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Recuerdos de infancia

He leído que gracias a la sugestión hipnótica algunas personas logran recordar pasajes de su infancia y hasta de sus vidas anteriores. Lo primero me parece factible pues la sola presencia de alguien en este mundo es suficiente para concluir tuvo infancia, pero lo segundo me parece lo más cercano al mundo del absurdo, pues hasta hoy no se ha comprobado científicamente la existencia de dos o de varias vidas en una misma persona, considerada la vida como la rara coexistencia entre lo que unos llaman cuerpo y otros denominan alma. Supe también por mis lecturas que Leonardo da Vinci aseguraba recordar su vida intrauterina y el momento mismo de su nacimiento, pero es claro, Leonardo era un genio y según dicen algunos, era originario de otro planeta.

Al realizar esfuerzos para traer a mi mente mis más antiguos recuerdos, creo vienen lejanas vivencias envueltas en una nebulosa: sombras, luces, cuerpos que se mueven, sonidos apagados, mi propio corazón escuchado a través de la almohada, ruidos bruscos, puertas que se abren o se cierran, y en una terraza abierta el movimiento de sábanas secándose al sol y azotadas por el viento. Pero no hay precisión en los rostros ni en las palabras de las personas de mí alrededor. Sí, unos brazos que me estrechan con ternura, manos tibias y voces suaves, pero nada más. El aroma y el sabor de la leche de lata marca “Clavel” me fascina, y según supe por boca de mi madre, con ella me alimentaron desde mis primeros meses.

En los estudios de los fenómenos de la memoria se habla de la respiración holotrópica como método para desbloquear las barreras entre el inconsciente y la conciencia. Mediante esta técnica el sujeto puede identificarse con otras personas accediendo a sus pensamientos, sentimientos, sensaciones físicas o recuerdos. La experimentación holotrópica es una forma de separar al individuo de su entorno. Esta técnica brinda la posibilidad de acceso a capas más profundas de la psique y ayuda a los procesos de autoconocimiento. No es improbable, me imagino, que Leonardo da Vinci hubiese logrado el dominio de dicha técnica y por ello asegurase recordar ciertas vivencias de su vida intrauterina.

Me es difícil traer a mi mente mis tres primeros años de vida. Como en un sueño recuerdo a mi tía Ana María Serrano de una belleza incomparable, seguramente en la casa de dos pisos de mi familia en la calle de San Luis Potosí de la Colonia Roma de la ciudad de México, ayudando a mi madre a servir la sopa. He de haber tenido cuatro años, cuando se me grabó la imagen de mi abuela paterna, doña Gabriela, viéndome jugar con un triciclo en la banqueta de la casa antes mencionada. Recuerdo con absoluta nitidez a mis abuelos Ignacio Castillejos y María Madariaga, pero para entonces contaba con cinco años ya cumplidos. De esta misma época vienen a mi mente mis tíos Mario y Julio César Castillejos, y ya no se diga mi segunda madre, doña Ana María Castillejos.

A partir de los cinco años la sucesión de recuerdos es abundante. Me veo en la sala de mi casa jugando con Víctor Manuel Rosado Montero, un amigo al que he buscado en mi etapa de madurez, pero infructuosamente. También en un cuarto con muchas luces, de una casa de las calles de Yucatán me veo posando ante una cámara de fuelle para los estudios fotográficos de cada 4 de agosto, día de mi cumpleaños. El citado artista de la lente se hacia llamar Cyrano. Mi tío Emilio Serrano me hacía torear en la sala de la casa para las visitas, con un zarape de Saltillo utilizado a manera de muleta, mientras la victrola tocaba en un disco de 78 revoluciones el pasodoble “Un domingo en la tarde”. Otro tío, Alberto “La Muerte” Yáñez, se burlaba de mi cicatriz labial producida al caer mientras cargaba un banco de madera para subirme a la ventana a ver la calle de San Luis Potosí en sus cercanías a la de Orizaba. Mi hermana Elizabeth, una morena de pelo y ojos negros, risueña y con bucles muy bien peinados, en una proeza para mí nunca vista se metía simultáneamente a la boca quince aceitunas y no se atragantaba con ellas. Mi hermana Ana María, de tez blanca y ojos también oscuros, rehuía las miradas de la gente por su entonces proverbial timidez, que posteriormente habría de dominar en grado superlativo. Los hermanos Sastré Serrano llegaban con sus padres procedentes del Bajío a nuestra casa y la sala se convertía en dormitorio en donde tres “orangutanes” (así les decía mi padre) se acomodaban como podían. La mamá de ellos, de nombre Bertha y hermana mayor de mi padre, lucía sobre sus hombros dos zorros disecados de largas e hirsutas colas, con la prestancia de una señora de la mejor sociedad.

