiano y el español, dos lenguas de origen latino tan hermanadas como para entender los parlantes de una a los de la otra con un poco de paciencia y con el auxilio de ligeros ademanes. Un día, en la pensión donde nos alojábamos debíamos colocar en baño María una pomada del famoso botiquín organizado por mi papá en la ciudad de México y de gran utilidad en el viaje, pues gracias a él me levanté de la cama en el hotel de Carcasona. Creo, fue cuando Edgardo se lastimó un tobillo en las Termas de Caracalla al tirarse a un foso de tres metros de profundidad. La pomada estaba solidificada a consecuencia de las bajas temperaturas y requeríamos de algún traste para sentarla en el agua caliente y reblandecerla. Me acerqué a Lina Capogrossi –dueña de la pensión- y combinando mis pocas palabras del italiano aprendido en diez días de estancia en la nación de Giuseppe Verdi, con mis vocablos del castellano, le solicité un recipiente metálico, pero como ella no me entendiera empecé a mencionar objetos de cocina esperanzado en que la palabra de alguno de ellos, dicha en español, se pareciera a su similar en lengua italiana. Solicité una bandeja, una pequeña tina, una cazuela o una sartén, pero cuando se me ocurrió decirle “un pícolo cazo” mientras con las manos hacía un ademán pretendiendo describir un objeto de unos veintiocho o treinta centímetros de longitud, Lina estalló en carcajadas y repetía a los demás señalándome a mí y haciendo con las manos mi ademán: -“¡Un pícolo cazo!, per favore”. Me metí a la cocina, encontré un recipiente ad hoc para poner la pomada en baño María y cuando llegó Vittorio Bragalia le pregunté cuál era el motivo del ataque de risa de Lina. Ahí me enteré que en la jerga romana se le denomina “cazo” al miembro viril. “Pícolo” equivale a pequeño.

A los estudiantes de Derecho se nos ponía como ejemplo en la cátedra de Teoría General del Estado, el singular caso del Vaticano, o sea de un estado ubicado dentro de otro estado. Debo señalar por la importancia misma del dato, que uno de nuestros profesores de dicha materia lo fue el licenciado José López Portillo, a la sazón aparentemente indiferente a las actividades políticas, pues su rápida carrera dentro de la administración pública la realizó en años muy posteriores, hasta llegar a ser el titular del Poder Ejecutivo Federal. Afirman los especialistas que son cuatro los elementos esenciales para integrar un Estado: un territorio, una población o conglomerado humano, un gobierno y por último, gozar de soberanía, y como lo sabe cualquier estudioso del asunto en particular, gracias a los Acuerdos de Letrán firmados en febrero de 1929 entre la Santa Sede y el gobierno de Italia, el Vaticano con su diminuto territorio de 0.44 kilómetros cuadrados, su población de aproximadamente un millar de personas y un gobierno cuyo jefe es el Papa, fue declarado estado soberano.

El Vaticano cuenta con un órgano de información llamado El Observador Romano, la agencia de prensa FIDES y la Radio Vaticana; emite sus propios timbres postales, tiene una guardia especial para cuidar al pontífice, y éste dispone del poder legislativo y del judicial, amén de ejercer el poder ejecutivo. La influencia de este pequeño estado es enorme si consideramos el elevado número de personas en el mundo sujetas a su liderazgo espiritual. Sus recursos provienen de diversa fuentes, pero principalmente del turismo, de la emisión de sellos y de moneda, de la venta de objetos de fe como rosarios e imágenes religiosas y fundamentalmente de donaciones, destacando entre ellas innumerables obras de arte y riquezas incalculables.

La historia del Vaticano como residencia pontificia se inició en el siglo V pero los papas vivieron por diez siglos en Letrán, palacio de la antigua Roma y con un templo adjunto: el de San Juan de Letrán, construido por Constantino en el año 324, en donde se firmó el tratado de su mismo nombre en 1929.

