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ASISTENTE DEL ALBA

ASISTENTE DEL ALBA

Al poeta Alberto Hermoza,
Por el alba que nos viene de los ancestros.

Cada instante del día tiene su propio nombre. A mí me gusta el del alba, porque que sumerjo en la humedad matutina, en el silbo erguido de los pájaros que alzan su vuelo como un haz de nubes. Desde la cresta de los cerros de Chalatenango es pródiga y me cobija con su armiño.

A veces no sabe que yo camino a su lado. La respiro. Le hablo. Ella me suelta sus murmullos de “estrellitas blancas”. Es imposible que yo viva sin su luz augural y sin su virginal blancura. En mí es una profesión de fe y de hechizo: hasta ahora, ciertamente, soy cómplice de sus latidos y de su irisada frescura.

A menudo me despierta de tal forma, que mis párpados se vuelven perplejos como los de un niño o adolescente. Entonces salgo a buscar a sus hermanas en el milagro y la complicidad: las campánulas y el espejismo de la hierba que durante la noche trabajaron afanosamente para tornarse cristales.

Hoy, por ejemplo, la he visto desde tantas alturas: Traía trementina y mariposas. Todo ello para los aderezos del día. Al fin y al cabo, ella sabe que, —lo confieso entrañablemente― es una vívida gestación de la fuerza total del Universo.

Después me quedo remansado. Escribo en esta móvil sensación del hechizo; móvil, sí, por recobrada y vivida cada día. Asirla es toda una proeza. Perderse en su propio cuerpo, también, una audacia; por ello es que las lecciones me han nutrido de un sentido exploratorio y de pesquisa eficiente.

Porque sólo así, la vislumbro y percibo su clamor de hierbabuena y de copioso arroyo. ¡Ah, suerte la mía! Desde la algarabía de la infancia le he sido fiel. He cambiado de tantos lugares; no así de verla. La amo porque resucita entre las benignas llamas de una veranera, en las nieve de Oregon o en los barcajes del río Lempa, en la Patagonia, o en los Andes, en el Amazonas o en Orihuela…


André Cruchaga

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Publicado el: 30-12-2003
Última modificación: 00-00-0000


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