A mis padres los tengo muy fijos en mi mente a partir de mis cinco años, hasta en los detalles. Mi madre, una muñeca de ojos intensamente verdes, de suaves maneras, blanca de tez como la nieve, con su pelo graciosamente ondulado, su nariz perfecta, su óvalo de cara muy bien balanceado y una frente de proporciones artísticas e inigualables, peinaba a veces caireles y en ocasiones “cuernos”. Mi padre, moreno, de ojos oscuros, de frente amplia, de labios delgados y de nariz aguileña pero bien proporcionada, era mi Gigante que me hacía volar en sus brazos de Moscú a Vladivostok, pues acostado en la cama jugaba conmigo a conducirme en rápidos y mágicos viajes a través del mundo. Mi tío Emilio me daba volteretas con el viejo truco de tomar mis manos por abajo del arco de mis piernas y con un rápido jalón mi cuerpo giraba; en ocasiones me levantaba sobre sus fuertes hombros para que matara las chinches que corrían sobre alguna pared al huir de los efectos de insecticidas aun primitivos puestos por él a las camas de madera, pues en aquellos tiempos hasta en las casas más limpias pululaban los insectos. Los insecticidas derivados del petróleo se descubrieron con posterioridad.

Un día mi tío Julio César Castillejos, hermano de mi madre, me regaló una bolsa con unas treinta canicas que en la calle me arrebató por sorpresa un niño bastante mayor. Ahí me enteré de la existencia de los actos de latrocinio y ciertamente fue para mi una desilusión saber por primera vez que los amigos de lo ajeno no se tientan el corazón para despojar a alguien de sus pertenencias. En el mundo de la infancia cada desilusión deja una honda huella en el alma, como cuando me enteré que mi nana Remedios tenía novio y salía con él todos los domingos. El muchacho se llamaba Alejandro y me di mis mañas para orinarle la cabeza desde un balcón de balaustrada de piedra, mientras en el quicio de la puerta principal platicaba con la que después sería su esposa. A Alejo lo llegué a querer y más adelante fuimos muy buenos amigos. Remedios me cantaba: -“Amor chiquito acabado de nacer, tú eres mi encanto... eres todo mi querer.”

La muerte del revolucionario ruso León Trotsky me impresionó pues vi en la prensa varias fotos del cadáver, con su barbilla y sus bigotes y una venda en la cabeza. El acontecimiento fue seguramente de una trascendencia enorme, pues en la casa de mis abuelos maternos no se hablaba de otra cosa. Alcancé a captar que era un líder extranjero y con muchos enemigos a lo largo y ancho del mundo. Posteriormente conocí la historia de su vida y de su muerte, en lo más avanzado de mi adolescencia, incluidos algunos importantes detalles, como el de la participación en el homicidio de Ramón Mercader (Jaks Monard) quien pegó el golpe mortal en la cabeza del personaje ruso, con un piolet, habiéndose ganado previamente su confianza. Ya en mi adolescencia supe que a Trotsky lo mandó a asesinar José Stalin, el líder de la URSS al que los historiadores atribuyen los más nefandos crímenes. Tengo presente la imagen del comunista asesinado, en la plancha de un anfiteatro con los ojos cerrados y con su proverbial candado, publicada en fotografías de primera plana en los principales diarios de la ciudad de México.

Cuando vivían mis abuelos maternos en las calles de Marsella de la Colonia Juárez mi tío Mario, hermano de mi mamá, me condujo a una fiesta infantil a una escuela cercana de dicho domicilio en donde obtuve como premio de una rifa un terno de plato hondo, taza y su plato pequeño con motivos infantiles, con un boleto que me compró quien habría de ser con el paso de los años uno de mis mejores amigos, don Mario Castillejos Madariaga, a la sazón un joven de no más de 18 años. El incidente no lo olvidaré jamás por ser la única ocasión, en mi vida, en que la suerte me favoreció en un juego de azar.