La tercera gran sorpresa en materia de museos la tuvimos al visitar los del Vaticano con sus siete kilómetros de galerías, pues son de los más célebres del mundo y están divididos en distintas colecciones independientes, como la del Museo Pío Clementino (donde se encuentra el famoso Apolo Velvedere), con una notable colección de esculturas griegas y romanas; la Galería Chiaramonti, con esculturas griegas y renacentistas; el Brachio Nuovo; el Museo Gregoriano, el Egipcio, el Etrusco y la Pinacoteca en donde vimos con ojos arrancados la perfección de la Madona de la Silla, de Rafael, y del mismo pintor “La coronación de María, “La Madonna de Foligno, “La Transfiguración” y los ocho tapices realizados para decorar la Capilla Sixtina, denominada así en honor al Papa Sixto IV, quien ordenó su construcción. La ilustrísima Capilla Sixtina forma parte del museo. Uno de los tapices más célebres es el de la figura de Jesucristo que parece seguir al observador en movimiento, con su mirada.

La Capilla Sixtina podría ser motivo de un capítulo aparte, pero no debo caer en excesos literarios, y así, sólo consignaré la meticulosidad de nuestro guía para explicarnos lo relativo a los frescos de la bóveda y los muros de la autoría de Miguel Ángel, pintados por órdenes del Papa Julio II, en donde destacan las figuras de las sibilas y profetas y las trece composiciones del Antiguo Testamento, en las que se refleja el dramático intento, de Miguel Ángel, de lograr la imposible conciliación entre el sentido materialista de la eternidad de la vida y el sentido cristiano de lo transitorio y corruptible. Puso especial énfasis Vittorio en el muro del fondo dedicado al Juicio Final en donde Miguel Ángel ubicó, en la parte del infierno, a un cardenal enemistado con el genial artista del pincel. El alto prelado se reconoció al ver el muro y fue a pedirle al Papa ordenara a Miguel Ángel borrar su efigie; el pontífice le respondió: -“Yo, sólo puedo sacarte del purgatorio, del infierno sólo Dios”. La célebre capilla es además el recinto para reunir a los cardenales y proceder en él a elegir a los nuevos papas mediante un interesante sistema de votación, pues si en el escrutinio no se alcanza la mayoría necesaria esto se hace saber al público de la Plaza de San Pedro quemando las papeletas con paja húmeda para producir un intenso humo negro como señal negativa; por el contrario, cuando se alcanza el quórum se queman las papeletas con paja seca para producir humo blanco, en positiva señal. Volviendo a los datos de interés en cuanto a la Capilla Sixtina, para contar con una idea de la intensidad de Ia labor de Miguel Ángel es prudente destacar que los 800 metros cuadrados de la bóveda los pintó en cuatro años en su juventud utilizando para ello andamios especiales colocados a una considerable y peligrosa altura. Recuerdo haber leído en mi niñez en una trilogía obsequiada en mi cumpleaños por mi padre, la vida de Miguel Ángel, en donde se relatan sus vicisitudes derivadas por el fuerte e impositivo carácter del Papa Julio II, tratando de imponerle criterios en la elaboración de las nueve escenas del techo al representar el Libro del Génesis: Dios separando la luz de las tinieblas, la creación del sol y de la luna, la separación de la tierra de las aguas, la creación de Eva, el pecado original, el sacrificio de Noé, el diluvio, la embriaguez de Noé y la creación de Adán. El estudio de las manos de Dios y de Adán en esta última escena, hace alusión a la relación entre el joven pintor y el viejo Papa.

En el grandioso atrio de la catedral de San Pedro se forma con columnas de cuatro en fondo el óvalo de la llave del Cielo. Existen unos círculos marcados en el piso en donde los guías de turistas invitan a sus clientes a pararse y ver hacia las columnas, para advertir cómo se miran nada más las de enfrente y las de atrás se pierden. Al centro de la plaza se encuentra un enorme obelisco traído por los romanos en la época del imperio desde Egipto. Según el guía, para colocar en posición vertical el obelisco, fue atado con gruesas y largas cuerdas para tirar de ellas al mismo tiempo entre hombres y bestias, pero cuando ya le faltaban unos cuantos grados para adoptar la vertical perfecta, todos los esfuerzos resultaban inútiles; entonces una voz anónima gritó: ¡Aqua a le cordi! (agua a las cuerdas). Al ser mojadas las cuerdas se contrajeron y el obelisco se enderezó hasta quedar en su posición actual.

