Y la espuma del mar, inquieta, buscó las estrellas frágiles
para enamorarlas y arrancarles sus luceros;
una y otra vez, cientos de ellas, tal vez miles,
intentó, mediante sus encantos, descolgarlas del cielo.
Sin éxito alguno, la espuma hizo gala de sus elogios,
pero las celestiales luces impávidas permanecieron.
Entonces, furiosa, se agitó hasta provocar un caos sonoro,
mas las estrellas, muy quietas, de ella sólo se rieron.
Y la espuma del mar, vencida, miró las estrellas frágiles
para decirles adiós, añorando aún ser lucero.
Y la espuma del mar hoy está triste y sensible,
por pertenecer a las aguas y no a las alturas del cielo.
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