A los cinco años de edad se me grabó indeleblemente un viaje que hicimos a Chiapas en carros pullman del sistema ferroviario más encantador del mundo, primero de la ciudad de México a Veracruz, con mis padres, mis hermanas Elizabeth y Ana María, mi tío José Segundo Serrano con su esposa y sus hijos, mi tío Emilio Serrano y Lili Aramoni. La segunda etapa, de Veracruz a Arriaga, en el sistema de vía angosta que llegaba por aquellos días hasta Tapachula, me pareció la más grata aventura de todos los tiempos al ver desfilar sierras imponentes ante mis ojos y así mismo por el “barullo de las estaciones” de risueños pueblos, en donde las mujeres de la localidad se dedicaban a la venta de alimentos. En los carros pullman las camas altas empotrables eran mi fascinación y así mismo las pequeñas hamacas para depositar en ellas la ropa de día y dormir enfundado en una cómoda pijama. En la airosa ciudad de Arriaga nos estaban esperando mis tíos Rafael y Federico Serrano con sus esposas y sus hijos, para conducirnos en sus automóviles a la finca de mi abuela paterna, “Santa Elena” del municipio de Cintalapa, aledaña a San Antonio la Valdiviana, de la familia Esponda. En Arriaga visitamos a Manuel Moguel y su esposa Elvira Figueroa, tíos míos por línea paterna. En la finca “Santa Elena” administrada por un hermano de mi padre, Fito (Rafael) Serrano, fuimos los adultos y los niños montados a caballo a la “Lomita” de San Pablo a cortar juncia para improvisar las camas de los más jóvenes y de los niños, pues obviamente en “Santa Elena” no había lechos suficientes para todas las visitas. Dichos momentos me recordaron la vida rústica y campirana representada en la película “Al son de la marimba”, que viera yo varias veces en el cine Roma de la colonia del mismo nombre de la ciudad de México en compañía de mi nana Remedios y de su novio Alejo. A la mañana siguiente nos esperaba un desayuno ranchero integrado por huevos con chorizo, frijoles refritos con crema y queso de espolvorear, totopos calientes y bien dorados, entomatadas y una cecina de venado con tortillas gruesas y crujientes cuyo buen sabor no he de olvidar ni en cien años, si los llegase a vivir. En Tuxtla Gutiérrez asistimos a la función inaugural del cine Alameda en diciembre de 1941, construido por la empresa que formaron mis tíos Fredy Serrano y Esteban Figueroa. Me parecieron monumentales las figuras de dos mujeres desnudas que en el tradicional estilo de “Art. Decó” adornaban las paredes laterales de la sala cinematográfica más moderna de Chiapas, en aquellos días, conservada en bastante buen estado y aun en operación en el año 2003, cuando se escribió el presente capítulo. Mi abuela paterna, doña Gabriela Castro Conde de Serrano, presidió las reuniones y una fotografía de grupo familiar que nos tomamos en la negociación de don Alberto Marín Barreiro, en la Calle Central, entregada por mí en el año de 1995 ya montada en un bastidor, a Hilda Castañón Morell, para la colección de gráficas de familias representativas de Tuxtla, del Museo de la ciudad antes mencionada.

Recuerdo con nitidez cuando tenía unos seis años de edad la recia personalidad del profesor Rafael Ramos Pedrueza, hombre muy respetado entre los socialistas mexicanos de la primera parte del siglo XX. A mi padre le dedicaba especiales deferencias y ambos se prodigaban especiales y mutuas atenciones. El día del sepelio de este famoso intelectual mexicano, historiador muy renombrado, estuve cerca de su tumba abrazado de su hijo de mi misma edad, viendo como le echaban paletadas de tierra a su ataud.

También estuve cerca de otro famoso hombre de izquierda, don Vicente Lombardo Toledano, pues la amistad de mi padre con este fogoso orador era muy sólida. Cuando se inauguró la presa de Balsequillo en el estado de Puebla, viajé en automóvil desde la ciudad de México a dicho lugar escuchando la plática del referido funadador del Partido Popular Socialista, sostenida con mi progenitor. Era un hombre de personalidad muy llamativa, dado a fumar pipa con un aromático tabaco.