Nos preguntó Vittorio si nos interesaría asistir a una audiencia papal. Ante nuestra aceptación gestionó el permiso y tuvimos la oportunidad de conocer muy de cerca a Pío XII (Eugenio Pacelli), pontífice a partir de 1939; de una estatura poco común en un italiano (1.94 metros), muy delgado, de nariz aguileña, de anteojos redondos y pequeños. A la audiencia habremos asistido en un enorme salón unas 400 personas y escuchamos el mensaje papal pronunciado en latín, italiano, francés, español, inglés y portugués. A sus ochenta años este seráfico Papa inició sus estudios del idioma ruso. Sus detractores le atribuían el haber impartido la bendición a las tropas y a las armas de los ejércitos de Adolfo Hitler, en momentos cruciales de la Segunda Guerra Mundial.

Una de las visitas obligadas es la del Foro Romano, donde se celebraban las asambleas y actos políticos en la época del imperio, y sitio especial para el pretor, al realizarse los juicios. También fuimos al Coliseo y se nos explicó que de las construcciones de la Roma antigua, incluido el Panteón, se arrancaron sus placas de mármol para edificar las catedrales cristianas. El daño se antoja irreparable, pero al ver las cuatro principales basílicas de Roma como son la de San Pedro, la de Santa María la Mayor, la de San Juan de Letrán y la de San Pablo, casi se justifica semejante acto de barbarie.

En la iglesia de San Pedro Encadenado guardan como valiosas reliquias las cadenas con las cuales el santo varón estuvo preso, pero más nos sorprendió ver la impresionante escultura de Miguel Ángel, dedicada a Moisés. Impresionante por sus dimensiones, por su composición estética y por comunicar la fuerza creadora de su autor. El personaje está sentado con la cara ligeramente ladeada, con una túnica y su larga barba y bigotes rizados, con el brazo izquierdo sobre su regazo y el derecho levantado como en ademán de tocarse el pecho. Nos dijo el guía que según la leyenda al terminar tan magnífica obra Miguel Ángel se paró ante ella y al tiempo de darle un martillazo, gritó: -¡Parla!

Un día domingo fuimos a Ostia, puerto de la Roma antigua cerca de la desembocadura del Tiber, especialmente a comer “fruta di mare” o mariscos. Visitamos un panteón en donde fueron enterrados quince mil soldados norteamericanos muertos en una sola batalla de la Segunda Guerra Mundial. El campo santo es un enorme jardín con prado muy bien cuidado. En cada tumba se ve una cruz o una estrella de David. Las cruces para los cristianos y las estrellas para los judíos. También conocimos Villa de Este, en las cercanías de Roma, con su red de fuentes que en cascada aprovechan la misma agua. Compramos vino blanco de Frascati y lo reservamos para una fiesta especial. Asistimos al cine para ver la película “La vuelta al mundo en 80 días” con Mario Moreno Cantinflas’ y como era doblada al italiano le escuchamos decir “mama mía” y “signore comendatore”, en lugar de su acostumbrado ´mamacita´y su clásico ´quihubas chato´.


Una de las previsiones tomadas por mi padre desde los preparativos del viaje consistió en escribir una carta, en papel oficial del Senado de la República (por ser representante de Chiapas ante ese cuerpo legislativo), en donde me presentaba conjuntamente con mis dos amigos, a la atención de las autoridades diplomáticas de México en Europa, solicitándoles nos brindaran ayuda de ser necesario. La previsión estaba pensada para un caso de grave enfermedad, un accidente o cualquier tropiezo para nosotros insuperable. Afortunadamente, nunca se ofreció utilizar la misiva. Pero me recomendó hacerles una visita de cortesía a dos embajadores y a un cónsul honorario. Se trataba de Jaime Torres Bodet y de Ramón Beteta; el primero embajador de México en Francia y el segundo embajador de nuestro país en Italia. El cónsul honorario, del cual olvidé el nombre, era nuestro representante en Venecia y amigo ocasional de mi padre.

