No puedo navegar el alto río
sin la nave gloriosa de tus besos
ni etiquetar tus pasos peregrinos
en lo fastuoso de tus castos rezos.
Enjúguese, pasión tan inaudita,
de este mi corazón de mil fatigas
como el venero que por sí levita
la rosa blanca que jamás marchita.
Florezca para siempre en la vertiente
el ardoroso amor y la caricia,
la bóveda celeste de tu vientre
y de tu boca fresca la delicia.
Esculpiré tan lejos de mis cuitas
el cuento más curioso y hechicero,
un castillo de albas margaritas
de oro para adorarte, un becerro.
|