Los cargos públicos desempeñados por mi padre en la ciudad de México nos mantenían parcialmente alejados de Chiapas, aunque siendo la familia originaria de dicha provincia las costumbres del solar nativo no las perdimos nunca, e inclusive, las fiestas organizadas en nuestra casa familiar eran de un chiapanequismo acendrado, con la asistencia de la marimba dirigida por Edmundo Domínguez, integrante de la muy popular orquesta llamada La Lira de San Cristóbal las Casas, de los Hermanos Domínguez, de espacios musicales muy conocidos a través de las ondas difundidas por la XEW de las calles de Ayuntamiento. Llegaba a cantar a la casa de mis padres Amalia Mendoza mejor conocida después en su vida artística como “La Tariacuri”. La vida por aquel entonces era muy sencilla, y prueba de ello está en que para atender a los participantes de los bailongos familiares, en la tina del baño principal se picaba hielo y ahí se ponían a enfriar las muy refrescantes, espumosas y claras cervezas “Sol” y las de color oscuro marca XX (dos equis) que los señores bebían con especial deleite, pues las damas eran de cócteles preparados por manos maestras, en unos receptáculos especiales cuyos poseedores los movían al compás de la música, como si estuviesen adecuando los compases con un calabazo o un güiro, de esos tan comunes de las orquestas tropicales. Las fiestas eran de una alegría desbordada y se bailaba la música de moda, como las polcas “El barrilito” y “Cervecinas calientes” o los danzones “Nereidas” y “Almendra”. A través del cinematógrafo se introdujo el “swing” y así eran famosas composiciones como “El greñudo José” y “La calle doce”. La música de Gleen Miller avasalló a todos, viejos y jóvenes, y aun no perdían popularidad los tangos como “Celos” y los cantados por Carlos Gardel. En nuestras fiestas no podían faltar los sones chiapanecos como El Rascapetate y Viva Chiapas. Mis padres bailaban el tango de salón en una rueda formada por amigos y familiares, con pasos de una vistosa coreografía que mi padre trajo muy bien aprendidos de un viaje a la Argentina junto con un pumpo pequeño y metálico para tomar la hierba mate, con un popote especial, también de metal. En otro capítulo de estas memorias expliqué a que fue don Julio a varios países del Cono Sur. En las fiestas de mi casa participaban alegremente familiares de mi padre y de mi madre, y entre los segundos no puedo olvidar a mis tíos Ana María, Mario y Julio César Castillejos, pero principalmente a ellos, por ser dos bailadores de muy buenas hechuras artísticas y de un buen humor inigualable. A mi tío Mario Castillejos le hacían rueda para verlo bailar, sobre todo el swing y la rumba. Parece que lo estoy viendo echándose hacia atrás hasta casi tocar el piso con su cabeza mientras rítmicamente movía los hombros. A mi tío Julio César le exigían su interpretación humorística de “El brindis del bohemio”, en todas las fiestas.

Mi padre solicitó un préstamo a la oficina de Pensiones Civiles, antecedente del ISSSTE, para construirse una casa propia y abandonar su condición de cliente cautivo de su casero. Para ello compró un terreno en la cerrada de González de Cossío de la Colonia del Valle a media cuadra de la calle San Borja. Mi tío José Segundo, veía con escepticismo la posibilidad de que la ciudad se extendiese hasta esa zona, diciéndole a mi padre: -“Sólo a ti se le ocurre irse a vivir con su mujer y sus hijos a donde todavía pastan las vacas”, pues por ese entonces la mencionada colonia tenía más establos que casas en construcción. La capital de la República contaba con un poco más de un millón de habitantes. Xochimilco, San Angel, Coyoacán y Tlalpan eran poblados ubicados al sur de la gran ciudad y separados de ella. Ya empezaba a desarrollarse lo que después sería Las Lomas de Chapultepec, Barrilaco y Polanco. Las colonias de la clase media acomodada eran la Juárez, la Roma, la Cuauthémoc y un poco Santa María la Rivera. La colonia de los Doctores daba acogida a conjuntos habitacionales para la clase media de no muchos recursos y las familias de clase popular vivían en Tepito, Peralvillo y en las barriadas del primer cuadro de la ciudad, allá por el rumbo de la Cárcel Militar de Tlatelolco. Era el año de 1941 y ya sufría la sociedad mexicana las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, bajo el gobierno del general Manuel Avila Camacho, con los consabidos apagones para entrenar a la población urbana respecto a su comportamiento en un probable ataque aéreo de los alemanes o de los otros integrantes del Eje, Japón e Italia. La gente cantaba: -“Con el apagón que cosa sucede, que cosa sucede con el apagón”. Dos años después al empezar a escasear las materias primas los automóviles no podían circular un día a la semana para ahorrar el hule de los neumáticos. Ante la cercanía de la persecución religiosa de los días de Plutarco Elías Calles y del gobierno de inspiración socialista del general Lázaro Cárdenas causó escándalo nacional que el presidente Avila Camacho reconociera públicamente que él y su esposa, doña Soledad, eran practicantes católicos. En el proceso de construcción de nuestra casa de la Colonia del Valle cumplí seis años y a partir de ese momento los recuerdos se me instalan con nitidez en las neuronas cerebrales, respecto a los hechos, la música, los aromas y la conducta de mis más cercanos familiares. La canción de nuestro paisano Alberto Domínguez “Traigo mi 45” causó sensación, y ya no se diga sus muy internacionales composiciones “Perfidia” y “Frenesí”, al igual que “Mala Noche” y “Mi tormento”.