Ya en la Embajada de México ubicada en las calles de Lázaro Spallanzani número 16 de la ciudad de Roma, solicitamos audiencia al secretario privado para ser recibidos por el embajador y mientras hacíamos antesala hojeamos la revista Siempre!, del destacado periodista tabasqueño José Pagés Llergo, puesta en una mesa para la buena información de los mexicanos y el público en general. A los diez o quince minutos de espera nos recibió en su privado el embajador Ramón Beteta, ex secretario de Hacienda del gobierno de Miguel Alemán y célebre ex catedrático de la escuela de Jurisprudencia de la Universidad Nacional Autónoma de México. Cuando le informé ser hijo del licenciado Julio Serrano Castro, recordó que hacía dos años por ahí había pasado mi padre a saludarlo en compañía de su hermano Emilio y del licenciado Antonio Damiano, todos ellos ex condiscípulos de él en la antigua Escuela de Jurisprudencia, e inclusive, señaló: -“Los invité a comer en la embajada y les di a degustar vinos tintos de Baja California, México, que ellos pensaron eran de algún país de Europa”. La charla se extendió por un par de horas. El embajador Beteta no puso mucha atención en los nombres de mis dos amigos ni se interesó en saber quiénes eran sus padres, lo que habría de provocar posteriormente un penoso incidente. Nos preguntó qué países habíamos visitado y hacía donde nos dirigíamos. Disertó alrededor de las maravillas artísticas de las ciudades mencionadas por nosotros; citó nombres de restoranes y de centros nocturnos famosos, señalando cuáles debíamos conocer; habló de las virtudes de la cocina francesa, y en fin, fue para nosotros como un libro abierto de donde pudimos abrevar cultura general. Pero, no recuerdo como, la plática derivó en aspectos de la política mexicana, de antaño y del momento. El licenciado Ramón Beteta, con el respeto que me merece su recuerdo, tenía un enfoque de la “res” (cosa) pública propio de las versiones oficialistas de aquellos días y se dedicó a ensalzar a todos los ex presidentes de la era posterior a la Revolución Mexicana y a minimizar la actuación de sus adversarios. Arrancó su análisis en la lucha electoral sostenida entre José Vasconcelos y Pascual Ortiz Rubio en 1930, sin referir que don Pascual era un desconocido en el país y Vasconcelos gozaba de popularidad ganada a pulso en una campaña de culturización en beneficio del pueblo de México, echada a andar cuando era secretario de Educación Pública; habló del arribo del general Lázaro Cárdenas del Río al poder y de cómo se le “salió de las trancas” a Plutarco Elías Calles; dijo que Manuel Ávila Camacho ganó apretadamente las elecciones a Juan Andrew Almazán, pero calificó de indiscutible ese triunfo; y que Miguel Alemán Valdés había derrotado en las urnas a Ezequiel Padilla, limpiamente. Es claro, no señaló la forma como estaban concebidos los procesos electorales de aquellos tiempos para asegurar el triunfo del candidato oficial, e inclusive, tampoco analizó lo que ahora todos sabemos y además ya se puede decir: que al ser el gobierno juez como organizador de los comicios y parte al proponer candidatos dentro de los mismos, “se servía con la cuchara grande” a fin de conducir a buen puerto a sus candidatos, al disponer –por otro lado- del erario público, también de la fuerza pública y del corporativismo o voto cautivo de los integrantes de los sindicatos y las organizaciones campesinas. Pero la intervención verbal del embajador provocó una situación harto incomoda para los tres jóvenes mexicanos cuando le escuchamos decir: -”En una actitud antideportiva Ezequiel Padilla se expatrió, en lugar de reconocer su derrota, y en la política y en los deportes, ¡el que se enoja pierde!” En esta parte utilizó el embajador un epíteto en contra de don Ezequiel, que yo no habré de repetir. Manuel y yo instintivamente volteamos para ver la cara de Edgardo. El Güero –como le dicen sus familiares-, esperó terminara el embajador de analizar la elección presidencial en donde fueran contendientes Adolfo Ruiz Cortines y Miguel Henríquez Guzmán, y al hacer un silencio el embajador, con voz firme y pausada, le dijo: -“Cuando era yo niño me contaba mi padre que desde ese mismo escritorio (señalando el de don Ramón) escuchaba tocar el violín a Benito Mussolini, pues al lado de esta embajada está la Villa Torlonia, casa del Duche en aquellos días”. El licenciado Ramón Beteta, notoriamente sorprendido, enderezando su cuerpo del asiento y echándolo hacia adelante, interrogó a Edgardo: -“¿Cómo se llama su padre?” Edgardo simplemente respondió: -“Ezequiel Padilla”. El embajador se levantó rápidamente de su asiento y sumamente apenado aceptó que había sido una torpeza de su parte no averiguar el origen familiar de Edgardo y de Manuel, preguntándole a éste si “no había pasado a traer a su progenitor” en su largo análisis de la política nacional. - “No señor licenciado, mi padre es don Nicolás Pizarro Suárez” –aseveró Manuel. “Le pido un favor joven Padilla –señaló el embajador-, cuando regrese usted a México no le platique a su padre lo acontecido, pues si guarda algún buen recuerdo de mi persona, me gustaría no lo pierda”. Años después en la casa de los papás de Edgardo en la ciudad de México y ante la presencia de mi citado amigo, dijo don Ramón Beteta “nunca haberse sentido tan abochornado”, aunque ignoro cómo salió el asunto a colación.