Mi amigo Victor Manuel Rosado Montero y su hermana Edilia eran muy allegados a mi familia, pues él casi de mi edad, era ahijado de bautizo de mis padres. Con Victor inventábamos juegos ingeniosos y su carácter afable me mantenía siempre divertido. Los tengo presentes en los paseos que hacíamos a Cuautla, Morelos, al balneario "Agua Hedionda" además de las fiestas de cumpleaños de mis padres en nuestra casa de las calles de González de Cosio en la Colonia del Valle de la capital del país. Con una prima hermana de este par de hermanos, de nombre Pilar Sánchez Montero hice sólida amistad y la vi actuar en bailables chiapanecos en las fiestas familares infinidad de veces, siempre con gracia y soltura. Ella fue pionera del Ballet Folklórico de Amalia Hernández y de no haber muerto tan joven tendría seguramente una escuela de danza.

Marginalmente debo señalar, pues ya lo dije en otro capítulo, que los primeros zapatos de futbol que tuve en mi vida me los regaló mi tío Mario Castillejos Madariaga. Me llevó a comprarlos a una zapatería del barrio de Tacubaya. Además él también me condujo a ver los partidos del deporte de las patadas al viejo parque Asturias, en donde por admiración al centro delantero del Atlante, Horacio Casarín, me hice fanático de dicho equipo. El referido centro deportivo, con graderías de madera, desapareció posteriormente pues con motivo de una bronca los aficionados lo incendiaron, de manera por demás irresponsable. Con relación a mis diversas comparecencias futboleras como espectador debo decir que de niño también me iban a recoger a mi domicilio para ir al estadio de la Ciudad de los Deportes, mis tíos Emilio Serrano Castro, Eduardo Cuessy Pola (esposo de mi tía Olga Martínez de Escobar) y Guillermo Martínez de Escobar Castillejos. Me tocó ver cómo se construyó este citado estadio de futbol conjuntamente con la plaza de toros México en unas oquedades de los viejos basureros y ladrielleras de la ciudad entre las colonias Noche Buena y Nápoles. Inclusive, asistí con mis padres a la corrida inaugural de lo que ahora llaman el embudo de la Avenida de los Insurgentes, con un cartel de lujo integrado por Luis Castro “El Soldado”, Luis Procuna conocido como el “Berrendito de San Juan”, y por supuesto, la sensación taurina del momento: Manuel Rodríguez “Manolete”, lo que aconteció un 5 de febrero de 1946.La presencia de mis padres en el citado coso taurino muchas veces contó con la previa invitación del jefe de la policía el general Jorge Grajales, hombre de muchas simpatías en el medio político y entre sus amigos muy buscado por su charla amena, casado con una prima hermana de mi progenitor, doña Elvira Serrano, conocida por mi y el resto de los jóvenes de mi generación como tía Villa, mujer de tipo fino y recia personalidad que entre sus hijos diera a una bella exponente del sexo femenino de nombre Olivia.

Volviendo al asunto de la construcción de nuestra casa de las calles de González de Cossío del año de 1941, las visitas a los avances de la obra de nuestra futura “residencia” me cautivaban. Todavía percibo el aroma de las paredes húmedas antes y después de la etapa en que fueron cubiertas de yeso con algunos artesonados en los techos. Con mis hermanas Elizabeth y Ana María jugábamos entre los montones de arena y de grava. Las visitas dominicales a la obra eran obligadas y ahí me tocó ver cómo se pulían los pisos y las columnas de granito, la colocación de los muebles de baño y la de la escalera metálica de caracol para subir tres pisos hasta la azotea. Después de vivir en una casa de un solo baño, mudarnos a otra de tres baños y medio nos pareció un sueño de Las Mil y Una Noches. En la calle antes mencionada hicimos amistad con los hijos de la familia del ingeniero Alberto Muñoz, profesor de la Escuela de Ingeniería de la UNAM y casado con doña Amelia Sentíes, linda señora a la que recodaré siempre con respetuoso cariño. Los hijos de este matrimonio eran Ignacio, Alberto, Amelia, Rebeka, Luis y Fernando. Al fondo de la calle cerrada vivía Carlos Amador, connotado conductor de las matinés del cine Alameda, la familia de los “pelones” Guzmán y una señora que criaba gansos. En una de las esquinas de la cerrada, vivía mi amigo Héctor Velasco, mejor conocido como “La Pulga”, y a la vuelta, en la esquina de San Borja y Providencia, los hermanos Orrico: Jorge, Sergio, Miguel y “La Pajarita”, sobrinos del general Orrico de los Llanos, quien después figurara en la política nacional al ocupar la titularidad del Ejecutivo de Tabasco.

Como mis recaídas por amigdalitis eran frecuentes desconocía las obligaciones escolares. Fue en julio de 1943 cuando ya operado de las anginas con anestesia local, con un abrebocas puesto entre las mandíbulas, en momentos de angustia y crispada compulsión de mis manos atadas a los brazos de un sillón como de dentista, que jamás olvidaré, pues sentí los manipuleos del médico en mi boca y algo alcancé a percibir a través de la rendija de una venda mal puesta en los ojos. Ya curado de ese mal de la garganta, pude ingresar al primer año de primaria en la Escuela Mexicana Inglesa ubicada en la glorieta de la confluencia de la Avenida Insurgentes, Avenida Coyoacán, Chilpancingo y la calle Quintana Roo. He de contar con una muy buena memoria olfativa, pues cuando tengo cerca lápices nuevos o cuadernos, me siento en aquella feliz época y muy cerca de la maestra Delfina Aguilar, dueña y directora de mi más querida escuela en donde la señorita Zamora me enseñó a leer y a escribir en cinco meses, que era precisamente la mitad del año lectivo, pues me inscribieron mis padres ya muy avanzados los cursos. En esta modesta pero muy eficiente institución de enseñanza conocí a los hijos de la familia Ojeda Paullada. El mayor de ellos, Pedro Ojeda, quien llegaría a ocupar cargos muy importantes en el gabinete de diversos presidentes de México, iba delante de mi unos tres años, su hermano Manuel un año y Adela Ojeda era mi compañera de grado, mientras que Horacio, el menor de la dinastía, estaba un poco atrás de nosotros. Recuerdo con especiales vivencias a mis ex compañeros Sergio Núñez , a los hermanos Magdalena, Sergio, Jorge y José Enrique Gama Muñoz; a los hermanos Mauricio y Víctor Chamblatti; a Enriqueta Barrón, a los hermanos Llarena, de los cuales Héctor era alumno y sus hermanas jóvenes profesoras; a Romeo León Dardón, a Francisco Betancourt, a las hermanas Alma y Laura Urdapilleta, siendo la segunda de ellas por ese entonces una promesa de la danza clásica, que llegó a cuajar como concertista en el Teatro Nacional de las Bellas Artes y con la que tuve sólida amistad en años posteriores. Siempre sentí especial predilección por mis maestras de primero y de tercer año de primaria, las señoritas Zamora y Julia Edith Ferreira, originaria de Alvarado, Veracruz, la segunda de ellas, y muy buena bailadora de la Bamba pues en compañía de un joven del cual no recuerdo el nombre, en los festivales de fin de cursos hacían el tradicional moño veracruzano con los pies mientras danzaban alegre y rítmicamente. De quien conservo imperecederos recuerdos es de la que llamábamos la “miss” directora, doña Delfina Aguilar, mujer de mucho temple, de amplia cultura y de principios éticos sumamente sólidos, quien fuese mi maestra en quinto año de primaria. De ella escuché las primeras lecciones de urbanidad y conceptos del buen comportamiento que no habré de olvidar nunca, como ese de cederles el centro de las banquetas a las mujeres y a los ancianos. También se me viene a la mente el maestro Alejandro Glyka, director de la sección escrita en inglés en el periódico El Universal, papá de mis compañeros Armando y Alma. Este robusto señor nos daba clases de inglés y además proporcionaba el servicio de recoger a domicilio a un numeroso grupo de alumnos para luego, al terminar las clases, llevarlos nuevamente a sus hogares, lo que hacía con su automóvil particular, en donde un día le pisé el calcetín a la muy pulcra Martha Carrillo, hija del entonces encumbrado político Alejandro Carrillo Marcor y posteriormente cuñada de Talina Fernández, con el consiguiente disgusto para ella pues le embarré dicha prenda con detritus fecales de perro. Cuando era yo alumno de cuarto año de primaria ingresaron a dicha escuela mis hermanas menores Elizabeth y Ana María.