Resulta imposible describir en tan corto espacio otras bellezas de Roma, como la fuente de Trevi, la plaza Navona, el palacio de los Barberini, la plaza de España, la villa Borghese, el ambiente de la calle Vittorio Bénetto, el majestuoso arco de Constantino, las siete colinas de Roma y sus vistas maravillosas, el monumento o “pastel de bodas” dedicado a Vittorio Emanuel. “Ver Roma y Después morir” es una vieja sentencia, pero también una verdad.

Acompañados del guía fuimos a conocer, el monte Capitolio, el arco de Tito, las catacumbas, las termas de Caracalla, el estadio construido por Mussolini, la Vía Appia y sus monumentos de la época del imperio, explicándonos el origen latino del vocablo “vía”. También recorrimos el viaducto, o anillo periférico circundante de la ciudad de Roma y visitamos la residencia veraniega de los papas, de Castelgandolfo, población situada a 20 kilómetros de la capital italiana. Debo consignar una ocurrencia de muchachos:
Al regresar a México nos asociamos Edgardo y el que esto escribe con Mario Hernández Malda y Tito Zamorano Zamudio, y discurrimos rentar un pequeño departamento entre los cuatro para los momentos recreativos tan propios de la juventud. Como no era prudente mencionar el lugar en presencia de quiénes nos lo pudiesen solicitar en préstamo, convenimos denominarlo con una palabra clave, escogiendo por unanimidad y a propuesta mía la de Castelgandolfo. Reconozco, ya pasados los años, que tal determinación constituyó una perfecta irreverencia.

Nos sentíamos en Roma como en nuestra casa. Inclusive, yo me consideraba con ánimo suficiente como para abordar en la calle a las muchachas bonitas y piropearlas con mis pocos vocablos aprendidos en italiano. Una tarde, cerca de la pensión, vi pasar a una linda romana y me le pegué para decirle “tu sei per me la donna piu bella del mondo” y frases por el estilo. La guapa y bien formada italiana se reía pero no me contestaba. La seguí una dos cuadras hablándole en español y en mi escaso italiano, pero como no logré de ella una respuesta, desistí. A los pocos días Lina Capogrossi nos dio una fiesta de despedida, pues debíamos continuar nuestro periplo hacia Nápoles y otras ciudades del sur de Italia. Al ver entrar a la bella italiana de mis intentos de Casanova, le pedí a Lina me la presentara. No recuerdo el nombre de la muchacha, pero sí sus comentarios: “-Vi a un hombre muy decidido y lo escuché hablar algo que se parecía al idioma italiano; pensé, es un napolitano que para hacerse el interesante me habla en dialecto”. Después explicó su temor a intimar con napolitanos, por considerarlos peligrosos. En dicha fiesta conocimos a una joven y bien formada italiana de nombre Simonetta, más aventada que un portero de la selección nacional de futbol. Al terminarse nuestro ágape de despedida, en donde por cierto Lina nos obsequió con una especie de ponche de frutas, elaborado con las dos o tres garrafas de vino compradas por nosotros en Frascati, influenciados por las películas de Fellini nos fuimos con nuestras amigas y el guía a recorrer en una especie de aburguesado fin de fiesta, los sitios más pintorescos de Roma, sin faltar la fuente de Trevi, la colina del Janículo, Villa Borghese, la plaza Navona y la plaza de España.


Nota.- Por razones técnicas continuará en el Capítulo IV.






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Julio Serrano Castillejos

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Publicado el: 17-09-2005
Última modificación: 28-03-2013


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