La “miss” directora de mi querida Escuela Mexicana Inglesa, misma que luego se cambiaría a la Avenida Coyoacán, ya dentro de la colonia del Valle, enfrente de un parque triangular en donde estaba también ubicado, en la acera de enfrente, el Colegio Fray Juan de Zumárraga, (de la zúrraga, decíamos nosotros), invitaba a los padres de familia a escuchar los exámenes orales que nuestra profesoras nos hacían, y a fin de cada curso, se hacía una exposición de los trabajos manuales de todo el alumnado, sirviendo como local los salones de clases y los pasillos de la escuela. Los homenajes a la bandera y el canto del Himno Nacional eran obligatorios todos los lunes, antes de iniciar las clases. El único recuerdo desagradable que guardo en mente respecto a mi añorada escuela primaria, es el de la práctica impuesta por la “miss” directora todos los lunes, consistente en pasar revista a las cabezas del alumnado y si alguno tenía piojos o liendres, lo que era muy frecuente por el contacto diario con la servidumbre, lo pasaba al centro del patio para que lo espulgara uno de sus hermanos, y si no lo tenía, entonces otro compañero empiojado.

La primaria la terminé en el Instituto México de las calles de Amores de la colonia del Valle, en donde tuve como maestro de sexto año a Juan Argueta. Para mí fue dramático que mis padres me sacaran de mi Escuela Mexicana Inglesa, pues en ella dejé muchos afectos que a estas alturas no olvido. En el Instituto México, manejado por hermanos maristas, me quisieron lavar el cerebro para inclinar mi vida a la religión e ingresase a un seminario, pero mi padre se opuso a ello, además de que mi carácter no se hubiese prestado dada mi proclividad al sexo opuesto. Es decir, para mí el voto de castidad hubiese sido un absurdo contra mi naturaleza y mi ideología liberal.

Mi mamá nos llevaba a los tres hermanos mayores: Elizabeth, Ana María y quien esto escribe, a ver los exámenes que en las instalaciones del IMCA presentaba mi linda y graciosa prima, la bailarina Martha Jiménez Serrano, hermana mayor de Fernando, quien con los años habría de ser más que un hermano para mí. La Chata, como le decíamos familiarmente a Martha, pudo llegar a ser una de las más destacadas concertistas de danza española en el ámbito internacional, pero al contraer matrimonio con Lamberto (Beto) Barreda, se retiró de los escenarios sin suponer, posiblemente, la gran cantidad de admiradores que llegó a cosechar, pues fue –y sigue siendo- un portento de buena clase como mujer y como bailarina. Mi tío Julio César Castillejos Madariaga, hermano de mi mamá, fue el chambelán de Martha cuando ella cumplió 15 años, para mortificación de toda una constelación de enamorados que mi prima tenía. Con mi primo político Adalberto Barreda tuve una sólida amistad. Era un tipo de diez de calificación en cuanto a su buena y atrayente presencia, y según me consta, la cartera más rápida del oste cuando se trataba de pagar las cuentas entre amigos.

Con mi primo Fernando Jiménez Serrano nos une una fuerte hermandad iniciada cuando mis padres, especialmente mi mamá, me conducían a sus fiestas de cumpleaños, en los casas del Buen Tono de la Colonia de los Doctores. Junto con su hermana Martha, es hijo del matrimonio formado por Amelia (Mely) Serrano, prima hermana de mi padre, y don Fernando Jiménez Bermejo, un señorón que dictó cátedra de decencia en todos los medios en donde se le conoció. A lo largo de estas memorias aparecerá por diversos motivos el nombre de Fernando, mi primo, quien siendo ya un adulto, con su tocayo Fernando Farrera Castañón integró una de las más numerosas e importantes peñas de la bohemia capitalina. Pero ello merecería un capítulo aparte.

Como conclusión de este capítulo de mis primeros años, pues en la infancia se empiezan a dibujar los caracteres más destacados de una personalidad, quiero señalar que no obstante la separación y después el divorcio de mis padres, acontecidos cuando yo tenía 11 y 13 años de edad, respectivamente, fui un niño feliz, pues cada momento y cada vivencia de dicha etapa los disfruté a plenitud, es claro, con los temores naturales del niño cuando está ante lo desconocido, pero siempre con la seguridad de experimentar la más fascinante experiencia, llamada vida. Si volviese a nacer le pediría a Dios ser hijo de los mismos padres y tener los mismos hermanos, los mismos familiares y los mismos amigos.

Recuerdo con especial sensación los cambios hormonales y el despertar a la adolescencia, que viene a ser el laboratorio personal más trascendental de un hombre o de una mujer. Cuando vi aparecer arriba de mi labio superior un incipiente bozo creí tener el mundo a mis pies y hasta tuve la osadía de “raptar” en mis lúbricos sueños a la maestra rural de la película “Río Escondido”, representada en la pantalla por la actriz María Félix. Me impresionó hasta la libídine más sublime ver a una nana mía, cuando tenía yo cinco años de edad, poner su inflamado pecho en las fauces de un cocodrilo disecado que en la sala de mi casa paterna adornaba la parte baja de una alargada y fina mesa de caoba labrada a mano, para simular que le daba de mamar al saurio. Para mi infancia son recuerdos indelebles los de los días en que mi madre dio a luz a mi hermana Martha Eugenia, en un hospital de las calles de Quintana Roo en donde la asistió el doctor Amadeo Narcía; así también, cuando nacieron los gemelos Jesús y Sergio Manuel, en un sanatorio de la Avenida Chapultepec, y posteriormente en el mismo lugar en donde vio la luz primera mi hermana menor Gabriela Olivia. Del nacimiento de mi hermano Rafael nada recuerdo, pues apenas tenía yo un año de edad. De la llegada a este mundo de mis hermanas Elizabeth y Ana María, sólo se me vienen destellos visuales sumamente vagos. El día en que nacieron mis hermanos, los mellizos, mi madre asistió a la plaza de toros de la Condesa a ver con mi papá una corrida. Debieron abandonar el coso taurino para irse de emergencia al sanatorio.

Tendría 13 años cuando descubrí que en la segunda edición de las Últimas Noticias de Excélsior se anunciaban las participaciones artísticas de Yolanda Montes “Tongolele” y de Naná, dos curvilíneas artistas de que para mi satisfacción aparecían retratadas con poca ropa en los periódicos de la tarde incentivando así mis sueños eróticos, junto con Brenda Conde, una muñeca de carne y hueso que solía adornar las portadas de las revista VEA, de infaltable aparición en los revisteros de las peluquerías de aquella época. A partir de dichas experiencias definí mi gusto por las mujeres, mismo que se me ha ratificado con la compañía de mi esposa, Chabelita, a lo largo de dos años de noviazgo y 40 de feliz matrimonio.

Las experiencias de la infancia van a influir en la vida futura del sujeto quiérase o no. De ahí la importancia de proporcionarle a nuestros hijos años de sano desarrollo en lo físico y mental. El cerebro del niño es una caja de resonancia y su capacidad para guardar imágenes, sonidos y toda clase de experiencia, buenas unas y malas otras, es el más delicado filtro que un adulto pueda imaginar.

La ciudad de México de aquellos días aún después de haber conocido otras urbes me sigue pareciendo la más fascinante del mundo. Sus camiones de servicio urbano que en la parte posterior simulaban un “cabus” de ferrocarril eran los preferidos para viajar en días calurosos. Los tranvías eléctricos nunca debieron desaparecer de la faz urbana, pero para apoyar los inconfesables intereses del “pulpo camionero” los políticos amafiados con dicho clan los borraron del paisaje citadino.

Todavía me tocó conocer el México de los pregones: ¿Mercarán cichicuilotitos vivs? ¡Ropa usada, periódicos, botellas, zapatos viejos que vendan…! Los vendedores de carbón llegaban a las puertas de los hogares a ofrecer su mercancía, pues las estufas de gas aún no las conocíamos de la clase media para abajo. Los mecapaleros parados en las puertas de las pulquerías con sus catrinas y sus tornillos eran la imagen viva de la ebriedad y la mugre. Pero a cambio de ello los hombres y las mujeres de clase media usaban elegantes sombreros de fieltro y hasta para ir al cine se ponían sus mejores galas.

El México de mi infancia –y ahora me refiero al país entero- fue la más maravillosa aventura que he vivido. Con mis padres fui al puerto de Veracruz, a Morelia, a León, a Guanajuato, a Querétaro, a Acapulco, a Cuernavaca, a las principales ciudades de Chiapas y a mil lugares más, Los trompos y los bastones de Apizaco eran para mi gusto infantil inigualables tesoros. En una ocasión me compraron una rústica y pequeña guitarra de Paracho que debo haber conservado en un closet pues nunca aprendí a tocarla. Con mi bicicleta –regalo de cumpleaños- recorrí calles y avenidas sintiéndome el conquistador del mundo. No cambio aquellos días por ninguna otra experiencia.








Julio Serrano Castillejos

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Publicado el: 06-10-2005
Última modificación: 05-03-2013


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